34. Donde habitan los muertos
Donde habitan los muertos
A Beatriz la lavaron con paños húmedos, rociados de agua de rosas, aunque ya no había nadie que pudiera borrar el rastro de la muerte de su cuerpo corroído.
La vistieron con exquisitos ropajes, los mejores que encontraron en sus arcones, en los que aún había prendas que no se habían apolillado.
Y a juego con su lustroso atuendo de hilos de oro y plata, cedí un par de anillos de oro, un colgante y unos pendientes de zafiro, para así engalanarla.
—No os deshagáis de esas joyas —me pidió doña Inés Pérez de Lara—. No es menester. Doña Beatriz tenía muchísimas alhajas guardadas, puede ser enterrada con cualquiera de ellas.
—Yo me quedo con su bienamado esposo, creo que es de justicia que ella se quede con algo mío.
Mi suegra aceptó mi voluntad con una sonrisa tirante y dulcificada en los labios.
Lo hizo a pesar de que los zafiros eran herencia de los Lara, un regalo que don Pedro me había hecho con motivo de mi inserción en la familia.
Incluso así, sin mediar palabra alguna, yo sabía lo que pensaba.
Que era un desperdicio encerrar esas joyas en un sepulcro para que se desabrillantaran con los restos óseos de Beatriz y se olvidaran para siempre entre los retales de su mortaja, cuando podían llevarlas mis futuras hijas o la mujer del niño que cargaba en mi vientre.
Pero a mí me parecía que el hecho de que esas piedras hubieran pasado de generación en generación entre los Lara hacía todavía más necesario que Beatriz las portara en su funeral.
Ellos la habían maldito. ¿Qué menos que entregarle un par de zafiros como compensación por el funesto porvenir al que la habían abocado?
Con el cadáver ya ataviado, se la introdujo en un ataúd de madera forrado de ricas telas, en el que reposaba sobre tres cojines de plumas.
Después se la trasladó al convento de las clarisas de Valdívar, del que se había convertido en benefactora desde que casara con don Pedro de Lara.
Allí le esperaba el sepulcro de fría piedra que siempre debió ocupar.
Al contrario que en su primer funeral, celebrado hacía dos años y medio, no hubo cortejo compuesto por deudos y vasallos que hicieran grandes lloros, se mesaran los cabellos y se arañaran la cara.
No acudieron plañideras, clérigos del más alto rango, familias nobiliarias de rancio abolengo ni miembros de la familia real en consideración al duque y su tragedia.
Tampoco hubo trompetas o bocinas que se hicieran eco del dolor y convocaran a las buenas gentes de Valdívar.
No hubo lienzos oscuros que decoraran la capilla ni blasones de los Aguilar y los Lara más allá de la tela con la que se había cubierto el ataúd de madera y que el sepulcro había devorado.
Nada fastuoso evidenciaba que una mujer de alta alcurnia estaba siendo inhumada.
Don Pedro había exigido que prescindiéramos de todo aquello, del mismo modo que yo había decidido cerrar las puertas de los aposentos de doña Beatriz, librándola así de los gritos y aullidos de las mujeres y de sus endechas y cánticos mortuorios.
Los hermanos Aguilar estuvieron de acuerdo.
Ninguno parecía querer perderse de nuevo entre los ritos fúnebres que ya habían vivido y estaban destinados a repetir.
Por tanto, vestidos de negro hiedra y enlutados hasta el calzado, nos limitamos a un llanto silencioso, a base de lágrimas saladas e hipidos de contención.
El espíritu de Beatriz, instalado a mi diestra, observó imperturbable, con un gesto adusto, el discurrir de la ceremonia y el oficio religioso que se dio en su honor.
Tras este, dotamos a las monjas de una generosa suma de dinero para que hicieran misas en su nombre y la tuvieran en sus plegarias.
Finalmente, dejamos el cuerpo de Beatriz con las buenas hermanas de la Orden de Santa Clara, quienes serían, a partir de entonces, su única compañía.
—He dispuesto ya mi equipaje —me susurró mi marido al oído—. Me marcho directamente a Vitoria.
—¿Tan pronto?
Aún no habíamos abandonado el convento y él, con los ojos enrojecidos por el duelo y la escasez de sueño, ya estaba pensando en ensillar el caballo y partir rumbo al norte, donde la corte todavía estaba asentada.
—Nuestro señor don Alfonso me pidió que regresara a Vitoria en cuanto doña Beatriz descansara en paz.
Aún estamos negociando con el rey francés, tenemos a las huestes en el vizcondado de Bearne y una amenaza de guerra pendiendo sobre nuestras cabezas, además de a don Sancho haciendo estúpidas exigencias…
—Se frotó el rostro, angustiado—. He de prestar mis servicios al rey, esposa mía.
Me preocupaban su cansancio, su languidez y su ánima atormentada.
