La duquesa bastarda 37. Y fue la luz #2
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37. Y fue la luz #2

Y yo asentí. El veneno es el arma de los cobardes, porque el que es valiente y quiere matarte lo hace de frente, mirándote a los ojos, sin titubear, blandiendo un puñal que te clava en el flanco izquierdo, que te aloja entre las costillas.

Habría preferido que doña Inés Pérez de Lara me sorprendiera así y no de esa forma sibilina y cruel, inquietante.

Así, al menos habría tenido la oportunidad de defenderme, de luchar.

—Hace unos días dijisteis que doña Inés cayó por las escaleras y que por eso quedó ciega —le recordé.

Pía cabeceó, de nuevo sentada en el lecho.

—Sí, mi señora. Fue poco antes de que doña Beatriz desapareciera.

Doña Inés Pérez de Lara tuvo un tropiezo y se cayó, con tan mala suerte que justo fue a darse un golpe terrible y perdió la capacidad de ver.

Se le cayó el mundo encima, ¿sabéis? Pero a los días Dios ya le había dado fuerzas y ánimo, por lo que aceptó su sino con entereza, y a las semanas ya estaba andando despacio por el castillo, tratando de memorizarlo todo.

—Me dijo que Beatriz la había cuidado.

—Lo hizo. Estuvo con ella día y noche, y unas semanas después ocurrió lo suyo. Lo del bosque —concretó—. Algunos decían que doña Beatriz se había ido.

Resoplé, hastiada de los cotilleos cortesanos que lo único que hacían era enfrentarnos a unas contra otras.

—¿Ido a dónde?

—Pues eso decíamos los demás, mi señora, pero nunca se sabe.

—Se encogió de hombros—. Doña Beatriz de Aguilar era una de esas mujeres hermosas que le quitaba el aliento a cualquiera, hasta a las doncellas virtuosas, ya lo habéis visto.

—La nostalgia le empañó la sonrisa y a mí me convocaron un par de lágrimas, que me sequé con la manga de la camisa antes de que se me escurrieran—.

Su padre siempre había temido que se escapara con algún hombre que le regalara palabras melifluas, aunque supongo que eso dejó de asustarlo cuando la casó con nuestro señor don Pedro.

—¿Corría el rumor de que podía haberse ido con otro gran caballero?

—Con un noble, un lego o un clérigo. Si es que, al final, son todos hombres, mi señora, y de cintura para abajo… —Se mordió los labios—. Ya sabéis, que ninguno es precisamente necio.

Volví a reír y, debido al juego de luces de ese día sombrío de noviembre, hasta a doña Beatriz pareció habérsele dibujado una tenue sonrisa en el rostro.

—¿Y mi marido sabía todo eso?

—Sí. Había escuchado las habladurías y eso terminó de destrozarlo. Fueron meses duros.

Me lo imaginaba. El llanto agónico que había asolado a mi esposo cuando se encontró el cadáver de doña Beatriz había sido un mero teatrillo en comparación con la desolación que lo debió arrasar aquella primera vez.

—No creo que Beatriz se fuera con ningún otro hombre —comenté.

—Yo tampoco, mi señora. ¿Para qué iba a marchar a escondidas si tenía el amor en su propia casa? Es absurdo.

Un pensamiento se abatió sobre mí: los labios inertes del fantasma de Beatriz componiendo el nombre de don Juan de Aguilar.

Ese pensamiento se enhebró con otro, el de los muchos regalos con los que él la había ofrendado.

Los ricos ropajes. Las telas colganderas que escenificaban pasajes de una dama y sus pretendientes, que luchaban por el amor de esta, y que no eran más que don Pedro de Lara y el mismísimo Juan de Aguilar.

Y ese con otro, el de doña Mencía de Lara admitiendo que ningún hermano amó así a su hermana.

Y ese con otro más, el recuerdo de la voz de doña Inés murmurando: «No sé qué le ocurre a mi bienamado hijo, que, cuando toma esposa, siempre es una sucia concubina que se dedica a retozar con quien sea y a quedarse encinta».

Y: «Diría que es un consuelo que no os hayáis embarazado de vuestro hermano, como doña Beatriz de Aguilar, pero quizá haya sido de un vulgar mozo de cuadras y no sé qué es peor… Al menos ella se vendía caro».

Entonces apareció la imagen de don Juan de Aguilar, hecho una furia en los pasillos del castillo, vilipendiando a mi suegra, llamándola bruja y hechicera, recitando el Éxodo.

¿La culpaba a ella? De inmediato, tuve ante mis ojos un extenso tapiz en el que figuraba una historia de amor imposible y una guerra silenciosa que se había desencadenado por rencor y odio, del mismo modo que la de Troya.

Solo que, en aquella ocasión, los que se habían levantado en armas no eran los hombres, sino las mujeres.

—Su hermano, pero el mediano. —Chasqueé los dedos—. Don Juan de Aguilar.

Pía hizo un sonidito de reconocimiento.

—Un buen hombre, aunque sus comportamientos no sean del todo adecuados. Pero, bueno, también son de nobleza nueva, mi señora, así que a veces se asemejan más a nosotros que a vuestras mercedes, con perdón.

Sí. Don Sancho me había contado que el linaje de los Aguilar era reciente aquí en Castilla, aunque algo de más estirpe sí que poseía en el reino de Portugal al estar ligado con el señor de Obiñal y don Pelayo Pérez Correa, maestre de la Orden de Santiago.

