Capítulo 16 Verano por fin #2
Parejas jóvenes demasiado bronceadas. Parejas de cuarenta y tantos en ese momento vital en el que uno empieza a cuidarse con la intensidad de quien sospecha que ya no hay prórrogas. Y alguna mujer sola leyendo novelas larguísimas como si hubiera huido de alguien.
—Qué paz —murmuré sentándome.
—¿Ves? Y tú querías cancelar el viaje por tráfico.
—Ayer habría vendido a mi madre por un helicóptero.
Enseguida apareció una chica sonriente con café recién hecho.
Y de verdad: hay momentos en la vida donde un café caliente delante del mar debería considerarse experiencia religiosa.
Cerré los ojos al primer sorbo.
—Que nadie me hable durante unos minutos.
Álvaro se rió mientras empezaban a llegar platos: pan recién hecho, fruta cortada, aceite bueno, jamón, y una bandeja de dulces absolutamente obscena: croissants brillantes, bizcochos, mini napolitanas y algo con pistacho que claramente iba a destruirme emocionalmente.
Todos los postres parecían estar susurrando: “cómeme, Marisa, te lo mereces”.
Mi reloj vibró: “Recuerda mantener hábitos saludables también en vacaciones.”
Lo miré lentamente.
Luego cogí la napolitana de chocolate más grande de la bandeja.
—Hoy eliges la violencia, ¿no? —dijo Álvaro.
—Mi reloj acaba de declararme la guerra.
Álvaro untó tomate en el pan con absoluta felicidad deportiva.
Era desesperante cómo podía desayunar aceite, jamón y media panadería sin perder el aspecto de hombre saludable de anuncio.
—Después de desayunar podríamos ir andando hasta el mirador antes de bajar a la playa.
Levanté una mano inmediatamente.
—No. Para. Ahí.
—¿Qué?
—Llevas despierto desde las siete. Yo todavía estoy incorporándome a la existencia.
—Pero si luego te encanta.
—Sí, pero necesito primero un mínimo de glucosa y dignidad.
Álvaro sonrió mirándome por encima de la taza.
Y en ese momento me di cuenta de algo: hacía muchísimo tiempo que no nos sentábamos solos a desayunar sin prisa.
Sin hijos. Sin trabajo. Sin móviles sonando. Sin alguien pidiendo algo. Solo nosotros.
El mar al fondo, el café caliente y el rumor tranquilo de otras conversaciones.
Y durante unos segundos conseguí dejar la cabeza completamente en blanco. Tras ese opíparo desayuno que me hizo sentir como la reina de Java, nos dirigimos a la Playa de los Muertos.
El problema de las playas espectaculares es que nunca te las regalan. Siempre hay una trampa.
Un camino infernal. Mil escalones. Un parking imposible. O, como en el caso de la Playa de los Muertos, un descenso que rozaba claramente la actividad de riesgo.
—¿Perdona? —dije mirando la bajada—. ¿Hay que bajar por ahí?
Álvaro, feliz, ya llevaba la silla plegable en una mano y el equipo de snorkel en la otra.
—No exageres.
Miré otra vez el sendero.
Aquello no era un acceso a una playa: aquello era una prueba medieval diseñada para descubrir quién merecía realmente bañarse en el Mediterráneo.
Un camino de tierra y piedras bajando por el acantilado bajo un sol criminal, con pendiente suficiente como para replantearse decisiones vitales importantes.
—Álvaro, si me mato aquí quiero que quede claro que no fue amor al deporte.
Él se rio sin girarse siquiera.
—La subida será peor.
—Qué tranquilidad transmites.
Mi reloj vibró: “Actividad intensa detectada.”
—Vete al infierno —murmuré.
La bajada fue exactamente tan humillante como parecía.
A mitad de camino yo ya iba sudando, agarrándome a la barandilla natural de piedras como una señora victoriana delicada mientras Álvaro descendía delante de mí con energía absurda de cabra montesa motivada.
—¿Sabes lo bonito que sería ahora mismo un chiringuito accesible en coche? —dije jadeando.
—Confía en el proceso.
—La gente que dice “confía en el proceso” suele estar intentando matarte.
Pero entonces llegamos abajo.
Y entendí inmediatamente por qué la gente hacía aquella bajada infernal: la playa era espectacular.
El agua tenía un color transparente e imposible, entre azul y verde, tan limpia que desde fuera se distinguían perfectamente las piedras del fondo.
Nada de música. Nada de sombrillas pegadas unas a otras.
Nada de niños jugando al fútbol sobre órganos internos ajenos.
Solo mar. Rocas enormes. Silencio. Y aquella sensación de aislamiento raro que tienen algunas playas donde uno siente que el mundo queda muy lejos.
Eso sí: la arena no existía, todo eran cantos rodados. Miles y miles de piedras redondas diseñadas aparentemente por un enemigo de las lumbares humanas.
Álvaro dejó las cosas en el suelo.
—Bueno… ya estamos.
Yo miré alrededor.
—¿Aquí la gente se tumba voluntariamente?
—Por eso he traído silla.
Lo miré emocionada.
—¡Si es que te tengo que querer!.
Porque sin aquella silla aquella playa solo era apta para faquires, penitentes medievales y gente joven con discos intervertebrales todavía funcionales.
Álvaro desplegó el snorkel con felicidad infantil. Llevaba ya esa cara suya de deportista de documental: concentrado, feliz, ridículamente preparado para cualquier actividad física espontánea.