Quería acercarlo a mí, abrazarlo y rodearlo con las piernas, como antaño, y sugerirle que se quedara conmigo en el lecho, allí donde yo pudiera mantenerlo a salvo, en esa pequeña y reflectante burbuja de amor.
Pero el tiempo de los arrumacos y la eterna felicidad se había esfumado, y don Pedro de Lara nunca le había negado nada a su señor don Alfonso, a quien servía con gran diligencia.
Así que me guardé los consejos de esposa y pregunté:
—¿No me lleváis con vos?
Ya sabía la respuesta.
—Os dejo aquí, a cargo del hogar y las tierras, liderando el ducado.
Me agarró de la barbilla y me obligó a alzar el rostro. Nuestras miradas se encontraron y él sembró un tierno beso en mi despejada frente.
—Regresaré a casa antes de que la criatura nazca, ya lo veréis.
—Posó una mano sobre mi oronda barriga y sonrió con esa boca ancha y esos labios sajados por la cicatriz—.
Solucionaremos esto con presteza. Mi hijo no verá una guerra y vos no tendréis que volver a despediros de mí.
Nos solazaremos en la tranquilidad del lar y la familia.
Asentí, consciente de que esa promesa era un acto de fe al que ambos nos acogíamos y al que la maldición poco o nada le importaría.
Estábamos marcados por el infortunio. Le di un beso en el reverso de la mano y lo dejé marchar, mientras yo me quedaba en el claustro del convento, rodeada de arcos y un patio ajardinado coloreado de tonos ocres.
El silencio que allí reinaba era inquietante, tan solo paliado por el zumbido de los moscardones que revoloteaban en torno al espectro de Beatriz.
La observé durante unos segundos, a la espera de que los contornos de su etéreo cuerpo se difuminaran y ella desapareciera, o de que sus pies levitaran y ella traspasara las nubes esponjosas y grises de ese día que había amanecido taciturno. Pero nada sucedió.
Había pensado que, quizá, después del hallazgo de su cadáver, del entierro y las pertinentes oraciones, su alma atormentada hallaría una pizca de paz y ascendería al reino de los cielos, pues bien ganado se lo tenía.
Sin embargo, Beatriz seguía ahí, atravesándome con esas dos pupilas azabaches que escondían miles de secretos.
¿Es que nunca podría entrar en la morada del descanso eterno?
¿Es que jamás podría desligarse de mí? ¿Habríamos de compartir una vida juntas hasta que me llegara la hora de fenecer?
Y entonces ¿qué? ¿Me recibiría a mí Dios o me quedaría con ella en el mundo de los vivos, en esa linde que es tierra de nadie, lugar de tránsito, algo peor que el infierno y el purgatorio?
—Se os ve muy cómoda en vuestro nuevo hogar.
La voz de don Juan de Aguilar me sobresaltó.
Estudié mi alrededor con inquietud. Había sido de lo más complicado lograr que mi esposo y los Aguilar consintieran en permanecer en un mismo lugar sin echar mano a las armas, y no quería que, de repente, don Pedro de Lara advirtiera el peligroso acercamiento que don Juan estaba llevando a cabo y la jornada culminara con otro muerto al que enterrar.
Miré hacia atrás y vi a doña Inés Pérez de Lara y una pequeña cohorte de sus doncellas y sirvientas conversando con las clarisas; Pía estaba entre ellas, admirando a las monjas.
Al fondo, en la capilla, divisé a don Enrique de Aguilar, quien aún no había reunido fuerzas para apartarse de la tumba de la difunta Beatriz.
—Decidme, ¿cómo se siente dormir en el lecho de mi hermana, vestirse con sus ropajes y usar sus fragancias? —La mordacidad con la que hablaba no dejaba dudas sobre sus ansias de conflicto.
—Ya os dije que lamento profundamente vuestra pérdida, mi señor.
—¿Lo lamentáis? —Soltó una carcajada preñada de desprecio—. La muerte de mi hermana os ha concedido un marido.
—Os equivocáis volcando vuestras frustraciones en mí. No he sido yo quien ha decidido llevarse a doña Beatriz, sino Dios. —Lancé una mirada al cielo gris de la mañana—. Dirigid las quejas al Altísimo, cuestionad sus designios.
—No creo que Dios quisiera arrancárnosla tan pronto y tampoco creo que haya sido Él quien lo haya hecho.
Sus insinuaciones no eran nada veladas. De todos era bien sabido que don Juan de Aguilar culpaba a mi marido de la desaparición y muerte de Beatriz.
Me habría quedado allí, en mitad del claustro, a explicarle que lo más probable es que su hermana hubiera salido a cabalgar por el bosque cuando la noche la sorprendió y ella se despistó.
Que, perdida, habría dado vueltas de un lado a otro, internándose cada vez más en las entrañas ignotas de la foresta, hiriéndose el rostro y las manos con los ramajes, en un intento desesperado de escapar y hallar el camino de regreso.
