32. La lucha de un ejército
La lucha de un ejército
Más valían los reinos dentro de una misma dinastía y una paz aparente a que, por la codicia de la corona, unos y otros se mataran y las buenas gentes del pueblo sangraran.
Pero ni siquiera el magnífico ejemplo de su bienamado abuelo, a quien él tanto apreciaba y veneraba, hizo tambalear su voluntad.
Sancho rechazó el despiece de su herencia.
—¡Los reinos no son una res! —exclamó, airado—. ¡No voy a permitir que nadie los trinche y reparta las jugosas partes entre comensales que, dada su edad, aún están aprendiendo a masticar con esos colmillos falsos que todavía no han ni mudado!
Esas declaraciones terminaron de enardecer a los partidarios de los pequeños infantes, que renunciaron, de una vez por todas, a su señor don Alfonso y a Sancho, ese heredero engreído que llevaría a los reinos a la ruina.
Liderados por Juan Núñez de Lara y su hermano, Nuño González de Lara —señor de Estella—, pusieron rumbo al norte para prestar vasallaje al rey de Francia, quien los recibió de buen grado en Angulema y aceptó su lealtad y fidelidad.
A pesar de haber ganado adeptos a su causa y nuevos vasallos, Felipe III seguía preocupado por su hermana y sus sobrinos.
Doña Blanca no podía abandonar tierras castellanas y los niños peligraban, aunque estuviesen bien atendidos y protegidos por la esposa de Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín.
Las garras de Sancho eran alargadas y afiladas; muchos todavía lo culpaban del repentino fallecimiento de su hermano don Fernando y temían que, de dilatarse demasiado la crisis sucesoria, el infante prescindiera de la diplomacia y solventara el problema de forma más efectiva.
Por eso, Felipe III envió una nueva embajada con la esperanza de reanudar las conversaciones y frenar cualquier atentado por parte de don Sancho.
Mas sabiendo que las relaciones entre ambas Coronas ya se habían fracturado irremediablemente y que la situación se había tensado hasta lo indecible, desplazó su ejército hasta el vizcondado de Bearne.
La guerra llamaba a nuestras puertas.
Para entonces, la corte había quedado bastante más reducida.
Después de los homenajes en conmemoración del infante don Sancho y la resolución de las Cortes en Burgos, muchos nobles habían regresado a sus villas y señoríos.
Solo los oficiales que llevaban la Casa del Rey, amén de los consejeros y más allegados a don Alfonso, nos mantuvimos a su lado, acompañándole en su exhausta peregrinación hasta Vitoria.
El lugar designado para la reunión con la embajada francesa.
Las negociaciones se llevaron a cabo en un convento franciscano.
En nombre del rey don Alfonso habló su repostero mayor, don Enrique Pérez de Arana, y al rey de Francia lo representaron el conde de Artois, fray Arnulfo de Vicemala, fray Guillermo de Vilareto, prior de Saint-Giles, y el vizconde de Bearne.
Tal y como yo había sospechado, Gastón VII no había olvidado el desplante a su hija Guillerma de Moncada ni las injurias que Sancho había lanzado contra ella.
Así que ahí estaba, fingiendo arbitrar entre dos fuerzas imbatibles y al tiempo alojando en sus tierras a las huestes francesas, a las que estaba deseoso de unirse para entrar, valeroso, en el campo de batalla y cobrarse la cabeza de Sancho.
Octubre de 1276
La barriga creció en el transcurso del implacable verano, lenta e irremediablemente, y para octubre cumplí los cinco meses de gestación.
Mientras tanto, los sortilegios bajo mi lecho no cesaron.
Cualquier amuleto que atrajera la desgracia ahí estaba, en mis aposentos, esperándome cada noche.
En algún momento, dejé de creer que Lucía estuviera involucrada en ello, pues, aunque sus ansias de medrar eran enormes y el control al que sometía a mi suegra, indudable, el amor que María de Molina sentía por Sancho de Castilla era una razón más fuerte y poderosa para recurrir a las malas artes.
Por si acaso, ante la insistencia de Pía, doña Violante me consiguió un talismán: una piedra rubí engarzada, que pendía de una cinta de seda bermeja.
Con ello, la criatura quedaría guardada de toda calamidad hasta el parto.
Siguiendo las instrucciones de la reina y doña Blanca de Francia, fui retirándome paulatinamente de la vida de Sancho de Castilla.
Visité cada vez menos su alcoba hasta el punto en que, al encontrarnos en los pasillos, casi nos tratábamos cual extraños.
Lejos quedaron esa familiaridad con la que nos habíamos manejado el uno con el otro en privado, las conversaciones de medianoche, los asuntos políticos que desentrañaba para él y la información que recibía y atesoraba para luego juguetear con ella e intercambiarla por otra más jugosa. Y todo ello lo añoré.
Sancho me concedió el favor personal de nuestro distanciamiento, a pesar de que, al principio, no podía creer que yo tuviera miedo de María de Molina, una jovencita de doce años, habla refinada y mirada tímida.
