31. Las hogueras que nos cercan #2
—¿Y si Inocencio V no os la concede?
—Lo hará.
—Quizá respalde las pretensiones al trono de los infantes de la Cerda y no quiera firmarla.
—Le pagaré para que lo haga.
—Dudo mucho que el santo pontífice se venda barato.
Una risa preñada de sarcasmo se le escurrió por la garganta. A cada requerimiento, Sancho tenía una respuesta.
—Todo el mundo tiene un precio, doña Mathilde, incluso aquellos que presumen de una conciencia limpia y una voluntad férrea, como vos y como yo.
—Pero no todo el mundo se sienta donde san Pedro —espeté, dolida por aquella saeta envenenada que me había lanzado sin reparo.
—Si es preciso, falsificaré esa maldita dispensa. ¿Cuánto nos durará Inocencio V? ¿Dos años, tres? ¿Seis si acaso, al igual que su predecesor, Gregorio X? —Resopló—. Quizá el próximo representante de Dios en la tierra no tenga tantos escrúpulos como este, o quizá sea favorable a mi causa.
Me quedé sin palabras. ¿Cómo explicarle que su fuerte temperamento y esa forma de reclamar el cuerpo y el alma de una mujer destrozarían a esa chiquilla que era María de Molina?
Tenía doce años y la inocencia se le pintaba en el rostro, del mismo modo que el enamoramiento refulgía en sus enormes ojos de cervatillo.
Sus padres no debían haberla prevenido sobre don Sancho, porque, desde su llegada a la corte, no hacía más que contemplarlo con las ensoñaciones amorosas de quien aún no ha descubierto que la vida está más llena de espinas que de pétalos de rosas y poemas a la luz de la luna.
Se había prendado de él, igual que otras muchas mozas de buena cuna; sin embargo, ninguna corría el peligro que corría ella.
En cuanto Sancho la reclamara, la haría trizas entre sus garras.
Y el ánimo se recompone, mas no la decepción de descubrir que el hombre al que amas se convierte en una bestia feroz todas las noches. Yo lo sabía muy bien.
—Aguardad un par de años. Ese es mi consejo, mi señor.
El vizconde de Bearne continúa molesto por vuestra afrenta a su hija, el sultán de Granada puede volver a presentar problemas, las relaciones con Francia están prácticamente rotas a causa de la herencia, en el reino de Navarra gobierna doña Blanca de Artois, prima de Felipe III, y me temo que una facción de la nobleza, la que apoya a vuestros sobrinos, está ansiosa por veros caer.
Sancho soltó una carcajada desdeñosa.
—Mi madre entre ellos. Y el linaje de los Lara, también.
Asentí, esmerándome por ser gentil.
—Si os casáis con María de Molina en los próximos meses, Francia entenderá vuestro movimiento como un intento de asentaros en el poder y lo usará de excusa para declararnos finalmente la guerra. Más de uno se le unirá, os lo aseguro.
—El reino de Aragón, con mi tío Pedro a la cabeza de las huestes, se alzará para defenderme.
—¿Estáis seguro, mi señor? —le pregunté, sembrando la duda en su interior—. La hermana de vuestra madre, doña Isabel, ha sido la primera esposa de Felipe III y le ha dado no uno, sino cuatro hijos varones. Uno de ellos, el próximo rey de Francia y futuro marido de la niña reina de Navarra, Juana.
—Mis deudos no me fallarán. Por mis venas discurre sangre aragonesa —gruñó.
—Por las de vuestros sobrinos también, no lo olvidéis. ¿Qué le saldrá más rentable al futuro rey de Aragón, don Pedro III?
El infante calló mientras evaluaba sus verdaderas posibilidades.
¿Podía fiar de sus parientes por línea materna, quienes contarían con aliados en Francia, pero también en Castilla y León, con independencia de quien fuera nombrado heredero?
En la corte estallaban luchas fratricidas con la misma presteza con la que se pactaban treguas y las fidelidades basculaban según los beneficios que unos u otros prometieran. ¿Qué podía prometer él?
—Aragón me respaldará —sentenció.
—Y Navarra a Francia —acoté.
—No podéis compararlos en fuerza.
—Y vos no debéis subestimarlos.
Sancho deambuló por la alcoba, repasando mis muchas sugerencias, y se removía el cabello a cada tanto. Finalmente, apoyó la espalda sobre uno de los postes de madera de su cama y, cruzado de brazos, dijo:
—Así que la paz depende de mí y, según vos, lo que debo hacer es tener paciencia y esperar para matrimoniar.
No podía evitar la guerra como tampoco podía evitar que Sancho de Castilla le hincara los dientes a María de Molina y la desangrara entre las sábanas níveas de su cama.
No obstante, sí podía retrasar la desgracia de esa niña y el conflicto que la codicia de los varones y la necesidad de las mujeres habíamos propiciado.
