La edad del Ibuprofeno Capítulo 11 Cincuenta sombras de protección solar
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Capítulo 11 Cincuenta sombras de protección solar

La realidad era la siguiente: íbamos a aterrizar en un ecosistema lleno de cuerpos elásticos y gente que todavía se cae haciendo surf y se levanta sin emitir sonidos articulares.

Nosotras, en cambio, viajábamos con crema antiinflamatoria, corrector de ojeras y una intolerancia creciente a cualquier superficie demasiado dur a . Pero aun así nos apetecía muchísimo.

Porque después de tantos meses de Madrid, de tráfico, de oficina, de horarios y de vida organizada al milímetro, necesitábamos mar. Necesitábamos caminar descalzas. Necesitábamos viento. Necesitábamos dejar de mirar pantallas y empezar a mirar olas.

Aunque las olas estuvieran rodeadas de personas que parecían hechas íntegramente de colágeno y proteínas.

Lucía bebió un sorbo de vino y sonrió.

—¿Sabéis qué pasa? Que ya me da igual no encajar.

La miramos. Y por primera vez en todo el viaje nadie hizo una broma inmediata.

Porque había algo profundamente cierto en eso.

Yo observé desde la terraza las luces, escuchaba la música. Y la juventud perfectamente iluminada alrededor.

Y luego nos miré a nosotras: cansadas, despeinadas, ligeramente hinchadas después de cenar, felices.

Quizá el verdadero lujo de llegar a cierta edad no era seguir pareciendo joven. Era dejar de necesitarlo para pasarlo bien.

El trayecto hasta Ericeira fue corto, pero emocionalmente parecía que estábamos atravesando una frontera generacional bastante seria.

Lisboa se fue quedando atrás poco a poco, con sus tranvías, sus cuestas y su elegancia decadente, mientras el paisaje empezaba a abrirse hacia algo completamente distinto: más luz, más océano y una cantidad sospechosa de gente atractiva haciendo deporte.

—Ya verás cómo aquí nos da una crisis estética colectiva —dijo Pilar desde atrás.

—Yo ya la traía de Madrid —respondí.

Y entonces llegamos.

Ericeira apareció delante de nosotras como una mezcla imposible entre pueblo pesquero tradicional y catálogo internacional de surf premium. Playas larguísimas y acantilados espectaculares.

Chiringuitos modernos con música tecno sonando desde las once de la mañana como si la gente tuviera energía infinita y cero responsabilidades.

Tiendas de surf por todas partes. Tablas apoyadas en cualquier rincón.

Y personas… muchísimas personas insultantemente perfectas.

Los chicos parecían recién salidos de un anuncio de perfume sostenible con su moreno atlántico, el pelo rubio aclarado por el sol, camisetas coloridas, piernas eternas, y esa seguridad física de quien jamás ha tenido que hacer un ruido raro al levantarse de un sofá.

Las chicas directamente parecían portada de Sports Illustrated, diosas de piel dorada, abdomen imposible, mirada relajada, y esa capacidad ofensiva para ponerse cualquier cosa y parecer casualmente espectaculares.

Nosotras aparcamos el coche y hubo un silencio muy significativo.

Rosa fue la primera en hablar.

—Bueno.

Pilar suspiró profundamente.

—Esto es terrorismo estético.

Pero si algo tiene la amistad femenina madura es capacidad de adaptación táctica.

En menos de veinte minutos conseguimos construir una versión razonablemente digna de “informal costero sofisticado”.

Y ahí aparecimos nosotras con una estética que pensamos no desentonaría en esa fauna y flora tan perfecta. A ver chicas, les dije antes de salir, el outfit será el siguiente:

algo de rayas,

algo blanco,

zapatillas molonas cuidadosamente seleccionadas,

colas de caballo estratégicas,

gorras,

y gafas de sol tan grandes que cubrían prácticamente media identidad facial.

—Parecemos una banda organizada de divorciadas europeas —dijo Bea ajustándose la gorra.

—O señoras escapadas de un torneo de pádel—añadí yo.

Lucía estaba feliz. Claro. Ella había nacido espiritualmente para este sitio.

Con su ropa amplia, sus collares y su energía de mujer que podría enamorarse de un instructor de surf argentino en cualquier momento.

—Yo aquí encajo muchísimo —dijo.

—Tú aquí abrirías una tienda de velas artesanales en tres semanas —respondió Pilar.

Bajamos hacia la playa intentando caminar con naturalidad, aunque el empedrado y la arena mezclados convierten cualquier paseo elegante en una negociación biomecánica.

Y tengo que reconocer una cosa: Ericeira era espectacular.

El océano parecía más grande allí, más salvaje.

El aire olía a sal, protector solar y juventud insolente.

Nos sentamos en un chiringuito frente al mar. Sonaba de fondo una música electrónica suave. Café bueno.

Gente guapa estirando músculos imposibles delante de las tablas de surf.

Y nosotras allí, perfectamente conscientes de que parecíamos el comité ejecutivo de una revista femenina. Pero nos daba exactamente igual.

—¿Os dais cuenta de que somos las mayores aquí? —preguntó Pilar.

Miramos alrededor. Silencio breve.

—No —respondió Bea—. Hay un señor allí leyendo un periódico.

—Ese señor tiene cincuenta y dos y abdominales —contestó Pilar.

