La edad del Ibuprofeno Capítulo 13 La urbanización
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Capítulo 13 La urbanización

El calor llegó de golpe aquel junio y la urbanización empezó a oler a césped mojado y crema solar desde primera hora de la tarde.

Siempre me hace gracia cómo el verano empieza oficialmente aquí el día en que aparecen las primeras sillas plegables junto a la piscina.

Como si todos obedeciéramos una señal secreta.

Dicho así suena muy planificado, casi racional, como si cada paso hubiera sido parte de una estrategia perfectamente diseñada.

La realidad es bastante más simple: queríamos vivir mejor, o al menos vivir de una forma que se pareciera más a lo que entendemos por “mejor” cuando uno deja de correr tanto.

Poder contar con un jardín en verano parecía un lujo, pues se convierte en una extensión natural de la casa. Un espacio donde el interior deja de ser suficiente y donde las cosas pueden pasar sin necesidad de techo, paredes o excusas.

Las noches de verano tenían una cualidad distinta, difícil de explicar si no se han vivido en un espacio así.

El aire se volvía más ligero, la luz cambiaba de tono y la sensación general era la de que el día no terminaba del todo, sino que se extendía de forma natural hacia un tiempo intermedio en el que todo era un poco más relajado.

Pero la casa no era solo la casa. La urbanización en la que vivíamos también empezó a formar parte de esa nueva forma de vida.

Era una de esas urbanizaciones en las que todo parece, en cierto modo, controlado: las calles limpias, los espacios comunes cuidados, la sensación de orden permanente que da la idea de que alguien, en algún lugar, está asegurándose de que las cosas funcionen como deben.

Y con eso venía algo más importante: la vida social.

El grupo lo formábamos 5 parejas: Laila y Quico eran los más cercanos en afectos, pues desde el momento que vinieron a vivir puerta con puerta 5 años después de que lo hiciéramos nosotros, conectamos.

Nuestros hijos de edades parecidas se hicieron inseparables, fueron juntos al cole nuevo compartiendo pupitre y nosotros como adultos acabamos siendo afines en muchas cosas.

Con los niños hicimos planes juntos, algunos tan peregrinos como ir a hacer barranquismo a Huesca, obviamente teníamos 10 años menos y por los niños, hacíamos cualquier cosa.

En este caso, le dimos a elegir a Lucía si por si comunión prefería ir a Eurodisney o disfrutar de un plan de naturaleza con ellos  y para nuestra sorpresa, eligió el barranquismo y el rafting.

, demostrando  espíritu aventurero desde sus recién cumplidos 9 años.

Pero he de reconocer que lo pasábamos fenomenal juntos en esas escapadas (algunas como he mencionado, suicidas).

Con Ana y Javier, así como con Carlos y Sofía, que eran íntimos de los primeros por las mismas circunstancias que nosotros y la pareja Laila-Quico, intimamos un par de años más tarde, tras compartir horas de piscina y se formara la pandilla de niños y grupo de juegos de la urbanización al tener todos nuestros hijos edades parecidas.

Con Adriana y Pablo, aunque fueron pioneros como nosotros en la urbanización, hicimos amistad desde el momento uno y, aunque nunca llegamos a intimar del todo, acabaron uniéndose al grupo.

Los niños tenían su propio ritmo, su propia dinámica, sus propios puntos de encuentro que se iban formando de manera casi orgánica en torno a la piscina, las calles interiores y los espacios comunes.

Había algo casi ilusorio en la idea de que todo aquello podía convertirse en una pequeña comunidad estable, con sus rutinas, sus grupos y sus relaciones que se iban consolidando verano tras verano.

Nosotros, como adultos, también participábamos de esa ilusión.

No de forma forzada, sino con la sensación de que, por una vez, era posible construir algo cercano a una vida compartida con otros vecinos que estaban en una situación similar: familias con hijos de edades y rutinas parecidas, y, en muchos casos, las mismas preguntas sobre cómo se organiza la vida cuando todo empieza a girar en torno a horarios, trabajo y crianza.

La piscina se convirtió en un punto de encuentro casi inevitable en los meses de calor. Habíamos encontrado una forma de vida en la que el exterior dejaba de ser un complemento y pasaba a ser parte esencial de lo cotidiano.

Y ahí entraba una de las grandes incógnitas logísticas de la urbanización: los niños.

Nunca sabías exactamente en qué casa estaban.

De hecho, esa era una información que parecía irrelevante para ellos mismos.

Ana lo resolvía con una naturalidad admirable que resumía bastante bien el espíritu del lugar: “¡Los tengo yo!”, anunciaba por whatsapp como quien informa de un dato meteorológico, “os los devuelvo cenados”.

Y efectivamente, los devolvía.

Cenados.

A veces incluso más felices de lo que se habían ido.

Y esa vida social tenía sus propias reglas no escritas, que nadie explicaba pero todo el mundo asumía.

Otras, los niños desaparecían durante horas, cada uno en una casa distinta, en una especie de itinerario invisible que solo ellos parecían comprender.