Este a su vez estaba emparentado con Gonzalo Yáñez de Aguilar, un ricohombre que había llegado aquí en tiempos del rey Fernando III el Santo y al que el rey don Alfonso había entregado el señorío de Aguilar, ubicado en Córdoba.

Este último era, precisamente, primo en cuarto grado del padre de doña Beatriz, señor de Monturque.

Pero no eran sus raíces lo que a mí me interesaba.

—¿Venía a visitarla a menudo?

Asintió.

—Más que a menudo. Muchísimo.

—¿Cuánto es muchísimo? —inquirí.

—La visitaba con la asiduidad con la que lo haría un buen hermano y con la insistencia con la que lo haría un hombre que trata de embaucar a una muchacha virginal.

—Una línea muy difusa, ¿no creéis? —Enarqué una ceja.

Pía se alisó el mandil.

—Así es don Juan de Aguilar, o así era, mejor dicho. Se sentía morir sin su hermana. Pasaba aquí bastante tiempo, y cuando no, se alojaba en el castillo que doña Beatriz recibió como arras de parte de nuestro señor.

Le eché un vistazo al espíritu, que me devolvía una mirada desafiante.

«Vamos, doña Mathilde, hermana en la desgracia —parecía decirme—, ya sabéis que Judas Iscariote vendió a nuestro Señor Jesús por treinta monedas de plata.

¿Habéis averiguado por cuánto nos han traicionado a nosotras?

». Todavía no. Sin embargo, la urdimbre con la que tejíamos era cada vez más fina, más certera.

Cada descubrimiento que hacíamos era una nueva puntada que nos acercaba a la verdad.

Pensativa, palpé el imán que me colgaba del cuello.

—¿Sabéis qué es lo que creo, Pía? —Ella negó—. Creo que doña Beatriz no se marchó por propia voluntad. Creo que doña Inés sospechaba que era una adúltera y que le era infiel a don Pedro con su hermano Juan. Y creo que, de algún modo, se enteró de que estaba encinta.

—¡¿Doña Beatriz estaba embarazada?!

Le chisté para que guardara silencio y Pía se tapó la boca con las manos, como si así pudiera retroceder y evitar lanzar ese graznido de sorpresa.

Entonces le conté el aspecto con el que Beatriz de Aguilar se me presentaba, con esa sangre manándole desde la cavidad íntima y regándolo todo, al igual que me había sucedido a mí, y le conté lo que mi suegra me había susurrado durante mis desfallecimientos, eso de que doña Beatriz retozaba por ahí con su repugnante hermano, cayendo en los pecados de la lujuria y el incesto.

Podía sonar hipócrita proviniendo de una mujer que estaba casada con su primo, con el que se había criado, y para cuya unión había necesitado una bula papal, pero no era igual matrimoniar con un pariente, incluso de tercer o cuarto grado, como era natural entre gente de alta alcurnia y miembros de la realeza para mantener intacta la sangre de su linaje, que hacerlo entre hermanos.

¿Qué sangre iban a querer preservar ellos?

Si eran una rama segundona de un ricohombre y trovador que había emigrado de Portugal, no habían nacido en buena cuna y sus títulos estaban recién otorgados.

Lo de Beatriz y don Juan de Aguilar era, por tanto, una aberración.

Pura lascivia. Un pecado abominable. Ya lo decía el Levítico, que no descubrirás la desnudez de tu hermana.

—¿Y cómo se habría enterado doña Inés? —preguntó Pía.

—Quizá escuchara a Beatriz contarle la buena nueva a don Juan de Aguilar o sobornara a una de sus criadas de confianza para que se lo confesara.

—O Lucía pudo haber visitado a la lavandera y preguntarle todos los meses si doña Beatriz había sangrado —agregó.

Estuvimos de acuerdo en eso último, era una acción muy propia de ella.

—Así que doña Inés descubrió que Beatriz estaba esperando un hijo y creía que no era de don Pedro, sino de don Juan de Aguilar, por lo que, asqueada por la conducta libertina de la nueva señora de la casa, decidió enfrentarse a ella y sus desmanes.

—Y discutieron —añadió Pía—. Eso sí que lo sé.

El día en que doña Inés se cayó por las escaleras, había estado discutiendo con doña Beatriz y su hermano don Juan.

No lo había dicho antes porque las desavenencias entre las señoras eran el pan de cada día.

A nadie le extrañó que estuvieran en un rincón lanzándose dardos emponzoñados.

—Pero ¿don Juan estaba aquí? —me extrañé.

—Con ellas. Lo cual tampoco nos pareció novedoso.

A doña Inés le desagradaba en demasía que don Juan estuviera siempre pululando por aquí, como una mosca molesta, y se lo hacía saber en cuanto podía.

Por eso, aprovechando las continuas visitas de su hermano, doña Beatriz se instalaba en el castillo de arras y permanecía ahí días y días.

Aquello lo cambiaba todo. Convertía los rumores en hechos y sustentaba nuestra creencia de que, en realidad, doña Inés Pérez de Lara se había enjugado las lágrimas de cocodrilo con una mano, mientras con la otra todavía empuñaba el arma con la que había dado muerte a su víctima, Beatriz.