La duquesa bastarda 36. El precio de la sangre
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36. El precio de la sangre

El precio de la sangre

Durante los días siguientes habité un lugar desconocido, el de la bruma.

Un paraje cubierto por una espesa capa gris que recuerda a esas mañanas frías de invierno en las que es imposible distinguir el horizonte.

Allí me encontraba a menudo con Beatriz, lo que me hacía pensar que, en realidad, estaba muerta y que había ido a parar a donde ella.

A tierra de nadie, a una linde desconocida, a medio camino entre el glorioso cielo, el terrorífico infierno y el desquiciante purgatorio.

Deambulábamos juntas y descalzas, dejábamos un reguero bermellón a nuestro paso.

Ella, con los rubíes deslustrados colgándole del cuello y las orejas, vestida con los hermosos ropajes de hilos entorchados de oro y plata y la piel de marta cibelina con los que desapareció aquel fatídico día.

Yo, con la camisa de noche manchada de sangre y el cabello trigueño mojado.

No hablábamos. No podíamos. Teníamos los labios zurcidos y la lengua pegada al paladar.

Solo dábamos largas caminatas con los dedos entrelazados y la mirada fija en ninguna parte.

A veces, sin previo aviso, algo me arrancaba de allí y me devolvía al mundo real.

Al abrir los pesados párpados, vislumbraba los rostros preocupados de Pía y doña Inés Pérez de Lara, ambas acodadas en mi lecho, expectantes a mi despertar.

En esos momentos, sus muecas de agobio se transformaban en sinceras sonrisas de alivio y profundos suspiros.

Pía corría a incorporarme sobre los almohadones, haciendo uso de toda su fuerza, pues mi cuerpo desmadejado se escurría con facilidad, mientras doña Inés me acercaba una tisana.

—Vamos, hija mía, bebed ahora que estáis consciente —me instaba, posándome la infusión en los labios resecos por la fiebre—. Un poquito aunque sea.

Me dolía todo y casi no podía moverme. Sentía un fuerte aguijonazo en las extremidades y un resquemor profundo abrirse paso en mi vientre magullado.

Bajo las sábanas húmedas por el exceso de sudor, atisbaba un ligero abultamiento, aunque ya no era igual que antes.

Me había deshinchado, y el monte de tersa piel había mutado en una flacidez vergonzosa, en un canasto de tripas.

—Por favor, hija mía. Solo un poquito.

Las palabras me llegaban lejanas, como si, a pesar de estar despierta, todavía siguiera sumida en un terrible sopor.

De repente, la visión se me difuminaba y creaba rasgos grotescos en esas caras conocidas que no terminaba de discernir si eran reales o fruto de la fiebre, que me provocaba extrañas pesadillas.

—Mi señora, hacedlo por nosotras —me rogaba Pía, que me asía de la mano—. Hacedlo por nuestro señor don Pedro.

Y yo, con los ojos casi vueltos, trataba de sorber el líquido hirviendo que me bajaba por la garganta y me la abrasaba. Para, seguidamente, desaparecer entre la niebla.

Fueron jornadas enteras de viajar entre dos espacios distintos, separados por la frágil balanza de la vida y la muerte, que no se decidía hacia qué lado inclinarse.

A mí no me quedaba más que aguardar junto a mi buena amiga Beatriz a que Dios me eligiera o me repudiara, como había hecho con ella.

En ese paraje ignoto, presa del desconcierto, me preguntaba si la maldición de los Lara no nos habría engullido y escupido.

Si no nos habría destinado a compartir la peor de las suertes: observarnos la una a la otra en un estado absoluto de degradación, conscientes de que no pudimos remediar nuestra muerte.

Instalada en el margen derecho de mi cama, Pía velaba mis sueños y desvelos.

Controlaba la temperatura besándome la frente y remojaba los lienzos en agua fresca para colocármelos en la cabeza y así templarme.

Rezaba por mí ante la talla de la Virgen y el Niño, y cuando mi tez se tornaba aún más macilenta y me sobrevenían unos estertores inquietos, me aferraba con fuerza y susurraba:

—Luchad, mi señora, luchad. Este mundo ya es demasiado horrible como para que vos no estéis en él. Luchad.

Su voz dulce y cándida me arrullaba.

El físico me visitaba cada día para comprobar mi recuperación, lenta y dolorosa.

Decía que la pérdida de mi pequeño me había vaciado entera, me había desgarrado por dentro y dejado inútil, hueca.

Una laguna de sangre como la que había manado de mis entrañas solo era posible si algo en el embarazo iba terriblemente mal, había sufrido una caída aparatosa o ingerido algo peligroso.

Según él, por mucho que la voluntad fuese férrea, de esto una no siempre se sobreponía, pues el cuerpo femenino era débil.

Doña Inés Pérez de Lara desestimaba su opinión con una indignación lacerante.

—Débil… —refunfuñaba en voz alta—. Débil…

Me gustaría verlo a él parir a una ristra de niños o expulsar los restos de una criatura muerta mientras se desangra.

¡Ja! El cuerpo de la mujer es débil. Qué estupidez.

