Capítulo 13 La urbanización #2
Y lo más desesperante: a veces sí sabe más.
Habla despacio, como si estuviera acostumbrado a que lo escuchen, y tiene la costumbre de apoyar una mano en la mesa antes de explicar algo, como un profesor paciente con alumnos mediocres. Carlos dice que Pablo no conversa: “Pablo inaugura conferencias”.
Y todo el grupo se ríe… aunque un poco por necesidad. Pero Pablo no es un hombre social de verdad.
No conecta como Carlos. No escucha como Javier. No observa como Quico. Y necesita admiración.
Y probablemente escogió a Adriana porque juntos forman una especie de bloque perfecto, pareja competente, brillante, bien informada y racional, la pareja competente. El problema es que entre ellos casi no queda espontaneidad. Se corrigen mutuamente. Compiten. Se invalidan con elegancia.
A veces tengo la sensación de que llevan años manteniendo un debate larguísimo disfrazado de matrimonio.
En el fondo, pienso que mientras ellos monopolizan la atención, los demás podemos escondernos.
Sonó entonces la voz de Carlos desde abajo.
—¡MARISAAAA! ¿SE PUEDE SUBIR O HAY QUE PEDIR CITA PREVIA?
Me asomé a la terraza.
Carlos levantó los brazos exageradamente, sonriendo ya antes de que nadie le contestara. Siempre parecía actuar para un público invisible. Llevaba unas bermudas color salmón imposibles y una camiseta blanca demasiado ajustada, pero de alguna manera en él quedaba hasta bien.
A su lado estaba Sofía sosteniendo una ensaladera enorme.
Carlos es de esas personas que entran en un sitio hablando.
No porque quiera llamar la atención exactamente, sino porque el silencio le dura poco dentro del cuerpo.
Siempre tiene una broma preparada, una historia absurda, un comentario fuera de lugar o una manera exagerada de contar cualquier cosa cotidiana. Puede convertir una reunión de vecinos en un monólogo de comedia y lograr que hasta Adriana sonría sin querer.
La gente dice de él: —“qué simpático”, —“qué divertido”, —“qué fácil es estar con Carlos”.
Y es verdad. Carlos hace fácil a los demás.
Tiene un radar para detectar enseguida quién está incómodo o quién necesita integrases. Siempre servicial, siempre atento.
Y entonces actúa: hace un chiste, provoca a alguien, se ríe de sí mismo. En definitiva: sube el volumen de la energía general. Tiene ese talento rarísimo de los hombres que necesitan gustar y que llevan tantos años practicándolo que ya les sale natural.
Carlos no soporta quedarse quieto, como si necesitara constantemente ruido alrededor para no escuchar algo más incómodo.
Porque cuando se calla —que ocurre pocas veces— aparece otra versión de él más cansada, más insegura, casi triste.
Solo dura segundos. Entonces vuelve el personaje.
Con Sofía mantiene una relación difícil de explicar desde fuera. No diría que son una pareja apasionada, ni especialmente romántica. Ni siquiera especialmente cómplice.
Pero llevan muchos años juntos y han construido una especie de equilibrio extraño: Carlos ocupa el espacio emocional que Sofía deja vacío.
Habla y socializa por los dos. Expone la intimidad de ambos mientras Sofía permanece casi siempre protegida detrás de una media sonrisa o un silencio elegante.
Y quizá eso funcione precisamente porque son opuestos. O quizá lleve años dejando de funcionar. Carlos suele bromear con que Sofía “lo tolera desde hace quince años”, y todos se ríen. Sofía también.
Pero a mí siempre me queda la duda de cuánto hay de broma en esa frase.
Lo más injusto de Carlos es que resulta muy difícil no cogerle cariño, a pesar de su charla incesante, o sus comentarios inoportunos.
Porque debajo de todo eso hay alguien profundamente necesitado de afecto.
Y quizá profundamente solo.
Sofía es exactamente el tipo de mujer sobre la que la gente inventa cosas, porque ella nunca cuenta las suyas. Nadie sabe demasiado sobre su vida antes de la urbanización, ni quiénes son sus amigas, tampoco habla demasiado sobre su familia. Y es un misterio cómo conoció realmente a Carlos.
Después de tantos años viéndonos, sigo teniendo la sensación de que conoce mejor a algunas cajeras del supermercado que a Sofía.
Y sin embargo hay algo magnético en ella. No tiene una belleza evidente, al contario que Laila. Es otra cosa.
Tiene una presencia silenciosa que obliga a los demás a fijarse.
Habla poco, pero cuando habla todo el mundo escucha porque nunca parece decir cosas para llenar el espacio. Observa muchísimo. Demasiado.
A veces, en mitad de una cena, he tenido la sensación incómoda de que Sofía ya sabe cómo va a terminar una conversación antes de que los demás empiecen a hablar.
Con sus hijos es estricta, más de lo que algunos consideran normal.
Horarios. Pantallas limitadas. Rutinas. Educación. Modales.
