La edad del Ibuprofeno Capítulo 7 Las casas del norte
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Capítulo 7 Las casas del norte

Rosa y su marido Enrique habían sido los anfitriones de aquella escapada a Asturias, pues acababan de firmar una hipoteca para vivir dentro de un documental rural sonoro, aunque la frase, pronunciada ya en el mismo momento en que llegamos, no hacía justicia al nivel de sofisticación arquitectónica del lugar ni al nivel de sabotaje acústico que suponía tener una vaca con cencerro a menos de cincuenta metros de la terraza.

Las casas de diseño nórdico parecían salidas de una revista de estilo de esas modernas que parecen diseñadas para Instagram pero construidas para personas que nunca derraman café ni tienen hijos con hambre constante.

Sólo que la revista no reflejaba la humedad persistente y el ganado libre.

Bea y Alfonso, su pareja desde hace un par de años, también formaban parte del grupo.

Pilar no pudo esta vez unirse a la escapada de finde, pues según ella, su cita de Tinder “prometía” y eso justificaba su ausencia. Ni que decir tiene que lo entendimos perfectamente.

Lucía vino sola, sin Andrés su novio/no novio; nos dijo que le daba igual ser la única desparejada del grupo ya que con Asturias siempre había tenido la sensación de “sentirse muy conectada y para reconectar con ella misma en ese entorno, Andrés era un estorbo”.

Lo de llamarse Lucía, debe implicar de manera intrínseca tener un lado místico, pues mi hija, que se llamaba igual, también necesitaba “reconectar con ella misma de tanto en tanto”.

A nosotros nos había tocado una de las habitaciones destinada a los hijos en la casa de Rosa, lo cual en realidad significaba una habitación con literas, porque incluso el lujo rural tiene jerarquías internas.

Álvaro, con su optimismo estructural habitual, lo aceptó con naturalidad, y yo, en un acceso inesperado de nostalgia infantil, me pedí la cama de arriba como si aquello fuera un campamento de verano y no una convivencia con adultos que hablan de hipotecas con la misma naturalidad con la que antes hablaban de música.

—¿Estás segura? —me preguntó Álvaro, mirándome desde abajo mientras dejaba la maleta.

—Totalmente —respondí—. Quiero sentirme como si tuviera once años y dormir como si no tuviera ninguna responsabilidad fiscal.

El primer día lo habíamos empezado con entusiasmo.

Madera clara, cristal, calma escandinava incrustada en mitad de Asturias y un silencio casi solemne… si no fuera por las vacas. CLONC. CLONC. CLONC. Sus cencerros marcaban el ritmo del lugar con más autoridad que cualquier instructor de mindfulness.

—Es muy bonito —dijo Bea nada más llegar.

—La verdad que sí —afirmó Rosa, aunque ya estaba mentalmente calculando cuántas lavadoras iba a generar aquella convivencia.

Lucía abrió una sidra para comenzar de manera inmediata su integración con el entorno.

—Esto con sidra mejora todo —sentenció.

Nadie se molestó en discutirlo.

El paseo de la tarde fue una especie de reconciliación estética con la naturaleza, aunque con el matiz importante de que ninguna de nosotras estaba vestida para la naturaleza real.

Había ropa técnica, ropa “cómoda”, ropa “que disimula”, pero en ningún caso ropa diseñada para caminar por acantilados mientras se habla de menopausia intermitente y dolor lumbar.

El paisaje era tan excesivo que obligaba al silencio. Verde imposible, mar dramático, cielo que parecía ensayado para una película escandinava. Bea lo resumió con precisión:

—Esto es Noruega… pero con vacas.

—Sería Noruega si los vikingos hubieran descubierto la fabada—añadió Lucía, en su modo habitual de mezclar churras con merinas.

Yo no dije nada porque, por una vez, el paisaje parecía tener razón sin necesidad de interpretación.

Por la noche, la casa se llenó de esa convivencia pausada que solo aparece cuando la gente lleva suficientes años de amistad como para no necesitar demostrar nada.

Se hablaba sin prisa, se discutía sin importancia, se reía sin motivo concreto.

El cencerro seguía sonando fuera, constante, como un metrónomo rural que recordaba que la vida no se detiene aunque uno se vaya de fin de semana.

Yo subí a la litera con cierta satisfacción infantil, mientras Álvaro se instalaba abajo con resignación adulta.

—Esto es un poco ridículo —dijo él.

—Es perfecto —respondí desde arriba—. Por fin he vuelto a una jerarquía que entiendo.

Desde la cama superior miré el techo de madera, escuché las voces apagadas de abajo, el murmullo de la casa, el sonido lejano de las vacas, y pensé que quizá aquella era una de las formas más extrañas de felicidad que existían: no la ideal, no la perfecta, sino la que ocurre cuando sigues rodeada de gente que te conoce desde hace demasiado tiempo como para fingir demasiado bien.

