La duquesa bastarda 31. Las hogueras que nos cercan
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31. Las hogueras que nos cercan

Las hogueras que nos cercan

Don Pedro no tardó en anunciar la buena nueva, que corrió con la celeridad de un exquisito rumor.

Por lo visto, una noticia halagüeña era todo lo que la corte necesitaba para respirar durante unos días y no sucumbir a la tristeza y el pánico que se habían apoderado del monasterio de las Huelgas debido a los últimos acontecimientos.

Así pues, me vi envuelta en un cortejo de felicitaciones propiciadas por el rey don Alfonso y la reina Violante.

Las grandes señoras me asediaron día y noche para toquetearme la barriga a fin de sentir algún movimiento prenatal, contarme sus experiencias —todas pesadillescas en cuanto al alumbramiento— y colmarme de atenciones y consejos.

Que si debía untarme aceite de alfolva para las marcas y cicatrices que dejaba el embarazo, que si la infusión de flores de sauco menguaba las manchas del rostro, que si la mezcla de miel y hiel era buena para las inflamaciones y la comida grasosa recomendable para nutrir a la criatura.

Los monarcas juraron hacernos un gran regalo con motivo del nacimiento de nuestro primogénito.

Blanca de Francia, en cambio, no se dignó a esperar.

Me obsequió con un anillo de oro que cabía perfectamente en el dedo de un niño de cinco años.

Había sido confeccionado en Francia y me lo entregaba con la esperanza de que mi hijo nunca olvidara que, por mucho que habitara en Castilla, siempre tendría un hogar si se decidía a cruzar los Pirineos.

Pero ninguno de aquellos gestos de regocijo se comparó con la reacción de mi suegra.

—Sabía que estabais encinta —dijo doña Inés, con los ojos resplandecientes como la plata pulida y la dicha brotándole de los labios—. ¿Verdad que os lo dije, Lucía?

—Así es, mi señora.

—Ya percibía yo algo extraño, me parecía que presentabais algo distinto, como si os hubierais bañado en una fragancia dulzona que me recordara a la leche que nos sube a los pechos para amamantar a nuestros niños.

—Chasqueó los dedos—. ¡Eso es, hija mía!

Debe ser la leche, que vuestros senos ya empiezan a hincharse.

Sin poder contener la emoción, me echó las manos encima para comprobar por sí misma la implacable labor de la naturaleza, una labor que aún no se había iniciado, pues mis pechos seguían cual higos maduros y mi vientre no daba signos de abrigar una nueva vida.

No obstante, nada de eso disipó su entusiasmo.

—Buscaremos una buena nodriza, la mejor para mi hija y mi bienamado nieto, el heredero de Valdívar.

Lucía carraspeó.

—Una de mis primas acaba de traer al mundo al quinto de su progenie, mi señora —comentó con pretendida inocencia—.

Si gustáis, puedo hablar con ella para que la conozcáis.

Ha criado con su leche a todos sus hijos y al de alguna que otra vecina que tenía problemas para alimentar a los propios.

Los varones han crecido sanos, fuertes y robustos, y las féminas delicadas y mansas como yeguas.

Doña Inés Pérez de Lara, que estaba más exultante que su hijo, si es que eso era posible, quedó encantada con la sugerencia.

—En cuanto regresemos a Valdívar, hacedla llamar. Conviene comenzar ya con los preparativos para la llegada de mi pequeño. Mencía, vos y yo bordaremos la ropa de cama —me dijo y, acto seguido, dio una jubilosa palmada—. ¡Oh, en buena hora Dios mío nos agasaja con tamaño regalo!

Como tenía por costumbre, empezó a divagar sobre todo lo que habríamos de organizar y, en unos segundos, convirtió el nacimiento de mi primogénito en unos opulentos festejos celebrados en Valdívar, con danzas, música y un banquete especial, cuya comida sobrante sería repartida entre el común.

Por aquello de la dadivosidad. Doña Inés fantaseó con la misma ilusión con la que había imaginado mis nupcias con don Pedro de Lara —cuajadas de pompa y boato—, a pesar de que habían acabado siendo eclipsadas por el fallecimiento del infante don Fernando, la guerra contra los benimerines y las tensiones políticas con Francia, para así no producirse jamás.

Y entretanto ella auguraba una deliciosa infancia para su nieto, Lucía ostentaba una sonrisa ladina que la afeaba aún más.

Consideraba una victoria que su señora le hubiera prometido el puesto de nodriza a su prima, y en su mirada se leía: «Siempre os he tenido en la palma de mi mano y ahora tengo también a vuestro hijo».

Me negué a rehuirla. Hacía ya mucho que no temía a esa criada con ansias de medrar.

La preñez me había provocado náuseas y mareos, pero también me había dotado de una seguridad que no solía abanderar.

Lucía no metería a su pariente de nodriza mientras yo fuera duquesa de Valdívar y ninguna de ellas se acercaría a mi vástago en tanto yo estuviera allí para evitarlo.

Si para ello debía arrancarle a mi suegra el poder de sus esqueléticos dedos, hacerme con el gobierno de la casa y expulsar a Lucía de mis dominios, lo haría.

Por Dios que lo haría.

