La edad del Ibuprofeno Capítulo 11 Cincuenta sombras de protección solar #2
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Capítulo 11 Cincuenta sombras de protección solar #2

Durante unos segundos se hizo un silencio de esos que no resultan incómodos, sino reveladores.

Y fue entonces cuando algo cambió en la mesa.

Casi sin darnos cuenta, dejamos de comportarnos como si estuviéramos participando en un concurso invisible de atractivo, juventud o relevancia social —una disciplina en la que las mujeres acumulamos demasiadas horas de entrenamiento— para hacer algo mucho más insólito: mantener una conversación de verdad.

Nadie intentaba impresionar a nadie, ni demostrar que seguía siendo especialmente interesante, aventurero o irresistible para su edad.

Simplemente hablábamos. Y, para mi sorpresa, aquello estaba resultando bastante más seductor que cualquier estrategia que hubiera conocido en los últimos veinte años.

—En Madrid también tenemos surf… pero de tráfico. —dijo Lucía.

Se rieron.

—Eso es más peligroso —dijo otro.

—Y más lento de morir —añadió Bea.

Yo los observaba mientras hablaban con nosotras: mientras ellos vivían en un mundo de energía constante, nosotras veníamos de otro donde ya habíamos aprendido a sobrevivir a demasiadas versiones de la vida.

Entendí algo que no esperaba encontrar en un chiringuito de Ericeira: no les interesaba nuestra juventud perdida, les interesaba nuestra tranquilidad ganada.

Y eso, sin pretenderlo, tenía un peso distinto, con menos flirteo evidente y más intercambio real.

Nos contaron que viajaban mucho, que Ericeira era su base temporal, que el mar les había enseñado a no tener demasiadas certezas.

Pilar murmuró en voz baja:

—Eso también lo dice la gente con hipoteca.

Antes de irse, uno de ellos dijo algo que se quedó flotando:

—Es curioso. Pensaba que nos íbamos a aburrir, pero con vosotras el tiempo pasa distinto.

No era un piropo convencional. Tampoco nos lo tomamos como una observación incómoda, porque no hablaba de atractivo ni de edad ni de nada de lo que una espera escuchar en ese tipo de situación.

Hablaba de algo más difícil de fingir: que con nosotras el tiempo no tenía urgencia, no había prisa por saltar a la siguiente cosa, ni necesidad de rellenar silencios como si fueran errores.

Era como si, por un rato, nadie estuviera intentando llegar a mañana antes de tiempo.

Cuando se levantaron para seguir su camino, hubo un momento de despedida ligero, sin drama. Nada más, sólo ese gesto amable de quien ha compartido un rato bueno y lo sabe.

Lucía los miró alejarse.

—Nos han preferido a nosotras.

Pilar la corrigió sin dudar:

—Nos han preferido hoy.

Bea sonrió.

—Pues eso ya es bastante.

Yo me quedé mirando el mar un momento pensando que era todo un lujo que ya no te elijan por promesa, ni por futuro, ni por posibilidad.

Con el tiempo descubres que hay formas muy distintas de gustar a alguien. Durante años crees que todo depende del aspecto físico, de la energía que proyectas o de esa absurda carrera por seguir pareciendo más joven de lo que eres.

Luego llegas a cierta edad y resulta que algunas personas te eligen por algo mucho menos agotador: porque la conversación fluye, porque transmites calma, porque sabes escuchar sin mirar el móvil cada treinta segundos o porque has aprendido a reírte de ti misma.

Son cualidades difíciles de exhibir en una foto y prácticamente imposibles de fingir durante más de diez minutos.

Y, para sorpresa de todas las que alguna vez hemos gastado demasiado dinero en cremas milagrosas, descubrir que eso también tiene valor resultaba extraordinariamente reconfortante.

La mañana siguiente en Ericeira la dedicamos a ese tipo de visitas que se hacen más por cerrar un círculo mental que por auténtico interés turístico.

Rosa había insistido en que no podíamos irnos sin ver el Cristo Rei de Almada , porque “es como el de Río de Janeiro, pero sin tener que cruzar el Atlántico”, lo cual en su cabeza era un argumento absolutamente irrefutable.

Y allí fuimos.

El coche dejó atrás la costa y Lisboa fue reapareciendo a lo lejos, con esa luz limpia de final de mañana que hace que todo parezca más grande de lo que es.

Subimos en silencio, cada una con su propia mezcla de cansancio feliz y esa nostalgia rara que aparece cuando el viaje todavía no ha terminado pero ya lo estás archivando por dentro.

El monumento se alzaba enorme, vigilando la ciudad desde lo alto, con los brazos abiertos como si estuviera perpetuamente recibiendo a alguien que llega tarde.

—Dicen que es la copia del de Río —comentó Bea mientras miraba hacia arriba.

—Y que el puente de aquí es como el Golden Gate —añadió Rosa—. Lisboa es básicamente una versión “casi igual pero más tranquila” del resto del mundo.

—Me gusta ese concepto —dijo Lucía—. Todo lo importante, pero en versión low stress.

Subimos hasta el mirador, desde donde parecía que el mundo se ordenaba de otra forma.

Lisboa a un lado, el río brillante, el puente rojo extendiéndose como una línea perfecta en el paisaje, el viento fuerte, el cielo abierto.

El tipo de sitio donde, aunque no lo busques, acabas pensando cosas importantes.

Nos quedamos un rato sin hablar, no porque no tuviéramos nada que decir, sino porque no hacía falta.

Rosa fue la primera en romper el silencio.

—Es un poco absurdo, ¿no? Venimos aquí a ver copias de cosas de otros sitios.

Bea sonrió.

—Y aun así nos emociona.

—No es la copia —dije yo—. Es el momento.

Lucía se giró hacia nosotras.

—Es estar aquí juntas.

Y esa frase, tan simple, se quedó un segundo suspendida en el aire.

Desde allí arriba todo parecía más lejano y más claro a la vez. Por un instante tuvimos esa sensación extraña de infinitud ligera, como si el tiempo se hubiera estirado lo suficiente como para dejarnos respirar sin agenda, sin horarios, sin decisiones urgentes.

Sabíamos, en el fondo, que era prestado, pues en  apenas unas horas estaríamos otra vez en terminales distintas: trabajo, familia, rutinas, mensajes sin contestar, listas interminables.

Lo que habíamos encontrado en Lisboa era una pausa elegida de forma consciente, algo mucho más raro de lo que parece cuando una llega a cierta edad.

Porque el descanso físico se consigue durmiendo unas horas más, pero el mental requiere algo bastante más complicado: apartarse del ruido suficiente para volver a escucharse a una misma.

Entre conversaciones interminables, paseos sin prisa y decisiones que no tenían consecuencias dramáticas, habíamos recordado que todavía podíamos escoger cómo mirar el mundo y, sobre todo, con quién queríamos compartirlo.

Y sin duda esa era la verdadera razón por la que nos resistíamos a volver a casa: no porque la realidad fuera terrible, sino porque durante unos días habíamos conseguido verla desde un lugar mejor.

Cuando empezamos a bajar, Pilar suspiró.

—Bueno… pues ya está.

—Ya está —confirmó Bea.

Lucía se enganchó a mi brazo.

—Habría que hacer esto más a menudo.

Rosa soltó una carcajada.

—Eso dijimos en Florencia, en Bruselas y en cualquier cena con vino.

Pero mientras volvíamos al coche, ninguna lo negó del todo,  porque algo de estos cuatro días se quedaba pegado.

No como una promesa imposible, sino como un recordatorio sencillo: que la vida no siempre tiene que ser urgente para ser importante.