Nunca levanta mucho la voz, pero basta una mirada suya para que los niños se callen.
Carlos convierte eso en un chiste constantemente.
—En mi casa vivimos bajo una pequeña dictadura escandinava.
Todos se ríen. Sofía también, a veces. Pero no del todo.
Marisa sospecha que Sofía odia profundamente sentirse observada y por eso controla tanto todo lo que ocurre alrededor, como si mantener el orden fuera una manera de evitar que algo se rompa.
Y, sin embargo, hay momentos pequeños donde aparece otra Sofía.
Muy rápidos, como cuando se ríe de verdad. A veces, baja la guardia, pero no si estoy segura de que alguien consiga saber qué está pensando realmente. Detrás aparecieron Ana y Javier.
Ana venía impecable, como siempre. No espectacular. Impecable. Vaqueros blancos, camisa azul clara, sandalias doradas y esa piel luminosa de mujer que parece dormir ocho horas aunque tenga hijos y trabaje.
Javier cargaba con una nevera portátil y dos bolsas del supermercado.
—Ese hombre no ha llevado una bolsa mal en su vida —murmuró mi marido detrás de mí.
Y era verdad.
Javier hacía todo bien. O al menos esa era la sensación que transmitía. Nunca parecía agobiado, nunca levantaba la voz, nunca llegaba tarde, nunca olvidaba nada.
Durante años todos pensamos que eran la pareja más sólida de la urbanización, la más estable.
La gente habla de ellos como hablan de ciertas casas: esas que siempre tienen las luces adecuadas encendidas y las plantas cuidadas aunque nadie vea nunca quién las riega.
Con Javier da esa sensación: todo parece fácil.
Y quizá ahí está precisamente el problema.
Javier no es el hombre más guapo del grupo, pero probablemente es el que mejor envejece.
Tiene esa masculinidad tranquila que da mucha seguridad.
A mí me gusta porque te escucha cuando hablas, recuerda detalles, nunca intenta imponerse y no necesita demostrar nada.
Tiene un tono de voz pausado, de esos que no monopoliza conversaciones ni compite como Pablo o actúa constantemente como Carlos.
Y precisamente por eso la gente confía en él enseguida, las mujeres le adoran y los maridos le respetan.
Y Ana lleva años mirándolo con esa mezcla de amor y tranquilidad de quien cree haber elegido bien. Porque Javier transmite algo muy valioso: fiabilidad.
Pero a veces no puedo evitar pensar que Javier vive atrapado dentro de la versión correcta de sí mismo, como si llevara tantos años siendo el marido bueno, el padre atento, el amigo fiable.
Ana adora la vida que han construido juntos. Y Javier también la quiere. La quiere de verdad.
Pero quizá hace tiempo que dejó de sentirse visto dentro de su propia vida.
Sofía escucha a Javier de una forma distinta a como escucha al resto, más quieta y más presente. Y Javier, que suele mirar a los demás mientras hablan, a veces parece olvidarse de todo alrededor cuando ella dice algo. Es algo mínimo. Casi invisible.
No coquetea, no intenta impresionarla.
Es mucho peor que eso: con Sofía parece descansar.
Y eso es exactamente lo que convierte esa relación en algo tan peligroso.
Porque las historias importantes rara vez empiezan con grandes gestos.
Empiezan con personas que descubren que están demasiado cómodas una al lado de la otra.Sofía me miró con su ensaladera enorme. No saludó. Solo levantó la vista un instante hacia mí.
Siempre me pasaba lo mismo con Sofía: nunca sabía si le caía bien o si simplemente me toleraba. Era educada, correcta, incluso amable a veces, pero había algo en ella completamente inaccesible. Como si viviera un paso por detrás del resto.
—Subid —grité—. Pero el vino bueno depende del comportamiento.
—Entonces subo una botella de emergencia —contestó Carlos.
Detrás aparecieron Ana y Javier. Sofía se apartó ligeramente para dejar pasar a Javier primero por la puerta del portal.
Nada raro.
Pero él evitó mirarla incluso al darle las gracias. Y no sé por qué aquello se me quedó clavado.
Porque la gente que no tiene nada que esconder se mira.
Media hora después, la terraza ya estaba llena de platos compartidos y conversaciones cruzadas.
Laila hablaba como si estuviera en un teatro.
—Os juro por mi madre que la profesora de inglés de Hugo tiene cara de haberse acostado con todos los padres del colegio.
Quico, su marido, soltó una risa baja sin levantar demasiado la cabeza de la copa.
—Laila, no puedes decir eso.
—Claro que puedo. Tú la has visto.
—La hemos visto todos —dijo Carlos—. Yo apoyo totalmente esta teoría.
—Tú apoyarías cualquier teoría donde salga una mujer divorciada —contestó Sofía sin mirarlo siquiera.
Todos nos reímos.
Carlos se llevó una mano al pecho.
—Fíjate qué ambiente de confianza tengo en casa.