35. El castigo de Eva #2
Cerré los ojos e invoqué a la Virgen para que nos guardara, pero las plegarias se me escapaban con la celeridad de los jadeos.
Intenté pedir auxilio, gritar el nombre de Pía o el de cualquiera que pudiera escucharme, mas nada me brotaba de la garganta, solo un leve gemido lastimero, similar al maullido de un gatito indefenso.
Parpadeé y miré a Beatriz, cuya figura quedaba coronada por un halo plateado de luna.
—Haced algo —dibujé con mis labios un mudo ruego.
Pero ella poco podía hacer. Me contemplaba con la pena inscrita en los ojos, con la culpa de quien desea tenderte la mano que le han amputado. Estaba sola en ese duro trance, al igual que ella había estado sola cuando exhaló el último suspiro en esa inmunda y glacial caverna.
Me retorcí de dolor, me encogí, me tensé y me mordí los labios para contener el aullido agónico que me arañaba por dentro y pugnaba por emerger.
Unas lágrimas se me escaparon, confundiéndose con las gotas de sudor que me salpicaban la cara.
Entonces, de repente, cuando creí que el mundo estallaría en un fuego implacable que lo consumiría todo, las incesantes brasas que ardían dentro de mí se extinguieron para dejar lo que se me antojaba un extraño remanso de paz.
Suspiré aliviada y di gracias a Dios y a la Virgen.
Durante unos instantes, no me atreví ni a respirar, temerosa de que, ante el más mínimo movimiento, el infierno en el que casi había perecido regresara.
Sin embargo, fue mayor el miedo a sufrirlo otra vez sin una mano amiga que me sostuviera.
Así que aproveché esos minutos para despegarme del jergón y ponerme en pie.
Tenía la camisa chorreando y el cabello pegado a la espalda en gruesas hebras.
Parecía que me habían arrojado un balde de agua o me habían sacado del río.
Con pasos trémulos, avancé hasta un mueble cercano e, insegura, me aferré a una de sus esquinas; con la otra mano seguía agarrándome el bajo vientre.
No quería dejar de hacerlo. Presionar sobre la zona afectada aliviaba, aunque muy parcamente, aquella suerte de incomodidad, que era los rescoldos de un terrorífico martirio.
—¡Pía! ¡Pía!
Algo empezó a temblar en mis profundidades, a ronronear, y la voz se me quebró en el último grito.
Era el preludio de la tormenta que estaba a punto de desatarse nuevamente.
El miedo se transformó en certeza y la certeza en llanto.
No tuve tiempo para cuestionarme si estaba de parto, pues enseguida llegó otra vez esa sensación, la de un acero ardiendo perforándome, ensañándose conmigo, hurgando en mis suaves carnes abiertas.
Mis rodillas cedieron y, poco a poco, fui deslizándome hacia el suelo alfombrado.
Tras un duro esfuerzo, logré reposar la espalda contra el mueble y contraer las piernas.
—¡Pía! —volví a gemir, entumecida por los calambres que me recorrían de arriba abajo y los estertores a causa de los sollozos.
Un terror primitivo me paralizó por completo al notar cómo una humedad reptaba por entre mis muslos, sigilosa, inquietante. Parecía orín, aunque más denso, más espeso. Miré hacia abajo y vi la camisa teñirse de un tono bermellón oscuro. El pánico me inundó. El hálito se me cortó de cuajo.
—¡No! ¡No! —gimoteé asustada, abriéndome de piernas—. No.
Mojé los dedos en la sangre fresca solo para comprobar que lo que brotaba de mi sexo era ferroso y rojo y marrón y líquido pero pegajoso.
—No. No me hagas esto. No me hagas esto. No me hagas esto.
Hablaba con el pequeño Alonso. No con Dios o la Virgen o los santos o la mismísima Beatriz, que, a unos pasos de mí, presenciaba una escena que habría desgajado cualquier corazón.
—No me hagas esto —le supliqué a mi niño—. Quédate dentro. Quédate dentro.
Tenía que hacerlo. El pequeño Alonso tenía que agarrarse a mis entrañas. Esperar. Alimentarse de mis huesos y mis vísceras. Crecer. Madurar. No podía desprenderse de mí como si fuera una fruta inservible, condenada a pudrirse bajo los pies del árbol.
Enloquecida, frenética, con la mente trastornada y la supervivencia latiéndome bajo la fina piel, me puse de rodillas y con las dos manos empecé a recoger la sangre que escupía mi cuerpo.
Recogí sangre y más sangre, hasta llenar los cazos que hacían mis palmas, y me la inserté con los dedos.
Y así una y otra vez, sin éxito alguno. El líquido siempre se deslizaba hacia fuera, junto con más sangre nueva, fresca, brillante, y unos coágulos viscosos que se asemejaban a diminutos renacuajos.
Lloré hasta descomponerme, hasta fragmentarme en miles de pedazos de aristas afiladas y cortantes, y me arranqué del cuello el amuleto de protección que me había regalado la reina doña Violante, porque nada puede competir contra Dios.
Y Dios había decidido castigarme con la mayor de las pérdidas por haber incurrido en el delito de adulterio, por haber engañado a mi marido con un hijo que probablemente no fuera suyo, por haber traído la vergüenza a aquel ilustre hogar.
Por haber sido una mala mujer, una mentirosa, una infiel, una impía.
El pecado que había cometido merecía un escarmiento de proporciones bíblicas.
Yo ya no pariría con dolor. Porque ya no habría nada que parir.
Me acurruqué en el suelo, aletargada por el sufrimiento, sucumbiendo a los estertores de los sollozos y a los aguijonazos invisibles.
Me enrollé la camisa entre las piernas, como si así pudiera taponar la herida que había en mi interior, detener ese río de aguas bravas y rojas, retener a mi hijo, a pesar de los designios divinos, de la cruenta naturaleza.
—Quédate dentro —murmuré en un llanto desgarrador—. Por favor, quédate dentro, pequeño. Quédate dentro. No me hagas esto. Quédate dentro.
La marea granza fue extendiéndose, vaciándome.
Expulsé un agonizante y salvaje gruñido que resonó en mis aposentos privados y, un instante después, los oídos se me embotaron, ensordecidos por el usual zumbido de moscardones del espíritu errante de Beatriz.
La boca me supo al amargor de las tisanas de doña Inés y la visión se me nubló, todo mutó a un color grisáceo, negruzco. Comencé a fundirme con el olvido.
Lo último que alcancé a ver fueron los pies descalzos de Pía corriendo hacia mí al grito de «¡Mi señora!» y el charco de sangre que bañaba las orillas de los ropajes de Beatriz y que era idéntico al mío.
Entonces lo supe.
Doña Beatriz de Aguilar había muerto en el bosque con un niño atravesado en el vientre.