Capítulo 5 El grupo de las supervivientes
Toda amistad femenina de larga duración acaba degenerando en un grupo de WhatsApp donde conviven los siguientes elementos:
cariño
terrorismo organizativo
fotos de recetas
diagnósticos médicos no solicitados
y audios de siete minutos enviados por personas que dicen no tener tiempo
El nuestro se llamaba: “Que no salga de aquí ❤ ️ ”
Nombre profundamente optimista para cinco mujeres que llevábamos décadas sobreviviendo al matrimonio, las hormonas y la Seguridad Social.
El mensaje apareció a las nueve y ocho de la mañana, justo cuando yo intentaba aparentar interés en una reunión sobre “identidad emocional de marca”.
Pilar:
“¿Cena esta semana o seguimos dejando pasar nuestra juventud?”
Pilar siempre escribía como si estuviera a punto de empezar una revolución sexual en Chamberí.
Tres segundos después:
Rosa:
“Yo puedo jueves pero no muy tarde que el viernes madrugo.”
Mentira. Rosa no madrugaba .Rosa simplemente vivía cansada en distintos horarios.
Luego Bea:
“Yo prefiero un sitio tranquilo donde se pueda hablar.”
Eso, traducido del idioma Bea, significaba: “un sitio donde no sirvan fritanga y el vino no ataque el sistema digestivo.”
Y finalmente Lucía. No mi hija. La otra Lucía, la soltera intermitente desde 1997.
“Mientras no sea japonés.” “La soja me inflama.”
Perfecto.
Ya habíamos entrado oficialmente en la fase digestiva de la amistad adulta.
Organizar una cena entre mujeres de cincuenta años requiere más logística que una cumbre diplomática.
Antes quedábamos diciendo: “Nos vemos luego.”
Ahora necesitamos un calendario compartido y cierta previsión intestinal.
El grupo empezó a llenarse de mensajes: Audios, capturas, opiniones, traumas gastronómicos…y así un largo etcétera,
Pilar mandó un audio desde el coche:
“Chicas, yo necesito alcohol y proteínas. Estoy en una etapa de reconstrucción espiritual.”
La reconstrucción espiritual de Pilar llevaba exactamente tres divorcios y dos instructores de pádel.
Pilar era la divorciada renacida. O eso decía ella.
En realidad estaba permanentemente agotada de reinventarse, tras descubrir el Pilates reformer, el vino ecológico, los hombres de treinta y ocho y una peligrosa cantidad de frases sobre energía femenina.
Llevaba meses diciendo: “Ya no necesito un hombre.”
Y luego se pasaba las cenas enseñándonos conversaciones de Tinder como si fueran pruebas judiciales.
Rosa era otra cosa.
Rosa había nacido cansada y luego había tenido hijos.
Su vida consistía en cocinar, preocuparse, limpiar, volver a cocinar, y narrar enfermedades ajenas con una precisión clínica estremecedora.
Vivía convencida de que nadie colaboraba suficientemente en su casa.
Probablemente tenía razón.
A veces decía: “Estoy deseando quedarme sola.”
Para dos minutos después preguntarse. “¿mi hijo cenará bien fuera?”
La maternidad es una secta emocional muy difícil de abandonar.
Bea era la organizada: casa perfecta, pelo perfecto, colágeno perfecto, digestiones perfectas.
Bea era esa mujer que dice: “Yo es que duermo fenomenal.”
Y automáticamente despierta instintos violentos en las demás.
Nadie confiaba del todo en su serenidad.
Parecía una persona que doblaba las bolsas del supermercado por categorías.
Y luego estaba Lucía. La amiga eternamente moderna.
La que seguía saliendo, viajando y enamorándose con una energía que ya solo debería permitirse legalmente a menores de cuarenta.
Llevaba años entrando y saliendo de relaciones imposibles con hombres emocionalmente indisponibles pero muy interesantes en blanco y negro.
Siempre llegaba tarde. Siempre espectacular. Siempre ligeramente al borde de una crisis romántica.
Y luego estaba yo: Marisa.
La del medio.
La que escucha.
La que observa.
La que aparentemente tiene más estabilidad mental porque ya no le queda energía suficiente para dramatizar con intensidad olímpica.
El grupo seguía activo.
Treinta y siete mensajes en cuarenta minutos.
Nadie había decidido restaurante.
Pero al menos ya teníamos algo:
dos intolerancias nuevas,
tres restricciones horarias,
una discusión sobre aparcamiento,
y una amenaza pasivo-agresiva de Pilar diciendo:
“Pues haced lo que queráis.” Frase clásica femenina que en realidad significa:
“Como no decidáis lo que yo quiero, voy a quereros un poco menos.”
Finalmente Bea envió un enlace a un restaurante italiano con terraza, luz tenue, carta pequeña y cara, que es como sabemos que un sitio es moderno.
Rosa preguntó:
“¿Tienen tortilla?” . Todas ignoramos el mensaje.
La cena quedó cerrada milagrosamente para el jueves.
Miré el móvil y sonreí sola.
Porque después de tantos años ya sabía algo importante sobre las amistades femeninas: no hace falta que funcionen perfectamente.
Solo hace falta que, de vez en cuando, sigan volviendo unas a otras.
Llegué la primera. Error táctico: las personas que llegan pronto a una cena de amigas descubren que la puntualidad es una forma poco conocida de voluntariado.
El restaurante era exactamente el tipo de sitio que Bea define como “mono” con su luz baja, camareros guapos y ligeramente hostiles, platos pequeños con nombres largos y vino con notas minerales que saben sospechosamente a tierra.
