La duquesa bastarda 38. Ojo por ojo, diente por diente
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38. Ojo por ojo, diente por diente

Ojo por ojo, diente por diente

Recordaba muchas cosas de mi convalecencia, entre ellas los movimientos metódicos y certeros de doña Inés Pérez de Lara cuando se hallaba sola y me aferraba de la nuca para escanciarme el veneno por el gaznate.

O la forma en que me acercaba la copa a los labios, sin titubear, o la decisión con la que me cogía la boca y me la apretaba hasta dejar una pequeña abertura por la que cupiese el amargo líquido.

En aquellos instantes no me percaté, pues entre la inconsciencia y la vigilia había pocos despertares, pero en ese momento, mientras caminaba despacio por el pasillo, agarrada a Pía, no pude evitar pensar que mi suegra gozaba de gran tino.

Casi parecía que no hubiera perdido el sentido de la vista.

Pía, por supuesto, no compartía mis impresiones.

De hecho, se alarmó al oírlas. Ella misma había sido testigo de la caída fatal que había dejado a doña Inés perlada de hematomas y rasguños, y con un miedo paralizante al percatarse de que la lumbre se había apagado para siempre.

Estaba segura de que si no había vacilado en sus movimientos era por la costumbre de los años, que la había hecho más diestra y sensible.

—Os lo digo yo, mi señora, que doña Inés Pérez de Lara está ciega, ciega como un topo.

—Y al igual que este, estropea todo lugar en el que habita —resollé.

—Además ¿qué persona sería capaz de fingir durante tantísimo tiempo una condición tan dura como la ceguera? Es cierto que doña Inés es una mala mujer que ha incurrido en más de un pecado mortal, pero…

Resoplé.

—Os recuerdo que ha estado jugando con artes oscuras, que si piedras mágicas, que si amuletos, que si sortilegios y maldiciones. La ceguera ha de ser un mal menor para ella.

—O el castigo que le ha administrado Dios por sus terribles crímenes.

Tras el interminable paseo, llegamos al enorme salón.

Las puertas estaban abiertas y desde fuera se apreciaba la figura de doña Inés presidiendo la larga mesa, en la que era la única comensal.

A su diestra, Lucía le susurraba algo al oído, y una pequeña cohorte de damas y criadas pululaba de aquí para allá, junto a la servidumbre encargada de escanciar el vino y llevar los servicios de comida.

Mi aparición cortó la lectura de las Sagradas Escrituras, que había comenzado a amenizar la velada, y dejó a los presentes sin aliento.

A juzgar por sus expresiones, nadie se esperaba que yo reuniera fuerzas suficientes para salir de la cama y arrastrarme hasta allí, sobre todo después de las agoreras noticias del físico y mi rechazo contundente los dos últimos días a cualquier vianda que no fuera fruta.

A esas alturas, ya me imaginaban más cadáver que persona.

—Mi señora… —gimieron un par de criadas, emocionadas.

Elevé la mano para impedir los sollozos que tenían atorados en la garganta y dibujé una dulce sonrisa.

Agradecí que alguien, además de Pía, se alegrara de verme, aunque quizá esas reacciones fueran falsas.

No podía olvidar que aquellas mujeres que lloraban de emoción por mi regreso eran las mismas que otrora me habían despreciado, alentadas por la desobediencia y rebeldía de Lucía.

Pía me llevó hasta la silla de cadera apostada al lado de doña Inés y allí me dejé caer, exhausta y derrotada, bañada en un gélido sudor que contrastaba con la temperatura cálida del salón. De inmediato, el copero se acercó para llenarme la copa.

—Solo agua fresca —pedí, a sabiendas de que nadie se atrevería a verter ningún tóxico en un líquido tan delator.

Examiné en derredor y me fijé en el fuego encendido, en la vajilla de plata con la heráldica de los Lara grabada en ella, en los manteles de seda y en la opulencia que se había desplegado para una cena íntima en la que no había necesidad alguna de aparentar, pues no había vasallos, nobles o reyes.

En el rostro de Lucía asomaba una tirantez incómoda.

Doña Inés, en cambio, mantenía esa actitud serena propia de ella, con los labios relajados y el ceño limpio, y los ojos de color zafiro refulgiendo con la luz de los candiles.

—Veo que al fin estáis recuperada, hija mía.

—Juntó las manos y las besó en signo de devoción—.

Gracias a Dios. No sabéis lo preocupadas que estábamos y lo mucho que hemos orado por vos.

Casi se me despellejan las rodillas en el reclinatorio.

—Rio—. Y una mujer de mi edad ya no está para eso.

Fijaos, qué lástima, el tiempo no perdona.

Antes podía pasar horas y horas ahí, suplicando a Dios por su infinita misericordia, y ahora…

—Chasqueó la lengua—. Si aguanto es un milagro.

