La edad del Ibuprofeno Capítulo 10 Turistas culturales a la fuerza #2
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Capítulo 10 Turistas culturales a la fuerza #2

Así que acabamos en un restaurante típico a los pies del Castillo de San Jorge, en uno de esos locales imposibles que parecen haber crecido de manera orgánica a lo largo de los siglos.

No era exactamente un restaurante: era una sucesión caótica de espacios unidos por escaleras, terrazas, rincones, patios, velas y camareros que se movían con una fe absoluta en que nadie terminaría cayéndose por un desnivel.

Había mesas dentro, había mesas fuera, también en los balcones y había mesas en esquinas que parecían construidas después de una conversación arriesgada entre arquitectos portugueses y gente claramente aficionada al vino.

Y estaba nuestra mesa.

Nos quedamos quietas.

Porque aquello no era una mesa.

Era una exhibición de entusiasmo sin supervisión.

Estaba colocada estratégicamente en una esquina completamente acristalada, suspendida sobre la ciudad iluminada, como si flotara en el aire.

Las luces de Lisboa se extendían debajo de nosotras y las velas de la mesa daban a todo una intimidad absurda y cinematográfica, de esas que hacen que inmediatamente quieras contar secretos aunque no tengas ninguno preparado.

Pilar fue la primera en reaccionar.

—Bueno… pues parece que hemos triunfado.

—Esto no lo mejora ni una pedida de mano con dron y violinista —añadió Rosa mientras se sentaba despacio, claramente preocupada por la estabilidad estructural del lugar.

Lucía ya estaba emocionada.

—Es precioso…

Nos sentamos. Respiramos.

Y durante unos segundos pasó algo raro: nadie miró el móvil.

Porque Lisboa estaba ahí fuera, brillando como una ciudad que sabe perfectamente que sigue siendo hermosa aunque el tiempo haya empezado a desgastarla un poco.

Como nosotras, pensé.

Pero no lo dije porque todavía no había bebido suficiente.

Apareció el camarero.

Y antes siquiera de abrir la carta, Pilar levantó la mano con determinación.

—Vino. Por favor. Y rápido.

El hombre sonrió con comprensión profesional.

Seguramente había visto ya a muchas mujeres de nuestra edad llegar a Lisboa buscando exactamente lo mismo: descanso, conversación y alcohol con vistas.

El vino llegó. Bueno, frío y generoso, como debe ser.

Y entonces Bea levantó la copa.

—Un momento.

Todas la miramos.

Ella sonrió apenas, como siempre.

—Por nosotras.

Hubo un pequeño silencio.

Uno bonito, ni solemne, ni triste. Solo consciente.

Chocamos las copas.

—Por nosotras —repetimos.

Y en ese instante entendí algo muy simple: que después de cierta edad los brindis dejan de hacerse por lo que esperas conseguir…y empiezan a hacerse por todo lo que has conseguido conservar.

El camino de vuelta al apartamento fue lento, no tanto por las cuestas —que también— sino porque Lisboa de noche tenía esa forma peligrosa de obligarte a bajar el ritmo aunque no quieras.

Las calles seguían llenas de luz cálida, de conversaciones mezcladas en distintos idiomas y de esa decadencia elegante que hace que incluso las fachadas desconchadas parezcan parte del encanto y no una avería urbanística.

Cuando por fin llegamos al Airbnb, agotadas pero felices, hicimos lo que hacen las mujeres de nuestra edad cuando ya no necesitan demostrar que saben divertirse: ponernos cómodas inmediatamente lo cual implicaba zapatos fuera, sujetadores fuera (algunas) y dignidad relativa (todas).

Rosa abrió otra botella de vino mientras Bea repartía copas con esa eficacia tranquila suya de mujer que probablemente sobreviviría mejor que cualquiera de nosotras a un colapso civilizatorio.

Nos instalamos en el sofá del salón, desparramadas en distintas posiciones terapéuticas, con las ventanas abiertas y el murmullo lejano de Lisboa entrando como música de fondo.

Hubo unos segundos de silencio agradable, de los que solo existen entre personas que ya no necesitan rellenarlo todo.

Hasta que Pilar habló.

—Os voy a decir una cosa.

—La amistad femenina nunca debería sobrevalorarse. Nos pasamos media vida sosteniéndonos emocionalmente unas a otras y sois las únicas que ayudan a elegir vaqueros cuando realmente lo necesitas.

Rosa se rió.