Me senté y miré alrededor. Parejas jóvenes fingiendo no mirar el móvil. Gente haciendo fotos al aperitivo. Dos hombres de negocios hablando de criptomonedas con expresión de divorcio inminente.
Madrid cenando.
Cinco minutos después apareció Pilar.
Abrigo camel, pendientes grandes y cara de haber vivido demasiado en una sola semana.
—Necesito beber inmediatamente —dijo mientras se sentaba.
—Hola, Pilar, qué alegría verte viva.
—Viva sí. Estable no.
Dejó el bolso sobre la silla.
—He bloqueado a Sergio.
—¿Cuál era Sergio?
—El del velero.
—Ah.
Todas las historias de Pilar parecen empezar igual: un hombre, una copa de vino y una decisión claramente equivocada.
—¿Qué ha pasado ahora? —pregunté.
Pilar abrió mucho los ojos.
—Marisa, el tío tiene cincuenta y dos años y usa la palabra “flow” sin ironía.
Aaaah.
Llegó Rosa, parecía agotada. Rosa siempre llega como si acabara de evacuar civiles de una zona de guerra.
—Perdón, perdón, perdón. Mi hijo no encontraba una sudadera.
—¿Y cómo ha sobrevivido finalmente? —preguntó Pilar.
—De milagro. Casi llama a Protección Civil.
Rosa se dejó caer en la silla.
—Os juro que no puedo más. Hoy he puesto tres lavadoras y nadie sabe dónde están sus propias cosas. Creo que viven conmigo como si yo fuera el servicio secreto doméstico.
—Lo eres —dije.
—Pues quiero dimitir.
Apareció Bea, perfecta, naturalmente perfecta, que es todavía peor.
—Perdón por el retraso. He tenido pilates.
Claro. Por supuesto. Bea hace pilates como otras personas respiran.
Nos besó a todas con serenidad irritante.
—Qué monas estáis.
Eso también molestaba un poco viniendo de alguien que parecía dormir ocho horas suspendida en agua termal.
La última en llegar fue Lucía.
Llegó con tacones y labios rojos; es decir, con el caos emocional elegantemente maquillado.
—Chicas, necesito que alguien me quite el móvil.
Se sentó y nos miró con cara de circunstancias.
—He vuelto a hablar con Andrés.
Silencio colectivo.
Pilar cerró los ojos.
—No.
—Sí.
Rosa se santiguó directamente.
—Lucía, ese hombre te dejó por WhatsApp.
—Ya, pero ahora está yendo a terapia.
Pilar bebió vino.
Mucho vino.
—También Ted Bundy tenía hobbies y no por eso volvías con él.
La cena arrancó oficialmente cuando llegó el pan. Las mujeres de nuestra edad ya no medimos la felicidad por grandes acontecimientos, sino que la medimos por un buen pan, silencio en casa y digestiones rápidas.
El camarero empezó a explicar los platos con excesiva pasión.
—La burrata viene sobre una reducción de tomate ahumado con matices cítricos…
Rosa lo interrumpió.
—¿Llena o no llena?
El camarero parpadeó.
—Bueno… es ligera.
—Entonces tráigame más pan.
El vino empezó a circular. Y con el vino llegó la verdad. Siempre llega.
—¿Sabéis lo que más rabia me da? —dijo Pilar—. Que los hombres separados se vuelven todos absurdos.
—Define absurdos —dije.
—Senderismo. Podcasts. De repente todos descubren quiénes son a través de una mochila Quechua.
Lucía asintió.
—Y las fotos.
—Las fotos son gravísimas —añadió Bea.
Pilar levantó un dedo.
—¿Por qué los hombres divorciados se hacen fotos sujetando peces?
Silencio.
Nadie tenía respuesta.
—Porque necesitan demostrar que aún pueden capturar algo —dije.
Las cuatro me miraron.
—Joder, Marisa —dijo Rosa—. Pues ahora que lo dices, creo que tienes toda la razón.
Lucía ya estaba enseñando Tinder.
Eso ocurre siempre.
Las cenas femeninas modernas terminan inevitablemente mirando hombres como si fueran apartamentos turísticos.
—Este tiene cincuenta y siete pero pone “espíritu joven”.
—Eso significa problemas lumbares —dije.
—Este otro hace triatlones.
—Eso significa narcisismo.
—Este tiene una foto abrazando a un caballo.
Pilar negó con la cabeza.
—Red flag psicológica.
Rosa bebió otro sorbo.
—Yo solo quiero dormir una semana seguida.
—Eso ya no es un deseo —dijo Bea—. Es un proyecto político.
La conversación saltaba de un tema a otro con la velocidad absurda de las amistades largas: hijos, sexo, mamografías, divorcios, ansiedad, cremas, infidelidades ajenas, infidelidades propias.
Todo mezclado. Todo lo importante durante exactamente cuatro minutos.
—¿Sabéis qué me da miedo? —preguntó Lucía de repente.
Eso bajó un poco el volumen de la mesa.
—¿Qué?
Se encogió de hombros.
—Hacerme invisible cuando cumpla 50.
Ahí estaba la frase. La verdadera. Nadie habló durante un segundo.
Porque todas entendimos exactamente de qué estaba hablando.
Pilar rompió el silencio.
—Cariño, yo ya me he hecho invisible tres veces y aquí sigo pagando impuestos.
Nos reímos, pero poco. Porque era verdad.
Los postres llegaron cuando ya estábamos todas en ese punto exacto de la noche en el que una mezcla vino, sinceridad y cansancio con una peligrosísima sensación de juventud recuperada.
Nadie tenía realmente hambre. Pero a nuestra edad el postre ya no era una cuestión gastronómica. Era una forma de alargar la felicidad media hora más.
—Compartimos —dijo Bea.