Capítulo 10 Turistas culturales a la fuerza
Éramos cinco mujeres metidas en un coche con cuatro días por delante y suficientes emociones acumuladas como para necesitar un remolque adicional.
Las maletas, al menos, tenían ruedas y podían descargarse al llegar.
El resto —las preocupaciones, las cuentas pendientes, los cambios que ninguna terminaba de entender del todo— viajaba cómodamente instalado entre los asientos.
Pilar fue la primera en hacer la pregunta importante:
—¿Y la música?
Silencio.
Porque esa es la verdadera línea roja de cualquier convivencia prolongada.
Ahí fue cuando ocurrió. Me miraron a mí.
Como si de repente se hubiera abierto una candidatura pública.
—Marisa es la DJ —dijo Bea.
—Sí —insistió Lucía—. Tienes criterio. Y buen rollo a la hora de elegir la música. Tu pondrás la banda sonora a nuestro viaje.
Así fue como pasé a convertirme en copiloto DJ oficial del viaje a Lisboa .
Una responsabilidad que, en teoría, no salvaba vidas, pero sí podía arruinarlas durante 600 kilómetros si se gestionaba mal.
Rosa me miró por el retrovisor.
—Confío en ti.
Detrás iban ellas, las verdaderas jueces del sistema.
Desde el asiento trasero se escuchaba todo con una claridad distinta, más honesta, menos diplomática. Pilar fue la primera en imponer condiciones:
—Nada de Camilo Sesto.
—Ni baladas dramáticas —añadió Bea.
—Ni canciones que te hagan pensar en tu vida —remató Lucía.
Yo levanté las manos. —Tranquilas. Yo vengo preparada para la vida.
Salimos de Madrid con la precisión emocional de un grupo que ha hecho muchas cosas juntas pero sigue fingiendo que cada viaje es una primera vez.
Rosa conducía con seguridad.
Yo conecté el móvil al sistema del coche como si estuviera activando una ceremonia importante.
—Os aviso —dije—. Esto es territorio funky.
Primera canción: Everybody’s Free, de Rozalla.
Lucía se inclinó hacia delante:
—Esto es MUY nuestro.
Nuestra época dorada. Esa en la que el cuerpo aguantaba sin negociación, las noches no necesitaban recuperación, y bailar no era un deporte de alto riesgo articular.
—Siii, de cuando creíamos que el cansancio era un mito publicitario —respondí.
Salimos de Madrid con esa mezcla preciosa de excitación y negación adulta. En el minuto treinta y dos de carretera ya estábamos todas cantando como si no tuviéramos responsabilidades fiscales.
Excitación por el viaje. Negación por el dolor de espalda que ya estaba empezando a insinuarse en las tres primeras curvas de la autovía.
El coche de Rosa avanzaba como una nave bien equipada: agua, snacks, gafas de sol, y una bolsa misteriosa que nadie quiso abrir.
El paisaje empezó a cambiar mientras el coche avanzaba.
Y con él, también el tono del grupo.
Las conversaciones desde atrás fueron pasando de la nostalgia al análisis existencial sin transición:
—¿Os dais cuenta de que ahora viajamos con medicación preventiva? —dijo Pilar.
—Yo llevo ibuprofeno “por si acaso” —respondió Bea.
—¿Eso es madurez o derrota? —añadió Lucía.
Silencio breve.
Luego risa general.
—Esto sí —dijo Bea.
—Esto es vida —añadió Lucía.
Pilar, desde atrás, suspiró:
—La vida era esto… hasta que empezaron los seguros del coche.
Yo giré ligeramente la cabeza. Las veía allí detrás: comprimidas, cómodas, vivas.
Y pensé que había algo muy nuestro en esa imagen: cinco mujeres compartiendo un coche como quien comparte una versión provisional de sí mismas.
A medida que avanzábamos hacia el oeste, la conversación fue derivando hacia lo inevitable: recuerdos de noches imposibles, anécdotas sin consecuencias, decisiones cuestionables que ahora contábamos como si fueran patrimonio cultural…
Rosa conduciendo dijo algo que nos hizo reír a todas:
—Antes salíamos y volvíamos de día. Ahora salimos y necesitamos dos días para recuperarnos de la intención de salir.
Yo, desde el asiento de copiloto, observaba el paisaje cambiar. Y con cada kilómetro, algo dentro del grupo se aflojaba un poco. No solo el cuerpo.
También la necesidad de controlarlo todo.
El coche avanzaba.
La música seguía.
Estábamos haciendo lo que mejor sabemos hacer: convertir el pasado en una versión ligeramente mejor iluminada de lo que realmente fue.
Cuando cruzamos la frontera mental entre rutina y viaje, Rosa subió un poco el volumen.
Ese era el verdadero lujo de esta etapa de la vida: no volver a ser las de antes, estábamos intentando no perder del todo a las que éramos ahora, mientras seguíamos encontrando excusas razonables para bailar, aunque el cuerpo negociara cada canción como si fuera un contrato con cláusulas de desgaste.
Llegamos a Lisboa con ese tipo de luz que parece diseñada para mejorar cualquier decisión previa. Sol limpio, cielo despejado y esa temperatura engañosa que te hace pensar que la vida, en general, ha sido amable contigo y no ha pasado nada importante todavía.
