30. Sangre o bendición #2
Durante una semana, don Alfonso y sus consejeros debatieron con los franceses este asunto a puerta cerrada.
La información que obtuvimos fue a pellizcos, como un niño travieso que se cuela en las cocinas del castillo y mendiga unos trocitos de pan.
Felipe III alegaba que su hermana, doña Blanca, había casado con el infante Fernando de la Cerda con una condición: que, tras el fallecimiento de este, sus hijos heredaran.
Según él, así se había estipulado y firmado en las capitulaciones matrimoniales, acordadas por el obispo de Cádiz y el portero mayor imperial, y negarse a ello suponía la violación del pacto.
Don Alfonso proclamaba que eso era una vil mentira, una falacia inventada por el rey Capeto para mancillar su honor.
Juraba y perjuraba que él jamás habría aceptado semejante desfachatez.
Sin embargo, algunos tuvieron a bien recordarle que lo había hecho al promulgar el Libro de las leyes , que favorecía a sus nietos en detrimento de su hijo y que podía concederle la corona hasta a una fémina.
Debatieron entonces sobre la minoría de edad de los niños, de la posible regencia de doña Blanca, del apoyo masivo que había obtenido Sancho con la victoria frente a los benimerines, de sus muy buenos servicios para con los reinos y de modificar la edad de acceso al gobierno para facilitarle la entronización.
Y en alguno de esos siete días, quizá rozando la desesperación o tratando de evitar un conflicto bélico con Francia, don Alfonso propició un acercamiento de posturas.
Sugirió que los hijos de Blanca y Fernando de la Cerda obtuvieran el reino de Jaén como feudo.
Desafortunadamente, aquello no gustó a don Sancho, que, preso de la ira, golpeó la mesa y exclamó que los reinos jamás se dividirían, menos aún cuando le pertenecían solo a él. Por derecho. Por natura.
Los embajadores, que habían recibido órdenes estrictas de no aceptar tierras en calidad de limosna, le comentaron a don Alfonso que su señor estaba dispuesto a luchar por sus sobrinos y que con lo único que se contentaría sería con que le cedieran Castilla o León.
Mas Sancho ya había sido claro. Se opondría a la escisión de los reinos y lo haría con un ejército, si era menester.
Con tantos orgullos heridos y propuestas de guerra sobre la mesa, fue imposible llegar a un acuerdo que beneficiara a ambas partes.
Don Alfonso rehusó dejar salir de Castilla a doña Blanca de Francia y sus vástagos, y así como arribaron, los franceses se fueron.
Y nosotras volvimos a quedar desamparadas.
—Habéis sido vos. Lo sabía —me acusó don Pedro, que agitaba la carta de mi hermana Aurore.
De haber sido todavía invierno, me habría amenazado con quemarla en la chimenea de la alcoba. El fuego habría devorado el papel y la tinta hasta convertirlos en cenizas imposibles de distinguir de la leña carbonizada y las ascuas.
—Os la han traído las embajadas, ¿no es cierto? —Apretó aún más las hojas, arrugándolas entre sus enormes manos—. ¡¿No es cierto?!
Don Pedro de Lara me observaba hirviendo de ira, con la mandíbula apretada y la cicatriz tirante, hundida.
Daba la impresión de que la recortada barba quedaba fragmentada por una zanja profunda que delineaba su verdadero rostro del de un demonio disfrazado con una máscara violenta.
Me perdí en la inmensidad de esos ojos de mar embravecido y me pregunté cuánto más podría seguir con aquello, hilvanando mentira tras mentira hasta tejer un tapiz de embustes.
Cuadré los hombros y emití un largo suspiro.
—Es cierto.
—¿Qué estáis haciendo, Mathilde? ¿A qué estáis jugando? —gruñó acercándose a mí—. ¿Acaso no os advertí de que os mantuvierais alejada de la política?
—Esto no es política.
Me estiré para arrebatarle la carta, que todavía sostenía en la mano derecha, pero, al captar mis intenciones, elevó el brazo y la mantuvo fuera de mi alcance.