—Eso no es amistad. Eso es supervivencia textil.

Yo levanté la copa.

—La verdadera amistad femenina consiste en decirte que no te pongas esa camisa aunque ya hayas salido de casa.

—O avisarte cuando el flequillo ha dejado de ser flequillo y se ha convertido en problema estructural —añadió Bea.

Nos reímos todas. Porque la confianza después de los cuarenta consiste básicamente en que alguien pueda humillarte con cariño y tú lo agradezcas.

Lucía se acurrucó en una esquina del sofá.

—Yo creo que la amistad cambia muchísimo con la edad.

—Claro que cambia —dijo Pilar—. Antes queríamos amigas para salir. Ahora las queremos para sobrevivir.

—Y para compartir ubicación en tiempo real —añadió Rosa.

—Y médicos buenos —dijo Bea.

—Y recomendaciones de colchones —rematé yo.

Nos volvimos a reír.

Pero debajo de la broma había algo completamente cierto.

La amistad a nuestra edad ya no tenía nada que ver con parecer interesantes.

Tenía que ver con poder llamar a alguien y decir: “No puedo más”, sin necesidad de explicar el contexto.

Pilar bebió un poco de vino y suspiró.

—Lo fuerte es que nos conocemos desde hace tanto tiempo que ya hemos visto todas las versiones posibles de cada una.

—Y seguimos aquí —dijo Lucía.

—Porque sabemos demasiado las unas de las otras —añadió Rosa—. A estas alturas separarnos sería peligrosísimo.

—Es verdad —dije yo—. La amistad femenina de larga duración ya funciona como una organización criminal. Nadie puede salir porque todos tenemos información sensible.

Bea levantó la copa.

—Yo podría hundiros a todas.

—Y nosotras a ti —respondió Pilar inmediatamente.

La conversación siguió flotando entre la risa y esa melancolía suave que aparece después del segundo vino en ciudades bonitas.

Hablamos de hijos. De cuerpos. De matrimonios largos. De lo raro que era cumplir cincuenta cuando mentalmente todavía te sorprende verte reflejada en ciertos espejos.

Hasta que Lucía dijo algo que nos dejó calladas un momento.

—¿Os dais cuenta de que probablemente ya hemos conocido a la mayoría de las personas importantes de nuestra vida?

Hubo silencio.

Rosa fue la primera en reaccionar.

—Bueno, eso o aparece ahora un traumatólogo maravilloso y nos cambia el destino.

La carcajada fue inmediata. Y necesaria.

Yo miré a mis amigas desde el sofá, con las copas en la mano, despeinadas, cansadas, cómodas, pensando que la verdadera intimidad no era contar secretos enormes ni vivir aventuras extraordinarias. Quizá era esto.

Poder envejecer delante de otras personas sin tener que disimular demasiado.

Nos fuimos a la cama tarde. Muy tarde para mujeres que al día siguiente pretendían aparentar entusiasmo cultural desde las nueve de la mañana.

Cuando miré el móvil eran casi las dos y Rosa seguía repasando el programa de actividades como si estuviera coordinando una visita oficial de la Unión Europea.

—Mañana empezamos temprano —anunció desde la mesa del salón, todavía con gafas puestas y el Google Maps abierto.

Pilar levantó la cabeza desde el sofá.

—Rosa, cariño, estamos de vacaciones, no en una gymkana académica.

—Lisboa tiene muchísimo que ver.

—Y yo muchísimo menisco —murmuró Pilar antes de desaparecer hacia su habitación.

El problema de viajar con Rosa es que una nunca sabe exactamente cuándo una escapada deja de ser ocio y se convierte en una experiencia pedagógica intensiva.

El itinerario incluía:

el Monasterio de los Jerónimos,

el Museo Nacional del Azulejo,

varias iglesias históricas,

miradores,

una cafetería “imprescindible”,

y un edificio contemporáneo que, según Rosa, “había que entender”.

Yo, sinceramente, con llegar viva al final del día ya tenía objetivos suficientemente ambiciosos.

A la mañana siguiente Lisboa seguía preciosa y nosotros, en cambio, ya no tanto.

El problema de dormir poco a los veinte es el cansancio.

El problema de dormir poco a los cincuenta es la reconstrucción integral del sistema nervioso.

La preparación para salir fue un espectáculo antropológico.

Porque las mujeres nunca viajamos iguales.

Y menos a esta edad, cuando cada una ha desarrollado ya una filosofía textil completamente propia.