El coche de Rosa se detuvo con alivio mutuo —el nuestro y el suyo— y durante unos segundos nadie habló, como si estuviéramos comprobando que efectivamente habíamos cambiado de país sin perder a nadie por el camino, lo cual ya era un éxito logístico considerable.
Lisboa nos recibió con su primera declaración de intenciones: empedrado irregular y una inclinación constante hacia lo inevitable.
—Esto es peligroso —respondió Pilar mirando sus tobillos.
Yo miré hacia arriba. Y luego volví a mirar hacia abajo.
—Aquí el cardio no se hace en el gimnasio —murmuré—. Se hace saliendo del portal.
El Airbnb estaba en Alfama, en una de esas casas antiguas que parecen haber sido diseñadas antes de que alguien inventara la palabra “ergonomía”.
Techos altos, paredes con carácter —que es una forma elegante de decir “no rectas”— y ventanas que daban la sensación de haber visto demasiadas generaciones de vida sin intervenir en ninguna.
—Es precioso —dijo Lucía nada más entrar.
—Es alto —dijo Rosa inmediatamente después.
—Es un edificio con opiniones propias —añadí yo.
Subir las maletas fue nuestra primera actividad física oficial en Lisboa.
El reloj, en mi muñeca, vibraba con entusiasmo contenido: “ actividad intensa detectada.”
—Y más que vas a detectar —le susurré.
Una vez instaladas, con esa mezcla de admiración y resignación que producen los lugares bonitos pero poco prácticos, salimos a la calle.
Lisboa seguía ahí fuera, perfectamente inclinada, como si alguien hubiera decidido que la ciudad debía ser vivida con esfuerzo constante.
—No entiendo cómo la gente vive aquí —dijo Pilar.
—Con piernas —respondió Bea.
—O en ascensor —añadió Rosa.
—O sin prisa —dijo Lucía.
Y ahí se hizo un silencio breve.
Porque “sin prisa” en nuestro grupo suena siempre a concepto teórico.
El primer plan fue inmediato y, en cierto modo, inevitable: alquilar un tuc-tuc.
No por necesidad, sino por supervivencia.
La idea de recorrer Lisboa a pie había durado exactamente lo que tarda una primera cuesta en recordarte que tienes cincuenta años, equipaje vital y cero interés en morir en una calle con nombre impronunciable.
El conductor del tuc-tuc nos miró con esa mezcla de experiencia y paciencia que solo tienen quienes han visto demasiados grupos de turistas decidir que van a “disfrutar la ciudad de forma auténtica”.
—¿Tour completo? —preguntó.
—Completo —confirmó Rosa.
—Con paradas —añadí yo rápidamente.
—Con muchas paradas —corrigió Pilar.
Subimos con cierta torpeza. Cinco mujeres. Un vehículo pequeño y una cantidad de entusiasmo proporcional al nivel de desconocimiento del terreno.
El tuc-tuc arrancó y Lisboa empezó a desplegarse delante de nosotras como un escenario inclinado y precioso.
Desde el primer minuto entendimos que aquello no era un paseo: era una coreografía. El tuc-tuc subía cuestas imposibles con la dignidad de quien ha aceptado su destino.
Nosotras nos agarrábamos a los laterales como si eso pudiera modificar las leyes de la física.
—Esto no es una ciudad —dijo Pilar.
—Es un gimnasio sin suscripción —añadió Bea.
—Pero si es precioso todo —insistió Lucía, ya en modo contemplativo total.
—Es una trampa visual —concluyó Rosa.
El conductor iba explicando cosas en un español amable, mezclado con resignación turística:
—Aquí Alfama… barrio antiguo… mucho fado…
Yo asentía, pero en realidad estaba concentrada en no salir despedida en una curva especialmente peligrosa.
Desde el tuc-tuc Lisboa se veía distinta: no plana, no amable. Viva, con ropa tendida entre ventanas y paredes con azulejos imperfectos.
Con gente que parecía haber asumido que la vida no se resuelve, solo se transita.
En una parada, el conductor nos señaló un mirador.
—Aquí se ve la ciudad muy bonita —dijo.
Bajamos. Respiramos.Y durante unos segundos nadie habló.
Porque sí era bonita. De esas bellezas que no necesitan explicación, solo resistencia física previa.
—Esto compensa la cuesta —dijo Bea.
—No compensa nada —respondió Pilar—. Pero sí que es bonito.
Yo miré el horizonte pensando que Lisboa tenía algo incómodo: no te dejaba observarla sin implicarte.
Volvimos al tuc-tuc con más calma.
El conductor arrancó otra vez.
Y mientras avanzábamos entre calles estrechas y luces doradas, Lucía dijo algo que quedó flotando entre nosotras:
—Me gusta esta ciudad… porque no te lo pone fácil.
Nadie respondió.
Pero todas entendimos exactamente lo que quería decir.
Lisboa no era cómoda. Pero era honesta.
Y quizá por eso, mientras el tuc-tuc seguía subiendo otra cuesta imposible, pensé que había ciudades que no te invitaban a quedarte… sino a entender por qué sigues insistiendo en moverte.
La primera noche en Lisboa decidimos hacer las cosas bien: nada de improvisar delante de una terraza mediocre para terminar cenando una ensalada triste y pagando cuarenta euros por “ una experiencia gastronómica contemporánea”.
No. Queríamos mantel. Queríamos vino. Queríamos sentirnos protagonistas maduras de una película europea con ligeros problemas de espalda.