La duquesa bastarda 39. Cualquiera que matare será culpable de juicio #2
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39. Cualquiera que matare será culpable de juicio #2

—¡Sé lo suficiente! ¡Sé que don Pedro jamás os perdonará lo que habéis hecho!

Un trueno restalló. La puerta crujió con las incesantes puñaladas. Una tras otra. Eché un vistazo fugaz. No tardaría en destrozarla.

—¡Entonces debería no perdonar a su padre, que por ir metiéndose en faldas ajenas casi lo deja sin su herencia, sin su ducado, sin Valdívar! ¡Así habría sido de no ser por mi actuación!

Había matado a aquella mujer para preservar los derechos de su futuro hijo.

—¡No iba a permitir que un bastardo se quedara con todo esto! ¡Con todo por lo que yo había luchado, con todo lo que yo había soportado! ¡O era de mi hijo o no sería de nadie! ¡Prefiero quemar Valdívar hasta los cimientos antes que entregárselo a una puta y a su hijo bastardo!

Ahí estaba el dolor que doña Inés llevaba enquistado en el pecho desde hacía décadas.

La habían criado con el único objetivo de casarla con su primo don Alonso y la habían educado estrictamente para ello.

La habían moldeado a su gusto, a su antojo, esmerándose en que aborreciera lo que su futuro esposo aborrecía y en que le placiera lo que a él le placía.

Doña Inés existía por y para su marido. Donde empezaba él, continuaba ella. Y donde terminaba él, no había ella.

Por eso, cuando don Alonso dejó encinta a la joven que había tomado de barragana, se sintió enloquecer.

Después de tantos años y tanta obediencia, sus sacrificios habían sido en balde.

Su carácter sumiso y su tendencia al agrado no eran suficientes para él.

Y por más que lo alimentaba con su cuerpo, no le bastaba y tenía que ir a calmar el apetito fuera del lecho, porque ella lo dejaba con hambre.

Su propia existencia era inútil, pues no solo había fallado complaciendo a su esposo, que era su principal deber, sino también procurándole descendencia.

Y esa maldita mujerzuela, una simple lavandera que no tendría linaje y mucho menos dote, iba a cumplir con su obligación de esposa, de señora de Valdívar.

Iba a arrebatarle su posición. Iba a dejarla en ridículo.

Iba a relegarla al olvido. Y ella no podía permitirlo.

Así que ordenó que la mataran, con la esperanza de borrarla para siempre de sus vidas y de que Dios perdonara su crimen y pusiera un hijo en su vientre. El Señor le concedió eso último, porque, un tiempo después, doña Inés quedó embarazada y dio a luz a su primogénito, don Pedro de Lara.

Todo podía haber quedado ahí, en oraciones escuchadas y un Altísimo misericorde; sin embargo, la historia estaba condenada a repetirse.

Don Pedro de Lara contrajo nupcias y la relación tan inusualmente estrecha entre Beatriz y don Juan de Aguilar pronto despertó el recelo de doña Inés, que estaba atenta a cualquier rumor.

Ya se hablaba de las miradas secretas que se dedicaban, de los arrumacos más amorosos que fraternales, de los excesivos regalos y de las lágrimas que don Juan había vertido durante los esponsales de su hermana, que parecían obedecer más al duelo que al alborozo.

Solo fue necesario que esta quedara en estado para que doña Inés oliera la bastardía de la criatura desde lejos.

Destinada a revivir los momentos más infelices de su matrimonio en las carnes de su hijo y negándose a un nuevo escándalo en la corte, como el acaecido a causa de la fatídica infidelidad de su marido, decidió que don Pedro no debía conocer las mentiras de la adúltera de su mujer.

La justicia corrió de nuevo de su mano. Mató a Beatriz como mató a la barragana de su bienamado Alonso, creyendo que así había de hacerse.

Que esa era la única manera de limpiar el linaje, de conservar el honor, de salvar Valdívar.

