La edad del Ibuprofeno Capítulo 10 Turistas culturales a la fuerza #3
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Capítulo 10 Turistas culturales a la fuerza #3

Bea apareció impecable: vaqueros claros, camisa blanca, gafas de sol sofisticadas y zapatillas minimalistas probablemente recomendadas por alguna revista escandinava de bienestar. Parecía una arquitecta danesa de vacaciones conscientes.

Pilar, en cambio, había decidido que Lisboa exigía cierto nivel de elegancia europea y apareció con un vestido precioso y unos zapatos claramente incompatibles con cualquier superficie portuguesa.

Yo la miré.

Pensé en las cuestas y luego volví  a mirar sus zapatos.

—Eso termina en analgésicos.

—La estética requiere sacrificio —respondió ella.

—Sí, pero preferiblemente ajeno.

Rosa iba práctica. Parecía preparada para caminar, organizar una excursión escolar y resolver un apagón eléctrico si fuera necesario.

Lucía, en cambio, había entrado completamente en personaje: vestido amplio, pendientes enormes, pañuelo en el pelo y bolso de tela artesanal.

Parecía una turista espiritual que había venido a Lisboa a encontrarse a sí misma y quizá abrir una tienda de cerámica.

—¿Tú exactamente cómo te has vestido? —preguntó Pilar.

Lucía sonrió feliz.

—Como si pudiera enamorarme de un músico callejero.

—Perfecto —respondí—. Avísanos cuando se te pase la euforia y empiece el diagnóstico.

Salimos finalmente hacia nuestro gran día cultural.

Lisboa nos esperaba otra vez con sus cuestas asesinas y sus adoquines colocados claramente por alguien que odiaba el calzado femenino.

El primer destino fue el Monasterio de los Jerónimos.

Y tengo que decir una cosa: hay una edad en la que las iglesias empiezan a impresionarte de verdad, no precisamente por religión, sino por cervicales

Entramos en aquel espacio inmenso, silencioso, majestuoso, y durante unos minutos hasta Pilar dejó de quejarse. La luz entraba de una manera magistral.

Todo olía a piedra antigua y dinero histórico. Lucía giraba lentamente mirando el techo.

—Esto te hace sentir pequeña.

—Las escaleras del Airbnb también —respondió Bea.

Después vino Belém, la torre, el río, los turistas. Y los selfies mal encuadrados.

Y nosotras caminando detrás de Rosa como un grupo de peregrinas culturales con distintos niveles de hidratación.

—Ahora vamos al Museo del Azulejo —anunció ella.

Pilar se detuvo en seco.

—¿Cuánto azulejo puede ver una persona sin perder las ganas de vivir?

—Muchísimo —respondió Rosa.

Y seguimos andando.

Lo sorprendente fue que Lisboa consiguió exactamente lo que Rosa quería: nos interesó todo.

Las iglesias. Las calles. Los tranvías amarillos. Las fachadas desconchadas. La sensación constante de belleza ligeramente rota.

Mientras caminábamos por aquellas calles imposibles, pensé que Lisboa se parecía bastante a nosotras: seguía siendo preciosa, con carácter, y llevaba las grietas tan integradas en el conjunto que ya formaban parte del encanto.

Terminamos el día en el rooftop de un hotel del centro, de esos sitios donde una copa cuesta lo mismo que una comida completa en un bar honrado, pero donde todo parece justificar el precio: la música suave, la iluminación favorecedora y las vistas de Lisboa extendiéndose alrededor como si la ciudad hubiera decidido hacer un último esfuerzo estético solo para nosotras.

Subimos en ascensor en silencio, ya cansadas, y al salir a la terraza nos dio esa brisa tibia del atardecer atlántico que inmediatamente te hace sentir más interesante de lo que eres realmente.

El sitio estaba lleno de gente insultantemente guapa.

Jóvenes con ropa aparentemente arrugada de forma estratégica, parejas internacionales hablando en inglés relajado y hombres con barba perfectamente estudiada que daban la impresión de diseñar espacios minimalistas o tostar su propio café.

Nosotras entramos como entran las mujeres que ya han aprendido algo importante: la seguridad no está en encajar, sino en sentarte igualmente.

Y nos sentamos. La camarera nos llevó a una mesa junto a la barandilla.

Lisboa brillaba debajo de nosotras. Las copas llegaron.

Y durante unos minutos nos sentimos exactamente como queríamos sentirnos: sofisticadas, poderosas,  ligeramente peligrosas, y completamente merecedoras de aquel momento.

Pilar levantó su copa.

—Voy a decir una cosa.

—Verás —murmuré.

—A nuestra edad ya no se trata de estar espectaculares.

Miró alrededor.

—Se trata de parecer caras.

La carcajada fue inmediata.

Bea observaba el ambiente con calma.

—Aquí todo el mundo parece recién divorciado o fundador de una startup.

—O ambas cosas —añadió Rosa.

Lucía, apoyada en la barandilla, sonreía feliz mirando las luces.

—Yo podría vivir aquí perfectamente.

—Tú podrías vivir en cualquier sitio donde haya gente tocando la guitarra descalza —respondí.

—Correcto.

La conversación derivó inevitablemente hacia el siguiente punto del viaje: Ericeira.

Y ahí sí empezamos a reírnos con sinceridad preventiva. Porque todas sabíamos exactamente lo que nos esperaba: surfistas, juventud…y abdominales.

—No pegamos nada allí —dijo Pilar con total claridad.

—Nada —confirmó Rosa.

—Vamos a parecer profesoras de intercambio cultural —añadí yo.

—O el cast completo de Sexo en Nueva York en versión ibérica —dijo Bea tranquilamente.

Nos quedamos calladas dos segundos.

Y luego brindamos otra vez: ¡Por Ericeira!