Capítulo 16 Verano por fin
Salir de Madrid el primer día de vacaciones debería considerarse deporte de riesgo.
Entre coches, niños llorando en áreas de servicio, gente adelantando como si el destino fuera salvar su matrimonio y cuarenta grados derritiendo el asfalto, uno llega a cuestionarse seriamente si quedarse en casa no sería más saludable mentalmente.
—Te juro que si veo otra caravana me bajo del coche y hago el resto andando.
Álvaro ni se inmutó. Llevaba seis horas conduciendo con gafas de sol, un brazo fuera de la ventana y esa tranquilidad irritante de hombre convencido de que los viajes largos fortalecen el carácter.
—Ya queda poco.
—Llevas diciendo eso desde Murcia.
—Porque soy optimista.
—No. Porque mientes.
Mi reloj vibró inmediatamente: “Parece que llevas mucho tiempo inactiva.”
Lo miré con odio.
—Tú cállate.
Álvaro soltó una risa sin apartar la vista de la carretera.
—¿Le estás contestando al reloj otra vez?
—Me está juzgando.
—Te está diciendo que te muevas.
—Llevamos seis horas atrapados detrás de una familia de Cuenca con una caravana del tamaño de Andorra. ¿Qué quiere que haga? ¿Burpees en la A-7?
El reloj volvió a vibrar: “Respira profundamente unos minutos.”
—Encima coaching emocional.
Álvaro ya se estaba riendo de verdad.
—Un día te va a denunciar por sedentarismo, dijo Alvaro
—Un día lo tiro por la ventana, le responddí yo.
Miré otra vez la pantalla. Doce pasos en la última hora. El reloj parecía profundamente decepcionado conmigo.
—Llevas diciendo eso desde Murcia.
—Porque soy optimista.
—No. Porque mientes.
Él soltó una risa.
Yo, mientras tanto, tenía la espalda destruida y la sensación de llevar veinte horas metida en el coche.
Pero todo se me pasó cuando llegamos a San José.
El pueblo aparecía blanco y tranquilo frente al mar, con esa luz dorada de última hora de la tarde que hace que incluso la gente arrastrando maletas parezca cinematográfica.
Y el hotel… era exactamente lo que yo habría querido elegir si hubiera sabido elegir tan bien: pequeño, blanco y minimalista sin resultar pretencioso. Con plantas enormes, madera clara y ese silencio elegante de los sitios donde todo el mundo parece hablar más bajo automáticamente.
—Álvaro…esto es, esto es……
Él sonrió ya antes de que terminara la frase.
—Lo sé.
—No, en serio. Lo has clavado.
—Puedes admitir tranquilamente que tengo talento.
—No exageremos.
La habitación tenía una terraza coqueta con vistas al mar y una cama enorme vestida completamente de lino blanco. Todo olía a limpio, a sal y a vacaciones caras justificadas emocionalmente.
En cuanto dejamos las maletas, Álvaro ya estaba mirando el móvil.
—Voy a salir a correr un rato.
Lo miré incrédula.
—¿Acabamos de cruzarnos España y quieres correr?
—Precisamente por eso.
—Tú no eres una persona normal.
Él ya estaba poniéndose las zapatillas.
—Voy hasta la playa, veo un poco la zona y vuelvo antes de que anochezca.
—Claro. Porque ir andando como la gente civilizada no era una opción.
Álvaro se acercó a besarme la frente.
—Eso lo haces tú muy bien. Representas a la población sedentaria.
—Vete antes de que pida el divorcio en recepción.
Se rio y desapareció cerrando la puerta detrás de él.
Y de pronto…silencio.
Ese silencio rarísimo que solo aparece cuando llevas demasiado tiempo rodeada de ruido y por fin te quedas sola. Me quedé quieta en mitad de la habitación unos segundos.
Sin móvil. Sin oficina. Sin conversaciones pendientes ni
cenas de urbanización. Solo el sonido lejano del mar entrando por la terraza. Empecé a deshacer la maleta despacio, casi con placer.
Colgué vestidos, saqué bikinis, ordené cremas absurdamente caras que luego siempre acababan llenas de arena. Y dejé sobre la cama el libro que llevaba tres meses intentando empezar.
La luz del atardecer empezó a entrar poco a poco en la habitación volviéndolo todo naranja suave. Salí a la terraza con una copa de vino del minibar y me senté descalza en una de las sillas.
Desde allí se veía el mar completamente tranquilo y algunas barcas pequeñas balanceándose cerca del puerto.
Abajo, la gente paseaba sin prisa. Una pareja discutía en voz baja. Un niño corría detrás de una pelota. Alguien reía en otra terraza.
Y por primera vez en muchísimo tiempo sentí que mi cabeza empezaba a bajar revoluciones.
Pensé en Lucía. En Ibiza. En Eva diciéndome que necesitaba vacaciones urgentemente. Y también pensé en la cena. En Sofía y Javier y en aquella sonrisa rápida que nadie más había visto.
Me molestó descubrir que seguía pensando en ellos incluso allí.
Apoyé la cabeza hacia atrás cerrando los ojos un momento.
El aire olía a sal y a tierra caliente.
Y entonces entendí algo extraño: a veces uno se va de vacaciones creyendo que deja las cosas atrás…
sin darse cuenta de que algunas ya han encontrado la forma de venir contigo.
Cuando Alvaro volvió, me encontró dormida y no quiso despertarme, asique bajó al restaurante, comió algo rápido y se dejó abrazar por Morfeo, una vez que yo ya le había soltado.