—Voy a explorar un poco.
—Claro que sí, Jacques Cousteau.
—Te sorprendería la cantidad de peces que hay aquí.
—Álvaro, ahora mismo mi única ambición es no moverme.
Él se inclinó para besarme rápidamente y se metió al agua casi inmediatamente.
Y entonces ocurrió algo maravilloso.
Silencio.
Me senté frente al mar con las piernas estiradas, las gafas de sol puestas y el sonido suave de las olas chocando contra las piedras.
Durante unas horas desapareció esa ilusión moderna de que somos imprescindibles para el correcto funcionamiento del planeta.
El teléfono apenas servía para hacer fotos, los correos electrónicos seguían acumulándose sin consecuencias visibles y los asuntos supuestamente urgentes demostraban una sorprendente capacidad para sobrevivir sin nuestra intervención.
Resultaba casi ofensivo comprobar lo bien que seguía girando el mundo mientras nosotros nos dedicábamos simplemente a estar allí.
Solo luz.
La clase de luz blanca y salvaje que tiene Cabo de Gata, donde todo parece más quieto y más antiguo que en el resto del mundo.
Álvaro nadaba ya mar adentro completamente feliz, convertido oficialmente en un pez canoso con neopreno parcial.
Y yo me quedé allí. Sin pensar demasiado. O intentando no hacerlo, sólo mirando el agua. Respirando y sintiendo por primera vez en muchísimo tiempo que quizá mi cabeza podía aprender otra vez a quedarse quieta.
Álvaro salió del agua al cabo de un buen rato con cara de haber descubierto un continente nuevo.
Venía entusiasmado. Literalmente entusiasmado.
Se quitó las gafas de snorkel levantándose el pelo mojado hacia atrás y soltó:
—Marisa, tienes que entrar. Es una barbaridad lo que hay ahí debajo.
Lo miré por encima de las gafas de sol sin moverme de la silla.
—¿Quién? ¿Yo?
—Sí, tú.
Me incorporé apenas un poco.
—Álvaro, cariño, yo ya he elegido mi papel en esta playa.
—No seas exagerada.
—Tú eres Jacques Cousteau. Yo soy más de relación contemplativa con el mar: mirarlo, respetarlo y dejar que siga ahí sin involucrarme demasiado.
Él soltó una risotada mientras se dejaba caer a mi lado sobre las piedras como si aquello fueran cojines ergonómicos de lujo y no cantos rodados diseñados para destruir caderas humanas.
—De verdad, no sabes lo transparente que está el agua.
—Y tú no sabes el apego que le tengo a seguir respirando sin tubo.
Álvaro apoyó los brazos hacia atrás mirando el horizonte.
El sol caía sobre el agua volviéndolo todo casi blanco de luz.
—Es espectacular este sitio. Y tenía razón.
Muchísima. Era una de esas playas donde uno siente que el mundo todavía puede ser salvaje y bonito a la vez.
El agua sonaba distinto al romper contra las piedras.
No tenía el rumor suave y domesticado de las playas de arena, sino un sonido más hondo, más limpio, casi mineral.
Las olas llegaban transparentes, chocaban contra los cantos rodados y retrocedían arrastrándolos unos contra otros en un murmullo grave y repetitivo, como si el mar respirara despacio justo delante de nosotros.
Era un sonido hipnótico, antiguo, capaz de dejarte la cabeza completamente vacía durante unos segundos.
A lo lejos alguien nadaba lentamente cerca de las rocas y el resto de la playa permanecía casi en silencio, como si todos hubiéramos entendido automáticamente que hablar demasiado alto allí quedaba feo.
Mi reloj vibró: “Has superado tu objetivo diario de actividad.”
Sonreí satisfecha.
—¿Ves? El reloj ya considera que sobrevivir a la bajada era suficiente deporte por hoy.
Álvaro negó con la cabeza riéndose.
—Tu relación con ese aparato empieza a preocuparme.
Pero yo apenas lo escuchaba ya.
Porque en ese momento tuve un pensamiento aterrador: la subida.
Con calor. Miré lentamente hacia arriba. Desde abajo, el sendero parecía todavía más vertical. Más largo. Más asesino.
—Álvaro…
—Mmm.
—Necesito que hablemos seriamente de cómo vamos a salir vivos de aquí. Y con el estómago vacío.
Y sonrió con una picardía peligrosísima.
—¿Quién ha dicho nada del estómago vacío?
Fruncí el ceño.
Él se incorporó despacio, abrió la mochila y empezó a rebuscar dentro con esa calma irritante de hombre que sabe perfectamente que está a punto de impresionar a alguien.
—Álvaro…
—Un momento.
Y entonces, como un mago sacando un conejo de una chistera, apareció una pequeña bolsa de papel manchada ligeramente de aceite.
La abrió. Y casi lloré de emoción. Dentro había dos bocadillos enormes de pan crujiente, todavía ligeramente templados, de jamón ibérico con tomate rallado y aceite bueno, del que huele a felicidad y colesterol premium al mismo tiempo.
Además sacó una bolsita de patatas artesanas y dos cervezas frías envueltas en una toalla pequeña. Lo miré absolutamente conmovida.
—No puedo creer que hayas hecho esto.
—Te conozco.
—No, Álvaro. Esto no es amor. Esto es supervivencia avanzada.
Cogí el bocadillo con las dos manos como si acabaran de rescatarme tras días perdida en el desierto. Y antes de darle el primer mordisco le abracé impulsivamente.