36. El precio de la sangre #2
Lo primero que atisbé fue la menuda efigie de Pía, que resplandecía a la luz del sol del mediodía al igual que una santa ungida.
A su lado estaba el espíritu de Beatriz, observándome como semanas atrás yo me había asomado a contemplar su cadáver.
Una brizna de esperanza brotó en mi frágil pecho al distinguirlas entre las sombras y, del mismo modo que brotó, se esfumó en cuanto reparé en doña Inés.
Sentada a mi izquierda, mi suegra sostenía con firmeza una copa de plata.
—Tomad, hija mía. Bebed. —De nuevo, su voz había adoptado ese timbre dulcificado que invitaba a la más absoluta confianza.
Me acercó la copa a los labios y la inclinó con suavidad.
El líquido no llegó a mi garganta, pues su amargo aroma me abofeteó, trayendo consigo el eco de las injurias nocturnas.
«Maldita bastarda». «Bastarda mentirosa».
«Barragana». Los insultos fueron emergiendo y los recuerdos se agruparon en mi abotargada memoria.
No lo había soñado.
Era real.
Me fijé en los ojos ciegos de doña Inés, en esa fina sonrisa que me erizaba el vello de la nuca y, de repente, un miedo incandescente me consumió por completo.
Haciendo acopio de mis escasas fuerzas, cerré la boca y me removí; la infusión me chorreó por las comisuras y me empapó la camisa y las sábanas.
—Vamos, mi señora —me rogó Pía, que me sostenía entre sus brazos—. Habéis de tomaros la tisana que os han prescrito.
Molesta por mi inusual desobediencia, doña Inés chasqueó la lengua.
—Hija mía, solo un buchito para que así podáis descansar.
Negué y me retorcí, tratando de ocultar mi rostro en el sucio mandil de Pía.
Su amabilidad impostada no lograría eclipsar los oprobios que había ido dedicándome a cuentagotas ni el maltrato ejercido durante mi convalecencia.
Me acordaba. Me acordaba de la ponzoña que había escupido, de los tirones de cabello, del deseo de enterrarme en lo más profundo del infierno junto a Beatriz.
Me acordaba de las acusaciones que había lanzado, de cómo había arrastrado nuestra honra por el lodo.
Me acordaba de todo, hasta de las viles palabras que había reservado para mi hijo, al que había denominado engendro.
Y eso era lo que más me dolía, lo que más me enervaba.
—Quizá debamos llamar a la comadrona, mi señora, y que le recete otro fármaco —sugirió Pía—. No parece que haya mejorado nada con este. Al revés, la pobre mía cada vez está peor. —Posó sus labios sobre mi frente—. Si es que está hirviendo de fiebre…
—Hemos de ser pacientes y confiar en Dios, nuestro Señor —insistió doña Inés—. Sujetadla bien, que tiene que tomarse la tisana.
Mi suegra me inmovilizó el cuello con una mano mientras con la otra me aproximaba la copa.
El pavor brilló en mis ojos turbados y en las pupilas carbonizadas de Beatriz, y ante la amenaza inminente, la supervivencia me azotó.
Con un repentino espasmo, asesté un manotazo a la copa de plata, cuyo contenido se vertió sobre la cama y buena parte de las vestimentas de doña Inés, que soltó un alarido debido al ardiente líquido.
Sus gritos traspasaron los muros de mi alcoba y alertaron a Lucía, quien apareció enseguida para socorrerla junto con un grupo de criadas.
Entre todas, se la llevaron a sus aposentos personales para retirarle los ropajes y evaluar la posible quemadura, que muy probablemente requeriría de algún linimento.
Fue entonces cuando clavé mi esquiva y borrosa mirada en Pía y susurré:
—Veneno.
En su semblante se dibujó la incomprensión.
—¿Qué?
—Veneno —repetí y señalé la copa.
—Ay, mi señora… —se lamentó, con las lágrimas ya aflorando—. Esto es cosa de la fiebre.
Negué con la cabeza.
—Ha sido ella —conseguí articular.
Pía se giró para comprobar que la puerta estuviera cerrada.
—Eso es imposible, mi señora. Si doña Inés no se vale por sí misma desde que se cayó por las escaleras y perdió la vista. Además, ha estado aquí todo el tiempo.
Volví a negar y arrastré los trémulos dedos hasta mi vientre desinflado.
—Y el niño —balbuceé.
El espectro de Beatriz se colocó a las faldas de mi cama, con las manos acunando aquellas entrañas marchitas que alguna vez alojaron a su pequeño.
—Mi niño… —gimoteé.
Cualquiera habría pensado que, aturdida por el duelo y adormecida por los fármacos, preguntaba por mi hijo nonato.
Eso es lo que hacen las madres a las que las han sorprendido la sangría y la muerte.
Quieren saber qué ha ocurrido, dónde está el cuerpecito de su vástago, y lloran y lloran mientras exigen que se lo traigan envuelto en una toquilla para así besarle el cráneo.
