La duquesa bastarda 33. Polvo eres y al polvo volverás
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33. Polvo eres y al polvo volverás

Polvo eres y al polvo volverás

A Beatriz la habían encontrado unos buenos hombres en las siniestras y recónditas entrañas del bosque de Valdívar.

Habían ido a recoger leña, antes de que el frío glacial del invierno se les echara encima y los sorprendiera sin troncos ni ramajes con los que encender el lar, cuando tropezaron con un hedor nauseabundo que les provocó arcadas.

Ni el olor de los frondosos árboles ni la humedad de las lluvias que habían removido la tierra y la habían convertido en pequeños lodazales logró eclipsar ese tufo a cadáver en descomposición.

Olfateando, siguieron el rastro como quien sigue las huellas de una fiera a la que abatir, y así dieron con ella.

La reconocieron de inmediato, pese a que los tres años habían mellado el cuerpo, dejándolo en unas condiciones que le habrían levantado el estómago a cualquiera.

A Beatriz le faltaba el brazo derecho, que alguna alimaña le había serrado con sus afilados dientes; los ropajes, antaño refulgentes por la urdimbre de oro y plata, no eran más que harapos, jirones de tela que se adherían a una piel que se desprendía poco a poco de los huesos calcáreos.

El perfume a agua de mayo había sido sustituido por el de sus propios efluvios y el de la hojarasca que la acunaba.

La salvaje naturaleza se había apiadado de ella y le había compuesto una mullida cama en la que reposar, hasta que la siguiente bestia llegara para rapiñar la carne deshilachada que aún quedaba.

La imagen resultaba lamentable y tétrica, pero las gentes del común son fuertes, recias, tienen un ánimo inquebrantable.

No se amilanan ni se dejan intimidar por la dureza de la muerte, pues batallan constantemente contra ella, le ganan la partida en su terreno, el más cruel: el de las enfermedades implacables, el de la demoledora hambruna.

Así pues, al ser un pequeño grupo de tres hombres, dos se quedaron custodiando el penoso cadáver y el otro, junto con su hijo de seis años, se dirigió hacia el castillo para dar noticia de lo ocurrido.

Aun en nuestra ausencia, el castillo de los Lara había quedado bien avenido.

El responsable de la hacienda se hizo cargo de la situación y mandó dos misivas urgentes: una a Vitoria, para su señor don Pedro; la otra para don Enrique de Aguilar, el hermano mayor de doña Beatriz.

El recibimiento de la nueva fue como si hubieran anunciado que las huestes francesas, lideradas por Felipe III, habían abandonado el vizcondado de Bearne y se disponían a marchar contra los reinos de Castilla y León.

El peso de aquella desgracia nos aplastó a todos, cimentando un ambiente fúnebre e irrespirable.

Mi marido ordenó que se recogieran nuestras pertenencias con la mayor presteza y que se ensillaran los caballos. Con el beneplácito de nuestro señor don Alfonso, retornamos a Valdívar. Durante el largo viaje, no cesó en sus reproches, que tenían como único objetivo martirizarse a sí mismo.

—Debí haberos mandado a Valdívar en cuanto culminaron los festejos de don Sancho —mascullaba—. Así ahora habría alguien de la familia, alguien más allá de sirvientes y criados, para cuidar a doña Beatriz —suspiraba, con la culpa royéndole por dentro.

Lo suyo era un lamento a perpetuidad. Quizá porque no había podido cumplir con lo prometido al padre de doña Beatriz de Aguilar, que salvaguardaría a su hija en vida, y en esos instantes, paladeaba otra vez la derrota, pues tampoco había podido salvaguardarla en la muerte.

Ahí, en las profundidades del bosque, había yacido durante años, al igual que una ofrenda olvidada por los peregrinos y el santo. Había vuelto a fallar.

Yo tampoco dejé de pensar en Beatriz durante aquel interminable camino.

En el carruaje viajamos su espectro, Pía, mi suegra, la ingrata de Lucía y yo, sumidas en un silencio sepulcral que denotaba que nuestras mentes estaban más allá de los parajes que vislumbrábamos a través de los ventanucos con cortinas.

Estaban en Valdívar, en el verdor de la foresta que había dado cobijo a Beatriz y en la tumba de piedra vacía que se había cerrado a cal y canto sin que nadie la habitara, solo para otorgar paz a una madre que había perdido la cordura y a un padre desesperado.

Me pregunté si la maldición de los Lara no habría también salpicado a los Aguilar debido al entronque familiar, si la tragedia de Beatriz no habría manchado para siempre el árbol de su linaje, que a partir de entonces habría de sufrir desconcertantes tormentos y un amor imposible que pasaría de generación en generación.

