La duquesa bastarda 33. Polvo eres y al polvo volverás #2
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33. Polvo eres y al polvo volverás #2

Ambas rechazamos el tierno ofrecimiento.

Doña Inés Pérez de Lara, porque, por mucho que abogara por su infinita piedad y el amor maternofilial, en realidad, se negaba a eludir sus deberes de duquesa y señora del hogar, aunque ni ese título ni esas cargas le pertenecían desde hacía mucho.

Yo, porque me sentía inmune ya a todo lo que estuviera ligado a Beatriz y su desdicha.

Estaba bien curtida. Llevaba tiempo conviviendo con su fantasma, que se había deteriorado a medida que habían transcurrido los meses, adoptando un aspecto demacrado que habría infundido pesadillas a cualquiera.

La había contemplado verter lágrimas efímeras y hervir de ira, pese a que su rostro se mantenía inalterable y solo sus ojos, de la negrura de un escarabajo, la traicionaban.

¿Era tan aterrador como decían las sirvientas? ¿Tan espeluznante y angustioso como para arrancarme el aliento de cuajo?

Desde luego que sí.

Al encontrarme a Beatriz sobre la cama, envidié la incapacidad de ver de mi suegra, a quien no se le grabaría en la memoria esa imagen desoladora. Comprendí la magnitud del llanto de mi marido y la necesidad apremiante con la que nos habían hecho regresar.

Beatriz era mitad carne y mitad huesos.

Yacía sobre la superficie mullida del colchón, encima de una exquisita ropa de cama hecha de la mejor seda y abrigada con mantas de grueso pelo.

Sus manos no reposaban sobre el regazo, como lo habrían hecho las de una gran dama, porque solo disponía de una extremidad, cuya carne se había ido desprendiendo para que los huesos níveos, que recordaban al crudo invierno, hicieran acto de presencia.

Las vestiduras las había desgarrado algún animal, que, famélico, había metido las fauces en el torso y había dejado únicamente la carcasa, igual que un pollo cocinado.

Por fortuna, la piel del rostro aún no se había pelado por completo; reseca y arrugada, exhibía un tono marrón oscuro similar al del cuero envejecido.

Aunque en la zona de los pómulos había empezado a desintegrarse, descubriendo así un tejido blando en descomposición.

Los cabellos, otrora abundantes y lustrosos, se le habían caído por mechones, así que se le vislumbraba la curvatura desnuda de la cabeza.

Los ojos, hundidos y encharcados, y la boca, de labios agrietados, aún preservaban un conato de su expresión de sufrimiento y miedo al exhalar el último aliento.

Su efigie era sobrecogedora, espeluznante.

Los trapos que cubrían su anatomía eran los resquicios de la vestimenta con la que se me aparecía su fantasma.

Todavía se apreciaban en ellos los hilos entorchados de plata y oro y unas cerdas que correspondían a las pieles de marta cibelina.

Sin embargo, faltaban los pendientes y el colgante de rubíes, lo que significaba que, o los hombres se los habían llevado como pago por sus buenos servicios, o se habían enredado en los colmillos de alguna de las alimañas que la habían vaciado.

Ese pensamiento me avivó las lágrimas que a duras penas lograba retener.

Cuantísima injusticia. Cuantísimo ensañamiento de la vida y la naturaleza contra una mujer buena y honrada.

¿Qué había hecho ella para merecer un final tan despiadado, inhumano y cruento?

Ningún pecado debía pagarse así de caro.

Aunque, si incluso el santísimo Job, hombre de gran rectitud y fe, fue puesto a prueba por Dios, ¿por qué no ella, que estaba casada con un Lara y maldita hasta el tuétano?

Me quedé mirando aquel cuerpo desvalido durante un rato, atrapada a la par que repugnada.

Y es que incluso fallecida, Beatriz desprendía un misticismo que habría convertido en creyentes a decenas de miles de infieles.

Si la expusieran en una urna de cristal y oro, habrían tenido sus huesos por reliquias.

Su fantasma se posicionó a mi diestra y contempló con un rictus pétreo la carcasa en la que había habitado durante años.

Desde que encontraran a Beatriz, el sabor dulzón me inundaba la boca, me rebosaba, nada de lo que ingería diezmaba ese regusto a miel derretida, y el sonido de abejas zumbando en torno a su espectro se había agudizado.

Hasta entonces no había reparado en que no eran abejas, como siempre había supuesto, sino esas molestas moscas que acuden al festín de la carne abandonada. De la suya.

De nuevo, me arrasaron las ganas de tomar de la mano y consolar a aquella alma en pena, como cuando don Sancho me poseyó por primera vez y vi la amargura del momento reflejada en sus ojos.

Quería decirle que yo la cuidaría, que yo procuraría que Dios le abriera las puertas del cielo, porque nadie más que ella se lo merecía.

Pero, en su lugar, guardé silencio. Para cuando alargué los dedos con un estudiado disimulo, volví a rozar el aire frío y viciado de los aposentos. Un nudo me constriñó la garganta.

—¿No está vestida? —La voz de doña Inés Pérez de Lara me trajo de vuelta a la difícil realidad.

Chasqueé la lengua, buscando unos segundos que me permitieran recomponerme.

