La duquesa bastarda 40. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres
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40. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres

Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres

Don Pedro llegó rozando el alba, sin previo aviso, tal y como había partido hacia Vitoria el día en que el sepulcro de doña Beatriz de Aguilar fue sellado.

Según contó, tras muchos esfuerzos e incontables negociaciones, don Alfonso y Felipe III habían llegado a un acuerdo, aunque para ello había sido menester que el papa Juan XXI enviara dos legados con el fin de calmar la belicosidad de ambos monarcas y evitar una guerra.

Nuestro señor Alfonso se había comprometido a rescindir los homenajes prestados al infante don Sancho y a convocar en el plazo de un año unas Cortes en las que se discutiría la sucesión al trono.

En ellas debían estar presentes juristas castellanos y franceses, de manera que los pequeños infantes de la Cerda también vieran defendidos sus derechos.

Por supuesto, todos habían de acatar la decisión que se tomara, por mucho que algunos orgullos salieran heridos.

Por si fuera poco, el rey también había asegurado que perdonaría a los nobles que se habían rebelado contra él y exiliado a Francia, amparándose bajo la protección de Felipe III.

Esos eran los deudos de mi esposo, el señor de Albarracín, don Juan Núñez de Lara, su hermano, el señor de Estella, Nuño González de Lara, y los hombres que los siguieron.

Así, el 7 de noviembre, don Alfonso y Felipe III firmaron una tregua, y mi marido, sin más tareas que atender y con el beneplácito de su señor, puso rumbo a Valdívar.

Había cabalgado hasta que el temporal lo obligó a detenerse y buscar refugio en una villa a tan solo unas leguas del ducado.

Allí pasó la desapacible noche, esperando a que un soplo de viento arrastrara las nubes grises.

Cuando la tormenta amainó y estuvo seguro de que la lluvia no le calaría los huesos, se echó la garnacha por encima y volvió a ponerse en marcha.

Impulsado por el juramento que me había hecho, quería llegar cuanto antes. En cierto modo, lo cumplió. Arribó mucho antes de que nuestro hijo naciera, pero porque este nunca habría de nacer. Ya no tendríamos la oportunidad de solazarnos en la paz y la dicha del hogar.

Al entrar en mis aposentos personales, su sonrisa se desvaneció al instante.

Don Pedro dio un paso al frente y contempló la sobrecogedora escena que se desarrollaba ante él.

Lo que tanto había temido, por culpa de las crueles pesadillas que lo perseguían, se había tornado realidad.

Había llegado de un lugar lejano, exhausto por las cuestiones de Estado que a menudo lo alejaban de su familia, y lo primero que había hallado era un cadáver sobre el que llorar y a una mujer velándolo.

Lo que tenía ante sí era más terrorífico que la matanza de moros y nobles caballeros en la zona fronteriza, porque la lucha se había librado entre las dos mujeres de su vida y solo quedaba una, mellada por el acero, astillada por la dureza de los embates, mermada por la culpa.

Una victoria nunca es total, siempre hay que enterrar a un muerto.

Aun así, sus ojos cerúleos estaban tan cegados que eran incapaces de apreciar que había una mujer más. Beatriz.

—¡¿Qué ha pasado aquí?! ¡¿Qué ha pasado aquí?! —bramó con las lágrimas surcándole la faz, hasta emborronarle las endurecidas facciones.

No pude responder. Llevaba horas con los labios cosidos por un hilo invisible y la lengua pegada al paladar. Me daba la sensación de que, si abría la boca, acabaría vomitando algo más que duras verdades.

—Madre… —balbuceó, aproximándose al cuerpo mustio de doña Inés, que yacía tendido sobre mi lecho.

Pía había actuado con suma presteza y una inteligencia innata.

Cuando logró calmar mis hipidos a causa del llanto, me levantó del suelo y procedió a limpiarme con lienzos y agua fresca hasta que las manchas rojizas que me moteaban desaparecieron.

Me cambió la camisa de noche, me cepilló la larga cabellera y me apostó en una silla.

Nadie habría podido imaginar que acababa de cometer un asesinato, de no ser por los remanentes de sangre que conservaba bajo las uñas pulcramente recortadas y el estado de angustia en el que me encontraba.

Luego fue en busca de Lucía.

—Venid a recoger lo que habéis propiciado con vuestra antipatía y férrea obediencia —le dijo—.

Podíamos habernos ahorrado que una de nuestras señoras muriera, pero tuvisteis que jugar sucio, encerrarme en la despensa y alejarme de doña Mathilde.

Así que, venga, venid a zurcirle las carnes a la vieja bruja de doña Inés Pérez de Lara.

Juntas, haciendo acopio de todas sus fuerzas, arrastraron a doña Inés desde la sala anexa hasta mi alcoba, dejando a su paso un reguero bermellón. La depositaron sobre mi lecho y ahí permaneció, con el rostro contraído y las manos posadas sobre el regazo, todavía supurando sangre.

