40. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres #2
Busqué la verdad en el fantasma de Beatriz. Necesitaba que asintiera, que los carbones de sus pupilas relampaguearan, que me advirtiera de que el hombre que tenía ante mí era una bestia sin compasión. Mas no hallé nada, solo ese mutismo tan usual en ella.
¿Era eso lo que había querido decirme con aquella pieza del ajedrez, que don Pedro de Lara, a quien yo veneraba como un rey y que era el rey de mi hogar, resultaba ser el culpable de las calamidades que nos habían asolado?
¿Siempre había sido él? Una parte de mí, enamorada y desesperada, todavía se resistía a aceptarlo.
Mi esposo lo sabía. Por eso, emitió un suspiro y comenzó a hablar.
—Madre y Beatriz discutían constantemente, se enzarzaban en disputas acaloradas que, ora ganaba una, ora la otra. Yo trataba de interceder, pero no se puede poner paz entre quienes han jurado destruirse. Cuando madre cayó por las escaleras y perdió la vista…
—No estaba ciega.
Don Pedro me miró, confundido y extrañado.
—Sí que lo estaba.
—No. No lo estaba —espeté—. Me ha atacado y perseguido por toda la alcoba y buena parte de la sala. Una ciega no daría dos pasos sin caerse de bruces.
La puerta, que conectaba las dos estancias, presentaba esa enorme brecha que evidenciaba una buenísima puntería.
—Veía formas —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo eso.
Me cuidé de decirle que, a juzgar por la precisión con la que había intentado apuñalarme y cortarme el cuello, eso era imposible. Y más en la oscuridad absoluta, rota tan solo por los haces de luz de la tormenta.
Don Pedro debió de leer mis pensamientos, pues se rascó la barba y exhaló un bufido.
Estaba fatigado, más de las desgracias que arrastraba su familia que del largo viaje o la interminable noche que había pasado aguardando a que la lluvia cesase.
Signos evidentes de ello eran su rictus atormentado y el decaimiento de los hombros.
—Madre decía que había sido Beatriz —prosiguió—, que la había empujado escaleras abajo para acabar con ella.
Por supuesto, yo no la creí. Mi esposa podía pecar de infinidad de cosas, pero no era una asesina, no se dejaba dominar por el odio o la sinrazón.
De haber sido así, habría matado a toda la corte, tenía buenas razones para ello.
Y lo cierto es que —chasqueó la lengua, irritado— yo la habría ayudado.
Una chispa de resentimiento persistía en esa laguna azul que eran sus ojos.
Debía de referirse a las maledicencias que algunas grandes señoras habían vertido sobre Beatriz y su hermano, acusándolos de mantener una relación incestuosa.
Hasta entonces no me había preguntado cómo esos rumores habrían afectado a Beatriz, a don Juan de Aguilar o al matrimonio entre ella y don Pedro.
Solo había pensado en doña Inés, en que aquello había sido la madera que había encendido el fuego de su rabiosa intolerancia.
—No la creí hasta que una tarde, al regresar de Toledo, fui a visitar a madre a su alcoba y la encontré allí de pie, sujeta al margen del lecho, asustada y con un puñal en la mano.
Beatriz yacía sobre la alfombra, con una herida en el estómago.
—Resopló—. Qué ironía, ¿verdad? A todas os da por defenderos acuchillando a vuestras oponentes en el estómago.
Apreté los puños, indignada por su grotesco comentario.
¿Cómo se atrevía a sugerir que su madre y yo guardábamos algún parecido, cuando ella había matado a dos mujeres, a las dos criaturas puras e inocentes que estas llevaban en el vientre y a nuestro hijo sin un ápice de remordimiento?
¡Yo, en cambio, solo había tratado de salvar mi vida!
—Me dijo que Beatriz había aprovechado su convalecencia para intentar matarla mientras dormía, asfixiándola con uno de los almohadones, y que casi lo había conseguido.
Una risa socarrona me arañó la garganta. Típico de doña Inés Pérez de Lara: hacerse la mártir, fingir bondad y virtud, y cargar con el peor pecado a quien consideraba indigna.
—Beatriz apenas pudo verbalizar algo más allá de «veneno» y «puñal» mientras la señalaba. Supongo que insinuaba que madre había envenenado el acero. Pero eso era imposible. ¿De dónde lo habría sacado?
—De los tejos que hay en el ducado —respondí—. De esos que se ven desde la ventana de mis aposentos. Los mismos de los que hablaba Julio César en su De bello Gallico .
Don Pedro tragó saliva, abrumado por la sinceridad de mi respuesta y la verdad que había en ella.
Me impresionó que cuestionara el origen del veneno, pero no del arma que su madre había esgrimido.
¿Acaso no se había preguntado cómo había aparecido allí un puñal y qué hacía ella con él?
¿Si lo guardaba bajo la almohada o entre las sábanas?
¿Y para qué? Porque, desde luego, si doña Beatriz pretendía asfixiarla, solo necesitaba las manos desnudas y un cojín.
