La duquesa bastarda 32. La lucha de un ejército #2
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32. La lucha de un ejército #2

Esos ojos tristes y apagados me examinaban con la negra pena y el anhelo de la mujer que lo ha intentado hasta la saciedad y no ha concebido, que ha sido desechada por yerma, hueca e infértil.

Y yo me acariciaba la barriga, que ya sobresalía, y le prometía que ese niño sería nuestro.

De ambas. Que lo compartiríamos como habíamos compartido marido, título y hogar, lujuria, miedos, rezos, humillaciones, avasallamientos y maldición.

Esa horrible maldición que recaía sobre los Lara y que debía proseguir con mi descendencia, a quienes les traspasaría el infortunio del mismo modo que la posible bastardía encubierta, que la deshonra de mi madre, que era la mía y la suya.

—A veces siento el espíritu de Beatriz —dije en voz alta.

Era por la mañana, el cielo encapotado pronosticaba malos augurios y una ligera brisa que olía a llovizna atravesaba las ventanas y saeteras.

El verano apenas se había resistido a marchar y el calor se había ido replegando en favor del otoño, que importaba consigo ese tono azafrán que inundaba los paisajes hasta tornarlos una masa infinita similar al oro fundido.

Nos hallábamos en los aposentos personales de doña Violante, o más bien en los que le habían prestado allí en Vitoria.

Con el éxodo en el que vivíamos de continuo, una ya no sabía lo que era echar raíces en ningún lado.

—Descuidad, querida Mathilde. —La reina me dio unas palmaditas en el reverso de la mano—.

Todas las que hemos sido el segundo servicio de mesa hemos experimentado en nuestras carnes esa sensación.

Una nunca termina de escapar de la sombra de la primera esposa o de las mujeres que la precedieron en el lecho de su hombre.

—Al menos en eso he tenido suerte —suspiró doña Blanca, ensimismada en su bordado.

Doña Violante posó el suyo sobre su regazo, dando por concluida la labor.

—Fernando y vos os prometisteis desde bien jóvenes, hubiera sido difícil que se dejara ir por donde no le convenía.

—Mas no todo el que se promete con una buena dama acaba casándose con ella —apunté.

—Cierto es —ratificó la reina—. Pero mi hijo Fernando estaba hecho de un material muy distinto al de Sancho.

Asentí. No había tenido la oportunidad de conocer al infante de Castilla, pero su madre y su esposa me habían hablado tanto de él y de unos aspectos tan distintos a los relatados por don Pedro —nada relacionados con deberes y obligaciones, con honor, lealtad y servicios a la Corona— que me resultaba imposible no visualizarlo con cariño.

En su afán por alimentar su memoria, Blanca, que ya había olvidado hasta el timbre de su voz, me había confiado intimidades, como que don Fernando había sido apodado «de la Cerda» debido al lunar piloso con el que había nacido y que uno de sus hijos, el mayor, Alfonsito, lo había heredado en una de las pantorrillas.

El de este era una suerte de mancha parduzca que carecía de vellos.

—Fernando estaba hecho de la pureza y la nobleza de la santísima madera con la que se confeccionó la cruz de nuestro Señor.

—Doña Violante se persignó y una dulce sonrisa le agrietó los labios—.

Sancho, en cambio, está hecho del metal que se extrae de las profundidades de la tierra, el que se trata con fuego y con el que se forjan las hojas de las espadas. El que da la muerte.

A la princesa viuda se le anegaron los ojos de lágrimas. Solo se permitía llorar en la más estricta soledad, cuando nadie podía observarla y compadecerse de su aflicción perpetua.

—Mi bienamado Fernando… —Sonó estrangulada.

—Siempre tan derecho que no sucumbió a las perversiones de la carne. No como su hermano y su padre —musitó con aspereza la reina.

Al igual que yo, doña Violante, pese a su sangre real y su rancio abolengo, no había sido el primer plato que se había dispuesto frente al rey Alfonso en el banquete que eran la vida y la cama.

Antes de ella, con tan solo trece años, el monarca iba a matrimoniar con la princesa Blanca de Champaña, hija del rey de Navarra, Teobaldo I.

Sin embargo, los acuerdos no prosperaron.

Su padre, el rey Santo, buscó una nueva candidata y la elegida fue su cuñada Felipa de Ponthieu, hermana de su segunda esposa, Juana de Ponthieu.

Para ello, el papa Gregorio IX hubo de emitir una dispensa.

Por aquel entonces, don Alfonso estaba ya cerca de cumplir los dieciséis años, pero este enlace tampoco llegó a cuajar.

Con doña Violante no se prometió hasta 1240, cuando él tenía diecinueve años y ella cuatro. Mientras que la niña espigaba y maduraba como la fruta al sol en un inclemente día de primavera, don Alfonso no perdió el tiempo y se dedicó a probar los manjares que el sexo femenino le ofrecía.

Su simiente dio frutos en tres mujeres distintas.

Con María Alfonso de León, su tía, tuvo una niña a la que llamaron Berenguela.

