Capítulo 15 Lo que empieza a verse
Organizamos una última reunión antes de agosto que siempre tenía algo de fiesta de final de curso.
La gente llegaba más relajada, más generosa con el vino y más optimista de lo normal, como si las vacaciones estuvieran todavía intactas y ninguno supiera aún cuánto cansancio llevaba acumulado encima.
Yo llevaba toda la tarde cocinando con Laila mientras Álvaro y Quico peleaban con la barbacoa en la terraza.
O mejor dicho: Álvaro hacía la barbacoa y Quico asentía en silencio como si estuviera supervisando una operación delicadísima.
—Tu señor marido habla menos cada verano —le dije a Laila mientras cortábamos tomate.
—Porque me escucha demasiado —contestó ella—. Y eso agota una barbaridad y te chupa la energía.
Thor iba y venía por la cocina convencido de que aquella cena existía únicamente para alimentarlo a él.
Lucía había desaparecido diciendo que “solo bajaba cinco minutos” y llevaba media hora en la piscina hablando con unos amigos.
Javi, mientras tanto, enseñaba playlists de Ibiza a cualquiera que cometiera el error de mirarle a los ojos.
A las nueve empezaron a llegar todos.
Ana y Javier aparecieron primero con dos botellas de vino y una ensalada que Ana insistió veinte veces en que “había quedado fatal”. Había algo agotadoramente perfecto en ella incluso cuando intentaba parecer imperfecta.
Javier venía especialmente guapo aquella noche, más moreno, más relajado quizá.
Y sin embargo, en cuanto entró en casa, lo primero que hizo fue buscar a Sofía con la mirada. Fue rápido. Casi invisible.
Pero yo ya estaba pendiente.
Después llegaron Adriana y Pablo, cargados con un postre artesanal de una pastelería que probablemente costaba lo mismo que una hipoteca pequeña.
—No lo metáis en la nevera —advirtió Adriana nada más entrar—. Pierde textura.
—Yo también pierdo textura en agosto y nadie me protege —murmuró Carlos entrando justo detrás de ella. Venía hablando ya desde el ascensor. Literalmente hablando solo.
—…porque yo lo que digo es que un buffet libre saca lo peor del ser humano. La gente pierde totalmente la dignidad delante de una bandeja de bacon.
Sofía apareció detrás de él con una botella de vino en una mano y el bolso en la otra.
—Buenas noches —dijo.
Y luego, directamente a Carlos:
—¿Puedes respirar un minuto sin hacer un monólogo?
Carlos levantó ambas manos teatralmente.
—Mira qué recibimiento me hacen en mi propia comunidad.
Todos nos reímos. O casi todos. Porque Sofía no.
La cena empezó bien. El vino corría rápido, el calor había dado una tregua y desde el jardín se escuchaban las voces lejanas de otra gente cenando en otros pisos. Ese ruido típico de urbanización en verano: cubiertos, risas, niños todavía despiertos, televisiones encendidas.
Carlos estaba especialmente inspirado, es que no había tema que no tocara.
Parloteaba sin cesar, que si una discusión absurda en el trabajo, una anécdota de gimnasio, una historia larguísima sobre un señor borracho en una gasolinera, y una teoría ridícula sobre por qué los hombres divorciados se compran bicis carísimas.
Laila lloraba de la risa.
Incluso Pablo sonrió un par de veces.
—Te lo juro —decía Carlos sirviéndose más vino—, hay hombres que no quieren una pareja, quieren un Garmin.
—¿Lo qué? — preguntó Laila
— Un Garmin es una marca muy conocida de relojes deportivos y dispositivos GPS, muy usados por corredores, ciclistas, triatletas, etc.
Lo que Carlos quiere decir es que hay hombres divorciados que sustituyen su crisis existencial por obsesionarse con el deporte y comprarse gadgets carísimos— explicó Pablo, nuestra enciclopedia andante.
— Eso es, te lo juro, hay hombres divorciados que no quieren rehacer su vida. Lo que quieren es un Garmin de quinientos euros y subir puertos en bici vestidos como astronautas— aclaró Carlos.
— Carlos, cariño, deja hablar a otra persona cinco minutos —dijo Sofía.
Lo dijo sonriendo. Pero había algo tenso debajo que Carlos no notó. O fingió no notarlo.
—Perdón, perdón. Continúa tú con alguno de tus relatos apasionantes sobre control parental y horarios infantiles.
Hubo alguna risa incómoda. Sofía dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—¿Puedes parar ya?
