37. Y fue la luz #3
Me eché hacia delante en un gesto demasiado veloz y un dolor me sobrevino, obligándome a retroceder y arrellanarme entre los cómodos almohadones.
Pía se acercó a mí y, preocupada por mi decaimiento, me tomó la temperatura.
No tenía fiebre, ya había desterrado la infección, pero probablemente aún quedara algo de veneno en mi organismo, pues a veces me mareaba y las náuseas me doblaban por la mitad.
—¿Y si la caída de doña Inés no fue una casualidad? —planteé una vez que me hube repuesto—. ¿Y si los amenazó con hacer público su secreto?
—Un secreto a voces, más bien —repuso Pía con sorna.
—Si hubo una pequeña reyerta y doña Beatriz trató de deshacerse del agarre de doña Inés o don Juan intervino, quién sabe… Puede que de un empujón o un manotazo, doña Inés se precipitara por las escaleras y entonces perdiera la vista.
—Por eso doña Beatriz la cuidó durante su convalecencia. Se sentía culpable…
Asentí.
—Pero a doña Inés se le enquistó la rabia y urdió un plan para acabar con ella.
Había acertado. Lo supe en cuanto vi agrietarse la máscara mortuoria que era el rostro de Beatriz, de cuyas diminutas ranuras emergió una pena descomunal. Una pena que se mezclaba con ira, culpa, vergüenza y hasta rencor.
Una vez más, me asediaron unas irremediables ganas de volar de la cama y lanzarme a los brazos de ese cadáver andante, al que su fatigoso pasado perseguía y que no hallaba consuelo con nada. Ni siquiera con cristiana sepultura.
—Mi señora —dijo Pía, sacándome del ensimismamiento—, dado que doña Inés estaba todavía habituándose a su nueva condición, dudo mucho de que ella misma fuera capaz de matarla.
Si no atinaba ni a orinar en la bacinilla.
Además, si quería deshacerse de Beatriz, ¿no habría sido más fácil contarle todo a nuestro señor don Pedro y que este la llevara a juicio?
Callé. Era cierto que la ley dictaba que la mujer que cometiera adulterio sería castigada con azotes públicamente y encerrada en un monasterio de dueñas, y perdería su dote y sus arras, que les serían devueltas a su marido, pero este todavía podía perdonarla en un plazo de dos años.
Y aunque los hombres no suelen olvidar con facilidad afrentas de ese tipo, pues su honor queda mancillado, sí que hay algunos que, dominados por el amor, caen en la redención.
—¿Y si doña Inés no quería ir a juicio porque no estaba segura de que su hijo fuera a renunciar a Beatriz? ¿Y si no la creía? ¿Y si estaba ciego de amor? La única forma de evitar una deshonra habría sido hacerla desaparecer para siempre, ¿no? —elucubré en voz alta.
Miles de opciones se arremolinaron en mi mente cansada.
Me pincé el puente de la nariz y cerré los ojos, que me escocían.
Llevábamos hablando de traiciones y muertes desde bien temprano y el día había ido pasando con una celeridad abrumadora.
Apenas nos habíamos percatado de ello, ya que el cielo había amanecido encapotado de nubes grises que vaticinaban una fuerte lluvia.
Es más, a esas horas de la tarde, el olor a tormenta ya se apreciaba en el ambiente, cargado de viento y humedad.
Pía se levantó para ahuecarme las almohadas, me cubrió con la colcha y me instó a reposar y dormir algo, pero yo no podía.
Me daba la impresión de que, si cerraba los párpados, soñaría con un bosque de tejos deshojándose, con el veneno que escupiría la savia de su tronco y con un reguero de sangre del que brotarían niños recién nacidos, cuyo aliento estaba extinto.
Me sacudí esas escalofriantes imágenes y regresé al asunto que nos ocupaba.
—Podría haber recurrido a Lucía para que la envenenara poco a poco con hojas de tejo. O puede que… —Las pupilas me brillaron—. O puede que ya supiera a quién acudir porque Beatriz no era la primera mujer embarazada que alejaba de la familia.
Como de costumbre, Pía adivinó a lo que me refería.
—Ah, no, no, no, mi señora. Eso no lo sabemos y nunca lo averiguaremos.
Sucedió hace muchísimos años y ni vos estabais aquí en Castilla ni yo había nacido siquiera.
Si es que ni doña Blanca de Francia había llegado a estas tierras, ni la reina Violante había contraído nupcias con don Alfonso.
Y en Valdívar apenas queda servidumbre de esa época.