El cuerpo de la mujer es una fortaleza reventada a base de puerperios y no en vano nos recuperamos cual jabatas.

Ni mi suegra ni mi leal Pía se dejaron vencer por la apatía del físico, de cuyos servicios prescindieron. En su lugar, abrigaron la esperanza hasta el último momento y batallaron por ellas y por mí, día y noche.

Incapaz de separarse de mi lado y a pesar de sus muchos achaques, doña Inés se apostó a mi izquierda y desde allí hizo guardia.

En algunos ratos de lucidez, creía verla bordar retales, orar en silencio y narrarme la infancia de mi marido con una sonrisa de añoranza.

En otros, besarme el cabello, darme de comer y administrarme píldoras, ungüentos e infusiones.

—Un sorbito más, hija mía. Un sorbo pequeñito —decía siempre con esa bondad intrínseca en ella—. Vamos, hija mía.

—Vamos, mi señora. Vamos. Un sorbito y os dejamos reposar de nuevo —suplicaba Pía.

Incluso si no lograba regresar a la realidad, doña Inés me vertía aquel líquido asqueroso en los labios, religiosamente y con extremo cuidado, procurando que no me atragantara para, a continuación, limpiarme la boca con la manga de su camisa.

Pero entonces, en la soledad de mi alcoba, cuando Pía se había retirado para atender cualquier otra tarea o se había rendido al cansancio, con la oscuridad cerniéndose sobre ella, la sentía acariciarme las guedejas y bisbisear:

—Dormid, maldita bastarda. Dormid, que las llamas del infierno os están esperando.

Entre la bruma me llegaban retazos de maldiciones y palabras susurradas al oído que destilaban un odio inmenso. Debían de ser alucinaciones propias de la fiebre, de la encarnizada guerra que libraba mi cuerpo contra la infección que se había apoderado de mí desde que perdiera al niño.

—Bebed un poquito más, mi pequeña bastarda. Un poquito más y podréis iros con la barragana de doña Beatriz a arder en el infierno.

Siempre era la misma voz. Su voz melosa, teñida de una furia enconada.

—Sois más resistente de lo que cualquiera habría imaginado. Pensé que el engendro que portabais dentro ya se os habría llevado, pero supongo que ni para moriros servís.

Poco a poco, los gestos de amor que aparentemente me prodigaba empezaron a ir acompañados por hostiles vituperios y, al final, en la intimidad de mis aposentos y sin nadie que lo advirtiera, el cariño se convirtió en ademanes bruscos y pendencieros.

Doña Inés me peinaba la melena con fuertes tirones y me arropaba hasta la barbilla cuando la fiebre descendía, de manera que yo me empapaba en chorrones de sudor.

—Ay, bastarda mentirosa… Que creíais que podríais engañarnos a todos y criar a ese niño en nuestro hogar. No sé qué le ocurre a mi bienamado hijo, que, cuando toma esposa, siempre es una sucia concubina que se dedica a retozar con quien sea y a quedarse encinta.

En las contadas ocasiones en que despertaba, intentaba enfocar su rostro ajado y buscar en él rastros de inquina.

Trataba así de encajar el amor maternal y las caricias de doña Inés Pérez de Lara con esa crueldad infame que me llegaba de su parte desde el otro lado.

Mas no lo conseguía. Todo lo que veía era una mancha difuminada y negra que se alzaba ante mí y hablaba con su suavidad y cadencia.

—Vamos, bebed, bebed un poquito de esta tisana. Ya veréis que pronto acaba vuestro sufrimiento.

Enajenada y medio inconsciente, dejaba caer mi cabeza hacia atrás y tragaba y tragaba la infusión de sabor amargo, con el cuerpo pesado amoldándose al lecho y la mente confundida.

—Sabía yo que esa cara de inocente no era más que una máscara bajo la que ocultabais vuestras abominables faltas.

Diría que es un consuelo que no os hayáis embarazado de vuestro hermano, como doña Beatriz de Aguilar, pero quizá haya sido de un vulgar mozo de cuadras y no sé qué es peor… Al menos ella se vendía caro.

Cada vez me resultaba más difícil retornar a esa alcoba oscura y cada vez más vagaba junto al espíritu de Beatriz por ese páramo de gelidez y niebla, pues la infusión me conducía a un estado de letargo infinito, restándome momentos de claridad.

—Mirad lo que me obligáis a hacer —decía mientras me introducía el líquido por el gaznate—.

Pero ya os lo avisé, ¿verdad? Que cualquier sacrificio, incluso el más pernicioso de todos, merece la pena para una madre.

Ay, doña Mathilde, habéis de pagar por vuestros terribles pecados. Este es el precio de la sangre.

10 de noviembre de 1276

Para cuando desperté, habían transcurrido siete largos días desde mi aborto.

Aunque, desde luego, yo no lo sabía, pues había perdido la noción del tiempo, del espacio y hasta del yo.

En realidad, ni siquiera desperté; fue uno de esos breves instantes en los que despegaba los párpados y me encontraba de nuevo allí, rodeada por una marea de rostros crispados.