39. Cualquiera que matare será culpable de juicio
Cualquiera que matare será culpable de juicio
Fue necesaria una segunda criada para transportarme hasta el lecho, donde caí cuan larga era. La fiebre y el enfrentamiento con mi suegra me habían agotado y, con las fuerzas hartamente melladas, los párpados se me cerraron solos.
En esa ocasión, no hubo pesadillas ni sueños turbulentos.
Solo un plácido letargo que se dilató durante las primeras horas de la noche hasta que un ensordecedor trueno retumbó en mis aposentos.
Desperté sobrecogida, con la boca pastosa y un lienzo húmedo en la frente.
Me restregué los ojos y amusgué la vista.
Estaba diluviando lo indecible y un charco de lluvia se había formado en los bajos de la ventana, por la que entraba el agua.
El viento otoñal, que se colaba por cualquier mínima hendidura, había apagado el fuego de la chimenea y dejado los aposentos helados.
Una implacable tormenta arreciaba sobre el castillo y había cubierto Valdívar con un manto negruzco hasta ocultar el fulgor plateado de la luna y las estrellas.
Nos habíamos sumido en la más absoluta oscuridad.
De repente, un rayo fragmentó el cielo, iluminando la alcoba durante unos efímeros segundos.
Una figura esbelta y delgaducha se dibujó en un rincón.
De inmediato, llegó el trueno. Aterrorizada, palpé el flanco derecho de mi cama.
Pía no estaba. Debía de haberse levantado para evacuar o quizá había ido a las cocinas a por una jarrita de leche caliente que la ayudara a conciliar el sueño.
Con los vellos erizados y el miedo instalado en la boca del estómago, me autoconvencí de que pronto regresaría y se metería bajo las sábanas a cuidarme.
Un segundo rayo bañó la estancia de dorado. La sombra seguía en esa esquina, inmóvil. Tragué saliva y eché un ligero vistazo a mi izquierda en busca de Beatriz. Allí estaba el espíritu maldito, con los labios torcidos y la mirada fija en un punto exacto, justo donde parecía haber alguien al acecho.
Un tercer rayo hizo refulgir la hoja de un puñal y un cuarto me descubrió el rostro avejentado de doña Inés Pérez de Lara. Su sonrisa macabra se desfiguraba con aquel juego de luces y sombras.
Grité hasta que se me vaciaron los pulmones, pero el trueno sofocó mi voz.
Había jurado que no moriría como las otras, que lo haría con la cabeza bien alta, sin supurar ese hedor a miedo tan típico del animal acorralado, herido y abatido, y al parecer mi suegra estaba dispuesta a concederme esa gracia. Iba a permitirme luchar.
Cuando el siguiente trueno sacudió el castillo, doña Inés se abalanzó sobre mí con el puñal en alto y un brillo demente en sus ojos azules.
Aturdida y aterrada, salté de la cama y corrí hacia el salón anexo, con los huesos y las extremidades quejándose y un dolor punzante que me circulaba por todo el cuerpo.
Al ver la velocidad a la que se acercaba, cerré la puerta de un empujón y coloqué mi espalda contra ella, para así hacer fuerza e impedir que la abriera.
Doña Inés frenó a tiempo para no estamparse contra la madera y soltó una carcajada venenosa.
—Vamos, hija mía, abridme. —Llamó con los nudillos.
Veía. Contra todo pronóstico, pero como yo había sospechado, doña Inés Pérez de Lara veía.
Quizá el físico que declaró su invalidez había mentido al respecto a cambio de un generoso pago.
O quizá, pese a sufrir ciertos daños a causa de la estrepitosa y desafortunada caída, solo había perdido parcialmente la visión.
Eso explicaría sus movimientos certeros, el parpadeo cuando estuve a punto de abofetearla y que se manejara en mitad de la oscuridad sin tropiezos, con la agilidad de un búho que despliega las alas y se lanza a cazar ratones.
Mi suegra asestó un golpe a la puerta cerrada, tratando de que cediera.
Yo resistí, anclando los talones en el suelo y rezándole a Dios por que no me abandonara.
Reuniendo mis escasas fuerzas, me retorcí todo lo posible y estiré los dedos para alcanzar una de las sillas de cadera que reposaba en la sala.
Un nuevo golpe me desestabilizó y casi me hizo caer.
Tuve que aferrarme con ahínco, recolocarme y ejercer presión.
Por mucho que doña Inés nos hubiera engañado con su ceguera, seguía siendo una mujer de edad avanzada, con las capacidades mermadas.
No había forma de que echara la puerta abajo, ¿o sí?
—Abridme. ¿O es que pretendéis pasar toda la noche ahí escondida como un ratoncito asustado? —gritó por encima de los truenos y el incesante chaparrón.
Lo intenté otra vez, me estiré y rocé el brazo de la silla.
Cuando por fin conseguí cogerla, la arrastré hasta mí y la recliné sobre la puerta para atrancarla.
Resollando, con un aguijonazo en el costado y un mareo intermitente, me apoyé en la pared.
Concentré mis escasas energías en no desfallecer, en capturar algo de aire, en no vomitar allí mismo.
Noté una gota caer sobre la superficie mullida de la alfombra. Me toqué la nariz. Estaba sangrando.