Para cuando llegamos a nuestro hogar, su cuerpo ajado ya había sido trasladado a la que fuera su alcoba, que se encontraba en el segundo piso del otro extremo del castillo, en el ala este.

Mi marido, que ni siquiera esperó a que las mujeres descendiéramos del carruaje, descabalgó en el patio de armas y se lanzó directo a los aposentos que tan bien conocía.

Hice el amago de seguirle, pero doña Inés Pérez de Lara me atrapó de la muñeca y me detuvo.

Se le habían cubierto los ojos de una capa neblinosa, similar a una mortaja blanquecina recién tejida.

—Dejadle. Concededle unas horas para que desahogue su dolor y se remiende el alma —me aconsejó—. Ahora mismo es como si, por malas artes, doña Beatriz nos hubiera sido devuelta solo para arrancárnosla de nuestro lado otra vez.

Asentí. Mi marido debía transitar por el sendero de la pérdida una vez más.

Debía subir ahí y comprobar que esa mujer que estaba tumbada en el lecho, que él había visitado cada noche, era su fallecida esposa.

Debía desprenderse de la incredulidad con la que Tomás increpó a Jesús tras su resurrección, para así no hundir el dedo en las llagas podridas y en los huecos que quedaban entre sus costillas.

—No creo que nuestro señor don Pedro tarde demasiado. —Lucía miraba hacia arriba, a las ventanas de los aposentos personales de doña Beatriz, que justo daban al patio. Arrugó la nariz—. El olor debe ser insoportable.

Pese a su ceguera, doña Inés también había vuelto el rostro hacia el ala este del castillo.

Durante un par de minutos, allí nos quedamos las cuatro, con los cuellos estirados y las barbillas elevadas al cielo, escudriñando en la distancia y observando la figura masculina que se dibujaba en la ventana y que distinguimos como don Pedro de Lara.

El espíritu errante seguía a mi lado, con las pupilas fijas en la misma dirección.

—Luego iremos nosotras y veremos en qué condiciones está —concluyó mi suegra.

No supe si se refería a su hijo o al cadáver de doña Beatriz de Aguilar.

Don Pedro se encerró en la alcoba durante horas y horas, a pesar del hedor repugnante que ninguna criada había logrado aplacar con ungüentos, cataplasmas e incensarios.

Lloró a doña Beatriz hasta que la noche se le echó encima, la garganta se le enrojeció, las cuerdas vocales se le lijaron y su voz empezó a brotar raspada y arenosa.

Se quedó sin lágrimas, y eso que él creía que ya había gastado todas las que pertenecían a Beatriz.

Pero no. El sufrimiento es un mar en el que desembocan infinitos cauces y cualquiera de ellos revienta.

No fue hasta el día siguiente que nosotras penetramos en la estancia, cuando mi marido se había retirado a descansar.

—Quizá sea mejor que os ahorremos este disgusto ahora que estáis encinta —dijo mi suegra ya en la puerta—. No es conveniente que os alteréis, eso podría afectar a mi pequeño Alonso. —Me tocó la barriga con una caricia maternal.

En las últimas semanas, doña Inés había iniciado un proceso de acoso y derribo.

Su intención era persuadirme de que la criatura se llamara Alonso, igual que su difunto marido, don Alonso González de Lara, duque de Valdívar.

Don Pedro estaba de acuerdo, para él era un honor que el niño llevara el nombre de su excelso progenitor.

Para mí, sin embargo, ese nombre estaba mancillado por las mentiras y el adulterio de mi suegro, por el niño nonato, por los cotilleos cortesanos que habían herido a doña Inés y por su pública humillación.

No llegaba a entender —y nunca lo haría— el motivo por el que ella quería rescatar la memoria de un esposo que la había sometido a tamaños desprecios.

Mas, para no crear desavenencias en el seno familiar, preferí dejar que pensaran que el niño se bautizaría así.

Cuando llegara el momento de dar a luz, entonces, y solo entonces, viéndole la carita, decidiría cómo llamarlo.

—La visión es espeluznante —nos previnieron las criadas antes de entrar.

Una de ellas agachó la cabeza y, mientras se santiguaba, musitó una muda plegaria.

—Las señoras pueden prescindir de este disgusto si así lo desean. Nosotras nos… —Le costaba hablar—. Nosotras nos encargaremos de doña Beatriz de Aguilar hasta que se le dé cristiana sepultura. No es menester que pasen por este tormento.

—De ningún modo —terció mi suegra—. ¿Cómo vamos a dejar a Beatriz ahí sola, sin compañía alguna, sin nadie que la vele?

—Nosotras nos turnaremos para velarla, mi señora.

Doña Inés parecía horrorizada ante aquella sugerencia.

—Definitivamente, no. Soy la madre que le queda en este mundo y como tal actuaré —sentenció.