40. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres #3
Solté una carcajada que destilaba más desprecio que repugnancia, aunque ambas emociones me embargaban.
Se suponía que don Pedro de Lara era un hombre culto, con una agilidad mental envidiable, que estimaba la lógica y la practicidad; por eso el rey don Alfonso fiaba de él y sus consejos.
Sin embargo, ¿dónde estaba esa feroz inteligencia?
Su madre lo había engañado con una facilidad que daba hasta risa.
¿Cómo no se había percatado de que, incluso confesando haber matado a doña Beatriz de Aguilar, jamás le hubiera sucedido nada?
Porque a los hombres nunca les sucede nada.
Era privilegio del marido castigar a su mujer si esta no le servía como era debido, replicaba, tenía mala lengua, mal carácter, se negaba a yacer con él o cometía adulterio.
Podía amenazarla con el cuchillo colgado al cinto, con el que degollaba a los animales y los despellejaba, podía atizarla con garrotes o con la mano abierta, siempre que no se excediera y le hiciera una herida con el arma o la llevara a la muerte de un desafortunado golpe.
Y aun así, ¿quién habría culpado a don Pedro de asesinato si se hubiera al fin revelado que doña Beatriz, en efecto, le era infiel y estaba embarazada de su propio hermano?
¿Quién le habría dispuesto una pena? Todo varón se habría compadecido de él, habría entendido que, enajenado por la rabia, febril por la humillación y el desprecio de su esposa, se hubiera propasado con el acero con el que la escarmentaba y amedrentaba.
Un accidente. Un terrible accidente. Así lo habrían denominado. De haber llegado a juicio, el rey, quien también tendía a hacer sufrir a doña Violante, hasta lo habría indultado.
Yo tenía razón. Doña Inés Pérez de Lara no estaba ciega, era su hijo el que no gozaba de vista alguna.
—Así que cogí a Beatriz, la subí a su caballo, la llevé al bosque y la dejé allí, en la cueva.
Nadie me vio, todos pensaban que me hallaba en Toledo junto a don Alfonso y que volvería tarde.
Nadie pareció reparar en su ausencia hasta que la noche se nos echó encima, se dispuso la mesa para la cena y yo mismo, tras fingir haber arribado, di la voz de alarma.
Un silencio espeso y fúnebre se instaló entre nosotros, aplastándonos con su peso.
De repente, el aroma a agua de mayo, tierra mojada y descomposición se hizo más notable.
El espíritu errante se había posicionado a mi lado para observar al hombre que había cargado con su cuerpo acuchillado y lo había depositado en aquella cueva.
Había estado allí tres años. Tres largos años, conservada por la humedad y la oscuridad, hasta que algún animal apartó la hojarasca que cubría la entrada de la caverna y la devoró.
—Se supone que la amabais.
—La amaba con toda mi alma.
—¿A eso lo llamáis amar? Porque entonces vuestro amor no vale mucho, mi señor.
—¿Cómo podéis decirme eso?
—¡No! —exclamé, iracunda por que se hubiera ofendido por mi comentario y no por sus deleznables actos—.
¿Cómo pudisteis vos abandonarla allí, aterida y moribunda, desprovista de ayuda?
La dejasteis tirada como un perro, sin nadie que le sostuviera la mano, que le aliviara el miedo, que le prometiera paz.
«Y encima penando por su hijo», omití.
—¡Tenía que proteger a madre! —rugió, con dos enormes lágrimas cayéndole por su apuesto rostro.
Entonces lo comprendí.
A doña Inés la habían criado para amar a su esposo por encima de todo y de todos, y cuando le tocó ser madre, crio a su hijo para que la amara a ella por encima de todo y de todos.
Incluso si hubiera exhumado los cuerpos de sus víctimas y le hubiera mostrado las pequeñas criaturas que no habían llegado a nacer, él la habría defendido.
Y no por fe ciega. Es que era incapaz de concebir que su honorable progenitora no fuera un cúmulo de virtudes, sino un receptáculo para la maldad.
Por eso no se preguntaba la razón por la que su madre me había atacado y había estado a punto de asesinarme, repitiendo así un acontecimiento traumático que ya había tenido lugar entre esos gruesos muros.
No me había abrazado para saber cómo me encontraba, no me había revisado para comprobar si había sufrido algún daño. Simplemente había orado por doña Inés, le había cerrado los párpados y se había echado a llorar.
