33. Polvo eres y al polvo volverás #3
Rauda, acudí al ala este, con Pía y el espíritu errante de Beatriz pisándome los talones.
Detrás, iban mi suegra y Lucía, con las que había estado bordando sábanas para la cuna de mi criatura.
Al llegar, descubrí una escena que rayaba en la usual disputa de taberna de mala fama en la que se congregan los infelices a jugar a juegos de azar y ahogar sus desgracias en vino barato y senos generosos.
Don Juan de Aguilar se le echaba encima a una de las sirvientas, que, amedrentada, se cubría con los brazos mientras intentaba mantener intacta su negativa.
Otras mujeres la abrazaban y un par de criados se habían lanzado a contenerlo a él, no fuera que cumpliera con sus amenazas y realmente hiciera trizas a la doncella.
Cuando me vieron aparecer, don Juan se deshizo de los hombres que lo retenían, incluido su hermano mayor. Y, tras un par de aspavientos, se alisó los ropajes arrugados por la reyerta.
—Mi señora doña Mathilde, decidle a vuestra criada que se aparte o me la llevo por delante.
Los observé durante unos segundos en absoluto silencio y luego observé a las criadas, derrotadas. Las piernas les habían flaqueado y habían caído rendidas al suelo, hechas un amasijo de brazos, faldas, mandiles y lloros.
—Mi señora —gimoteaban, sonándose la nariz—. Lo lamentamos tantísimo, mi señora.
Podía entender el sufrimiento y la impotencia que debían sentir los Aguilar al encontrarse con las puertas cerradas y a su difunta hermana ahí dentro, lejos de su alcance, pero no podía perdonar que atacasen a las buenas gentes que estaban bajo mi servicio y mi protección.
Volví a clavar la mirada en ellos, coloqué las manos entrelazadas sobre mi abultado vientre y me armé de paciencia y fuerza.
—Mi señor don Juan de Aguilar, os pido expresamente que os templéis, moderéis vuestro lenguaje y evitéis las amenazas a mi servicio. Ese no es el comportamiento de un gran señor.
Don Enrique de Aguilar, el primogénito, dio un paso al frente y se disculpó por los pésimos modales de su hermano.
—Solo queremos ver a nuestra hermana, mi señora. Os ruego que nos dejéis entrar en los aposentos para así despedirnos de ella. Sé que vos, que sois una mujer decente y piadosa, entenderéis nuestro dolor —dijo con la mano en el pecho, signo de buena fe.
—Lo entiendo. Y siento vuestro dolor como si fuera mío.
—Pero no es vuestro —escupió don Juan con esa rabia feroz de la que un día me habló Sancho de Castilla.
Esbocé una cordial sonrisa y no dejé que su oprobio me desestabilizara.
—Por desgracia, no puedo permitiros el paso. Creedme, hemos hecho todo lo posible para dejar a doña Beatriz con un aspecto más…
Los miré a los ojos, idénticos a los de ella, grandes y negros por su linaje portugués.
Los de don Enrique se habían anegado y estaban a punto de desbordarse; los de don Juan eran ascuas al rojo vivo, lucían febriles, frenéticos, inyectados en sangre.
Aquello explicaba muy bien el carácter de ambos.
Mientras que uno había asimilado la pérdida y había optado por la aceptación y abrazado la mansedumbre frente a las adversidades a las que Dios nos somete, el otro todavía guerreaba en una lucha que hacía tiempo que estaba abocada al fracaso.
Fue entonces cuando reparé en lo mucho que se asemejaban los tres hermanos.
Era como coger a Beatriz y cortarle la cabellera hasta los hombros, pintarle barba con las cenizas del lar y enfundarla en ropajes masculinos.
Desvié la mirada unos segundos hacia su espíritu y pensé que le habría ido mucho mejor de haber nacido varón. No se habría casado con don Pedro de Lara y no habría quedado maldita para toda la eternidad. Me sacudí esos traicioneros pensamientos y proseguí:
—Hemos intentado dotarla de un mejor aspecto, pero ha sido imposible. Quedaos con la imagen que tenéis de ella, sonriente y exultante, atesoradla. Será mejor que la recordéis así, mis señores.
—Mi señora… —suplicó don Enrique, con el rostro congestionado.
No creo que nunca hubiera adoptado esa posición tan humillante ante nadie, salvando a nuestro señor don Alfonso y al infante don Sancho, del que eran profundamente partidarios.
—Os hago un favor —atajé—. Si yo fuera la que estuviera ahí dentro, os aseguro que querría que a mis hermanas también las detuvieran en la puerta y no las dejaran verme.
La negativa exaltó la cólera de don Juan, que, con los puños cerrados, exclamó:
—¡Maldita seáis, extranjera!
—Esto es una vergüenza… —murmuró doña Inés Pérez de Lara, que, posicionada a mis espaldas, oía el alboroto e imaginaba aquel deleznable teatrillo gracias a los comentarios de su fiel Lucía, que la agarraba de las manos.
Don Juan no dudó en arremeter contra ella.
—Y vos sois… ¡Sois una mala mujer, una asquerosa bruja! Y ya sabéis lo que reza el Éxodo: «A la hechicera no dejarás que viva». Arderéis en el infierno. Vuestra crueldad no conoce límites. Estáis podrida por dentro.
Mi suegra reculó, consciente de las terribles acusaciones que acababan de verterse contra ella. Y yo, enardecida, la cubrí con mi cuerpo para enfrentarme a él.
—¡Mi señor don Juan de Aguilar, esta es mi casa y os he permitido entrar por deferencia a vuestra hermana, que en paz descanse!
¡Y pese a la negativa de mi marido, que ha salido para no tener que cruzarse con vos y vuestro hermano!
Así que no os atreváis, ni por un segundo, a desestimar mi hospitalidad y agraviar a mi suegra.
Si no sabéis mostrar respeto, podéis iros por donde habéis venido.
Un esputo, cargado de desprecio, impactó en mis pies.
—Así tenéis que ser, que ni siquiera me dejáis lavar el cadáver de mi hermana con mis propias lágrimas.
Me acerqué a él, endureciendo las facciones y ocultando el terror que me había anidado en el estómago.
—Porque ya lo han lavado las de mi marido —siseé—. Pero si aún os quedan muchas por verter, paseaos por nuestras tierras y regadnos los campos.
Don Enrique agarró a su hermano por los hombros y lo empujó para que enfilara el pasillo y se distanciara de los aposentos personales de Beatriz. Con un gesto, los invité a abandonar el castillo y, al pasar por mi lado, don Juan de Aguilar me lanzó una mirada abrasadora y espetó:
—Tan mezquina como un Lara.
El insulto me atravesó el pecho.
—¡O peor! —me gritó a medida que don Enrique se lo llevaba—. ¡Sois peor! ¡Peor que un Lara! ¡Peor que esa vieja bruja de doña Inés Pérez de Lara!
Tuve que mirar al fantasma de Beatriz y cerciorarme de que había hecho lo correcto. Su semblante, pálido y mudo, parecía indicarme que sí a través de esa mueca de labios estirados que trataban de componer una sonrisa de agradecimiento.