De mantener intacto el propósito para el que ella había nacido, para el que la habían criado.

Por desgracia, don Pedro de Lara volvió a casarse y lo hizo conmigo, una bastarda reconocida, pero una bastarda, al fin y al cabo. Así que sus intenciones de salvaguardar aquel legado puro e inmaculado se reanudaron.

—¡Prefiero echar abajo este castillo antes de que una asquerosa bastarda lo lleve a la ruina! —gritó, enajenada, mientras asestaba una y otra y otra estocada a la puerta—. ¡Maldita ramera!

La madera no resistió un embate más y cedió. Doña Inés metió la mano por la enorme hendedura abierta a base de puñaladas. Agarró la silla de cadera y la empujó, echándola a un lado, volcándola. Entonces abrió lo que quedaba de puerta y entró.

Su figura se recortó en la oscuridad con un halo dorado debido a los relámpagos de la tormenta. No me había fijado hasta ese momento en que iba con la camisa de noche, los pies descalzos y la melena veteada de canas al viento. Era la primera vez que la veía sin el luto.

Ignoré los aguijonazos en las articulaciones, las náuseas, el mareo y la sangre que aún me goteaba de la nariz, y corrí a por un crucifijo. Me aparté de la ventana, que solo prometía una huida mortal, y me pegué a la pared contraria, en un intento de mantenerme alejada de mi suegra.

—¡Matadme y le habréis dado el golpe de gracia a vuestro hijo!

Ella se echó a reír a medida que avanzaba hacia mí.

—Pedro pudo vivir sin Beatriz, el supuesto amor de su vida. —Escupió en el suelo, repugnada—. Podrá vivir sin vos, os lo aseguro.

—¡Él me ama!

—¡Pero me ama más a mí! —Una sonrisa torcida surcó su rostro, sombrío y agrietado—. ¡Yo soy su madre! ¡Su madre! A mi lado, vos no sois más que una ramera con la que se cruzó por la calle, una concubina dispuesta a yacer con cualquiera, y eso no es nada. —Se rio—. ¡Sois menos que nada!

Le divertía tenerme allí arrinconada, con las rodillas temblando, el rostro crispado y un crucifijo de madera como única arma.

Un nuevo rayo alumbró la estancia, nuestras miradas se encontraron y un trueno ensordecedor alentó su retorcida venganza.

Doña Inés se lanzó contra mí, blandiendo el puñal con una fuerza inusitada.

Esperé su acometida, con el miedo enroscado en la garganta, y la aferré de las muñecas justo cuando llegó, perdiendo así el crucifijo, que cayó a mis pies.

Traté de mantener la distancia, haciendo fuerza, apoyándome en el grueso muro de piedra, pero doña Inés era insistente.

Se removía, delirante por la ira, e intentaba zafarse de mi agarre y alcanzarme con el puñal.

Durante unos segundos logré evitar que se acercara a mi delicado cuello.

Sin embargo, pronto me ganó terreno. Estaba más despierta, más descansada y mejor alimentada.

Y además, la espoleaba un odio visceral, animal, salvaje, bárbaro.

—Teníais que haberos ido cuando tuvisteis la oportunidad —gruñó, luchando por arañarme con el refulgente filo—. Os di muchas muchas ocasiones para que volvierais a Francia y las desaprovechasteis todas.

Sentía su aliento abofetearme el rostro y la frialdad del acero rozarme el pescuezo.

Creí que conseguiría sajármelo. Pensé en rendirme, en bajar los brazos y permitir que el filo me dibujara una línea en el cuello.

¿De qué valía seguir luchando si había perdido todo lo que me importaba?

A mi hijo, a mi marido, la seguridad de ese castillo que, una vez, ansié que fuera mi verdadero hogar y no una suerte de prisión.

Hasta mis amistades en la corte me parecían falsas, interesadas y codiciosas.

Incluso si vencía, también sería derrotada.