Sin embargo, Pía, que conocía mis secretos más íntimos, supo descifrar muy bien a lo que me refería.
El horror se esculpió a golpe de cincel en sus facciones y, con rudeza, se secó las lágrimas que le habían rodado por las mejillas.
Otras doncellas habrían dudado, habrían pensado que había enloquecido a causa del sufrimiento y que, en mi afán por calmar el resquemor que sentía en el alma, arremetía contra quien se me pusiera por delante.
Pero ella no. Ella no vaciló ni un instante.
Aceptó mi verdad como si fuera muda, absoluta e incuestionable, porque así era ella. Leal y fiel, más que un perro de caza.
—Dios nos asista. —Se persignó—. Dios nos asista, mi señora. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Elevé con cuidado el brazo y le indiqué que trajera una de las arquetas en la que guardaba mis joyas más preciadas.
Ahí estaba la gema de centelleo rojizo que doña Anne de Albret me había regalado con motivo de mis nupcias y nuestra despedida, un imán liso y bien tallado, engarzado en un colgante de plata.
Me di unos suaves toquecitos en el cuello y Pía me lo abrochó a su alrededor.
— Magnitad . Magnetes. Imán. —Ronqueé a medida que palpaba la superficie pulida de la piedra y me embriagaba de la frialdad que desprendía la plata.
Recordaba con absoluta precisión las instrucciones de doña Anne de Albret.
«Os protegerá de todo aquel que quiera dañaros.
Ante cualquier atisbo de veneno, os arderá al contacto con la piel.
Si alguien osara heriros con hierro emponzoñado o daros de beber un tóxico con hierro mezclado, os salvará.
Solo tenéis que moler la piedra y reducirla a polvo, mezclarla con óleo e ingerir el emplasto», había dicho.
—Protección —le expliqué a Pía.
Ella asintió.
—¿Y qué más, mi señora? —me preguntó, aterrada—. ¿Qué más hemos de hacer? Porque nuestro señor don Pedro no está presente y me temo que yo tengo las manos atadas.
Busqué la mirada pétrea de Beatriz, que hasta entonces me había insuflado fiereza y coraje en los momentos más duros y consuelo en los más desesperados, y le supliqué que me indicara cómo proceder, ella que ya había portado este mismo calzado y andado mis pasos y padecido este tormento visceral que llevaba de nombre doña Inés Pérez de Lara.
Lo único que se me ocurrió al contemplarla fue: «No morir».
No podía permitirme morir igual que ella.
—Pedir ayuda —murmuré.
—Pero ¿a quién?
Estiré los labios en lo que pretendía que fuera una sonrisa; sin embargo, estaban tan agrietados que aquello se quedó en un simple amago y por las fisuras de los pellejos comenzó a brotar un hilillo de sangre.
Era una buena pregunta.
¿A quién iba a pedirle ayuda? ¿A quién iba a implorarle que me sacara de Valdívar y me alejara de las terroríficas garras de doña Inés?
¿A quién iba a descubrirle los misterios insondables que cercaban ese castillo en el que se acumulaban las almas en pena al igual que un desolado osario de huesos astillados?
Mis deudos estaban demasiado lejos para socorrerme y allí, en Castilla, no tenía más parentela que los Lara.
No podía escribir a mi esposo y acusar a su madre de delitos de tamaña gravedad: envenenarme y matar a mi hijo.
La amaba demasiado como para creerme y yo no poseía pruebas más allá de unas confesiones que había escuchado en un estado de desfallecimiento o duermevela, por lo que nadie las tomaría por ciertas.
Tampoco podía recurrir a mi cuñada, la señora de Cigales, o a sus primos, el señor de Albarracín y el señor de Estella, pues estos estaban junto al rey Felipe III, afincados con sus mesnadas en el vizcondado de Bearne. Además, ninguno de ellos traicionaría jamás a su estirpe.
Solo me quedaban Sancho de Castilla, doña Blanca de Francia y la reina doña Violante, y todos estaban en el norte, tan lejos como mi esposo, por lo que la ayuda que enviasen tardaría en llegar, y puede que, para cuando lo hiciesen, ya fuera demasiado tarde.
—Mantenedme con vida un par de días más —le pedí a mi fiel criada—. Luego escribiré a…
Amusgué la vista para asegurarme de que mis ojos no fallaban, que la boca cetrina de Beatriz se movía y componía el nombre de su amado hermano. Juan de Aguilar.
—Escribiré a…
No pude terminar la frase. Los últimos resquicios de fuerza me abandonaron.
El veneno, que viajaba veloz por mi sangre, y el dolor, que todavía chamuscaba mi árido vientre, me arrastraron de nuevo hacia ese paraje brumoso y gris en el que me aguardaban doña Beatriz de Aguilar y todas las verdades que se había llevado consigo tras su desafortunada muerte.