Capítulo 13 La urbanización #4
—Un brindis por los matrimonios que siguen juntos después muchas maletas compartidas.
—Eso sí que destruye parejas, las mujeres sois invasivas con vuestros equipajes y metéis la mitad de vuestras cosas en nuestra maleta —dijo Quico.
Todos nos giramos sorprendidos.
—Mira, tú qué sabrás lo que una mujer necesita cuando se va de vacaciones —dijo Laila dándole un golpe cariñoso en el hombro.
Quico sonrió medio segundo.
—Yo solo digo que una pareja se conoce de verdad intentando meter una sombrilla en el maletero.
—Eso y buscando parking en un pueblo de costa —añadió Javier.
Entonces ocurrió otra vez.
Nada.
Literalmente nada.
Pero Sofía y Javier compartieron una sonrisa rapidísima.
No íntima, ni evidente. Ni siquiera cómplice.
Solo esa clase de sincronía mínima que tienen las personas que llevan varios pensamientos hablados en privado.
Volví a sentir esa sensación incómoda, la sensación extraña de estar viendo una conversación escondida debajo de otra.
La noche se fue apagando poco a poco, como se apagan siempre las cenas largas entre amigos: nadie decide realmente terminarlas, simplemente llega un momento en que las conversaciones empiezan a repetirse y el hielo se derrite del todo dentro de los vasos.
Laila fue la primera en levantarse.
—Bueno, yo me voy porque mañana he prometido ser una madre responsable y llevar a Hugo a las nueve a una excursión infernal.
—¿Qué excursión? —preguntó Carlos.
—Una granja escuela.
Carlos hizo una mueca.
—Uf. Olor a cabra desde primera hora. Durísimo.
—Tú no podrías sobrevivir en la naturaleza ni cuarenta minutos —dijo Sofía mientras empezaba a recoger vasos.
—Yo estoy hecho para ambientes controlados. Aire acondicionado y minibar.
—Y atención constante —añadió Adriana.
Carlos señaló a Adriana con una sonrisa.
—¿Veis? Ella me critica pero luego no puede vivir sin mí en las cenas.
—Eso es exactamente lo contrario de lo que ocurre —contestó Pablo.
Álvaro ya estaba ayudando a Quico a mover las sillas mientras Ana recogía platos conmigo en la cocina.
—Ha estado genial —dijo Ana bajando la voz—. Tenemos que hacer más cenas así.
—Sí, antes de que desaparezca todo el mundo en agosto.
Ana suspiró sonriendo.
—Te juro que cada año tengo más necesidad de vacaciones y menos energía para organizarlas.
La miré un segundo. Parecía cansada. No físicamente, si no como si llevara demasiado tiempo sosteniendo muchas cosas a la vez sin permitirse parar.
Entonces Javier apareció en la cocina con varias copas vacías en la mano.
—¿Dónde dejo esto?
—Ahí mismo —dije.
Ana le pasó una mano rápida por la espalda al cruzarse con él.
Un gesto automático, cariñoso, de gente que lleva muchos años junta.
Y aun así, no sé por qué, tuve otra vez esa sensación rara.
Como si estuviera mirando una fotografía ligeramente desenfocada.
Cuando por fin bajamos todos a la calle, el calor seguía pegado al suelo incluso cerca de medianoche.
La urbanización estaba casi en silencio salvo por el ruido lejano de una televisión y el motor de algún aire acondicionado.
Carlos se estiró exageradamente.
—Bueno, oficialmente estoy en ese momento de la noche en que prometo empezar dieta mañana.
—Llevas diciendo eso desde 2012 —dijo Sofía.
—Y mira qué constante soy.
Laila se rio apoyándose en Quico.
—A mí me gusta más Carlos en verano. Está más tonto todavía.
—Eso parecía imposible —dijo Adriana.
Pablo ya tenía cara de querer irse hacía al menos veinte minutos.
—Por cierto —dijo Ana—, la semana que viene podríamos quedar en la piscina y montar un aperitivito el sábado, ¿no?
—Sí, y echamos un pádel antes—dijo Álvaro.
Carlos levantó una mano inmediatamente.
—Yo juego solo si no me toca con Pablo. La última vez me habló de biomecánica deportiva entre saque y saque.
Pablo suspiró.
—Era una explicación normal.
—No, Pablo —dijo Laila—. Nada de lo que tú explicas dura menos de quince minutos.
Hasta Adriana se rió con eso.
Sofía tenía ya a su hijo dormido apoyado sobre el hombro.
Le apartó el pelo de la frente con una suavidad completamente distinta a la que mostraba normalmente delante del grupo.
Era la única que aún tenía un niño de corta edad, que llegó por sorpresa a sus 40 recién cumplidos, cuando ya la maternidad no entra en tus planes.
Javier la miró un instante. Solo un instante.
Y apartó la vista demasiado rápido.
Ahí fue exactamente cuando algo terminó de encajar dentro de mí, ese sentimiento incómodo y preciso de cuando ves una grieta pequeña aparecer en una pared que siempre había parecido perfecta.
Ana seguía hablando de organizar una última cena antes de agosto.
—Pero en vuestro jardín otra vez, Marisa —dijo—. Que es donde mejor se está.
—Claro —contesté.
Carlos señaló alrededor con dramatismo.
—Última cena antes de la dispersión estival. Luego en septiembre volvemos todos morenos, arruinados y fingiendo que hemos descansado.
—Habla por ti —dijo Sofía.
Carlos le sonrió. Ella apenas le devolvió media sonrisa.
Mientras los veía alejarse, tuve la sensación absurda de que el verano acababa de empezar a complicarse para todos.