Capítulo 5 El grupo de las supervivientes #2
La mayor mentira colectiva de la gastronomía femenina.
Pedimos cuatro. El camarero dejó la carta sobre la mesa y Pilar, mientras daba un sorbito a su copa de vino, dijo de repente:
—Por cierto, ¿vamos a hablar ya del viaje de los cincuenta de Marisa o vamos a seguir fingiendo que somos personas organizadas?
Levanté la vista.
—No hace falta hacer nada…
Las cuatro me miraron automáticamente con expresión de rechazo.
Porque toda mujer sabe que cuando otra dice:
“No hace falta hacer nada” lo que realmente significa es: “por favor, haced algo pero sin obligarme a parecer necesitada.”
Lucía apoyó los codos en la mesa.
—No, perdona, el viaje se hace. Lo hablamos hace meses y luego entre hijos, trabajos y dramas hormonales se quedó muerto.
—Como nuestra musculatura abdominal —añadió Rosa.
—Hablad por vosotras —dijo Bea, insoportablemente serena.
Pilar hizo un gesto de desprecio.
—Bea, tú haces pilates reformer. No perteneces ya al mundo civil.
Y entonces empezó la negociación.
Toda amistad larga necesita periódicamente una discusión absurda sobre viajes para demostrar que el vínculo sigue vivo.
—Yo voto playa —dijo Rosa inmediatamente—. Pero de no moverme. Quiero un sitio donde mi única responsabilidad sea decidir si quiero arroz o pescado.
—Yo necesito algo espiritual —dijo Lucía.
Pilar casi se atraganta.
—Tú lo que necesitas es dejar de acostarte con hombres que tienen menos profundidad que una bandeja de horno.
—Precisamente por eso quiero algo espiritual.
Bea intervino con calma quirúrgica.
—Podríamos ir a un balneario.
Rosa abrió mucho los ojos.
—¿Un balneario? ¿Qué somos, viudas austrohúngaras?
—Perdona, yo firmaría ahora mismo tres días sin cocinar ni escuchar “mamáaaa”.
Lucía levantó una mano.
—¿Y si hacemos el Camino de Santiago?
Silencio.
Pilar la miró horrorizada.
—¿Perdón?
—Sí, tía. Algo de reconexión. Caminar. Hablar. Desintoxicarnos.
Pilar dejó la cuchara lentamente.
—Lucía, cariño, yo no me he puesto ácido hialurónico para acabar sudando en una cuneta gallega.
Ahí estábamos otra vez: cinco mujeres incapaces de decidir ni un destino, pero completamente convencidas de que el problema eran las demás.
—Pues algo hay que hacer —insistió Lucía—. Marruecos, por ejemplo.
Pilar reaccionó como si hubiera propuesto viajar a una zona de conflicto armado.
—No.
—¿Qué problema tienes con Marruecos?
—Todos.
—Pero si es precioso.
—No puedo negociar precios en los zocos. Nací para ser estafada con educación.
—Yo igual, El regateo me produce tanta incomodidad que acabaría comprando una alfombra y tres lámparas solo para evitar el conflicto —dijo Rosa.
— Yo tampoco sirvo para regatear. Si alguien me dice que cuesta cincuenta, mi cerebro responde: "Perfecto, ¿quiere sesenta?"—corrigió Pilar.
Bea seguía intentando poner orden.
—A ver, centrémonos. ¿Queremos playa, ciudad o retiro espiritual?
—Yo solo quiero dormir —dijo Rosa.
—Yo quiero ligar —dijo Pilar.
—Yo quiero encontrarme a mí misma —dijo Lucía.
Todas la miramos.
—Pues avísanos cuando la encuentres —dije.
El camarero retiró los platos mientras nosotras seguíamos construyendo un viaje imposible.
Sicilia apareció sobre la mesa. También Grecia. Y Lisboa. Y también un crucero, inmediatamente rechazado. A nuestra edad, la combinación de mareos potenciales, bufés ilimitados y camarotes del tamaño de un armario no terminaba de encajar con nuestro concepto de felicidad.
Y mientras discutíamos, me di cuenta de algo: no importaba realmente el destino, sino que lo que verdaderamente importaba era... que seguíamos haciendo planes.
Seguíamos proyectándonos hacia delante. Seguíamos creyendo, de alguna manera absurda y maravillosa, que aún quedaban cosas por vivir juntas.
Finalmente Bea, la única mujer del grupo capaz de tomar una decisión sin convocar una comisión de estudio, sacó el móvil.
—Vale. Finales de mayo. Cuatro días. Eso queda fijado ya.
—Vale, pero ¿dónde? —preguntó Rosa.
Bea suspiró.
—Eso ya lo resolveremos sin gritar si es posible.
—No prometas cosas imposibles —dijo Pilar.
Pero todas sacamos la agenda. Todas.
Incluso las que cinco minutos antes hablaban de cansancio crónico, inflamación intestinal y ganas de no salir nunca más de casa. Y allí estaba la verdad otra vez.
Puede dolerte la espalda. Puede fallarte el colágeno. Puede darte pereza vivir.
Pero si tus amigas dicen: “nos vamos” el cuerpo, misteriosamente, vuelve a negociar con la ilusión. Yo las observaba mientras hablaban todas a la vez.
Tan distintas. Tan agotadas. Tan divertidas.
Y pensé que quizá las amigas sirven exactamente para eso: para recordarte quién eras antes de convertirte en la persona que organiza lavadoras, revisiones médicas y calendarios familiares. Con ellas todavía éramos nosotras. Más cansadas, más hormonales y mucho más escépticas. Pero todavía nosotras.
Cuando salimos del restaurante hacía frío.
Nos abrazamos en la acera como si fuéramos a separarnos durante años y no apenas durante diez días.
Pilar encendió un cigarro de los de pensar.
Bea pidió un Uber premium como si perteneciera a la diplomacia europea.
Rosa ya estaba mirando si había mensajes de sus hijos.
Y Lucía volvía a escribirle a Andrés, por supuesto.
Yo las vi alejarse y pensé algo muy simple: las amistades femeninas no te arreglan la vida. Pero hacen que el desastre tenga mucho mejor diálogo.