Con Elvira Rodríguez de Villada, hija del noble leonés Rodrigo Fernández de Villada, engendró a Alfonso Fernández, al que conocían por el Niño.

Con Mayor Guillén de Guzmán, hija del ricohombre castellano Guillén Pérez de Guzmán, tuvo a Beatriz.

La relación con esta última no fue precisamente pasajera, y la reina Violante lo sabía.

Prueba de ello era que había dictaminado que Beatriz y cualquier otro hijo que concibiese con Mayor Guillén de Guzmán recibieran la villa de Elche con todos sus términos y pertenencias.

Aunque luego no hubo más bastardos, a la niña le había demostrado un afecto y devoción que no había prodigado a sus otros vástagos, incluso a los legítimos.

Es más, al cabo de cuatro años de casarse con doña Violante, don Alfonso concertó nupcias para su hija consentida con el monarca portugués Alfonso III.

Y desde entonces ahí estaba, ocupando el sitial de reina consorte en el reino vecino de Portugal.

—No creo que haya habido ni un solo año de mi matrimonio en el que mi señor esposo, don Alfonso, no haya caído en la tentación con otras —comentó la reina tras enumerar los muchos amoríos de su marido—.

Porque hay, al menos, dos bastardos más.

Una tal Urraca y un tal Martín, a los que seguro dejará bien avenidos cuando fallezca.

—Así son los hombres, señora mía… —rezongó Blanca de Francia—.

Dicen que las mujeres somos la sede de la lujuria, que estamos sometidas a los deseos y a los pecados más pasionales, y que no tenemos fuerza suficiente para embridar dichas emociones.

Y, sin embargo, ahí están ellos, que a cualquier mundaria a la que ven mover los senos se le tiran encima.

Doña Violante resopló.

—Son unos deshonestos.

—Unos embusteros —continuó la princesa viuda.

—Unos libidinosos.

—¡Y unos cínicos y desleales! —participó una de las damas de compañía de la reina, que se hallaba junto a las demás en la cámara contigua.

—¡Unas malas bestias! —gritó otra.

Nos reímos.

—Son hombres —acoté y todas las presentes asintieron.

—En fin, que si alguien sabe sobre batallar contra los espectros de las predecesoras, esa soy yo —me dijo doña Violante—. Y ya veis que, pese a que han sido muchas, continúo invicta, porque lo importante no es la que estuvo antes, sino la que está ahora. La que es legítima, la que es señora.

La reina miró hacia su interior y debió de encontrarse de frente con el pasado, porque los labios se le ensancharon y el brillo de la ilusión resplandeció en sus ojos durante unos efímeros segundos.

Ya no pensaba en el don Alfonso avejentado que gruñía ante sus consejos y opiniones, el que trataba de acallarla a base de golpes, el que no cumplía con su palabra escrita.

Pensaba en el joven que la había desposado.

El voraz y conquistador Alfonso, que se hacía con las doncellas y con las tierras de los moros.

—A mi esposo se lo recordaba mucho de recién casados —musitó—. Le decía: «De todas las mujeres que han pasado por vuestra vida, la que más os ha amado he sido yo». Y él se reía.

Doña Violante parpadeó un par de veces y despertó del letargo. Sus comisuras descendieron y la expresión volvió a adquirir ese aire taciturno que llevaba implantado con el luto desde hacía tiempo. Extendió el brazo y agarró mi mano con fortaleza y decisión.

—Así que, mi querida Mathilde, no os preocupéis demasiado por la fallecida doña Beatriz de Aguilar, que por muy hermosa y amada que fuera por todos, no pudo darle un hijo a don Pedro de Lara y aquí estáis vos, encinta y lustrosa. Es agradable ver que a una amiga le sonríe la buena fortuna.

No tuve ocasión de responder. Pía invadió la estancia sin apuro ni recato e interrumpió nuestra conversación, sobresaltando a las damas de compañía de la reina.

Entró casi al trote, jadeando, con las orillas de las faldas arremangadas y las mejillas arreboladas a causa del esfuerzo.

Mas, debajo de esos colores, subyacía una tonalidad cenicienta que tenía más que ver con el susto que con la urgencia con la que traía el mensaje.

No era un buen signo, aunque eso ya lo habían presagiado los nubarrones que habían acaparado el cielo matutino y descargado una fina lluvia por toda Vitoria.

—Mi señora —resolló. Medio doblada, se sujetaba el flanco izquierdo del torso—. Ha llegado un emisario directo desde Valdívar. Dice que han hallado el cuerpo de doña Beatriz de Aguilar.

Ahí estaba, como si la hubiéramos convocado, y eso que nunca se había ido, siempre había estado a mi lado, silente, curiosa. Beatriz.

Ya no haría falta que rastrilláramos nuevamente los cultivos y rebuscáramos entre la foresta, pues el mismísimo bosque, sabedor de que no le pertenecía, había escupido su cadáver corrupto y mordisqueado.

Al fin, la habían encontrado.