Y lo que era aún peor, no había dedicado ni una palabra ni un pensamiento a nuestro pequeño. ¿Por qué lo habíamos perdido? ¿Qué había ocurrido? ¿Estaba enterrado, dónde, podía ir a visitarlo?
La verdad era reveladora a la par que brutal. La bilis me subió por el esófago, provocándome náuseas. Doblada por la mitad, di un par de arcadas, con los ojos lagrimosos y los vellos erizados. No había nada que vomitar, nada más que asco.
—Esposa mía…
—No me toquéis —le exigí, apuntándolo con el dedo índice para mantenerlo alejado—. No oséis tocarme.
Se había impuesto como costumbre que mis deseos no importasen. Así que, una vez más, don Pedro hizo caso omiso y gateó hasta mí. Me rodeó con los brazos, obviando mi llanto angustioso, los estertores que me sacudían y los hipidos que me impedían casi respirar.
Odié su tacto, que me quemaba la piel, su cálido aliento, que desprendía el vaho del azufre del infierno, sus manos impregnadas de sangre inocente, su boca mentirosa, sus susurros melosos. Me removí con insistencia y traté de escapar, pero su agarre se tornó más fuerte y me inmovilizó.
—Haré lo que debimos hacer con Beatriz —dijo mientras me acariciaba los cabellos con parsimonia y ternura—. Yo mismo limpiaré el cuerpo de madre y coseré sus heridas. Anunciaremos que ha fallecido por la noche y prepararemos su funeral. Guardaremos este secreto entre nosotros.
Me alejó de su pecho solo para capturar mi rostro y besarme la frente. Estábamos empantanados en lágrimas.
—No hablaremos más de esto y pronto nos olvidaremos de todo lo que ha sucedido.
Ya lo dijo Jesús: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos».
Podemos quedarnos aquí o regresar a la corte, si eso es lo que os place, allí parecíais mucho más feliz.
Escribiré a don Alfonso y él nos acogerá de vuelta.
Nos repondremos, esposa mía. Nos repondremos de este golpe y continuaremos caminando juntos.
El amanecer había despuntado por el horizonte hacía ya rato y la luz dorada entraba a raudales por la ventana, incidiendo en el cuerpo de doña Inés Pérez de Lara y transformando la sangre que empapaba el lecho en un líquido ambarino, similar a la ambrosía.
Bajo esa aura, todo lucía diferente, lustrado por un brillo especial.
El espíritu de Beatriz, que resplandecía a mis espaldas.
Los destrozos de la puerta. La silla volcada en la sala.
El crucifijo alzándose victorioso, con los pies de Cristo enterrados en la carne de doña Inés.
La bacinilla lanzada a un rincón. Los ojos de don Pedro, que eran gemas preciosas y destellaban. La cicatriz que le sajaba el rostro.
—Aún tenemos tiempo para resarcirnos de nuestros pecados, para perdonarnos y reencontrarnos en la humildad y el amor.
Por un momento pensé que era él quien había enloquecido.
¿Perdonarnos? ¿Insinuaba que me perdonaría por haber matado a su progenitora, pese a lo mucho que la amaba, si yo le perdonaba por haber sepultado a su primera esposa, a doña Beatriz?
Mi crimen por el suyo. Un intercambio de culpa.
¿Era esa la única forma que había encontrado para mantenerme a su lado?
—Volveréis a embarazaros, tendremos hijos y conformaremos una gran familia. «Creced y multiplicaos» —recitó, con una sonrisa de esperanza.
La bilis volvió a subirme por la garganta.
Aún tenía el cuerpo reventado por el salvajismo del aborto propiciado por su madre y él ya estaba pensando en preñarme otra vez.
En sustituir por otro al niño que había alojado en mi vientre y que se había esfumado a base de retortijones, implacables oleadas de padecimiento, sudor, sangre y esfuerzo.
¡Como si no hubiera sido nada más que una esperanza diluida en el tiempo!
¡Como si no hubiera sido mi pequeño de carne y hueso!
¡Como quien pierde una alhaja y pide que un gran orfebre le confeccione otra!
Don Pedro de Lara había confundido mi atención con devoción, mi embeleso con aceptación, y de nuevo me besó en la frente.
—Quiero irme a casa —musité, todavía enclaustrada entre sus fornidos brazos.
—Pero si ya estáis en casa, querida mía.
—No —gimoteé—. Quiero irme a Nailloux.
Pronunciar el nombre del condado de mi padre abrió una vieja herida que ya debía estar cerrada. La del destierro. La de la soledad del castillo de los Lara. La de la desaparición súbita de mi intérprete y mi séquito de doncellas. La de mi acento francés. La de mi voz silenciada.
