Capítulo 13 La urbanización #3
Mientras las demás seguíamos alternando vino, cerveza o cualquier excusa líquida que justificara prolongar la sobremesa, Sofía se limitó a beber agua.
Lo hacía siempre con la misma naturalidad, sin dar explicaciones ni sentirse obligada a participar en los pequeños excesos colectivos que tan bien se nos daban al resto.
Y, sin embargo, al observarla, volvió a instalarse en mí aquella sensación difícil de definir que llevaba tiempo acompañándome cuando estaba cerca de ella y de Carlos.
No era que discutieran; de hecho, jamás los había visto levantar la voz ni intercambiar una mala palabra.
Tampoco parecía que hubiera tensión entre ellos.
Era algo mucho más sutil. Carlos ocupaba la conversación con facilidad, enlazando anécdotas, opiniones y bromas, mientras Sofía permanecía en un discreto segundo plano, sonriendo cuando correspondía y participando lo justo para no desaparecer del todo.
Desde fuera formaban una pareja perfectamente funcional, pero había momentos en los que yo tenía la impresión de estar contemplando una fotografía ligeramente desenfocada: no sabías exactamente qué fallaba, solo que algo no terminaba de encajar.
Quizá era una tontería mía, una de esas teorías que una construye sin pruebas suficientes, pero no podía evitar preguntarme si Sofía era realmente tan reservada como parecía o si, después de tantos años juntos, había acabado acostumbrándose a dejar que fuera Carlos quien hablara por los dos.
Ana intervino enseguida, como hacía siempre que una conversación amenazaba con ponerse incómoda.
—Bueno, ¿qué planes tenéis para este verano?.
—Nosotros seguramente nos escaparemos un par de semanas a mi Sanlúcar —dijo Laila, sonriendo de esa forma que solo aparece cuando habla de un lugar que siente como suyo—.
Allí todo funciona a otro ritmo. Tengo a mis primas, que en realidad son mis amigas del alma desde que tengo uso de razón, y cada verano retomamos las conversaciones exactamente donde las dejamos el año anterior, como si el tiempo no hubiera pasado.
Nos pasamos el día sin mirar el reloj, improvisando planes, paseando, tomando algo frente al mar y viendo caer la tarde.
Y luego están esos atardeceres... No sé qué tienen los de Sanlúcar, pero consiguen que cualquier problema parezca menos urgente.
Hay momentos en los que el cielo se pone de un color tan bonito que hasta te planteas seriamente quedarte allí para siempre.
Luego recuerdas que tienes una hipoteca y se te pasa, claro, pero durante unos minutos la idea parece perfectamente razonable.
—Qué original unos andaluces en Cádiz —saltó Carlos.
—Y vosotros ¿dónde vais? ¿A Benidorm Premium? —contestó ella.
Mi marido se rio tan fuerte que casi tira la cerveza.
—Nosotros todavía no sabemos —dijo Javier.
Y ahí volvió esa sensación: pequeña, ridícula. Pero clarísima.
Sofía ya conocía esa respuesta antes de que Javier terminara la frase.
No fue una mirada. Ni un gesto.
Fue algo mucho más difícil de explicar.
La comodidad silenciosa de dos personas que ya han hablado de algo a solas.
Noté un pequeño golpe en el pecho, probablemente imaginaciones mías.
Entonces Ana apoyó la mano sobre el brazo de Javier y sonrió.
—Pero este año nos escapamos aunque sea unos días solos, ¿eh? Llevamos tres veranos sin hacer un viaje nosotros.
Javier le devolvió una sonrisa perfecta, cariñosa, natural. La sonrisa exacta que cualquier mujer querría ver en su marido.
Pero justo antes de responderle, Sofía apartó fijó la vista en su vaso vacío, como si aquella frase le hubiera molestado un poco más de lo normal.
—Bueno, nosotros este año no hemos hecho planes, verás como acabamos en un apartamento infecto pagando el triple.
—Habla por ti —dijo Carlos sirviéndose más vino— Yo ya estoy mentalizado para dormir en un cuchitril con olor a fritanga.
—Tu problema es que romantizas la miseria —contestó Sofía.
—Y el tuyo que quieres dormir en un monasterio zen aunque vayamos a Benidorm.
Laila soltó una carcajada tan fuerte que hasta unos vecinos del bloque de enfrente miraron hacia nuestra terraza.
—Por favor, Sofía en Benidorm no podría sobrevivir más de siete minutos. Le daría un ictus oyendo “Paquito el Chocolatero”.
Sofía sonrió apenas.
—Depende del nivel de alcohol.
—¡Mírala! —gritó Carlos señalándola—. ¡Esta mujer tiene una vida interior salvajísima y no nos enteramos!
Pablo aprovechó el silencio siguiente para intervenir, cómo no.
—El problema de agosto en España es que la gente sigue concentrándose en los mismos sitios. Hay costas enteras muchísimo más interesantes.
Adriana asintió inmediatamente.
—Nosotros seguramente tiraremos hacia el norte otra vez. Menos calor, mejor comida y bastante menos turismo de borrachera.
—Traducido: sitios donde os dejen hablar de vinos naturales durante cuatro horas —murmuró mi marido.
—¿Dónde vais exactamente? —preguntó Ana.
—Asturias seguramente —dijo Adriana—. Pablo quiere enseñarles a los chicos no sé qué ruta espectacular.
—Es una ruta prerrománica —aclaró él—. Bastante importante históricamente.
Carlos levantó las cejas.
—Yo cuando me voy de vacaciones lo último que quiero es aprender.
—Eso explica muchas cosas —dijo Sofía sin mirarlo.
Carlos se llevó una mano al pecho, teatral.
—De verdad que el nivel de humillación en mi matrimonio empieza a preocuparme.
Mientras hablaban yo miré un momento a Javier. Estaba escuchando a Sofía.
No a Carlos. A Sofía.
Ella apenas había dicho dos frases en toda la conversación y aun así él parecía pendiente de cuándo iba a volver a hablar.
Fue algo tan pequeño que inmediatamente me sentí ridícula por fijarme.
—¿Y vosotros? —preguntó Ana mirándome—. Dijisteis que este año queríais playa tranquila, ¿no?
—Sí —dije—. Nos vamos a Almería.
—¿En serio? —preguntó Laila—. Ay, me encanta Almería.
—Vamos a Cabo de Gata unos días. Hemos cogido un hotelito pequeño en San José.
—Qué maravilla —dijo Ana—. Yo llevo años queriendo ir.
—Álvaro se ha empeñado en conocer la Playa de los Muertos, practicar buceo, navegar en canoa, en fin, ya le conocéis.
—Eso y porque tiene el mejor nombre de playa de España —dijo mi marido—en las fotos parece el Caribe pero con gente madrileña quemándose viva.
—¿Y no os vais a morir de calor allí en agosto? —preguntó Adriana.
—Bueno, vosotros vais a subir montañas voluntariamente, cada uno tiene sus traumas —contesté.
Laila casi escupe el vino riéndose.
—Marisa, últimamente estás agresivísima. Te ha sentado fatal cumplir 50 años, tú antes eras más simpática.
—Verdad verdadera —dijo Álvaro.
—O la convivencia —añadí.
Carlos levantó su copa hacia nosotros.