Al día siguiente, me desperté despacio, como si mi cuerpo todavía no terminara de creerse que no tenía que correr a ningún sitio.
Durante unos segundos no supe ni dónde estaba. Noté las sábanas frescas pegadas a las piernas, el aire acondicionado suave y esa sensación maravillosa de habitación completamente en silencio.
Entonces escuché la ducha.
Y recordé: San José. Vacaciones. Almería. No trabajo. No reuniones. No Madrid.
La habitación estaba llena de esa luz blanca de las mañanas cerca del mar. Desde la terraza llegaba un ruido lejano conversaciones amortiguadas del desayuno del hotel.
Me giré despacio buscando la postura más cómoda posible y enterré otra vez media cara en la almohada. Aquella cama era obscenamente cómoda.
De esas que consiguen que uno se plantee abandonar su vida anterior y mudarse definitivamente a un hotel boutique.
Mi reloj vibró sobre la mesilla: “Has dormido 7 horas y 42 minutos. Recuperación óptima.”
Lo miré entre legañas.
—Pues déjame seguir recuperándome.
Unos segundos después apareció Álvaro saliendo del baño con una toalla en la cintura y aspecto de haber nacido para vivir junto al mar.
Aquello era irritante. Parecía uno de esos hombres de anuncio absurdo de relojes caros: moreno, canoso, espalda ancha, relajado.
Mientras tanto yo seguía fusionada con la almohada y probablemente tenía marcas de sábana hasta en el alma.
Álvaro abrió la terraza y entró una bocanada de aire caliente y olor a sal.
—Buenos días, marmota.
Gruñí algo ininteligible.
—¿Sabes qué hora es?
—Demasiado temprano para estar tan feliz.
—Son las nueve y media.
Abrí un ojo horrorizada.
—Estamos oficialmente de vacaciones. Las nueve y media es madrugada.
Él se rio mientras rebuscaba ropa en la maleta.
—Te recuerdo que hoy toca Playa de los Muertos.
—A mí hoy lo único que me toca es un desayuno gigante.
Me incorporé un poco apoyándome sobre los codos.
—¿Cuál es exactamente el plan del día? Y mide bien tus palabras porque ahora mismo mi cuerpo funciona únicamente con café.
Álvaro ya se estaba poniendo una camiseta.
—Desayunamos aquí tranquilos, bajamos a la playa, nos damos un baño…
—Ajá.
—Comemos algo allí o donde surja…
—Ajá.
—Y luego quizá una ruta andando por la tarde.
Lo miré fijamente.
—Álvaro.
—¿Qué?
—“Ruta andando” no son palabras compatibles con “primer día de vacaciones”.
—Marisa, llevas meses diciendo que necesitas moverte más.
Mi reloj vibró inmediatamente: “Objetivo diario: 8.000 pasos.”
Lo cogí de la mesilla indignada.
—¿Lo ves? Estáis coordinados.
Álvaro empezó a reírse mientras terminaba de vestirse.
—Tu reloj tiene razón.
—Mi reloj es un policía moral diminuto.
Me dejé caer otra vez sobre la cama.
Las sábanas olían increíblemente bien a limpio y a descanso. Álvaro se acercó y me apartó el pelo de la cara.
—Vamos, vaga.
—No me hables así cuando todavía tengo la legaña pegada.
—Tienes una edad en la que ya no puedes decir “legaña” y seguir siendo sexy.
—Y tú una edad en la que correr voluntariamente cuesta abajo por acantilados empieza a parecer una premonición médica.
Soltó una carcajada.
—Te va a encantar la playa.
—Eso espero, porque ayer casi muero deshidratada en la carretera.
—Exagerada.
—No, agotada.
Suspiré y me incorporé por fin.
La terraza estaba llena de luz y el mar brillaba al fondo como si alguien lo hubiera puesto ahí solo para fastidiar a la gente que trabaja en oficinas.
Y en ese momento, todavía descalza, despeinada y medio dormida, pensé que quizá sí era posible desconectar unos días de todo.
Mi reloj volvió a vibrar: “Es una buena hora para empezar el día.”
—De verdad que voy a ahogarte en el Mediterráneo —murmuré.
Bajamos al desayuno casi cuarenta minutos después porque, al parecer, prepararse para “bajar un momento a desayunar” en vacaciones requiere exactamente el mismo nivel de producción que una boda pequeña.
Yo llevaba puesto un bañador absurdamente caro que prometía “efecto escultural inmediato”, una frase que siempre me hace imaginar que la prenda incluye un pequeño equipo de albañiles trabajando activamente sobre tu cuerpo.
Encima me había puesto una túnica ligera llena de colores imposibles, sandalias nuevas, sombrero grande y gafas de sol.
Las gafas eran fundamentales porque la legaña seguía ahí, quizá no físicamente, pero sí espiritualmente.
Álvaro me miró cuando salimos del ascensor.
—Pareces una millonaria divorciada en Saint-Tropez.
—Y tú pareces el monitor de pádel que intenta seducirla.
—Perfecto entonces.
El comedor del hotel era exactamente igual que el resto del sitio: bonito de una manera tranquila y un poco insultante, todo tan blanco, madera clara, plantas enormes, música suave.
Gente descansada hablando bajito como si cualquiera que levantara demasiado la voz fuera expulsado directamente a Benidorm.
Además, el hotel era adults only , una expresión elegantísima para decir: “aquí no queremos niños gritando mientras desayunas”.
Y honestamente, después de veintitantos años de maternidad, entendía perfectamente el concepto.
Miré alrededor. Todo eran parejas.