No respondí.

—Que traigan todos los servicios que han sido dispuestos para la cena y que dejen sobre la mesa las jarras de vino y agua. Nosotras mismas nos serviremos —ordené.

Atónitos ante mi peculiar petición, los criados observaron de reojo a doña Inés y esperaron su beneplácito.

Con un ligero asentimiento, mi suegra los instó a obedecer.

Era evidente que, durante mi breve ausencia, el poder había vuelto a cambiar de manos; ya no estaba en las mías, sino en las suyas, y de nuevo lo ejercía con puño de hierro.

Hasta tal punto era la mudanza que las viandas, que yo había dejado preparadas con antelación para esa noche, se habían adaptado exclusivamente a su selecto paladar.

Los criados no tardaron en llegar con cordero lechal, arenques fritos y empanada de cabrito y huevos.

De postre, trajeron queso y una bandeja repleta de manzanas amarillas y áridas, jugosas peras y racimos de uvas amoratadas.

No había ni rastro del mandato que yo había dispuesto con semanas de antelación.

Había sido borrado, como las inclemencias temporales erosionan los nombres tallados en las sepulturas abandonadas.

Algo similar a la rabia me recorrió el cuerpo.

—Quiero a todo el mundo fuera —murmuré con la voz congestionada y un ligero temblor.

Nadie se movió.

—Fuera —repetí.

—Mi señora ha dicho que ¡fuera! —bramó colérica Pía.

Entonces sí, todos desfilaron cabizbajos frente a nosotras, atosigados por las prisas. Cuando salieron del salón y las puertas se cerraron, allí solo quedábamos el espíritu de Beatriz, doña Inés Pérez de Lara y yo, amén de nuestras correspondientes criadas.

Ignorando mi repentino ataque de ira, doña Inés le indicó a Lucía que le escanciara algo más de vino y le sirviera un pedazo de empanada.

—¿Hoy sí probaréis bocado, hija mía? —me pregu ntó, con los dedos chorreando del jugo del cabrito.

Pía me dedicó una mirada de advertencia.

«Ni se os ocurra comer, mi señora —me decían sus ojos—.

No os he mantenido con vida para que ahora corráis veloz hacia la muerte».

Los días subsistiendo únicamente a base de infusiones y fruta me habían rebajado el apetito hasta casi cerrarme el estómago.

No obstante, no podía haber peligro en picotear de alguno de los platos.

Doña Inés no sabía que esa noche iba a cenar con ella, por lo que ninguno de sus secuaces había tenido tiempo de envenenar la comida.

Además, contaba con el colgante de doña Anne de Albret, que me ofrecía una suerte de protección.

Toqueteé la piedra lisa, reconfortante al tacto, y una extraña seguridad en mí misma me invadió.

—Hoy sí. —Sonreí y cogí un trozo de pan blanco—. Tengo el estómago más repuesto después de tanta tisana.

Mi suegra sonrió.

—Ya sabéis cómo son los remedios de los físicos. Si no son repugnantes es que no son lo bastante buenos, y este parece que os ha permitido una pronta recuperación.

Busqué un rastro de ironía en su voz, mas no lo encontré.

Doña Inés hablaba con una naturalidad fascinante, tanto que, por un mísero instante, me pregunté si no estaría equivocada, si no habría soñado aquellos gestos pendencieros y las viles afrentas.

Si no la estaría cargando con el peso de un crimen que no había cometido.

Pero las dudas se disiparon en cuanto miré a Beatriz, carcomida por el bosque, las alimañas y el niño atravesado en su vientre.

Me dio la impresión de que al hedor de su pútrido cadáver se añadía el recuerdo del de las heces de mi suegra.

—No creo que haya sido la tisana, mi señora.

—Bueno, estáis aquí. —Me señaló—. Eso es innegable.

Di un pequeño bocado al pan y me libré de las migajas con unas palmaditas.

—Sí, soy más resistente de lo que cualquiera habría imaginado —canturreé, sonriente.

Un violento silencio se asentó entre nosotras, sumiendo la estancia en un ambiente tenso y pegajoso.

El calor del lar empezó a resultar molesto.

Doña Inés carraspeó, fingiendo que mis palabras no eran un eco de las suyas, y continuó comiendo con absoluta delicadeza, como la dama que era.

Por desgracia, yo ya no podía parar. Me había intoxicado con la ponzoña de sus oprobios, con la maldad que residía en su alma, así que clavé las pupilas en su rostro surcado de pliegues y espeté:

—¿Habéis llorado a Alonso?

Ella dejó la empanada sobre el argénteo plato y se limpió las manos en uno de los manteles de seda, dejando en él unas manchas marrones.

—¿Cómo decís? —Inclinó la cabeza hacia un lado.

