Capítulo 14 Urgente antes de agosto
El lunes la agencia siempre parecía más ruidosa de lo normal, pero aquel de finales de julio era directamente un estado de agitación colectiva. El problema de intentar cerrar todo antes de agosto es que, al final, nadie está realmente pensando en lo que está haciendo.
La oficina de Wild parecía una carrera contrarreloj mal organizada.
Teléfonos sonando, Slack explotando y Nico hablando solo frente a su pantalla como si negociara la paz mundial. Y Eva con esa calma falsa de directora que ya ha aceptado que julio no es un mes, es una amenaza.
En Wild lo llamábamos “modo agosto”. Agosto tenía la capacidad de multiplicarlo todo.
Que básicamente significaba: todo el mundo trabajando como si el mundo se acabara en dos semanas… porque para nosotros, en cierto modo, se acababa.
La mitad del equipo ya había empezado a hacer maletas mentales. Y la otra mitad fingía que no.
Yo había llegado pronto, como siempre que hay cosas importantes que cerrar. Me gusta esa sensación de oficina medio vacía, con los ordenadores encendidos y el aire acondicionado luchando contra un sol que ya entra sin pedir permiso.
Nico ya estaba. Eso nunca fallaba.
—Buenos días —dijo sin levantar demasiado la vista del portátil—. O lo que sea esto.
—Es lunes —le contesté.
—Peor.
Eva llegó diez minutos después con dos cafés en la mano y cara de haber dormido poco y mal. Aún así, lucía estupenda, como siempre.
—He traído café de emergencia —dijo dejándome uno delante—. Si no lo bebes ahora, te lo bebes llorando más tarde.
—Qué optimismo, Eva —murmuré.
—No es optimismo. Es experiencia.
Yo intentaba concentrarme en una presentación para un cliente de cosmética natural que quería “algo disruptivo pero elegante, divertido pero serio, juvenil pero atemporal”.
Cada vez que alguien decía ese tipo de cosas, yo sentía que una parte de mi cerebro se desconectaba.
—Eso no existe —murmuré.
—¿El qué? —preguntó Nico sin levantar la vista.
—Nada. La coherencia.
Eva asomó la cabeza por la puerta.
—Marisa, luego necesito que revises el presupuesto de la campaña de Baleares.
—Sí.
—Y el calendario de septiembre
—Sí.
Miré la pantalla y abrí el calendario como si fuera una escena de guerra
En la pantalla ya había más de treinta mensajes sin leer.
Proyectos que “tenían que cerrarse sí o sí esta semana”. Y ese clásico universal: “lo dejamos para después del verano”, que en realidad significa “desaparece de mi vida hasta septiembre”.
Nico giró la silla hacia mí.
—¿Has visto lo de la campaña de Serrano?
—Sí.
—Nos están pidiendo cambios imposibles.
—Como siempre.
—No, esta vez es peor —dijo Eva sin levantar la vista—. Quieren “más emoción pero menos intensidad”.
Hubo un silencio. Nico me miró. Yo le miré a él.
—Eso no significa nada —dijo Nico.
—Exacto —respondí.
Eva levantó la cabeza por fin.
—Yo ya he respondido “ok” y he dejado que el universo decida.
Me reí sin querer.
Ese era el tipo de respuesta que solo puedes dar cuando ya has asumido que el verano te ha ganado.
A media mañana entró Rafa, nuestro nuevo Director Creativo con esa energía nerviosa de quien intenta parecer tranquilo pero ya está pensando en el aeropuerto.
—Chicos, tenemos que cerrar todo lo de julio hoy —dijo sin saludar siquiera.
—¿Todo? —preguntó Nico.
—Todo lo posible. Lo imposible lo dejamos “pre-agendado”.
Eva levantó una ceja.
—Eso suena peligrosamente a septiembre.
—Septiembre es un problema del yo del futuro —contestó él.
Yo volví a mi pantalla, pero es verdad que yo estaba en modo multitarea emocional
Y entonces entró otro mail. Otro cliente. Otra urgencia. Otra vida que había que resolver antes de agosto.
El desastre llegó a las 12:47. Yo estaba en una llamada con un cliente.
Un cliente especialmente intenso que repetía la palabra “impacto” cada siete segundos.
—Necesitamos más impacto —decía él—. Pero sin ser agresivo. Algo que impacte suavemente.
Yo asentía, aunque sabía que no me veía.
—Claro, sí, entiendo… impacto suave.
En ese momento Nico me pasó un mensaje por Slack:
“Revisas el copy del post de Ibiza? lo lanzamos ya”
Yo abrí el documento sin pensar. Y ahí empezó todo. Porque el copy era el siguiente:
“Este verano, en Ibiza, todo el mundo se deja llevar…”
Y mi cerebro, saturado de urbanización, Sofía, Javier, cenas, piscinas, silencios raros…automáticamente completó el resto de una frase que no debía existir.