Mi influencia sobre Sancho cambió a partir de ese momento, mas no disminuyó.

Ya no podía yacer con él, del mismo modo que no podía yacer con mi esposo; cualquier práctica carnal me había sido prohibida por la comadrona.

Tampoco podía dormir acompañada, pues existía el riesgo de que me dieran un golpe en el vientre, un codazo o una mala patada.

Además, el descanso era esencial y, dado que a medida que transcurrieran los meses perdería somnolencia y ganaría incomodidad, debía aprovechar para dormir todo lo que pudiese.

Al final, lo más importante era velar por el niño que crecía en mis entrañas.

Con tanto y tan poco, el infante no prescindió de mis servicios. Mantuvimos la tradición de reunirnos cada dos noches en su alcoba personal y, sentados a la mesa con una jarra de vino y algo de pan blanco y queso, conversábamos sobre política y otras tantas cuestiones.

—¿Es mía la criatura?

Sancho no mostró indicio alguno de preocupación al preguntar aquello.

Se encontraba arrellanado en la silla de cadera, vestido con una camisa margomada y una copa en la mano.

El calor empezaba temprano en los reinos de Castilla y León, así que unas gotas de sudor templado le recorrían las sienes, haciendo refulgir su piel.

—Por supuesto que no, señor mío —mentí con descaro, abrazándome la plana barriga de dos lunas.

—¿Estáis segura?

Arqueó una ceja y las pupilas se le llenaron de lascivia. Me había acostumbrado tanto a ese mirar descarado que ya no le surtía efecto alguno.

—Tanto como la loba que olisquea el aire y sabe justo dónde se hallan sus cachorros.

Él rio.

—No os pondré, pues, en duda. Pero, decidme, ahora que este divertimento se me ha acabado, ¿a qué mujer he de escoger?

—¿Para calentaros el lecho o para portar la corona de vuestra excelsa madre?

—Lo segundo, por supuesto. Porque hacer lo primero sin matrimonio de por medio y luego premiarla con reinos a su servicio no sería de justicia. Estaría incentivando comportamientos despreciables, nada dignos de una reina. Y yo quiero una gran reina, ya lo sabéis.

Quien fuera la elegida jamás podría rivalizar con doña Violante, toda alcurnia y bondad.

—Ya tenéis una favorita —le recordé—. ¿Para qué queréis mi opinión?

—Mi madre parece que ha renunciado a mí en todos los sentidos y se abstiene de participar en este asunto.

Mi padre, a veces, no es hombre cabal; de hecho, me prometió con Guillerma de Moncada, lo cual lo demuestra.

Y si fuera por don Lope Díaz de Haro, me casaría con cualquiera de sus parientes.

—Lanzó un bufido—. Vos sois la única persona dispuesta a brindarme consejo con suma honestidad, sin pedir nada a cambio. Así que os necesito.

Me habría sido más sencillo volver a tumbarme en el jergón y dejarme poseer que tomar esa decisión, pues, aunque hasta ese momento le había auxiliado en la tarea de desestimar posibles esposas y había sugerido alguna, siempre me había cuidado de no colocar a una mujer en el centro de su diana.

Dar un nombre significaría observarle impasible mientras abatía y ensartaba a una joven presa. Un espectáculo grotesco.

Exhalé un hondo suspiro, me puse en pie y caminé descalza hasta la ventana, buscando así airear mis pensamientos.

Desde allí sentía la ligera brisa rozarme con sus dedos invisibles la piel, colarse por entre la abertura del escote de la camisa, desatada por los cordones, y hacer volar mis guedejas trigueñas, divididas en dos gruesas trenzas.

—No sé si soy la más adecuada, mi señor —dije con la vista clavada en el paisaje oscuro y salvaje que ofrecía la noche.

—Lo sois.

Sancho se había colocado detrás de mí y había posado las manos sobre mis hombros. Su hálito embriagador me acariciaba el lóbulo de la oreja, erizándome el vello de la nuca.

—Decidme, ¿a qué noble dama he de escoger? —me susurró.

Era inútil. Dios, o quizá el mismo infante, ya había concluido quién sería la fémina que cargaría con la fortuna de portar la corona y la desdicha de compartir el lecho con Sancho de Castilla. Lo único que yo podía hacer era tratar de concederle un tiempo de gracia.

—Sé que a los hombres os place la juventud, pero mi recomendación es que os alejéis de María de Molina.

Habiendo descendido con lentitud por mis brazos, Sancho me agarró y me giró para que lo observara directamente a los ojos.

—¿Por qué?

En realidad, el infante no deseaba una sugerencia sobre política matrimonial, sino una vergonzosa confesión de amor que a mí me coloreara las mejillas y a él le inflamara el pecho de orgullo.

Quería que reconociera estar enamorada de él y llevar a su hijo en mi vientre.

¿Para qué? Quién sabe. Pero para entonces yo ya había decidido que, con sangre real o no, ese niño sería un Lara.

—Porque aún es demasiado pequeña —tercié—. María de Molina no debe de haber ni sangrado.

—Esperaré a que su cuerpo madure.

—Sois parientes en segundo grado, podrían excomulgaros a ambos.

—Pediré una dispensa papal.