Silencio.
Carlos todavía sonreía.
—Era una broma.
—No, Carlos. Llevas toda la noche así.
Silencio otra vez, únicamente se oía el cántico veraniego de los grillos. Cri, Cri, Cri.
Carlos soltó una risa corta.
—Madre mía, qué ambiente.
—Es que no todo tiene que girar constantemente alrededor de ti.
Aquello cayó sobre la mesa como un vaso rompiéndose. Nadie habló. Ni siquiera Laila.
Carlos pestañeó un segundo. Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué cara poner.
—Sofía… —dijo bajando algo el tono.
Pero ella ya había seguido hablando.
—De verdad, es agotador. Todo el rato haciendo chistes, interrumpiendo, hablando por encima de la gente… no hace falta convertir cada cena en un espectáculo.
Nadie se movía.
Thor apareció debajo de la mesa completamente ajeno al drama, buscando comida.
Álvaro carraspeó incómodo. Pablo miraba su copa como si aquello no estuviera ocurriendo. Ana tenía esa expresión de horror silencioso de la gente incapaz de soportar conflictos en público.
Y Javier…Javier estaba mirando a Sofía. No sorprendido, sino más bien preocupado, no sabría definirlo.
Eso fue lo que me recorrió el cuerpo como un escalofrío.
Porque no parecía la reacción de un amigo viendo discutir a otra pareja.
Parecía algo más íntimo. Más involuntario.
Carlos intentó recuperar el tono ligero.
—Bueno… apuntado queda que en septiembre vuelvo misterioso y callado.
Pero ya no tenía gracia.
Sofía se levantó de la mesa.
—Voy un momento dentro.
Y desapareció hacia la cocina dejando detrás una sensación espesa, incómoda, casi física.
Nadie habló durante unos segundos eternos.
Sofía volvió al cabo de un minuto con la misma expresión serena de siempre, como si nada hubiera pasado.
Y eso fue casi más incómodo.
Carlos hizo un esfuerzo evidente por recuperar el ambiente.
Empezó a hablar con Alvaro sobre no sé qué restaurante de San José y poco a poco la conversación volvió a moverse, aunque ya con esa fragilidad rara de las cenas donde todos saben que ha ocurrido algo que no debería haber ocurrido delante de tanta gente.
Aun así, el verano estaba demasiado cerca como para permitir que nadie se enfadara de verdad.
Las copas se fueron vaciando. Thor consiguió robar un trozo de pan.
Laila acabó enseñándonos vídeos absurdos de flamencos bailando en TikTok.
Y Adriana discutió quince minutos con Pablo sobre si el gazpacho llevaba o no pepino “de manera tradicional”. Casi normal otra vez.
Casi.
Pasaba de la una cuando empezamos a despedirnos, ese momento caótico y cariñoso de final de noche: vasos olvidados, bolsos, promesas de mandarnos fotos por WhatsApp, gente buscando llaves.
—Bueno, familia, feliz verano —dijo Carlos levantando una mano—. Si sobrevivo a agosto prometo volver más moreno y menos intenso.
—Eso último no te lo crees ni tú —contestó Laila abrazándolo.
Las mujeres empezamos a besarnos entre nosotras mientras los hombres se daban abrazos torpes y palmadas en la espalda.
—Mandad fotos de Almería —dijo Ana abrazándome—Y descansa, por favor.
—Vosotros también.
—En septiembre organizamos algo grande —gritó Carlos ya desde la puerta—. Septiembre va a ser nuestro mes.
—Eso decimos todos antes de abrir el correo el primer día —contestó Álvaro.
Hubo risas otra vez.
La urbanización olía a noche caliente y jazmín cuando empezaron a salir.
Y fue entonces, en mitad de toda aquella algarabía de despedidas, abrazos y voces cruzadas, cuando los vi. Solo un instante.
Javier se inclinó ligeramente hacia Sofía mientras Carlos hablaba con Álvaro sin enterarse de nada.
Ella giró apenas la cabeza.
Él le dijo algo muy rápido, casi sin mover los labios.
Y Sofía sonrió.
No una sonrisa social. No la sonrisa educada que tenía para el resto. Otra distinta.
Pequeña. Íntima. Casi cansada que duró menos de dos segundos.
Después volvieron a separarse como si no hubiera pasado nada.
Nadie pareció verlo.
Nadie excepto yo.
Y en ese momento tuve por primera vez la sensación clara y fría de que no estaba imaginando cosas.