La edad del Ibuprofeno Capítulo 9 Lisboa
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Capítulo 9 Lisboa

A finales de mayo el viaje de nuestros cincuenta seguía siendo exactamente lo que más nos unía y lo que más nos enfrentaba al mismo tiempo: una idea preciosa sin forma concreta, una ilusión compartida que cada vez que intentábamos concretar se transformaba en una negociación internacional sin mediadores.

En el grupo de WhatsApp ya no había mensajes, había posiciones diplomáticas.

Pilar defendía con firmeza que no tenía sentido repetir ciudades donde ya habíamos estado “en otra versión de nosotras mismas”, lo cual era una forma muy elegante de decir que París le parecía caro y emocionalmente agotador.

Bea proponía Londres con la misma serenidad con la que uno propone una inversión inmobiliaria: todo muy correcto, muy cultural, muy probable que lloviera, pero con museos que justificaban cualquier sufrimiento logístico.

Rosa, que ya se había vuelto más del norte que las sardinas, desechó mi propuesta de quedarnos por el sur de España.

—A ver, Marisa: Sevilla o  Córdoba son preciosas, pero yo a 42 grados dejo de ser una persona y me convierto en un líquido con gafas de sol

Lucía, fiel a su línea vital, defendía destinos con carga existencial:

—Necesitamos un sitio que nos cambie por dentro.

Nadie le respondió directamente, porque todas entendimos que eso podía incluir terapia grupal en la frontera con cualquier país.

Y entonces apareció Lisboa. No como una revelación. Sino como una concesión inteligente.

—Lisboa —dijo Bea un día, con ese tono suyo de “esto ya está decidido aunque no lo sepáis”— tiene cultura, es bonita, no es excesivamente cara y podemos ir en coche si queremos.

La idea de Lisboa empezó a consolidarse no tanto por emoción como por lógica práctica. Era un viaje soportable en coche, y eso último fue clave.

Ir en coche significaba libertad logística, significaba poder parar. Significaba, sobre todo, evitar aeropuertos, colas, y la humillación moderna de pagar equipaje de mano como si lleváramos lingotes de oro.

Pilar tardó dos segundos en reaccionar.

—¿Lisboa no es como… decadente?

—Sí —respondió Bea sin dudar—. Pero de forma elegante.

Rosa levantó la cabeza.

—¿Y se come bien?

—Se come bien —confirmó Lucía.

Así pues, Lisboa empezó a adquirir forma como una idea razonable.

La conversación se fue cerrando con esa lentitud caótica que tienen las decisiones importantes cuando las toman cinco mujeres con agendas vitales distintas.

París quedó descartado por exceso de comparación, Roma por saturación histórica, Londres porque allí el tiempo suele estar enfadado y Sevilla por todo lo contrario: supervivencia térmica.

Lisboa, en cambio, tenía algo raro: no exigía nada.

—Y podemos hacer una extensión —dijo Lucía de repente—. Ericeira.

—¿Eso qué es? —preguntó Rosa.

—Un pueblo surfero —respondió Lucía con entusiasmo—. Playas infinitas, gente guapa, aire atlántico…

Pilar la interrumpió inmediatamente.

—Yo no hago surf.

—Nadie te ha pedido que hagas surf —respondí.

En el trabajo, mientras tanto, yo seguía observando el mundo con una mezcla extraña de estabilidad nueva y vigilancia antigua.

Rafa había empezado a instalar su caos creativo con una naturalidad casi alegre, como si el desorden fuera una forma superior de inteligencia.

Eva, en cambio, mantenía todo en su sitio sin que pareciera esfuerzo.

Y yo… yo empezaba a entender que mi función no era resistir el cambio, sino evitar que el cambio rompiera lo esencial.

Una tarde, entre reuniones, Pilar me escribió:

“Lisboa confirmada o seguimos fingiendo que somos jóvenes espontáneas?”

Le respondí sin pensar demasiado: “Lisboa es lo más espontáneo que podemos permitirnos sin medicación.”

Por la noche, el grupo cerró la decisión.

Lisboa.

Finales de mayo.

Cinco días.

Extensión opcional a Ericeira.

Todas aceptamos. Incluso las que decían no estar convencidas.

Cuando cerré el móvil, me quedé un momento en silencio. Había algo curioso en aquella decisión. No nacía del entusiasmo ni del espíritu de aventura, sino de algo mucho más adulto: la sensación de encajar.

Y pensé que quizá eso era lo que éramos ahora: no un grupo de mujeres buscando la vida perfecta, sino un grupo de mujeres intentando coincidir lo suficiente como para seguir llamándolo vida compartida.

La organización del viaje a Lisboa empezó como empiezan todas nuestras grandes decisiones: con ilusión, un grupo de WhatsApp en ebullición y una completa incapacidad para ponernos de acuerdo en nada relevante durante más de siete minutos seguidos.

Pero esta vez había un avance importante: el transporte.

Rosa tenía coche. Y no un coche cualquiera, sino un SUV grande, de esos que parecen diseñados por alguien que ha decidido que la vida moderna requiere espacio para crisis emocionales, equipaje de cinco personas y alguna compra impulsiva en ruta.

—Cabe todo —dijo Rosa con orgullo moderado—. Y si no cabe, pues se reconfigura.

Nadie preguntó qué significaba exactamente “reconfigurar”. En nuestro grupo, esa palabra suele implicar plegar cosas con rabia.

La decisión fue rápida, casi sospechosa: iríamos todas juntas.