Que se habría rendido y habría buscado refugio en alguna cueva, cerca de donde la encontraron, y que allí, acurrucada, habría fallecido de hambre y frío hasta que las bestias la olieron y fueron a darse un festín con su carne. Mas hacerlo habría sido inútil.
Juan de Aguilar había transformado el ardor de la rabia en una emoción infinitamente más peligrosa, la gélida ira que te congela las vísceras y hace que todo lo que brote de la boca sean dardos envenenados.
Daba igual cuánto tratara de convencerlo de que mi esposo era inocente y que había amado y llorado a Beatriz con fervor.
En el fondo, para él era mucho más sencillo señalar a un hombre como causante de su desdicha que a Dios todopoderoso.
Al primero, podía golpearlo hasta aliviarse, odiarlo, hacerle rendir cuentas. Al segundo, no.
Apiadándome de él, me acerqué y tomé una de sus manos.
—Sé que el dolor habla por vos y que no hay nada que yo pueda decir o hacer para consolaros, mi señor don Juan de Aguilar. Pero, por si os reconforta, vuestra hermana fue una gran duquesa y una gran mujer, aún es querida en todo Valdívar y nadie la olvida.
Bufó y se apartó, rompiendo así el contacto entre nosotros.
—Permitidme que lo dude. Don Pedro ha tardado bien poco en sustituirla. Y ¿dónde está ahora? —Fingió buscarlo con la mirada—. ¿Es que acaso ha salido corriendo con su caballo a otra parte?
No podía reprocharle su enfado. Una vez más, el duque de Valdívar había antepuesto la política a sus deudos.
—¿Tenéis hermanas? —me preguntó, a pesar de que yo ya las había mencionado unos días antes, en nuestro primer y desafortunado encuentro.
—Dos.
—¿Hermanas de sangre?
—De la sangre de mi padre, lo que nos hace igualmente hermanas —espeté.
—Entonces deberíais comprenderme. ¿No irías vos a escupirle a la cara a la mujer que se ha quedado con la vida de vuestra amada hermana y que ni siquiera os ha dejado verla antes de encerrarla en un sepulcro para siempre?
—Yo no me he quedado con nada de Beatriz —gruñí, dando un paso hacia delante. Me negaba a que también me culpara del fallecimiento de su hermana.
Él resopló y se frotó la perfecta y recortada barba. La risa le brotaba de entre los dientes, siseante.
—Supongo que vivís más cómoda en la mentira y el engaño que ayudáis a perpetrar. ¿Ya ha comenzado don Pedro de Lara a dejaros en suspenso?
—¿Qué insinuáis?
La sonrisa macabra que se le dibujó en el rostro me despertó unos angustiosos nervios.
—No os dejéis vencer ahora por la cobardía, mi señor don Juan —arremetí, embridando la furia—. Si habéis osado venir hasta aquí para insultarnos a mí y a mi suegra y calumniar a mi marido, hacedlo a la cara y luego marchaos.
—Solo me preguntaba si el duque de Valdívar os está sometiendo al mismo tormento que a mi hermana.
Entonces empezó a rondarme cual predador, atento a mis reacciones por si alguna me delataba, mientras decía:
—Al rechazo. Al silencio. A la extrema obediencia. A la soledad. Al olvido. Al abandono.
Una avalancha de malos recuerdos me sepultó.
Don Pedro ocultando sus sentimientos. Don Pedro alejándome de la política de la corte, recluyéndome en el castillo de los Lara, abandonándome en Valdívar a merced de su madre y sus viles criadas.
Don Pedro furibundo a causa de los tapices, del limosnero, de las cartas enviadas a Francia.
Receloso de mi inteligencia, de mi influencia.
Amenazándome con volver a enclaustrarme entre cuatro paredes, acusándome de necia, de caprichosa, de consentida y vanidosa.
Prohibiéndome cabalgar. Levantándome la mano.
Agarrándome con fuerza del brazo. Empujándome al suelo.
—Mi esposo no es capaz de tales desplantes —mentí, con el orgullo herido y una de chispa de indignación prendiéndome en el pecho.
Don Juan de Aguilar rompió en una brutal carcajada que hizo que me estremeciera. En aquella batalla campal, librada con palabras astutas y cortantes, mi enemigo me había vencido. Solo me quedaba simular entereza.
—Os perdono las viles falacias que habéis vertido sobre todos nosotros, aunque no hayan sido precisamente baladíes. Cualquiera con el corazón despedazado se habría dejado llevar por los impulsos más decadentes.
Entonces fue él quien dio un paso al frente, restando la distancia que nos separaba. Alzó el dedo índice y me dijo:
—No digáis que no os lo he advertido, doña Mathilde. El diablo también fue un ángel antes de traicionar a Dios, el más hermoso de todos. Os estáis cuidando del equivocado.