Qué bien lo había hecho doña Inés. Sus tretas y sus tejemanejes, ocultos tras una máscara de bondad infinita, camufladas por la servil Lucía, casi habían provocado mi descenso a la locura. Y, en ocasiones, durante unos instantes, me cuestionaba si no lo habría conseguido.
¿No me había vuelto una enajenada mental?
—No podéis hacerme esto, Mathilde. No podéis abandonarme, soy vuestro esposo.
Qué irónico. Eso era precisamente lo que él le había hecho a Beatriz.
—Vos sois mi Eva. ¿No lo recordáis? —Me sacudió, como queriendo que aquellas escenas del pasado se reestablecieran en mi memoria—.
Estáis hecha a partir de mis costillas, de mis huesos, de mi aliento.
Y sois mi Rut. Prometisteis seguirme allá a donde fuera, morar donde yo lo hiciera y rendiros ante mi Dios.
Cualquier promesa se me antojaba ridícula, porque lo cierto es que no podía cumplir ninguna de ellas.
Y aunque lo hubiera deseado, no era Rut y no era Eva.
Más bien me asemejaba a Salomé, y de haber tenido una pizca más de coraje y sed de revanchismo, habría pedido su cabeza en bandeja de plata. Se la habría cortado yo misma.
No podía quedarme allí, en Valdívar. No podía seguir atada a don Pedro de Lara. No después de todo lo que había descubierto y adolecido por su maldita causa.
Atrapé sus manos, que aún me envolvían el rostro, y, poco a poco, fui deslizándolas hacia abajo hasta retirarlas por completo. Me daba la sensación de que me brotarían ampollas allí donde me había tocado.
Por fin liberada, me puse en pie. Lo observé desde allí arriba y la escena me pareció lamentable.
Ese hombre de espaldas anchas, hombros esculpidos en mármol y fiereza, que había cabalgado hasta la frontera y ensartado a centenares de infieles con su espada, me contemplaba de rodillas.
Abatido. Hundido. Derrotado. Sumido en la más absoluta miseria, a la que quería arrastrarme con él.
—Ya os lo avisé hace mucho tiempo. —Mi voz sonó con la dureza del pedernal—.
Os dije que si un día sufría de la calamidad que había asolado a la reina doña Violante y perdía a mi hijo, yo misma me tiraría desde la torre del homenaje.
Si me quedo aquí, en Castilla, os juro por Dios, nuestro Señor, y por la Virgen que me arrojo desde las alturas.
La amenaza lo aterrorizó y el pánico se esbozó en sus afiladas facciones.
—No me hagáis esto. —Se agarró a las orillas de mi camisa—. Todavía podemos ser felices. Todavía podéis darme un heredero. No os dejéis vencer. Hay miles de mujeres que sangran y pierden a sus vástagos. Es así. Es ley de Dios.
—¡Fue vuestra madre! ¡Ella me lo arrancó! —grité, golpeándome el pecho, enrabietada de dolor—. ¡Siempre fue ella!
Aún era incapaz de aceptarlo, de verlo, de siquiera imaginarlo.
Me había equivocado. A don Pedro le atemorizaba más mi huida y la correspondiente ausencia de mujer y progenie que mi defenestración, que encontrar mi cuerpo molido y estrellado contra el duro suelo. Eso me mostró, una vez más, el hombre que realmente era. El digno hijo de su madre.
—Vos sabréis qué preferís, si una esposa abandonada o una segunda esposa muerta —escupí, con el mentón alzado.
—Mathilde… —me rogó, todavía postrado ante mí, con los ojos azules inundados, la nariz moqueando y la cicatriz apretada, deformando su belleza.
Lo miré implacable, tratando de desposeerme de los últimos reductos de amor.
A sabiendas de que, si manifestaba un ápice de duda, no habría quien me sacara de Castilla.
De Valdívar. De ese deprimente castillo en el que se hacinaban almas en pena.
Y me moriría allí, junto al espectro de doña Beatriz de Aguilar.
—Sois mi esposa… Mi fuente de dicha.
No reculé. En su lugar, me alcé aún más firme y le permití llorar indignamente sobre los bajos de mi camisa.
—Si me amáis, si me amáis como decís hacerlo, aunque sea una quinta parte de lo que, según vos, habéis amado a Beatriz, encontraréis la forma de dejarme ir y disolveréis este fatídico matrimonio.