—No, señora mía. Creo que porta el mismo atuendo del día en que desapareció.

Doña Inés hizo un sonido de desagrado y se masajeó el puente de la nariz. Estaba devastada.

—Dios bendito —murmuró, después de que Lucía, que se había quedado muda, le describiera lo que sus ojos no veían.

Cuadré los hombros, alcé el mentón y, fingiendo una seguridad más propia de doña Anne de Albret que mía, me giré para dar instrucciones a la servidumbre.

—Llamen a un físico, a una comadrona, a una plañidera o a quien sea menester, pero quiero a doña Beatriz de Aguilar aseada y cosida de arriba abajo. Pónganle uno de sus mejores ropajes y perfúmenla.

—Ya lo hemos hecho —rebatió una de las criadas.

—Pues lo hacen nuevamente, porque está cuajada de manchas de barro y arañazos. Me perfuman a la fallecida duquesa de Valdívar, que Dios nos la tenga en su gloria. —Me persigné—. Y me la engalanan con alhajas, así tenga yo que sacar las mías y cedérselas para que la entierren con ellas.

Mi suegra se había tapado la nariz con un pañuelo y escondía el rostro para evadir la pestilencia que exudaba el cadáver y que había impregnado cada rincón de la estancia, cada objeto que allí había.

Los ricos tapices de escenas de amor cortés, los contenedores de vidrio con perfumes en su interior, las arquetas de plata repujada y hasta a nosotras.

—Con este destrozo poco vamos a poder hacer… —se lamentó doña Inés—. Una pena. Si no la hubieran devorado esas bestias del bosque podríamos haberla adecentado adecuadamente.

Una arcada de Pía la interrumpió. La pobre estaba cetrina y se había aferrado a una bacinilla, con la intención de que su vómito no se extendiera sobre la alfombra y aromatizara todavía más aquel ambiente de fetidez casi ácida.

—Y eso que entra aire por las ventanas —comentó Lucía, que también había adquirido un tono macilento y trataba de contener las náuseas para así asistir a su señora.

Pero es que no había ser humano, más allá del doblegado por el sufrimiento de la pérdida, que pudiera estar encerrado entre esas cuatro paredes más de una hora.

—¿Cuándo se estima que lleguen los Aguilar? —pregunté una vez que salimos de aquellos tétricos aposentos.

—En unos días, mi señora —respondió otra criada.

—Bien. —Asentí, frotándome las manos con inquietud—. No les permitan la entrada a esta estancia.

—¿A los Aguilar? —preguntó, confundida.

—Ni a los Aguilar ni a nuestro señor don Pedro, mi marido, así se le raje la boca llorando.

—¡¿Pero qué decís?! —exclamó mi suegra con una mezcla de indignación y sorpresa—. No podéis prohibirle al señor de esta casa entrar donde le plazca.

—Digo que doña Beatriz merece descansar y el llanto de los vivos no le va a dejar hacerlo.

Permitamos que repose junto a Dios de una vez por todas, que esa mujer ya ha tenido suficiente.

Y si a alguien no le agrada esta orden que mana directamente de mí, señora de esta casa —insistí con firmeza en esas últimas palabras, dejando clara mi soberanía en aquel lugar—, que venga a hablar conmigo.

Ya sea don Enrique, don Juan de Aguilar o mi propio marido, estas puertas están cerradas.

Las criadas cabecearon, enmudecidas, y ni doña Inés Pérez de Lara ni su fervorosa Lucía osaron contradecirme.

Nadie más volvería a perturbar el cadáver de doña Beatriz mientras yo estuviera para evitarlo.

Aquello no fue un problema para mi esposo, que, aturdido por la desaparición y muerte que había de revivir, no volvió a asomarse a esa alcoba.

Tanto se camufló en el luto que durante unas noches omití los consejos de la partera y le hice un hueco en mi lecho para así tratar de aportarle un poco de sosiego.

Mas, al final, el insomnio, el terror y la aflicción lo llevaban a preguntarme, constantemente, si lo amaba y cuánto lo amaba.

Mi respuesta siempre era la misma: «Os amo.

Os amo muchísimo, con todo mi corazón». Entonces se postraba de rodillas y me hacía jurarle que jamás lo dejaría, que jamás lo abandonaría a su suerte.

Casi parecía que en cualquier momento diría: «Como Beatriz».

Pero nunca lo hizo. Aún no era capaz de pronunciar su nombre, se le enredaba en la lengua.

Para los Aguilar, que llegaron un par de jornadas después de nosotros, pues se habían trasladado desde el señorío de Monturque, en zona fronteriza, sí que supuso una gran decepción el veto que yo había implantado.

—¡Abrid la puerta u os juro por Dios que lo haré yo a patadas!

Los gritos de don Juan de Aguilar resonaban por todo el castillo.

Desde cualquier salón se oían esas voces atronadoras que clamaban por el cuerpo corrupto de doña Beatriz, así que no hizo falta que nadie viniera a avisarme, aunque, desde luego, lo hicieron.

La criada que estaba vigilante en la puerta de la alcoba había sido amenazada y un par de hombres del servicio habían tenido que salir en su auxilio.