Así que lo cambié.
Sin darme cuenta. Sin mala intención.
Solo… mal.
Puse:
“Este verano, en Ibiza, todo el mundo se deja llevar… incluso lo que no debería.”
Le di a guardar. Le di a enviar. Y volví a la llamada como si nada.
—Perfecto, lo vemos con el equipo creativo —dije—. Lo cerramos hoy.
Silencio. En la llamada. Y en la oficina.
Nico giró lentamente la cabeza hacia mí.
—Marisa… ¿has enviado eso al cliente?
—Sí —dije—. ¿No era el copy final?
—Marisa —dijo despacio—. El cliente es una marca de hoteles familiares.
—Sí.
—“Todo el mundo se deja llevar… incluso lo que no debería” no es exactamente… family friendly.
Me quedé congelada. Literalmente.
Noté cómo el calor de la oficina bajaba dos grados.
—Ah —dije.
Nico ya estaba riéndose en silencio.
—Eso es… bastante oscuro —añadió.
—No es oscuro —intenté defenderme—. Es… evocador.
Nico me quitó el ratón de la mano con una calma que daba más miedo que un grito.
—¿Sabes qué pasa, Marisa?
—Que he enviado algo inapropiado.
—Que llevas tres días en la oficina pero no estás aquí.
Yo iba a responder. Pero no supe qué. Porque tenía razón.
Eva me llamó a su despacho, Nico también estaba ahí
Durante unos segundos nadie habló.
Luego Eva suspiró y bajó un poco el tono.
—Mira… lo arreglamos. No pasa nada grave. Pero necesito que te centres.
Pausa.
Y más suave:
—Y tú necesitas vacaciones, Marisa. De verdad.
La miré.
—Las tengo en agosto.
Eva soltó una risa corta.
—No, no. Agosto no son vacaciones. Agosto es huida colectiva.
Nico asintió desde su silla.
—Es supervivencia.
Me recosté en la silla. Mi cabeza bullía: Lucía, mi hija, su año sabático. Sofía y Javier, y esa sensación de conversación privada dentro de una conversación pública.
Y entendí algo incómodo: yo no estaba solo cansada.
Estaba distraída por algo que todavía no tenía nombre.
Eva volvió a su mesa, pero antes de irse añadió:
—Y por favor, revisa el siguiente copy antes de enviar cualquier cosa filosófica existencial sobre el verano ibicenco.
—Vale —dije.
Nico me miró otra vez.
—¿Estás segura de que estás bien?
Yo dudé medio segundo.
—Sí —mentí.
Y volví al teclado. Pero ya no estaba en Ibiza. Ni en la oficina.
Estaba otra vez en aquella cena de la urbanización donde, sin que nadie lo dijera en voz alta, todo parecía perfectamente normal…y eso era exactamente lo que empezaba a preocuparme.
Estaba deseando llegar a casa tras una jornada maratoniana. Cuando abría la puerta Thor me recibió con ese paso tranquilo y esa mirada tierna. Se pegó a mi sin intención alguna
—Thor, cariño, muévete un poco o alguien va a morir esta noche —dije intentando desembarazarme de semejante mole.
Thor resopló. Ni se movió.
—Ese perro vive mejor que nosotros —dijo Lucía desde la mesa.
—Ese perro no tiene una madre preguntándole qué va a hacer con su vida —contesté.
Lucía levantó lentamente la vista.
—Ya estamos.
Álvaro estaba poniendo la mesa y abrió una botella de vino, invitándonos a sentarnos y compartir una de esas raras cenas familiares.
A sus cincuenta y dos años seguía teniendo ese atractivo absurdo de hombre que nunca terminó de perder del todo el encanto juvenil. Canoso ya, sí, pero bien llevado. Muy bien llevado. De los que todavía llenaban camisetas sin parecer ridículos y necesitaban hacer deporte hasta para relajarse.
El problema de Álvaro era que le sentaba demasiado bien la edad.
Y él lo sabía.
Venía de correr y aún llevaba la camiseta técnica pegada al cuerpo.
Lucía lo señaló.
—Papá, deberías dejar de pasearte así. Es incómodo para la población femenina joven.
—Gracias, hija —contestó él sentándose—. Tu madre no lo valora lo suficiente.
—Tu padre está a dos proteínas en polvo de abrirse una cuenta de Instagram motivacional —dije.
Lucía soltó una carcajada desde el otro lado de la mesa.
—Yo le seguiría.
—Tú seguirías a cualquiera que enseñe abdominales —contestó Javi.
—Eso es mentira y ofensivo.
Thor decidió entonces levantarse justo cuando yo salía de la cocina con la fuente caliente. Tuve que esquivarlo haciendo una maniobra peligrosa.
—¡THOR!
