Capítulo 19 Dentro de 10 días
La noticia explotó oficialmente durante la comida familiar del domingo, alrededor de la mesa de mi madre, entre croquetas, filetes empanados y una fuente de ensaladilla rusa lo bastante grande como para alimentar un regimiento.
Mi madre seguía cocinando como si España estuviera todavía en posguerra.
Thor dormitaba bajo la mesa esperando la caída accidental de comida con disciplina militar mientras Álvaro discutía con Javi sobre fútbol y yo me concentraba en cortar tomate con precisión quirúrgica, como si aquello pudiera impedir que mi cabeza estuviera recorriendo todos los escenarios posibles, y ninguno especialmente tranquilizador.
Lucía llevaba toda la comida extrañamente callada. Demasiado callada.
Y entonces soltó el tenedor y dijo:
—Bueno, familia… dentro de diez días me voy a Indonesia.
Silencio.
Solo un segundo.
Pero suficiente para que mi estómago se cerrara automáticamente.
Mi madre levantó la cabeza desde el otro extremo de la mesa.
—¿Cómo dices?
Lucía repitió más alto:
—Que dentro de diez días me voy a Indonesia.
La abuela frunció el ceño.
—¿A una peluquería?
Hubo un segundo de desconcierto.
—¿Qué? —preguntó Javi.
—Ha dicho que se va a una peluquería de Indonesia o algo así —insistió mi madre completamente convencida.
Y entonces toda la mesa estalló en carcajadas. Menos yo.
Incluso Lucía empezó a reírse.
—Abuela, no. Indonesia. El país.
—Ah.
La abuela se quedó pensando unos segundos mientras seguía comiendo tranquilamente.
—Bueno, mientras no te rapes.
Aquello provocó todavía más risa, Álvaro tuvo que limpiarse lágrimas de los ojos, Javi estaba doblado sobre la silla.
Hasta Thor levantó la cabeza alarmado por el escándalo colectivo.
Pero yo apenas escuchaba ya. Porque de pronto la frase había adquirido peso real.
Indonesia.
No como idea ni como fantasía universitaria, sino como algo real. Mi hija se iba al otro lado del mundo. Y yo todavía no había terminado de asumirlo.
Lucía seguía hablando mientras todos le hacían preguntas: — ¿Cuánto tiempo? —¿Con quién? —¿Qué ruta? —¿Ya tienes los vuelos?
Ella respondía relajada, ilusionada, luminosa.
Con esa seguridad insultante que tienen los veintidós años cuando todavía crees que el mundo entero está diseñado para recibirte bien.
Tenía esa mezcla de emoción, impaciencia y libertad que solo existe a cierta edad, cuando todavía crees que irte significa únicamente empezar cosas y no dejar otras atrás.
La miré mientras hablaba.
Gesticulaba rápido y se reía. Tenía el pelo recogido de esa manera tan particular suya y las piernas dobladas bajo la silla como cuando era pequeña.
—¿Y dónde vas primero? —preguntó Álvaro.
—Bali seguramente.
La abuela volvió a levantar la cabeza.
—¿A bailar?
Javi soltó una carcajada brutal.
—Abuela, por favor, no te vayas nunca.
Mi madre la ignoró completamente.
—¿Y allí qué hacen exactamente?
Lucía sonrió.
—Pues viajar, conocer gente, moverme por distintas islas…
Yo intentaba escucharla como una madre razonable y moderna.
De verdad.
Pero mi cerebro funcionaba así: tsunamis, volcanes, motos sin casco, selvas, hongos intestinales, sectas, aeropuertos ,drogas, serpientes.
Mi reloj vibró discretamente.: “Frecuencia cardiaca elevada detectada.”
Lo miré indignada.
—Tú tampoco ayudas.
—¿Qué? —preguntó Álvaro.
—Nada.
Lucía seguía hablando felizmente sobre mochilas, ferris y templos mientras el resto hacía bromas.
Y yo tuve una sensación extrañísima.
Para el resto de la mesa aquello seguía siendo una comida familiar normal.
Mi madre seguía ofreciendo más croquetas como si alimentar gente fuera una responsabilidad constitucional.
Javi discutía con la abuela sobre cómo usar Netflix.
Álvaro intentaba parecer relajado mientras hacía preguntas prácticas sobre vuelos y seguros médicos para fingir que no estaba igual de nervioso que yo.
Y de pronto algo horrible se me pasó por la cabeza: vi a la niña.
No a la adulta de veintidós años que tenía delante. No a la mujer que se iba sola al otro lado del mundo.
Vi a la niña de las coletas torcidas abrazada a un conejo de peluche mugriento y se metía en nuestra cama las noches de tormenta.
Y entendí algo profundamente injusto de la maternidad: da igual los años que pasen.
Hay una parte de ti que nunca deja de ver a tu hijo exactamente como la primera vez que lo cogiste en brazos, aunque crezca, aunque se vaya.
Aunque un día te anuncie tranquilamente que se marcha al otro lado del mundo con una mochila y una sonrisa.
Una parte de ti sigue creyendo que tu hija tiene siete años y necesita que le pongas protector solar en la nariz.
—Mamá, ¿me estás escuchando? —preguntó Lucía riéndose.
Parpadeé.
—Sí, claro.
—Te he preguntado si me dejarías tu mochila grande.
—La buena no.
—Mamá.
—Lucía, esa mochila sobrevivió a Interrail, a un Camino de Santiago y a dos aeropuertos italianos. Ya tiene trauma suficiente.