Todas las noticias que tenemos de dicha desgracia son habladurías cortesanas que han ido pasando de boca en boca, esparcidas por criadas o grandes señoras.
La tomé de ambas manos y, de un suave tirón, la aproximé a mí.
—Pero encaja. Sabéis que encaja.
Pía no pudo más que admitirlo. Solo se llegaba a una conclusión: había una historia condenada a repetirse una y otra vez.
La de una mujer embarazada que debía perder a su hijo y, posteriormente, morir.
Eso fue lo que pasó con la barragana de don Alonso González de Lara.
Eso fue lo que pasó con doña Beatriz de Aguilar.
Y eso había sido lo que había estado a punto de pasarme a mí.
Habíamos tejido con maestría y premura, la urdimbre era casi pura, los hilos de oro y plata destellaban y el tapiz había quedado impecable, como el de la joven y bella Aracne.
Mas en este no se representaban los escarceos amorosos de un dios, sino los horrores mayores que podía llegar a cometer el ser humano, trastornado por sus más bajas pasiones.
Ahí estaban: tres mujeres, tres niños concebidos fuera del sacramento del matrimonio y cinco muertes.
Demudada y aterida por el miedo, Pía entrelazó sus dedos con los míos.
—Si todo esto es cierto, corréis gran peligro, mi señora. Será mejor que recoja vuestras pertenencias y pida a los mozos que nos preparen un carruaje. Nos marcharemos a…
—¿A dónde?
La detuve y ella parpadeó, confundida. La risa me rasgó la garganta, todavía magullada.
—¿A dónde no llegan las garras de doña Inés Pérez de Lara? En el castillo de arras hay servidumbre bajo sus órdenes. No importa quién me vierta el veneno en la copa, si ella, Lucía o cualquier otra criada que le sea devota; estaré muerta igualmente.
—Pues vayámonos al convento de las clarisas. Las hermanas nos darán cobijo, nos guardarán, nos acogeremos a sagrado hasta que nuestro señor don Pedro regrese y luego…
La dejé con la palabra a medio pronunciar, porque ¿y luego qué?
¿Cómo le diría a mi esposo que su madre, a la que tanto amaba, había asesinado a Beatriz y a su hijo nonato?
¿Cómo le diría que casi había acabado conmigo con aquel aborto provocado y que, al no tener éxito, lo había intentado de nuevo?
Con un soberano esfuerzo, me levanté de la cama y apoyándome en los muebles, caminé con torpeza, a pasos cortos y seniles, hasta uno de los arcones. Ignoré el mareo que me enturbió la visión y, de rodillas, rebusqué entre mis vestiduras.
—Mi señora, ¿qué hacéis? ¿Qué pretendéis?
Saqué los ropajes más exquisitos e indagué entre las joyas y tocados.
—Vestidme —le ordené, todavía acuclillada entre arquetas—. Hoy cenaré con doña Inés.
—Ahora sí que habéis perdido el juicio —bufó Pía, que vino enseguida a ponerme en pie y sentarme en una silla.
Aunque a regañadientes, lo hizo. Me colocó prenda a prenda las vestiduras que doña Anne de Albret había mandado confeccionar para mi matrimonio de palabra con don Pedro de Lara.
Me cepilló el cabello, me hizo dos trenzas y las dispuso a cada lado del rostro, para, a continuación, cubrirlas con una cofia de red.
Ya puestos el prendedero y la barbeta, me coronó con una de mis guirnaldas francesas.
Para terminar, le pedí que desempolvara el limosnero de Beatriz, ese de seda e hilos de oro en el que se interpretaba la historia de Píramo y Tisbe.
No permití que me acicalara con afeites ni cosméticos, tampoco que me engalanara con joyas, más allá de las que adornaban la guirnalda y la plata con el imán engarzado que me colgaba del cuello.
Llevaba los dedos desnudos, a excepción de la alianza de oro, y el rostro macilento, pues me negaba a disfrazar el destrozo que doña Inés había provocado.
Quería que todos lo vieran, que fueran conscientes y que ella, azorada, se hiciera cargo de sus maldades.
Me examiné en el espejo y, tras alzar el mentón, esbocé una sonrisa de satisfacción. De no haber sido por la decadencia en la que me habían sumido la enfermedad y la toxicidad del tejo, habría irradiado el mismo brillo que aquel afortunado día en que acepté a don Pedro como marido.
Observé a Beatriz, que tenía las pupilas fijas en mí, y le hice una promesa silenciosa.
—Si quiere matarme, que lo haga mirándome a los ojos —sentencié.
No moriría como las otras.