La duquesa bastarda 35. El castigo de Eva
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35. El castigo de Eva

El castigo de Eva

Dos días después, despaché a la prima de Lucía con un simple ademán.

Era una mujer redonda, con las mejillas picadas de viruela y unos pechos enormes que habrían podido amamantar a una camada entera.

Se le notaban los estragos de la prole en la piel, cuarteada y sin brillo, en los brazos flácidos y llenos de estrías, en la papada y el cansancio que le ensombrecía la mirada.

Venía con el último de los críos colgado del brazo, agarrado a su pezón marrón.

No se mostró altiva ni proclive a la insumisión o la rebeldía.

Al contrario, era respetuosa, agachaba la cabeza a menudo y a todo decía: «Sí, mi señora».

Hablaba raro incluso para mí, que no había perdido el acento francés, pero eso se debía a que era directa y sencilla, y algunas palabras le costaba pronunciarlas.

Mi suegra denominaba eso el encanto del pueblo llano.

—No —dije, una vez que la mujer se hubo marchado.

—¡¿No?! —gritó Lucía, indignada por el rechazo.

—¡¿No?! —repitió doña Inés Pérez de Lara, atónita—. Pero si es una buenísima mujer, hija mía, y viene con la mejor de las referencias. Es alguien de confianza.

—He dicho que no. Este niño es mío. —Me acaricié la tripa—. Soy yo quien va a parirlo y soy yo quien va a elegir a la mujer que lo amamante, a la que sea su aya y a los hombres que sean sus preceptores.

Lucía, encendida de pura indignación, colocó los brazos en jarras y compuso una mueca de aborrecimiento.

Negaba una y otra vez, incapaz de creer que no hubiera aceptado a su prima como nodriza.

Más cuando su señora, doña Inés, prácticamente le había prometido el puesto.

¿Cómo osaba yo contradecirla? Mi suegra se levantó de su asiento y vino hacia mí, con esa armonía y ese sosiego que siempre desprendía.

—Hija mía, entiendo que el embarazo es una etapa de gran dificultad.

Todas hemos pasado por esos momentos en que nos sentimos confusas y tenemos los nervios enraizados y las emociones alteradas dirigiendo nuestras decisiones.

—Me agarró de las manos y me dio un par de palmaditas, como corrigiéndome con cariño—.

Por eso mismo, habéis de descansar, cuidaros y escucharnos a las demás, que todo lo que hacemos es en vuestro beneficio y el del niño.

Más que un consejo era una súplica. «Dejadme ayudaros», me rogaban sus manos sobre las mías, sus ojos ciegos.

—Lo haré. Os escucharé, señora mía. Vos sabéis mejor que yo qué es lo que me conviene y qué es lo que necesita una madre.

Las expresiones de ambas mujeres cambiaron.

Doña Inés volvió a palmearme, complacida por mi concesión, y Lucía perfiló una de esas medias sonrisas suyas que destilaban soberbia.

Sentía que se había proclamado con la victoria una vez más y ya estaba arremangándose los bajos de las faldas para ir corriendo en busca de su prima y anunciarle que había sido contratada.

—Pero esa mujer no va a ser la nodriza de mi hijo —concluí—. Yo tengo la última palabra en todo lo que respecta a él y a este hogar, que para eso soy la duquesa de Valdívar y la señora de esta casa.

Doña Inés lanzó un hondo suspiro, similar al de la madre exhausta que ya no posee fuerzas para bregar con sus díscolos vástagos. Yo le lancé una última mirada de advertencia a Lucía, que asía con fiereza la orilla de su mandil, desquitándose con él. Hervía de rabia.

—Mi respuesta sigue siendo no.

En el otro extremo del salón, Pía me observaba con una deslumbrante sonrisa, rebosante de orgullo. La mujer francesa con la que se había encontrado al entrar a mi servicio distaba mucho de la que, en esos instantes, tenía delante.

Mi estancia en la corte me había moldeado.

El trato continuo con la reina doña Violante y doña Blanca de Francia me había enseñado a imponer mi voluntad frente a los demás, a reclamar el poder que me pertenecía y a ostentarlo con legitimidad, compasión y firmeza.

Así que, desde mi regreso a Valdívar, me erigía como lo que era, la señora de ese hogar, y me hacía cargo de mis muchos deberes.

Así pues, con don Pedro de Lara en Vitoria y conmigo liderando la hacienda, se impuso una nueva rutina. La servidumbre mantuvo sus habituales quehaceres mientras nosotras, las mujeres, acudíamos a misa y nos ocupábamos de los preparativos para la llegada de mi hijo.

Doña Inés, pese a constatar que el poder que había ejercido hasta entonces con puño de hierro se le escurría de entre los dedos, aceptó gratamente su nueva situación.

«Lo haréis muy bien —me dijo—. Sois una gran mujer, un cúmulo de virtudes.

El ducado está en buenas manos y yo quedo en paz.

Ahora puedo retirarme y ocuparme de lo realmente importante: cuidaros a vos y al pequeño Alonso.