La mesa volvió a reírse. Yo también, relájate, relájate, Marisa.
Pero notaba una presión rara justo debajo del esternón.
Mi reloj vibró discretamente. “Respira profundamente unos minutos.”
Lo miré con resentimiento.
—No todo se arregla respirando.
—¿Qué? —preguntó Álvaro.
—Nada.
Thor eligió ese momento para levantarse y apoyar dramáticamente la cabeza sobre mis piernas buscando comida.
Le acaricié automáticamente.
—Mira, mamá —dijo Lucía enseñándome fotos en el móvil—. Esta es una de las islas donde queremos ir.
“Queremos”. Ahí estaba otra vez.
Ese plural misterioso que aparecía constantemente alrededor del viaje y que nunca terminaba de concretarse del todo. Porque oficialmente Lucía iba sola, luego igual coincidía con gente, luego había una amiga, luego no, luego “ya veríamos”.
Yo sospechaba que había algún chico orbitando discretamente alrededor de toda aquella aventura. Pero sinceramente no estaba preparada psicológicamente para abrir ese melón todavía.
Miré las fotos.
Playas imposibles con cabañas sobre el agua, donde aparecían selvas impenetrables y gente joven sonriendo descalza como si la vida fuera una campaña de perfume.
—Es precioso —admití.
Lucía sonrió inmediatamente.
Y ahí estaba el problema.
Cómo no ibas a querer que alguien viviera cosas así a los veintidós años.
Cómo ibas a frenarlo.
Mi madre apareció otra vez con más comida.
—Lucía, cómete otro filete que luego en esos países os alimentan fatal.
—Abuela, voy a Indonesia, no a Mordor.
—¿Mordor? No sé dónde queda eso, hija…Yo solo digo que allí deben de comer cosas raras.
—Aquí papá desayuna kéfir y nadie llama a la policía —contestó Javi.
—El kéfir es salud intestinal —dijo Álvaro ofendido.
—El kéfir parece yeso líquido—dije yo.
La conversación derivó inmediatamente hacia alimentos fermentados y teorías digestivas masculinas, con lo cual la mesa volvió a llenarse de ruido.
Y mientras todos hablaban otra vez por encima de todos, yo miré a Lucía riéndose con su hermano y sentí algo muy concreto y muy silencioso: la vida acababa de moverse un poco hacia delante sin pedirme permiso.
El día de la partida llegó exactamente igual que llegan siempre las cosas importantes: demasiado rápido y de manera profundamente poco cinematográfica, nada de música emocionante ni amaneceres inspiradores.
A las tres y media de la mañana sonó el despertador y durante unos segundos pensé seriamente que aquello tenía que ser un error administrativo.
Mi reloj vibró inmediatamente. “Horas de sueño insuficientes.”
—Gracias por el análisis, Sherlock.
Álvaro gruñó algo desde la almohada mientras yo me levantaba medio zombie hacia la cocina.
La casa estaba rara, demasiado despierta para aquella hora y a la vez demasiado silenciosa. Solo sueño, ojeras y café.
Lucía ya estaba preparada. Y eso me molestó muchísimo por algún motivo irracional.
A sus veintidós años era capaz de levantarse a las cuatro menos cuarto, ducharse, hacerse un moño desordenado y parecer una protagonista de anuncio de aerolínea aventurera mientras yo tenía la cara hinchada y el alma desconfigurada.
La mochila enorme esperaba junto a la puerta y verla ahí me produjo un pequeño pinchazo físico y real.
Ya no era una idea, ni una conversación, ni tan siquiera una amenaza futura.
Era una mochila en el pasillo y un vuelo a Bali.
Empecé automáticamente a hacer preguntas como si el control logístico pudiera protegerme emocionalmente.
—¿Llevas toda la documentación?
—Sí, mamá.
—¿Seguro médico?
—Sí.
—¿Los teléfonos de las embajadas guardados?
—Sí.
—¿Y apuntados en papel por si pierdes el móvil?
Lucía me miró.
—Mamá…
—¿Qué? Los móviles se pierden.
—No voy a cruzar la selva sola perseguida por narcotraficantes.
—Eso es exactamente lo que diría alguien antes de acabar perseguida por narcotraficantes.
Javi apareció arrastrándose por el pasillo con una manta encima como un refugiado climático.
—¿Ya se va la mochilera internacional?
—Cállate y ayúdame con las maletas —dijo Lucía.
Thor observaba toda la escena desde el salón completamente indignado por la actividad humana a aquellas horas. Tenía la misma cara que yo.
Álvaro salió finalmente vestido y sorprendentemente funcional para las cuatro y pico de la mañana.
—¿Todos vivos?
—Discutiblemente —contesté.
El trayecto hasta el aeropuerto fue silencioso. Madrid de madrugada tenía algo fantasmal con sus calles vacías, semáforos en ámbar y taxis solitarios atravesando avenidas enormes.
Lucía miraba el móvil mientras Javi dormía doblado sobre sí mismo detrás. Álvaro conducía.
Y yo iba mirando a mi hija de reojo intentando memorizar cosas absurdas: su forma de cruzar las piernas, el lunar pequeño junto a la mandíbula, las uñas mal pintadas.
Como si el cerebro supiera antes que yo que empezaba una etapa distinta.
Llegamos al aeropuerto a las cinco menos algo.
Todo el mundo tenía cara de estar funcionando únicamente gracias a la cafeína y la desesperación.