No. Mi marido no veía que aquello era una mentira orquestada por doña Inés Pérez de Lara.
Que lo más probable era que Beatriz hubiera descubierto que esta trataba de envenenarla con algún tóxico y que, sintiéndose mal, había acudido a su alcoba a plantarle cara, y que allí, a solas, doña Inés, que fingía invidencia e invalidez, había perdido los nervios y la había atacado, truncando su propio plan.
Descubriéndose a sí misma. Eso era lo que había intentado, con muy poco éxito, decirle Beatriz mientras agonizaba en el suelo.
Que doña Inés era igual que una vieja araña; con paciencia y astucia se había dedicado a tejer una red con la que atraparnos a todos y así devorarnos. Incluido a su hijo.
—Oh, Mathilde… —gimió, con la culpa borboteándole en las venas, al igual que la ponzoña destilada del tejo.
Elevé la mano para frenar sus condolencias, sus excusas baldías, esos remordimientos que ya no tenían cabida y que yo no quería siquiera escuchar.
Porque, aunque él no hubiera matado a doña Beatriz de Aguilar, sí que había escondido su cadáver y había mentido a sus deudos, revistiéndose de un dolor y una inquietud que, en realidad, no lo acechaban, y se había negado a desvelar su paradero.
Y aquello era peor. Qué acertado había estado Juan de Aguilar al sospechar de él, al equipararlo al ángel más hermoso, al favorito de Dios, caído en desgracia por su traición.
Mi marido había demostrado ser un hombre ruin y mezquino, capaz de cometer actos atroces.
Podía perdonar sus arrebatos de cólera, su desmedida dominación, sus celos endemoniados y la lascivia con la que me había corrompido desde el primer momento.
Pero no eso. Todo lo que atañía a Beatriz y a su pequeño, que eran el vivo reflejo de mí y mi hijo, se escapaba de mi piadoso corazón.
—Así que os la llevasteis al bosque —reanudé la trágica historia.
Él asintió avergonzado, cabizbajo, enfocando la vista en la palma de sus manos, manchadas por una sangre invisible que todavía apreciaba, pegajosa, entre sus dedos.
—Incluso recibiendo la atención de un físico, Beatriz habría muerto. Creedme, esposa mía, he visto heridas así de profundas, y si es cierto que había veneno de por medio… De eso no hay quien se recupere más que por intermediación divina.
—Y preferisteis que si Dios decidía inclinarse a su favor, lo hiciera en otra parte y no en este castillo. No fuera doña Beatriz a relatar lo sucedido en realidad.
—No —atajó y elevó el rostro. Un brillo de indignación ardía en sus pupilas—.
Sabía perfectamente que lo de Beatriz era una batalla perdida, así que actué en consecuencia.
Salvé lo que buenamente pude, a madre. La acosté en la cama y le prometí que yo me encargaría de todo.
Estaba dispuesto a hacerme responsable de su crimen.
Ahí estaba: el amado hijo, el gallardo duque, el valeroso caballero. El hombre maldito por su apellido y su linaje.
Miré a Beatriz, que chorreaba sangre por los bajos de las vestiduras.
¿Debía decirle a mi marido que Beatriz estaba encinta, que doña Inés la había acuchillado en las entrañas para así deshacerse del bastardo que crecía en ellas, para castigarla por su libertinaje, por amar sin medidas a quien no le correspondía?
¿Debía decirle que no era la primera vez que recurría al filo del acero, que ya se había cebado con otra mujer embarazada en aras de defender la pureza de su estirpe, de preservar su cometido de esposa?
¿Debía hablarle de su padre y la barragana?
El espectro negó y yo callé. Quizá no me perteneciera a mí sacar a la luz aquellos secretos enterrados bajo capas y capas de podredumbre.
—Madre pensó que podíamos coserle a Beatriz la herida del estómago y simular que había fallecido por causas naturales.
A veces pasa, la gente se muere, incluso la más robusta y sana.
¿Por qué no ella? Pero yo sabía que eso no resultaría.
Los Aguilar se presentarían aquí, insistirían en ver el cuerpo, en reclamarla, en llorarla, sobre todo su progenitora.
Y yo no creía que pudiera negarme a la desesperación de una madre.
Si cedía ante su dolor, ella o sus hijos descubrirían el remiendo mal ejecutado y adivinarían que Beatriz había sido apuñalada. Así que propuse confesar el crimen.
—Pero doña Inés no os lo permitió.
Don Pedro cabeceó, acosado por la mala conciencia. Era obvio, pocas cosas importaban más a doña Inés Pérez de Lara que el orgullo, las apariencias, la honra y la reputación de su familia.
—Me suplicó que no lo hiciera. No quería quedarse sola, estaba mayor y ciega, mi padre hacía años que había rendido el alma y mi hermana, asentada en Cigales, estaba lejos. Yo era lo único que le quedaba. No podía hacerle eso. Estaba aterrada ante la idea de perderme.