La duquesa bastarda 37. Y fue la luz
89%

37. Y fue la luz

Y fue la luz

Pía me mantuvo con vida, aunque lo que me ataba a ella no era más que un delicado hilo que podía sesgarse en cualquier momento.

Durante los dos días siguientes, se ocupó de alimentarme con viandas imposibles de envenenar: fruta fresca de temporada, leche de vaca recién ordeñada y agua limpia y clara, que ella misma iba a buscar.

Se metió en el lecho conmigo, haciéndome a un lado, y allí estuvo, sin dormir ni respirar apenas, no fuera a importunarme.

Para protegerme y estar alerta, me echaba el brazo por encima; así, al mínimo movimiento se despertaba y atendía mis necesidades.

No me dispensó píldoras ni infusiones ni cataplasmas.

Me cuidó armada únicamente con la paciencia y la fe, aplicándome compresas frías cuando la temperatura me subía y metiéndome en barreños de agua cuando la fiebre me hacía delirar.

Doña Inés, pese a considerar de lo más inapropiado aquel comportamiento, no se dignó a reprenderla.

Fueron quizá su silencio y permisividad lo que hicieron que Pía sospechara definitivamente de ella, ya que, aludiendo al incidente con la tisana y a la quemadura que le había ocasionado, dejó su puesto a la izquierda de mi cama para solo visitarme un par de veces al día e interesarse por mi pésimo estado con una curiosidad que rayaba en decepción.

Así, poco a poco, con el esmero, el cariño y la diligencia de mi fiel criada y la retirada estratégica de mi suegra, logré huir de aquella tierra en la que la bruma se espesaba y deambulaban espíritus malditos, condenados para siempre a habitar en un mundo en el que llegaban las voces de los que aún vivían y los ecos de los que ya se fueron.

Sin embargo, aunque recobré la consciencia y la fiebre amainó hasta desaparecer, no sané por completo.

Mi cuerpo apenas respondía, destrozado como estaba a causa de la infección puerperal y la ponzoña, que me habían dejado sin fuerzas y con un ánimo desquebrajado.

Tenía la piel reseca y cetrina, los labios mortecinos y unas enormes bolsas violáceas se me habían instalado bajo los ojos.

Me dolían las articulaciones, me castañeaban los dientes incluso en la estancia caldeada y las piernas me fallaban.

Por más que me empecinaba en caminar desde mi alcoba hasta el salón anexo de mis aposentos personales, Pía tenía que ayudarme a cada paso, sostener mi peso, cargar con él y actuar de bastón.

Aquello me desesperaba. Me había convertido en ruinas inservibles, me sentía uno de esos tullidos que, al regresar del campo de batalla, tras haber perdido una pierna o un brazo, ya no se reconocen en la superficie pulida del espejo.

O una de esas ancianas que son solo un estorbo y sus descendientes relegan a una esquina del hogar, donde no importune a nadie.

Pero, pese a mis músculos enflaquecidos y mis entrañas débiles cual cuajada, mi mente todavía funcionaba y recordaba muy bien los entresijos de la corte y las puñaladas traperas que se asestaban.

—Buscad la ponzoña —le pedí a Pía, todavía encamada, con los huesos de la cara afilados y un ligero temblor en las falanges—. Ya lo dijo Mateo y lo repetía mi madre: «Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis». Debe estar aquí, por alguna parte, si es que no se han deshecho de ella.

Pía se camufló entre las sombras y accedió a los aposentos personales de doña Inés Pérez de Lara, a los de su difunto marido, don Alonso González de Lara, llenos de polvo y trastos viejos y enmohecidos, y a los de doña Beatriz de Aguilar.

Registró las cocinas de arriba abajo, hurgó en los rincones olvidados del castillo y hundió las manos en todas partes, en los costales de harina y trigo, en los sacos de manzanas, en el heno y las heces de los animales del establo, buscó hasta en las caperuzas de las aves rapaces que descansaban en la halconería.

Indagó en estancias, patios, pasillos y escaleras como la madre que busca a su niño, escondido tras los contundentes tapices que engalanan los muros. Mas no hubo suerte.

—No hay nada, mi señora.

—Eso es imposible. En algún lugar doña Inés guarda veneno.

—Mi señora, os lo juro por Dios. He buscado por doquier y no he encontrado nada.

Me crucé de brazos y desvié la mirada hacia el espíritu de Beatriz, que, situado frente a la lumbre, resplandecía con una fogosidad similar a las llamas del infierno.

A esas a las que doña Inés Pérez de Lara había deseado condenarnos.

Sus viles palabras todavía resonaban en mi memoria.

«Bebed un poquito más, mi pequeña bastarda.

Un poquito más y podréis iros con la barragana de doña Beatriz a arder en el infierno», me había dicho mientras me inclinaba la cabeza y me vertía la infusión por la garganta dolorida.

—Pues os habréis dejado algún sitio sin husmear —espeté.