Ya no podría regresar a la ignorancia, a la ilusión, al pasado perfecto, a los tiempos en los que don Pedro me amaba con la ternura del caballero que desea conquistar a la esquiva dama, en los que no había fantasmas apenados que me acompañaran día y noche, atormentándome con su presencia.

Todo eso había quedado bien atrás, encapsulado en una pompa de jabón estallada.

Lo que me aguardaba eran la culpa, el rencor en los ojos azules de mi esposo, el juicio indiscriminado de todos aquellos con los que me cruzara, la persecución de rumores maliciosos que me señalarían de ladina, traicionera, desagradecida…

, y un insomnio perpetuo, causado por los remordimientos sigilosos que te van devorando por dentro poquito a poco.

Entonces miré a Beatriz, que irradiaba una furia embriagadora que me recordó las humillaciones, las afrentas y los desmanes sufridos, el reguero de sangre que había dejado mi hijo.

Me recordó la razón por la que luchaba, que era mucho más noble que la de doña Inés Pérez de Lara.

Y así, azotada por la supervivencia y en nombre de mi vástago, arremetí contra mi suegra, empujándola con el peso de mi frágil y depauperado cuerpo.

El cuerpo de una madre. Del impacto, perdió el puñal, que voló lejos de ella.

Aun desarmada, no lo dudó. Iba a matarme, aunque fuera con las manos desnudas, los dientes y las uñas. Como una bestia despiadada.

Volvió a abalanzarse sobre mí, profiriendo un aullido gutural.

Tarde.

Demasiado tarde.

Yo ya me había agachado y había rescatado el crucifijo.

Para cuando se abalanzó contra mí, la punta afilada se le clavó en el estómago.

Se lo hundí seis veces, hasta que los pies de Cristo comenzaron a desaparecer entre la burbujeante sangre.

Lo hice con una saña que no reconocí como propia, con una necesidad desoladora, con una sed que nunca antes había experimentado y que me pedía más y más.

La cólera que me inundaba no se aplacaba con nada, ni siquiera con la certeza de que esa vil mujer se desvanecía entre mis brazos y escupía un líquido bermellón que me manchaba la cara, la camisa, la piel.

Aturdida, doña Inés se apartó y dio varios pasos hacia atrás.

Con las pupilas fijas en la herida y las manos aferradas al crucifijo que todavía yacía enterrado en sus carnes, se desplomó en el suelo.

Un hilillo de sangre le manaba de los labios entreabiertos, por los que boqueaba.

Me quedé allí, de pie, junto al espíritu de Beatriz, contemplando cómo la vida se le escapaba hasta que exhaló el último aliento.

Después las piernas me cedieron e hinqué rodillas.

Pía entró en los aposentos varios minutos después, mascullando, malhumorada, que alguien la había encerrado en la despensa y que no había podido escapar hasta que una criada escuchó sus golpes de socorro y la sacó.

Suponía que había sido Lucía, que algo tramaba, pero no estaba segura.

El viento de la noche se filtraba por doquier y, en realidad, podía haber sido un simple accidente, que la puerta se hubiese cerrado por una ráfaga.

La pobre, que venía barruntando todo aquello, no esperaba encontrarme en mitad de la sala anexa, bañada entera en sangre y gotas de lluvia, casi desmadejada de la impresión y con los cabellos revueltos. Qué fácil habría sido confundirme con una lunática.

—Creo que he perdido la razón —musité, ahogada por un río de lágrimas—. He debido perderla. Sí, he debido perderla.

Era lo único en lo que pensaba.

Pía me abrazó, me refugió en su cálido pecho y me acarició la melena empapada de sudor y agua.

—Ya pasó, mi señora, ya pasó —me susurró entre chistidos mientras me mecía.

—Creo que me he vuelto loca.

Tenía que haberlo hecho para haber matado a alguien. A quien era más que alguien. Mi suegra. La madre de mi esposo. La mujer que, por matrimonio, se había convertido en mi parentela. Mi familia.