—Que si habéis llorado a Alonso.

—Por supuesto. —Se llevó una mano al pecho, simulando un gran pesar.

Sus mentiras me irritaban.

—No hablo de vuestro marido, sino de mi hijo.

Los labios se le fruncieron, convirtiéndose en una delgadísima línea.

—Por supuesto que he llorado a mi querido nieto.

—¿A cuál de los dos?

Enmudeció. Doña Inés estiró el brazo y alcanzó la copa de vino, que estaba demasiado lejos para una pobre ciega que dependía por completo de su fiel criada y de la esposa de su hijo, a quien había obligado a limpiarle las posaderas tras aliviarse en las letrinas. Dio un largo sorbo y dijo:

—No sé a qué os referís, hija mía.

Quise abofetearlas a ambas. A ella, por embustera y asesina, y a Lucía, por encubridora e impía.

—Sí, sí que lo sabéis —siseé, poniéndome en pie, presa de la indignación—. ¿Con qué ha sido? ¿Con hinojo, con perejil? ¿Con ajenjo, con ruda? ¿O ha sido también con tejo? —Di un golpe sobre la mesa que hizo resonar la vajilla—. ¡¿Con qué me habéis arrebatado a mi niño?!

La voz me traicionó, tornándose aguda y chillona. Tuve que embridar las lágrimas, que pugnaban por emerger, para no romper a llorar y desarmarme allí mismo.

—Mathilde, por Dios. ¿Cómo osáis acusarme de un acto tan abominable? A mí, ni más ni menos. —Se llevó una mano a la boca, disgustada—. Es evidente que el dolor os ha trastornado por completo.

Me castañeaban los dientes de rabia. Y es que si no la masticaba, la tragaba y digería bien, acabaría escupiéndola sobre el impecable y exquisito mantel, sobre la bandeja de arenques fritos.

—No. Eso es lo que vos queréis hacerme creer, pero yo no estoy loca.

Doña Inés soltó una carcajada sarcástica, más venenosa que el mismísimo tejo.

—Sí que lo estáis. —Elevó la cabeza y me escrutó con sus ojos inservibles—. ¿O es que acaso pensáis que me ha pasado desapercibido que decíais ver el espíritu de doña Beatriz de Aguilar? ¿Acaso eso es el argumento de una mujer cuerda? Por Dios bendito, qué herejía.

Lucía ronroneó satisfacción y solo calló cuando le lancé una mirada preñada de revanchismo. Entonces regresé a mi suegra, sentada triunfal en su cómoda silla, con una mueca de victoria y la copa de vino en la mano.

—Don Juan de Aguilar tenía razón.

—No mencionéis el nombre de ese fornicador bajo mi techo —gruñó.

Con qué torpeza acababa de caer en mi trampa. Había confirmado mis sospechas. Beatriz de Aguilar estaba encinta y el padre de la criatura era su propio hermano.

—Sois una bruja y una hechicera.

Ella bufó, divertida, y aquello incendió aún más mi enardecida cólera.

—¡Habéis invocado malas artes contra mí y mi hijo! ¡Tenéis el corazón podrido!

Me acerqué y levanté la mano, que corrió veloz hacia su rostro.

Doña Inés parpadeó. Lucía y Pía ahogaron un grito y yo me detuve a tan solo unas pulgadas de la mejilla de mi suegra, que clamaba por un buen verdugón.

No pude hacerlo, por mucho que lo ansiara y el picor en la palma de la mano me instigara a ello.

Dándose por salvada, doña Inés Pérez de Lara se levantó y aproximó su cara a la mía. El aroma a agua de clavelinas me mareó.

—¿Veis? Estáis perturbada.

—Yo no estoy loca. Sé lo que veo, y lo que veo es una mujer malvada que ha condenado su alma al infierno.

Su sonrisa se ensanchó y en ella creí ver la de mi marido.

—No soy yo la que dice ver un espíritu y ha estado a punto de pegar a su frágil suegra. Cuidado, hija mía, que el diablo adquiere muchas formas y puede seducirnos con cualquiera de ellas.

La figura de doña Inés se había dividido en dos y nuestros alrededores se tornaban difusos.

La acalorada disputa me había perturbado más de lo esperado.

Unos goterones de sudor me bañaban las sienes y el escote, y el ligero mareo se había transformado en algo más grave.

Intenté sosegarme, pero mi respiración era demasiado atropellada y una oleada de fuego me calcinaba por dentro.

Previendo que perdería la conciencia, le hice una seña a Pía para que viniera a por mí.

Al agarrarme de la cintura, ella también notó el ardor de mi piel. Debía haberme regresado la fiebre.

—Sí, incluso con la forma de una anciana de rancio abolengo.

Fue lo último que dije antes de que Pía me arrastrara fuera de ese salón contaminado de envidias.