Le dije entonces lo que me había comentado su madre doña Violante, con las mismas palabras exactas.
—Un hombre puede ser un mal hombre y puede hacernos mucho daño, pero ninguno es ni la mitad de malo que una mala mujer, porque donde vosotros usáis el puño, nosotras usamos los secretos, la estrategia y la inteligencia.
En ese preciso instante, Sancho lo supo: esa niña, que era su tía, estaba prendada de él.
Y eso le abría infinidad de posibilidades.
De repente podía pactar unas capitulaciones matrimoniales porque, incluso si el padre de esta rehusaba, María de Molina, empachada de un ferviente amor pueril, lucharía con arrojo contra su progenitor para así llegar al altar.
Y, habiendo muerto Inocencio V, todavía podía convencer al nuevo pontífice, Juan XXI, para que firmara una dispensa que les permitiera el casamiento.
Así que aceptó mi petición y, antes de que nuestros caminos se bifurcaran, sembró un último beso en mis labios, el más tierno y afectuoso que nunca antes me hubiera dado Sancho de Castilla, hijo mayor y heredero del rey.
—Doña Mathilde —me dijo, con la certeza absoluta de que ahí quedaba nuestra amistad, sepultada bajo capas y capas de mentiras y confesiones incólumes—.
Sabed que si en algún momento necesitáis de mí, ahora o en el mañana, solo tenéis que hacer lo que os recomendó vuestra humilde madre. Buscad, que a mí siempre me hallaréis.
Con la distancia mediando entre Sancho y yo, mis tribulaciones oscilaron hacia otros menesteres: la inminente guerra, que a todos nos tenía sometidos a un estado de agitación, y el alumbramiento.
Don Pedro calmaba mis ansiedades con respecto a lo primero.
Me recordaba que la guerra era asunto de hombres, que yo no había de empuñar armas, y recalcaba, una y otra vez, que mi lealtad era para con don Alfonso.
Todavía vigilaba cada uno de mis movimientos y registraba personalmente mi alcoba, no fuera que escondiera misivas que pudieran interferir en el curso de los acontecimientos.
No obstante, por mucho que se deshiciera en besos y arrumacos, no llegaba a entender el temor que me producía el rajarme entera para expulsar una criatura. Para él, esas ideas no eran más que naderías y necedades que me inundaban la mente.
—«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos» —recitaba lo que Dios anunció a Eva, con despreocupación, minimizando mis inquietudes a simples desvaríos.
Cuando veía que mi gesto se torcía en una mueca de desdén, expulsaba un bufido y terciaba:
—Es algo inherente en la naturaleza femenina.
Lo habréis visto más de una vez. En Nailloux teníais canes entrenados para la caza y supongo que alguna perra quedaría preñada y daría una buena camada.
Ya veis que hasta los animales saben hacerlo.
Las hembras se tiran al suelo y paren, y luego se levantan, se lavan y proceden a cazar para sus cachorros. Por Dios, esposa mía…
—Sí, pero yo no soy una perra que vaya a lamerse después y ponerse en pie —le recriminaba, irritada por aquella desafortunada comparación en la que insistía.
La tierra estaba fecundada de sangre fresca y huesos astillados de niños nonatos, vientres malogrados y madres que flaquearon en el último empujón y se quedaron con las criaturas atrancadas ahí para toda la eternidad.
Incomprendida, volqué mis cuitas en doña Blanca y doña Violante, quienes ya habían recorrido aquel sendero de sufrimiento en varias ocasiones.
La reina había engendrado a las princesas doña Berenguela, Beatriz, Leonor, Constanza, Isabel y Violante, y a los infantes don Fernando, Sancho, Pedro, Juan y Jaime.
Once vástagos, y solo tres de ellos enterrados: Leonor, Fernando de la Cerda y la pequeña Isabel, que no alcanzó ni el año de edad.
Pero no era únicamente esas horas de inmenso dolor lo que me aterraba ni el acecho de Lucía o las atenciones desmesuradas e innecesarias de mi suegra doña Inés, que me perseguía de acá para allá.
Tampoco el insomnio que padecería imaginando las desgracias que pudieran ocurrirle a mi hijo ni la incomodidad de una leche que no lo alimentaría, pues toda gran señora que se preciase debía contratar a una nodriza.
Era Beatriz.
Doña Beatriz de Aguilar, porque todo empezaba y terminaba con ella.
El alfa y la omega.
Yo había llenado el hueco que dejara en el corazón de don Pedro de Lara y había ocupado su puesto en el ducado de Valdívar, apropiándome de sus tapices ya olvidados, vistiendo sus ropajes nunca usados e impregnándome de esa fragancia a agua de mayo y podredumbre que exudaba su cadáver demacrado.
Me había revestido con su piel, había hecho de su muerte mi desvelo y de su espíritu mi fiel compañero.
Y entonces ¿qué?