Eso es lo que hacen las abuelas, a eso se las relega».

Secundó cada una de mis decisiones. Desde la elección de los servicios de mesa hasta la administración del patrimonio, en el que me advertía prudencia.

Bajo su cálido amparo, las revoltosas criadas que antes habían supuesto un desafío, instigadas por Lucía y su irreverente comportamiento, en quien habían hallado un precedente para la descortesía, se convirtieron en mujeres obedientes y resueltas que faenaban con diligencia y, sobre todo, me reconocían como su señora.

Obsesionada con su primer nieto, doña Inés cumplió con su promesa y se entregó en cuerpo y alma a sus tareas de abuela.

Mandó desempolvar los hermosos y diminutos ropajes de sus hijos, los juguetes, las pequeñas alhajas, la cuna y todo lo que se hubiera guardado en arcones y otras estancias después de que los niños espigaran y se hicieran púberes.

Insistió en que Alonsito llevara las vestiduras de su padre en el bautizo, y a la planificación de los festejos del nacimiento, se sumaron los del primer sacramento.

Preocupada por mi estado, le recomendó a Pía que me diera friegas en los pies con aceite de almendras para evitar que se me hincharan, que me masajeara las lumbares para calmarme los dolores de espalda, que me bañara en agua perfumada con manzanilla para desfatigarme, y con malva para hidratarme.

La instó a que me colocara en la cama un buen almohadón para dormir de costado, pues bocarriba me sería imposible, ya que el niño me aplastaría los órganos.

También me recordó eso de comer alimentos grasos para mejorar su crecimiento.

«Alonsito debe heredar el vigor de su padre», solía decir.

Prevenidas por ella, las cocineras me colmaban de antojos y me llenaban el buche, y por las noches, tras la cena, me traían una tisana.

La misma que mi suegra había tomado durante sus embarazos y que, según su antigua comadrona, facilitaba el parto.

Estaba hecha a base de comino y menta silvestre, terebinto, culantrillo, jazmín y no sé cuántas hierbas más, que hervidas adquirían un sabor repugnante que me dejaba el estómago revuelto las horas siguientes.

Doña Inés rompía a reír con las expresiones de asco que me procuraban cada sorbo.

—Nadie dijo que parir fuera sencillo, ¿verdad? Es nauseabunda pero efectiva, ya veréis. Merece la pena. Cualquier sacrificio que se realice por un hijo lo merece, incluso el más duro y pernicioso de todos.

Y al notar que apuraba la infusión a buches, me recriminaba con dulzura.

—No seáis ansiosa y tomáosla con calma, que las prisas no son buenas para los embarazos. En realidad, las prisas no son buenas en ninguna circunstancia.

Entre jornadas repletas de obligaciones y la comodidad que me ofertaban las mujeres en el castillo, llegó el mes de noviembre. Todo parecía discurrir con aparente normalidad hasta que una buena noche Dios decidió que el castigo de Eva había de visitarme.

3 de noviembre de 1276

Lo que me despertó en el conticinio fue un dolor que no había experimentado nunca antes.

Un dolor infernal, irreal e irracional, un dolor inhumano que dudaba que nadie pudiera llegar a soportar o siquiera imaginar.

Me nacía en el bajo vientre, me punzaba el recto y se extendía por mi columna, vértebra a vértebra, hasta agarrotarme por completo.

Era como si me hubieran ensartado una espada al rojo vivo en el interior y me abrasara las entrañas hasta calcinármelas.

Aturdida por las implacables oleadas de padecimiento y aún somnolienta por el sueño del que acababan de arrancarme, me coloqué de costado en el lecho y me abracé a mí misma, acunando la abultada barriga.

Traté de volver a dormir, pues la oscuridad todavía lo cubría todo con su manto y solo un hachazo de luz de la luna entraba a raudales en mis aposentos.

Pero el dolor empezó a escalar y los últimos retazos de descanso se tornaron una angustiosa vigilia.

Chorreones de sudor me caían por el rostro, humedeciéndome el cabello, perlándome la piel.

Con una mano me apretaba la zona en la que se ramificaba esa sensación de ardor, con la otra aprisionaba las sábanas con fuerza y dejaba en ellas la impronta de mis uñas y de la salvaje violencia que me atravesaba el cuerpo.

Deseé arrancarme los órganos con mis propias garras solo para gozar de unos instantes de calma.

Recordé las horribles descripciones que las damas de la corte habían compartido de sus partos, algunos muy similares a los de mi hermana Aurore, y comparé mis síntomas con ellos.

Desde luego, coincidían. Me pregunté si no habría llegado el momento de que la comadrona me pusiera de cuclillas y me forzara a empujar.

Me acaricié la piel tirante del vientre, pensando en mi pequeño.

Todavía era pronto para el alumbramiento.

Estaba de unos escasos seis meses y la barriga no había crecido lo suficiente.

El niño no podía estar preparado para salir al exterior, a ese mundo cruel y hostil.