Me acerqué a él y le coloqué adecuadamente la camisa, que había oscilado hacia la derecha, provocando que los bordados de hilos de plata y oro le colgaran hacia el hombro.
—No —musité con ternura y le acaricié la mejilla—. Lo que debéis hacer es no alimentar las hogueras que ya arden a vuestro derredor, pues corréis peligro de que las llamas os cerquen y os acaben calcinando.
Una sonrisa de satisfacción inundó su faz.
—Habríais sido una buena reina, doña Mathilde. Veis más allá que muchos de mis hombres y leales consejeros.
—No todo es el intelecto, mi señor. Una buena reina ha de poseer más que esa humilde virtud.
—Entonces permitidme que os diga que… —Sus labios se transformaron en una mueca de aflicción—. Habéis sido una buena alcahueta y una buena servidora. Estoy en deuda con vos.
Negué.
—Solo he cumplido con mi deber. Auxilium et consilium . No tengo armas que asir para defender vuestros reinos, pero sí sagacidad que prestaros, si es que estáis dispuesto a escucharme.
Las manos de Sancho rodaron hasta mi fértil vientre.
Durante unos segundos aguardó silente, atento a cualquier indicio que delatara que la criatura lo reconocía por su aroma, su voz o su tacto, pese a la barrera que conformaban mi carne y mi piel.
Al no percibir nada, elevó la mirada y la fijó en mí.
—¿Podéis jurármelo por Dios, nuestro Señor?
Tuve que tragar saliva antes de efectuar un ligero asentimiento. Un sabor amargo se me instaló en la garganta y un extraño remordimiento me cayó cual piedras en el estómago.
Fue la última vez que Sancho de Castilla preguntó por el vástago que llevaba en mis entrañas.
A partir de entonces, todas las noches encontré un objeto bajo mi lecho.
El primero fue una piedra pequeña, de bordes lisos y tonalidad azabache.
Al principio pensé que había llegado allí por error, que alguna sirvienta la habría traído en su calzado o algún pajarillo en el pico.
Pero la aliaza, cuyo nombre significa «menguamiento del bien», se empleaba para que alguien fuera aborrecido y menospreciado, recibiera malas palabras, la tristeza se apoderase de su espíritu y al dormir lo visitasen sueños espantosos.
Lo siguiente que hallé fue una piedrecilla fría, áspera y liviana, de un color pardo salpicado de gotas bermejas.
Decíase que, al acercarla a las carnes, uno amanecía con terribles llagas y males.
A continuación, una conocida como nacarat, que se sacaba de minas peligrosas donde apenas había agua y moraban animales ponzoñosos.
Era resplandeciente, de un amarillo anaranjado que recordaba al azafrán, y prometía la animadversión de los varones.
Luego descubrí un jaspe, que, cuando Saturno decae y se posiciona frente a Marte, trunca las relaciones de pareja y hace que el hombre malquiera a su esposa.
Después un ceminez, que en caldeo quiere decir «llorador», ya que el que lo porta sufre de profunda melancolía y no cesa en el llanto hasta que languidece y perece.
También una piedra que no distinguí, pero que convocaba a bestias y alimañas salvajes para que provocaran gran daño a quien la llevara consigo.
El despliegue de guijarros continuó durante semanas, y lo que atribuí a despistados pajaritos empezó a inquietarme, pues ya no lucía una mera casualidad.
Ninguna estaba bajo mi jergón por equivocación.
Tenían una clara finalidad, solo que en esos instantes ni Pía ni yo lo sabíamos.
De repente, una suerte de ritual apareció bajo mi cama.
Se trataba de una piedra que descansaba sobre una alfombra de hojarasca; su color rojo sanguino sobresalía aún más debido al verde grisáceo que la acunaba.
Estaba amarrada con una fina soga a unas hebras rubias y el hedor a tierra fresca que despedía impregnaba toda la estancia.
Pía se asomó y, al observar lo que allí había, su faz se tornó de la blancura de una vela consumida.
Lívida y con un tartamudeo que evidenciaba un pavor que no había experimentado ni cuando anuncié que el espíritu de doña Beatriz de Aguilar se me había manifestado, dijo:
—Mi señora. Esto no es cosa buena. —Se persignó—. Es un sortilegio. Estoy segura de que es un maleficio que busca dañaros a vos o a la criatura. ¡Puede que a ambos!
Estaba en lo cierto. La maldición de los Lara no era lo único que se cernía sobre mí.
Las hojas de ese verde gris desvaído eran, sin duda alguna, de tejo, un árbol inmutable, inmortal, que, según las malas lenguas, había pactado con el mismísimo diablo para así crecer en zonas donde otros jamás habrían podido echar raíces y prosperar.
Era tan tóxico que su madera se utilizaba para fabricar arcos y flechas, y su mera presencia invocaba a la muerte.
A la piedra central se la conocía como «piedra de la sangre» y en posesión de una fémina resultaba letal.