No les había dado tiempo a arrancarle el crucifijo del estómago ni a adecentarla, mucho menos a fregar los aposentos para eliminar cualquier rastro de la contienda. Justo cuando se disponían a ello, mi esposo había aparecido, rompiendo el aura de secretismo que había viciado la atmósfera.

Con la polvareda del camino aún impregnando sus vestiduras, don Pedro restó la distancia y se posicionó al lado de la cama.

Desde allí, contempló a su difunta madre.

Se sorbió la nariz, aunque no le sirvió de mucho, porque unos enormes lagrimones le caían por la barbilla, goteaban sobre las sábanas de seda y empapaban la piel arrugada y sanguinolenta de doña Inés, que empezaba a adquirir un tono mortecino.

Le cerró esos ojos azules que él había heredado y que, abiertos y vidriosos, evidenciaban la sorpresa del ataque, y rezó una oración muda para que su alma encontrara la paz.

¿Quién iba a contarle que las últimas confesiones de su honorable progenitora habían sido rastreras y viles, que las había escuchado yo y no un clérigo que pudiera mediar por ella ante Dios, absolverla de sus pecados y darle el sacramento de la extremaunción?

¿Quién iba a anunciarle que, con tantos yerros encima, doña Inés iba directa al infierno, y no por criminal, sino por no arrepentirse de ello?

—Vuestra madre mató a doña Beatriz de Aguilar, que Dios la tenga en su gloria —murmuré, con la vista fija en el cadáver—. Y esta noche ha intentado matarme a mí.

Él se giró para observarme. Quise decirle que no lo había conseguido, pero que el niño, en cambio…

No pude. Las palabras se me atragantaron y un sollozo me desgarró el pecho.

No había forma fácil de dar esa noticia, así que me levanté torpemente, casi temblado, y me llevé las manos a las entrañas vacías.

Don Pedro entendió que ya no había en mi cuerpo nada más que huesos, carne y una tristeza profunda. Destrozado por la pérdida, emitió un rugido animal que nos sobrecogió a todas y, acto seguido, descargó la rabia y la frustración contra la bacinilla, a la que propinó una patada, haciéndola rodar.

—Mi señor… —musitó Lucía, en un vano intento de calmar a la bestia.

Él no quiso escucharla. Todo lo que tocaba se desmoronaba, se convertía en un osario.

Primero, su padre, don Alonso González de Lara.

Luego, su amada esposa, doña Beatriz de Aguilar, seguida de nuestro hijo y, al fin, su madre, doña Inés Pérez de Lara.

Puede que estuviera infectado por la maldición, puede que él fuera el portador de un mal augurio que se contagiaba con un mero roce, al igual que la enfermedad de los leprosos.

Con un simple gesto, dispensó a las criadas, a quienes ordenó que no contaran a nadie lo que había en esa alcoba, so pena de muerte.

Lucía y Pía se fueron y nos dejaron allí, junto al cadáver de doña Inés Pérez de Lara y el espíritu doliente de doña Beatriz.

Fue entonces cuando mi esposo se permitió derrumbarse.

Se sentó en el frío suelo de piedra y ocultó su rostro entre las rodillas.

Verlo así, destrozado, sumido en un llanto gutural, me recordó al niño que tantas veces me había descrito, a ese pequeño al que había mordido un perro, dejándolo marcado de por vida.

Conmovida, lo cubrí con mi frágil cuerpo.

Le besé la coronilla hasta que los labios me dolieron y le froté la espalda hasta que la palma de la mano me ardió.

Deseaba acompañarlo en el duelo, unirme a sus lágrimas, pero algo me lo impedía.

El rencor, el miedo, el odio o la ausencia de emociones.

En parte, me sentía ajena a aquella desgracia, pese a mi participación en ella.

—Yo lo sabía —dijo. Su voz sonaba aún más cavernosa, congestionada por la llantina—. Yo sabía dónde estaba Beatriz.

Impactada por aquella oscura revelación, me aparté. Ante la repentina soledad, don Pedro alzó la cabeza. Mi mirada se deslizó desde él hasta Beatriz, que nos observaba con esa languidez otorgada por la muerte.

—Estaba en una cueva, escondida. Fue ahí donde la dejé, resguardada de la lluvia de aquella terrible noche.

—Carraspeó—. La llevé hasta lo más hondo de la caverna, la acomodé entre las piedras y, luego, cerré la abertura con hojarasca y ramas, con la intención de que nadie la encontrase si paseaba por allí y de que las alimañas no reparasen en ella, no la…

—Se humedeció los labios y contuvo el sollozo—. No la olisqueasen y perturbasen.

No podía creerle. O quizá no quería creerle. Todo lo que había dado por asegurado hasta entonces eran ruinas a mis pies. Solo me quedaba él.

—Eso es mentira. —Las palabras me brotaron solas de la boca—. Eso es mentira.

Su risa rasposa me estremeció casi tanto como la curva de sus comisuras, deformadas en una mueca tosca.

—¿De verdad creéis, esposa mía, que os mentiría en algo así, en una situación tan desafortunada? —Nos señaló a los dos y, a continuación, a su madre.

—Yo ya no sé qué creer —bisbiseé compungida.

—No puedo culparos.