Y con el cencerro marcando el ritmo del mundo exterior, me dormí pensando que, al final, envejecer quizá no era perder el equilibrio, sino aprender a dormir en literas emocionales sin caerse demasiado.

Al día siguiente amanecimos con esa luz limpia y ligeramente engañosa del norte, que siempre parece prometer un día suave pero luego te recuerda, con toda educación posible, que estás en Asturias y no en un catálogo de verano.

El plan era perfecto en su simplicidad: ir a comer a un llagar. Esa palabra ya tiene algo de promesa antigua, de comida sin culpa, de mantel de papel, de botellas que se comparten sin ceremonias. Yo llevaba desde el desayuno viviendo mentalmente en ese cachopo.

No era hambre: era una fantasía basada en carne, queso y expectativas.

Y mientras me vestía, el reloj inteligente me observaba desde la mesilla con esa frialdad suya de supervisor sanitario sin vocación de ternura.

—Hoy vas a flipar —le dije mentalmente—. Hoy te vas a enterar de lo que es un sábado digno.

Me vibró ligeramente y no en plan aprobatorio. Era sospecha.

En el desayuno ya empezó la negociación logística del día.

Había dos caminos para llegar al llagar: uno fácil, directo, razonablemente aburrido pero funcional, y otro más largo, más bonito, más “experiencia”, más “ya que estamos aquí  pues vamos a vivirlo”, que en lenguaje de grupo de amigos significa: sufrimiento opcional con vistas.

Yo estaba claramente en el equipo del camino fácil.

—Vamos por el camino bonito —dijo Álvaro con entusiasmo inmediato.

—No —dije yo sin disimular nada—. Vamos por el que llega antes a la comida.

Bea levantó la vista de su café.

—Marisa está en modo supervivencia gastronómica.

—Siempre —confirmé.

—A mí me da igual mientras haya sitio para sentarse al llegar.

Bea, como siempre, no opinaba. Bea evaluaba.

— El sendero bonito es de flipar —dijo Rosa—. Hay un mirador espectacular.

Lucía, que llevaba desde la noche anterior en modo existencial romántico, añadió:

—Podemos aprovechar para hablar. Caminar nos vendrá bien.

Y ahí estaba el error. Porque cuando alguien dice “caminar nos vendrá bien”, normalmente significa “vamos a caminar mucho más de lo necesario”.

No sé en qué momento exacto dejé de tener capacidad de decisión real sobre mi propia vida, pero sospecho que fue alrededor de la tercera vez que dije “bueno, vale, vamos por el bonito”.

Álvaro sonrió como si hubiera ganado una batalla que no sabía que estaba disputando.

—Ya verás, la caminata seguro que merece la pena.

Yo miré el reloj.

—Más te vale que compense esto con grasa animal.

Empezamos la ruta como Indiana Jones en versión doméstica.

Todo era muy bonito, sí. Verde, piedras, caminos estrechos, riachuelos que sonaban como publicidad de relajación en Spotify. Las primeras risas fueron sinceras. Las segundas, estratégicas.

Las terceras ya eran pura resistencia psicológica.

—Esto no es tan duro —decía Álvaro con esa alegría criminal de quien no carga bolso, ni bolsa, ni responsabilidad emocional alguna.

—Llevamos veinte minutos subiendo —respondí yo—. Estoy empezando a negociar con mi vida anterior.

Lucía iba detrás, jadeando ligeramente.

—Si me muero aquí, quiero que sepáis que os odio a todos.

El paisaje era precioso, eso sí. Era uno de esos lugares que nos obligaba a parar cada dos minutos para hacer fotos que te hacen llenar la memoria del móvil, inútiles, porque ninguna consigue explicar después por qué allí todo parecía más grande, más verde y más bonito de lo que debería.

Fotos que quizás no volveríamos a mirar, salvo para justificar que el sufrimiento había tenido estética, eso sí:  todo era fotografiado con precisión casi científica.

Yo preguntaba que cuánto quedaba.

Lucía hablaba de horizontes abiertos, de billetes de ida y de planes que todavía no necesitaban ser razonables.

Yo pensaba exclusivamente en el cachopo.

Cuando por fin llegamos al llagar junto a la playa, entramos como si hubiéramos cruzado un desierto espiritual.

El olor a comida nos recibió como una promesa cumplida en ese lugar perfectamente integrado en el paisaje: madera, cerveza fría, olor a sidra escanciada, mesas algo torcidas y una vista que hacía que cualquier cosa supiera mejor y cualquier sobremesa se alargara sola.

Allí estaban nuestras parejas/maridos, ya instalados como si siempre hubieran pertenecido a aquel ecosistema.

Y entonces Alvaro, con ese mezcla de entusiasmo que suele aparecer cuando está de vacaciones, anunció que se iban a bañar.

—¿Ahora? —preguntó Rosa, sin intentar disimular el juicio.

—Claro —respondió Alfonso—. Hace calor.

Era mayo.

En Asturias.

Pero la lógica masculina tiene su propia meteorología.