El perro me miró confundido, tiró con la cola una servilleta al suelo y siguió andando como un elefante deprimido.
—De verdad, un día nos mata.
—Pero con ternura —dijo Álvaro.
La cena transcurría con esa mezcla de caos y confianza de las familias que llevan demasiados años compartiendo la misma mesa.
Javi estaba contando ya por quinta vez sus planes para Ibiza.
—No es exactamente Ibiza ciudad —aclaró—. Está más al norte.
—Claro —dije—. La Ibiza espiritual.
—Mamá, no todos vamos a emborracharnos en barcos.
Lucía levantó una ceja.
—No todos. Solo el noventa y ocho por ciento.
Javi cogió pan y se lo tiró.
—Tú vas a desaparecer tres meses por Asia con una mochila y el problema soy yo.
—No son tres meses —dijo Lucía.
Todos nos quedamos mirándola.
Ella bebió agua tranquilamente.
—Bueno… técnicamente sí son tres meses. Pero pueden ser prorrogables dependiendo de cómo vaya el viaje.
Yo dejé el tenedor. Álvaro también.
—¿Prorrogables? —pregunté.
—Mamá, no es una operación militar.
—Lucía, cariño, acabas de anunciarlo como si fueras una corresponsal de guerra.
Álvaro intentó intervenir conciliador.
—A ver, tampoco pasa nada por improvisar un poco.
—Claro, porque la que no duerme soy yo —dije.
Lucía suspiró dramáticamente.
—Os juro que toda la gente de mi edad viaja sola.
—Y toda la gente de mi edad mira documentales de crímenes reales —contesté—. No ayuda.
Javi se rio tan fuerte que casi se atraganta.
Thor apareció inmediatamente debajo de la mesa esperando comida.
—Ese perro sabe detectar debilidad emocional —dijo Álvaro.
Después de recoger la cocina nos quedamos un rato en el salón con el aire acondicionado demasiado fuerte y la televisión puesta sin que nadie la mirara realmente.
Lucía estaba enseñándole rutas del viaje a Álvaro en el móvil.
Javi buscaba apartamentos imposibles en Ibiza con presupuesto de estudiante.
Y yo, por primera vez en semanas, sentí unas ganas físicas de vacaciones.
De irme. De desaparecer unos días.
Pensé en Almería. En Cabo de Gata. En el hotel pequeño de San José. En despertarme sin prisas con el sonido del mar. En no escuchar el móvil.
—Necesitamos esas vacaciones urgentemente —dije casi para mí.
Álvaro levantó la vista desde el sofá.
—Muchísimo.
Y por cómo lo dijo entendí que no hablaba solo del trabajo.
Más tarde, ya en la cama, Thor roncando fuera del dormitorio como una motocicleta asmática y la casa por fin en silencio, me quedé mirando el techo un rato.
Álvaro estaba leyendo con las gafas puestas.
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Mmm.
—¿Tú notaste algo raro el otro día entre Javier y Sofía?
Él bajó el libro despacio.
—¿Raro cómo?
—No sé.
Me incorporé un poco sobre la almohada.
—Como… tensión rara.
Álvaro se quedó pensando.
—¿Esto viene de alguna conversación con Laila? Porque cuando os juntáis acabáis viendo infidelidades hasta en Mercadona.
—No te rías.
—No me río.
Sí se estaba riendo un poco.
Le di una patada suave por debajo de la sábana.
—Lo digo en serio.
Álvaro cerró el libro del todo esta vez.
—A ver… Javier estaba raro quizá.
—¿Verdad?
—Pero también puede ser que tú estés obsesionándote.
Eso me molestó ligeramente porque probablemente tenía algo de razón.
—No sé… hubo momentos raros.
—¿Como cuáles?
Intenté explicarlo y sonó absurdo incluso dentro de mi cabeza: las miradas evitadas ,los silencios, la sensación de conversación privada.
Álvaro escuchó sin interrumpirme.
—Puede ser —dijo al final—. O puede ser que lleves demasiadas semanas trabajando sin parar y estés montando una serie de HBO en tu cabeza.
Me quedé callada. Luego suspiré.
—Quizá.
Él apagó la luz de su lado y se acomodó otra vez.
—De todas formas el último fin de semana antes de agosto quedamos otra vez todos, ¿no?
—Sí. Aquí otra vez seguramente.
Giré la cabeza hacia él en la oscuridad.
—Hazme un favor.
—Miedo me da.
—Estate atento a esos dos.
Álvaro soltó una risa baja.
—Marisa…
—No, en serio.
Hubo un pequeño silencio.
Luego noté cómo me buscaba la mano entre las sábanas.
—Vale —dijo finalmente—. Estaré atento.
Y no sé por qué, pero aquella respuesta, en vez de tranquilizarme, me hizo sentir que acabábamos de abrir una puerta que ya no íbamos a poder cerrar.