En ocasiones se reunían todos en el jardín de la piscina y organizaban su propio picnic improvisado, como si aquello fuera lo más normal del mundo, con la única condición no negociable de estar todos de vuelta en casa a las once en punto, una norma universal que nadie sabía muy bien quién había impuesto, pero que se cumplía con una disciplina sorprendente.

Y funcionaba. De algún modo, siempre funcionaba.

Han pasado años de todo aquello, nuestros hijos ya tenían entre 22 y 29 años, y obviamente, ya no estaban tan unidos, pero sus padres seguíamos compartiendo cenas, comidas y aperitivos y poniéndonos al día de nuestros respectivos vástagos: a qué universidad irían, por cual grado se habían decidido, si seguían con el mismo noviete o novieta, etc.

Desde la ventana que daba a la piscina común pude ver a Laila, descalza, con un abanico enorme en una mano y una lata de cerveza en la otra, hablando con el socorrista como si fueran amigos de toda la vida.

Laila, mi vecina, entra en los sitios como si ya hubiera estado allí antes.

No especialmente guapa de manera clásica, pero imposible no mirarla. Morena, pelo abundante siempre un poco salvaje, pendientes grandes, uñas de colores distintos según la semana y una forma de moverse que ocupa espacio sin pedir perdón.

Tiene esa gracia andaluza natural que hace que incluso las barbaridades suenen simpáticas cuando salen de su boca.

Habla alto y se ríe más alto todavía. Es muy tocona, te toca un brazo cuando habla, te coge las manos y la rodilla de quien tenga cerca.

Y siempre parece cómoda en cualquier sitio.

Es de esas mujeres que le caen bien al camarero, saben el nombre del repartidor, terminan bailando en bodas ajenas, y tiene el superpoder de conseguir que desconocidos les cuenten intimidades en diez minutos.

Tiene algo de cotilla. Pero detrás de toda esa luz hay algo muy observador, pues Laila es impulsiva, pero no tiene un pelo de tonta, al contrario: lee a la gente rapidísimo.

Sabe perfectamente quién está incómodo, quién quiere gustar, quién discute antes de llegar, y sobre todo, quién está fingiendo. Solo que normalmente decide no decirlo.

Porque entiende que las relaciones sobreviven gracias a pequeñas mentiras.

—Hay que ver, te acuerdas de que Laila sólo llevaba aquí 3 meses y ya sabía quién tenía coche nuevo, quién se había quedado embarazada y hasta quién se había separado en el bloque cuatro, que está en la otra punta de la urbanización—dijo mi marido entrando en la cocina.

Yo estaba llenando una cubitera.

—Bueno, ya sabes que aquí la gente tarda menos en contar una infidelidad que una alergia.

Él se rio por la nariz mientras abría una cerveza.

—Porque las alergias no interesan.

—¿Va a venir todo el mundo? —preguntó él.

—Eso parece. Adriana dice que llegarán tarde porque Pablo tiene una videollamada importantísima.

Mi marido soltó una carcajada.

—Ese hombre lleva en videollamada desde 2017.

Adriana siempre entra arreglada incluso cuando asegura que “ha bajado un momento”.

Tiene esa habilidad irritante que poseen algunas personas para atravesar el caos sin despeinarse.

Mientras los demás improvisamos sobre la marcha y rezamos para que no se note demasiado, ella parece tener el control de la situación incluso cuando probablemente también se la está inventando.

Lleva el pelo impecable incluso en agosto, habla con seguridad absoluta y tiene la costumbre de corregir pequeños detalles de las conversaciones como si no pudiera evitarlo.

—Eso no fue en 2019, fue después de la pandemia. —El colegio realmente no funciona así. —Bueno, eso depende de cómo entiendas el problema.

No lo hace para fastidiar. O no conscientemente. Simplemente necesita tener razón.

Es inteligente, culta, organizada y tremendamente eficiente. De esas mujeres que responden correos mientras hacen una videollamada, tienen a los niños apuntados a actividades imposibles, recuerdan cumpleaños ajenos, recomiendan podcasts, y consiguen que el resto se sienta ligeramente desordenado.

Yo aún no he terminado de decidir si Adriana me cae mal o me intimida. Porque además tiene algo muy irritante: casi siempre tiene argumentos buenos.

Adriana vive pendiente de la imagen. No por superficialidad, sino por miedo. Quizás por miedo a equivocarse, a parecer vulnerable. ¡Qué sé yo! De una cosa estoy segura: vive en tensión constante. Y eso, debe ser agotador.

Por eso juzga tanto, porque cree que si ella mantiene el control, nada puede romperse.

Y por supuesto: su matrimonio no es ni de lejos tan perfecto como pretende.

Pablo, su marido, es aún peor.  O mejor, depende del día.

Es de esos hombres que convierten cualquier conversación en una masterclass involuntaria, da igual el tema: vino, política, colegios, series, coches eléctricos, aceite de oliva, la reproducción de los calamares en el ártico… Pablo siempre sabe más.