—Pero si un poco más y le meto a los caballos la mano hasta la campanilla, señora mía… —bufó—. No hay nada. Qué más quisiera yo que haber hallado algo.

—Que no. Que no —repetí, indignada porque nuestras pesquisas no hubieran llegado a ninguna parte—. Estoy segura de que doña Inés ha utilizado hojas de tejo para intentar matarme.

Pía, sentada en el borde del lecho, se echó hacia atrás, impactada por la seguridad con la que hablaba.

—Son las mismas hojas que aparecieron en aquellos rituales y sortilegios que hallamos debajo de mi cama durante nuestro tiempo en la corte. ¿Os acordáis?

Por supuesto que se acordaba de aquella cunita de hojarasca desvaída, que procedía de ese árbol maldito con cuya madera se fabrican saetas, y de esa piedra sanguina a la que habían atado un par de hebras de mi cabello, que estaba destinada a provocar el malquerer y la violencia de un hombre hasta culminar con el asesinato de su esposa.

—Siempre pensamos que había sido María de Molina —proseguí—, pero porque la reina y la princesa viuda insistieron en ello, quizá por sus desavenencias con la chiquilla y su preocupación por el ascenso de don Sancho al trono.

—Ya os lo avisé, mi señora, doña Violante y doña Blanca de Francia os estaban utilizando para sus propios beneficios, que una alianza se da entre iguales.

La ignoré. No quería malgastar esos preciados minutos deshilvanando mis muchos errores en lo referido a doña Blanca y doña Violante, pues sus ambiciones habían sido las que me habían empujado a confraternizar con Sancho de Castilla.

Y eso me había llevado a un embarazo, y el embarazo a la mentira, y la mentira a la furia de doña Inés, y eso a un aborto provocado y a un veneno que casi me había arrancado la vida.

Algo en mi interior me advertía de que había sido así.

—Estábamos equivocadas, es evidente —le concedí a Pía—. Era doña Inés o Lucía, por orden de doña Inés.

—O Lucía siendo simplemente una advenediza y una charlatana maliciosa que ha logrado sorberle los sesos a doña Inés y ponerla en vuestra contra.

Quizá. Lucía tenía un poder inconmensurable que no había que infravalorar. Era los ojos y los oídos de doña Inés Pérez de Lara, y hasta sus manos y pies. Poseía una lengua viperina que solo inspiraba maldades y con ella engatusaba a cualquiera, como la serpiente a Eva.

—La cuestión es que estoy segura de que la ponzoña que han estado vertiendo en la infusión que me dabais es una especie de destilado a partir de hojas de tejo.

En el ducado tenemos una buena cantidad de esos árboles.

—Le señalé la ventana—. Se ven incluso desde aquí.

Son esos de copas verdes grisáceas que no han perdido frondosidad. Esos. Esos son los árboles malditos.

Pía se acercó a la ventana y, colocándose la mano sobre la frente para hacerse sombra, escrutó el paisaje. Cuando divisó la arbolada, soltó un silbidito.

—Desde luego, cualquiera tiene fácil acceso a ellos. Salís de paseo, cogéis un par de hojitas, le aliñáis con ella a alguien la comida o bebida y… —Hizo un gesto que imitaba el de la muerte repentina—. Así cualquiera se libra de quien le incomoda.

—Una vez, hace ya mucho, don Pedro me leyó De bello Gallico , de Julio César. «La guerra de las Galias» —le traduje al castellano.

—No suena muy gozoso, mi señora.

Me reí. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo y el sonido fue raro para ambas.

Creía que tardaría mucho más en hacerlo después de lo de mi hijo, que tendrían que pasar largos años hasta que hallara un motivo para sonreír o romperme en carcajadas.

Y, sin embargo, Pía acababa de demostrarme que no, que todavía quedaba algo de luz entre ese amasijo de tinieblas en el que se había convertido mi alma.

—Era interesante, pero también os digo que, cuando una está enamorada, todo le parece de lo más gozoso —le confesé—.

Pero lo que os contaba, en su obra, Julio César narra un caso especial.

El de un tal Cativulco, un rey que, incapaz de aguantar las fatigas de la vejez, recibió la muerte con zumo de tejo, ya que estos árboles eran muy comunes en esa zona de la Galia y la Germania.

—Así que pensáis que doña Inés sacó de ahí la idea.

Me encogí de hombros.

—Podría ser.

Durante unos segundos observé a Beatriz, con los rasguños y heridas asomando por los pliegues de su tersa piel y ese charco de sangre que le vaciaba las entrañas, le resbalaba por entre los muslos y se le esparcía por el bajo de sus vestiduras.

Sin darme cuenta, me llevé las manos a mi propio vientre, yermo.

—Lo que sí sé con certeza es que ya lo ha hecho antes —dije sin apartar la mirada de Beatriz.

—¿Envenenar?

«O matar», callé.

—Dicen que el veneno es arma de mujer —comentó Pía.