Ericeira tenía ese tipo de belleza física agresiva que hace que incluso hidratarse parezca una actividad competitiva.

Pero poco a poco conseguimos relajarnos.

Quizá porque el mar tiene ese efecto: pone las cosas en perspectiva. O quizá porque después de cierta edad entiendes que competir con la juventud es una pérdida de tiempo absurda. O puede ser porque el vino portugués seguía ayudando bastante.

Caminamos descalzas por la playa. El agua estaba helada, naturalmente, porque el Atlántico nunca permite un exceso de felicidad sin consecuencias inmediatas.

Lucía iba delante haciendo fotos, mientras Rosa recogía conchas como si tuviera siete años. Pilar protestaba pero seguía caminando y Bea observaba el horizonte en silencio.

Y yo las miré un momento desde atrás.

Cinco mujeres avanzando por la arena con más experiencia que elasticidad, más historia que filtro y muchas menos ganas de impresionar a nadie. Por eso, precisamente por eso, sí que pegábamos allí.

Porque a cierta edad ya no vas a los sitios para pertenecer sino para sentirte viva dentro de ellos aunque desentones un poco en la foto.

Pasamos el día en Ericeira con esa sensación extraña de estar fuera de lugar y, al mismo tiempo, exactamente donde teníamos que estar.

La mañana había sido de playa larga, paseo descalzo, fotos inevitables y ese intento colectivo de parecer relajadas mientras en realidad estábamos calculando mentalmente si el viento iba a arruinarnos el peinado o simplemente a consolidarlo como “efecto casual costero”.

A la hora de comer nos instalamos en un chiringuito moderno, de esos donde la madera está tan bien lijada que te da la sensación de que nadie allí ha conocido jamás una astilla.

Y fue entonces cuando ocurrió.

Aparecieron tres.

No entraron como entran los hombres normales en un restaurante.

Entraron como entran los problemas estéticos en la vida de una persona: sin pedir permiso y con una seguridad insultante.

Eran jóvenes, atléticos, con esa mezcla de bronceado natural, pelo rubio oscuro y sonrisa relajada que solo se consigue cuando tu mayor preocupación diaria es qué tabla de surf usar.

Literalmente parecían tres dioses griegos que habían decidido tomarse un descanso del Olimpo para ver qué tal iba la vida en versión beach club.

Y lo primero que hicieron fue mirarnos, pero no como quien mira a un grupo de turistas.

Sino como quien detecta algo que no encaja… y eso, por alguna razón, les interesa.

Se acercaron con una naturalidad desarmante.

—Hola —dijo uno en español “chapurreao”—. ¿Sois de aquí?

Silencio breve.

Rosa  me miró como diciendo “esto no es para mí, intervén tú”.

Yo sonreí.

—No. Somos de Madrid.

—Ah —dijo el segundo—. Se nota que no sois de aquí.

Lucía levantó una ceja.

—¿Eso es bueno o malo?

El tercero sonrió.

—Es interesante.

Y ahí estaba la palabra clave: interesante.

Se sentaron con nosotras sin esfuerzo, sin esperar una invitación, cero estrategia, como si la conversación ya estuviera empezada antes de que llegaran, la cual no giró alrededor de ellos, sino de nosotras.

Querían saber quiénes éramos, qué hacíamos, qué nos gustaba y qué nos había llevado hasta allí.

Nadie sacó pecho, nadie presumió de logros ni convirtió la conversación en una competición encubierta.

Simplemente nos preguntaron por nuestras vidas y, lo más sorprendente de todo, escucharon las respuestas

—¿Qué os ha traído a Ericeira? —preguntó uno.

—Un intento colectivo de sentirnos más jóvenes —respondió Pilar sin filtro.

Los tres se rieron. Pero no como se ríen los hombres cuando no escuchan, sino como si entendieran exactamente lo que quería decir.

Bea, más observadora, lo comentó después.

—Es que con la gente de nuestra edad ya no hay curiosidad. Hay currículum.

—Y aquí no tenemos ninguno —añadí.

Lucía se inclinó hacia delante.

—O quizá es que con ellos no necesitamos justificar nada.

Nos invitaron a una copa, y el gesto resultó tan espontáneo que no llevaba incorporada esa sensación incómoda de estar aceptando una transacción encubierta.

No parecía un intento de comprar conversación ni de impresionar a nadie; más bien transmitía una idea sencilla: lo estamos pasando bien, quedémonos un rato más.

A medida que la charla avanzaba, fui entendiendo qué estaba ocurriendo.

No nos observaban como una rareza ni nos trataban como si tuviéramos que demostrar nada.

Había algo distinto en su manera de mirarnos, algo que tardé un poco en identificar.

Para ellos no éramos un desafío ni una conquista: éramos una pausa.

Un espacio tranquilo en medio del ruido constante de su propia generación, una conversación sin filtros, sin estrategias y sin la necesidad agotadora de aparentar.

Las chicas de su entorno —según nos contaron entre risas— eran de su misma energía: surf, deporte, vida al aire libre, relaciones rápidas, cuerpos muy parecidos a los suyos.

Nosotras, en cambio, éramos otra cosa.

—Tenéis historias —dijo uno.

Pilar casi se atraganta.

—Eso suena a que tenemos años.

—No —corrigió él—. Suena a que habéis vivido cosas.