—Vamos, maldita y sucia bastarda. Si habéis tenido la osadía para encamaros con otros hombres, tenedla ahora para dar la cara y hacer frente a vuestro castigo.
Otro golpetazo sacudió la puerta.
—¡Asquerosa barragana!
Un rayo entró en la sala y de un hachazo iluminó a Beatriz.
La observé mientras la lluvia caía torrencial y entraba por la ventana hasta empaparme la camisa blanca de por la noche, ya salpicada de sangre.
El espíritu exudaba una rabia legendaria, calcinante.
Sus pupilas eran dos carbones al rojo vivo que deseaban prender fuego al castillo hasta que este se convirtiera en un incendio descontrolado y sucumbiera al derrumbe.
Parecía tan maldito como el linaje que lo habitaba: las esposas no amadas, las mujeres asesinadas y los niños no nacidos. Puede que todo Valdívar lo estuviera.
Se sucedió un nuevo golpe. Me aparté casi trastabillando y me sujeté a un mueblecito auxiliar.
—¡Solo Dios puede juzgarme! —exclamé, desgañitándome.
Las carcajadas de doña Inés sonaron aún más fuertes, cortantes y afiladas.
—¡Dejadme, pues, que os envíe directamente al juicio! El Altísimo debe estar esperándoos desde hace días y es de muy mala educación hacer esperar a alguien. Aún más a Él.
Entonces, como si hubiera comprendido que no poseía ariete con el que derribar la fortificación en la que me hallaba ni tiempo para cercarme hasta que me rindiera de hambre, sed o desesperación, clavó el puñal en la puerta, haciendo saltar astillas de madera.
Horrorizada por el impacto, chillé. De ser preciso, doña Inés se abriría paso a dentelladas.
—¡Acabaré con vos como acabé con esa hija de mala madre y fornicadora que era Beatriz de Aguilar!
Había empezado a llorar. No sabía desde cuándo, pero un torrente de lágrimas me rodaba por las mejillas y se mezclaba con los manchurrones de sangre, que me moteaban nariz, labios y barbilla.
—¡Estaba embarazada!
—¡En su vientre portaba una semilla malograda!
—¡Eso no es cierto!
Un rayo cayó sobre el castillo y el trueno rugió entre las paredes de la alcoba.
—¡Claro que sí! Las mundarias solo pueden engendrar mundarias.
Es mejor sesgar la mala hierba antes de que arraigue y contamine a todas las de su alrededor.
De lo contrario, los reinos se llenarían de putas y prostíbulos y las buenas mujeres seríamos cosa del pasado. ¡Y eso no es lo que quiere Dios!
Beatriz y yo compartimos una mirada de angustia.
Eso es lo que éramos para ella: mujeres que se habían deshonrado, que se habían desviado del camino al pecar de lascivas y lujuriosas, al ser presas de las pasiones más mundanas.
Al menos, las prostitutas cobraban por abrirse de piernas, comían gracias a sus pechos.
Nosotras nos habíamos entregado gratuitamente, incurriendo en el delito de adulterio.
Habíamos mancillado el nombre de nuestra familia y humillado a nuestro marido.
A su parecer, merecíamos algo más que azotes públicos.
Algo más que pasear la vergüenza por las calles.
La siguiente puñalada abrió un diminuto agujero en la madera de la puerta.
Reculé. Y conmigo, el espíritu de Beatriz.
—¡¿Por eso matasteis a aquella mujer inocente, a la que yacía con don Alonso González de Lara?!
La risa de doña Inés le habría provocado escalofríos incluso al más indómito de los varones.
En ella resonaba una maldad ancestral, demoniaca.
Casi parecía que la maldición de los Lara había nacido de ella, de su vientre, del caldero burbujeante que debía de haber sido su sexo.
Ella misma la había parido y ella misma le había dado forma.
—¡Os equivocáis! —dijo entre carcajadas—. ¡Yo no la maté!
—¡Pero mandasteis a que lo hicieran!
Todavía no sabía a quién, si a la fiel Lucía, que habría hecho lo que fuera por su señora, o a un grupo de malhechores a los que, por una buena cantidad de maravedíes, no les habría importado cargar con una muerte más sobre sus pútridas conciencias.
—¡Vuestras manos están manchadas con su sangre!
Bufó.
—¡Ya me las lavé como Poncio Pilatos!
Una nueva cuchillada aumentó la grieta de la puerta.
Y otra.
Y otra.
Y otra más.
El agujero, que se había tornado brecha, ya dejaba pasar la hoja resplandeciente del puñal, amenazante. Doña Inés Pérez de Lara era más peligrosa que un ejército entero.
El siguiente rayo que inundó la sala me permitió escudriñar lo que había a mi alrededor.
Necesitaba encontrar un objeto con el que parar sus estocadas o algo con lo que defenderme.
Pero había poco a mi alcance. Los libros de rezos no me servirían de mucho, y los incensarios, pebeteros y arquetas estaban en la alcoba, por lo que no podía arrojárselos en un acto de desesperación.
—¡Vuestro hijo no os lo perdonará! —grité mientras revolvía la estancia, acuciada por la urgencia.
—¡Vos no sabéis nada de mi hijo! ¡No sabéis nada de mí! ¡Ni de los Lara!