La que la llevara consigo no solo padecería el malquerer de un hombre, sino también todo el dolor que este pudiera ocasionarle, incluida la más vil y perversa de las muertes.
Los hilos de oro que habían sido amarrados a ella eran mis guedejas, sacadas de la almohada en la que dormía, de las vestiduras que usaba o del peine con el que me cepillaba la melena mi fiel doncella.
Tal y como Pía había predicho, alguien deseaba herirnos a mí y al niño que portaba en el vientre. Pero ¿quién habría de pecar de tantísima mezquindad? ¿Quién habría de estar tan podrido en su interior y albergar tamaña maldad?
El nombre se conformó en mi mente con celeridad.
Lucía.
La impía criada había buscado mi caída en desgracia desde que yo pisara por primera vez Valdívar.
Había envenenado a doña Inés Pérez de Lara para que expulsara a mi séquito de doncellas y a mi intérprete, arrancándome la voz, y me había convertido en la sombra de un espectro tras haber desvalijado mi arcón, violado mi privacidad y destruido mis camisas amarillas.
Con el beneplácito de la servidumbre, me había engañado para que colocara en mis aposentos el tapiz que mi esposo había encargado a Beatriz por sus nupcias y me había instado a llevar su limosnero en el banquete en honor a Sancho.
Todo ello me había procurado una buena cantidad de disputas con don Pedro, erosionando así nuestro matrimonio.
Por si no fuera suficiente, había presumido de que su querida prima se encargaría de amamantar a mi pequeño, con esa sonrisa triunfal que daban ganas de borrársela de un fuerte bofetón.
Su vileza sobrepasaba cualquier límite, su astucia también.
No era de extrañar que fuera ella quien, habiéndose percatado de que sus triquiñuelas habían sido inútiles, hubiera recurrido a las artes oscuras y a la magia de las piedras para concluir con su tarea, que no era otra que volverme loca.
O, quizá, deshacerse de mí, porque esa piedra sanguina me auguraba la muerte a manos de mi marido.
Puede que el repentino fallecimiento de doña Beatriz de Aguilar, la ausencia de una esposa y la avanzada edad de doña Inés Pérez de Lara le hubieran permitido pasearse por el castillo como si se tratara de la auténtica señora de Valdívar, y, por eso, yo le sobraba.
Sin mí, podría seguir manipulando a doña Inés y ocupando un puesto que no le pertenecía.
Sin embargo, al compartir mis sospechas con Blanca de Francia y la reina Violante, ambas se miraron y, con recelo y un entendimiento que pocos alcanzábamos a atisbar, pronunciaron: «María de Molina».
Ambas creían que era ella la que se cebaba conmigo mediante brujería.
—Detrás de esa máscara de pura inocencia, hay más, mucho más —dijo la princesa viuda—. Y ahora apenas está asomando.
—No os dejéis engañar por su belleza y juventud —me apercibió doña Violante—.
A veces, las que parecen no haber cometido una falta en su vida son las peores.
Sí, esas que revolotean las pestañas, agachan la mirada con pudor y se sonrojan ante la más mínima palabra.
Esas. Esas llevan la perfidia dentro, solo que no la muestran con facilidad, porque son demasiado listas y saben cómo confundirnos a las demás.
—De esas es de las que hay que cuidarse. Asestan la puñalada cuando una menos se la espera.
Doña Violante asintió.
—Todas hemos conocido a una María de Molina y todas hemos tenido una. Hay que librarse pronto de ellas, porque son una mala plaga, peores que las langostas.
—Será temible cuando crezca —comentó Blanca—, ya veréis. No me la quiero ni imaginar si realmente llega a casar con don Sancho y no haya quien ponga coto a su poder.
—Dios nos da lo que merecemos —conminó doña Violante, con semblante pétreo—. Y mi hijo y María de Molina se merecen mutuamente.
La chiquilla estaba enamorada hasta el tuétano de Sancho.
Lo seguía con ojos febriles de acá para allá, recorriendo cada rincón en el que este se encontrase, y parecía evidente que, en su frenético intento de llamar su atención, había advertido el interés del infante por mí.
Quizá, creyendo que el sentimiento podía tornarse mutuo, y a pesar de mi embarazo, había optado por las únicas armas que estaban a su disposición.
En vez de generar un caos cortesano que desmintiera nuestra relación, la dejara en ridículo y le granjeara la animadversión de don Sancho, trataba de apartarme de él mediante hechicería.
Probablemente, solo quisiera asustarme y no provocarme mal alguno.
Pero, en cualquier caso, yo, como una necia, había estado apiadándome de ella por su tierna edad y la remembranza de mi hermana Léonie, la había salvaguardado en silencio retrasando su casamiento con el infante y dotándola de años de experiencia, sosiego y libertad, y, a cambio, lo que recibía era una magia conjurada que propiciaba la lejanía de Sancho y mi devastadora muerte.