Se quitaron la ropa con una alegría casi adolescente y corrieron hacia el mar como si el cuerpo no fuera algo que envejece, sino una idea flexible que puede ignorar rodillas, hombros y cualquier informe previo de traumatología.

Enrique, el marido de Rosa, incluso hizo el gesto del Tarzán, lo cual provocó en ella una mezcla muy precisa de vergüenza ajena y ternura resignada.

Nos quedamos en la terraza, cerveza en mano, observando e inmortalizando la escena.

—Los hombres envejecen raro —dijo Rosa.

—¿Raro cómo? —preguntó Lucía.

—De lejos parecen aventureros —respondió Bea—. De cerca necesitan magnesio.

—Y antiácidos —añadí.

El camarero apareció.

—¿Qué os pongo?

Yo no esperé ni medio segundo.

—Cachopo.

Rosa levantó una ceja.

—Ni carta ni nada.

—He venido aquí a ser feliz —respondí.

El reloj vibró. Miré la pantalla: “Actividad intensa detectada.”

—Cállate —le susurré.

Mientras esperábamos la comida, comenzamos a recuperar nuestro estado natural: conversación dispersa, risas, anécdotas, pequeñas quejas corporales y esa sensación extraña de victoria compartida que solo aparece cuando has sobrevivido juntas a algo innecesariamente largo.

—Ha merecido la pena —dijo Bea mirando el paisaje.

—No digas eso muy alto —respondió Rosa—. Que todavía tenemos que volver.

Álvaro, feliz, bebía sidra como si hubiera descubierto el sentido de la vida.

—Cansados pero felices, dijo tras dar un largo trago.

Pensé un segundo.

—Cuando traigan el cachopo mi felicidad será absoluta.

Y entonces llegó. Grande. Imponente. Absurdo.

El cachopo aterrizó en la mesa como si fuera una decisión vital más que un plato.

Yo lo miré con respeto. El reloj vibró otra vez: “Exceso calórico probable.”

—Hoy no —le dije.

Y corté el primer trozo como quien firma un tratado de paz con la vida adulta.

El cachopo desapareció con la misma dignidad con la que había llegado: ninguna.

Quedó la mesa llena de restos felices, servilletas arrugadas y esa sensación colectiva de haber cometido un exceso perfectamente justificado.

Cuando por fin nos levantamos, el grupo entero tenía ese cansancio suave que no es fatiga, sino satisfacción alimentaria con consecuencias leves.

—Ha sido una maravilla —dijo Bea, con esa exactitud suya que convierte cualquier plan en algo casi institucional.

Rosa sonrió con la cara de quien ha organizado algo y ha sobrevivido para contarlo.

—De verdad, cuando queráis repetimos. Pero la próxima vez con menos desnivel.

—Eso lo dices ahora —respondió Lucía—. En dos semanas estás organizando otra cosa exactamente igual.

Rosa no lo negó. Le había encantado reunirnos a todos, organizar y ver su recién estrenada casa asturiana llena de gente.

Pero también era consciente de que acabábamos de marcharnos dejando tras de nosotros una pequeña catástrofe doméstica perfectamente distribuida entre habitaciones, baños y cestos de ropa sucia.

La hospitalidad tiene límites, y normalmente coinciden con el número de lavadoras pendientes.

Ya en la despedida, con las chaquetas puestas y el aire fresco del norte entrando como recordatorio de que el verano aún no había sido aprobado oficialmente, nos quedamos un momento hablando con más calma.

Rosa y Enrique nos acompañaron hasta el coche.

—De verdad, ha sido un fin de semana estupendo —dije—. Ojalá podamos volver pronto.

—Ya os dije que cuando queráis —respondió Rosa—. Esto es vuestra casa también. Me ha encantado teneros aquí, ahora también os digo que todavía necesito al menos 3 semanas de recuperación logística.

—Aquí se vive de otra manera —añadió Enrique, mirando alrededor con esa tranquilidad de quien ya pertenece al paisaje—. A otro ritmo.

Rosa asintió.

—Más lento… pero mejor.

Nadie discutió la palabra “mejor”.

Porque en realidad no era una comparación, era una forma de vida.

Nos quedamos un momento en silencio, despidiéndonos de ese verde excesivo, del aire limpio, de la luz suave de mayo, del sonido lejano de las vacas recordando que el mundo sigue funcionando aunque nadie mire el reloj.

Nos despedimos con abrazos largos, promesas vagas de volver en septiembre y esa certeza suave de que la vida adulta consiste en eso: repetir planes con pequeñas variaciones, como si cambiar ligeramente el escenario pudiera retrasar lo inevitable.

Cuando arrancamos el coche, ya de vuelta hacia Madrid, Álvaro miró por el retrovisor.

—Ha estado muy bien, ¿no?

—Sí —respondí.

Y el reloj, en mi muñeca, por una vez, no dijo nada.

Como si incluso él hubiera entendido que hay días en los que medir la vida es lo menos importante de todo.