Las palabras de Aurore no podían incriminarnos, en su misiva no había más que noticias sobre mis deudos, banales para todos pero valiosas para mí.
Pese a ello, podrían haberla usado como una prueba condenatoria porque, en el fondo, su propia existencia lo era.
Así que no me la devolvería. La guardaría en algún lugar seguro, en el fondo de uno de sus arcones o en algún compartimento de su escribanía, hasta que pudiera destruirla.
—No me toméis por estúpido.
—Dios me libre de hacer algo así, esposo mío.
—No. Dios nos libre de que el rey don Alfonso o el infante don Sancho se enteren de que habéis estado enviando cartas a Francia y utilizando a vuestra hermana para pasar información a Felipe III.
Se pinzó el puente de la nariz y paseó por la estancia un par de veces, sofocado, bufando a cada rato y mascullando maldiciones.
—¿Sabéis lo que estáis a punto de desatar?
Una guerra. Cualquiera lo habría adivinado. La corte había empezado a ensombrecerse, a rezumar el hedor a pánico que precede a las contiendas y los habitantes se mostraban agitados, tensos. Todo el mundo correteaba de aquí para allá como abejas alteradas por el humo de una fogata.
—Conmigo o sin mí, mi señor Felipe habría intervenido —espeté—. ¿Quién dejaría a su hermana y a sus sobrinos a merced de un hombre que les niega sus derechos?
—¡¿Mi señor Felipe?! —entonó divertido y se echó a reír.
Sus hermosas facciones se deformaron a causa de las estridentes y socarronas carcajadas y yo apreté los puños para contener la ira, clavándome las uñas en la blanda carne de la palma de las manos.
—Felipe III ya no es vuestro señor, así que olvidaos de él y olvidaos de Francia. Ahora pertenecéis a Castilla, a Valdívar, y debéis obediencia a don Alfonso, que es vuestro rey, y a mí.
Sancho tenía razón. Mi marido no me había alejado de los asuntos de gobierno porque creyera que una mujer no debía ocuparse de ellos, sino porque temía mi astucia, la firmeza de mis opiniones y mi posible influencia en la política de los reinos.
No importaba que él estuviera a favor de los infantes de la Cerda, tampoco que no le gustase la posibilidad de que Sancho fuera designado heredero.
Lo que importaba era que, mientras que él se sentaba al lado del rey don Alfonso y optaba por una cobarde neutralidad, yo había demostrado que, incluso con menos recursos y conocimiento, podía cambiar el rumbo de Castilla.
—Os ataré en corto, Mathilde Leblond —me amenazó—, lo juro por Dios y por la Virgen. A partir de hoy no habrá en vuestros aposentos privados papeles, pergaminos, cálamo o tinta. La comunicación con el exterior os está vetada.
—Escribiré entonces con zumo de limón o las grises cenizas del lar.
Don Pedro dio un paso más y siseó:
—Entonces haré que limpien vuestra chimenea y prohibiré que la enciendan. Ya os arrepentiréis cuando llegue el crudo invierno y solo tengáis cobijas para combatir el frío.
Me estremecí de solo imaginarlo.
—Y no os preocupéis, que también me llevaré los candiles, no vaya a ser que halléis un modo de usarlos, y los carboncillos esos con los que os alcoholan los ojos. No habrá nada con lo que podáis mandar mensajes.
Debí haber guardado silencio, haber aceptado que mi incursión en la política había sido un grave error, y no solo porque mis actos, aunque legítimos, pudieran conducirnos a una guerra en la que mi marido habría de luchar y, Dios no lo quisiera, morir, sino porque estaba encinta de una criatura cuyo padre desconocía.
Así que debí haberme callado, haber agachado la cabeza y haberme disculpado con mi esposo.
Debí haberle prometido que jamás actuaría nuevamente contra su voluntad y que acataría sus deseos, como una buena mujer, pero no lo hice.
El embarazo me despertaba unas emociones desbordantes, y en esos instantes había una rabia gigantesca burbujeando en mi interior.
Una que en pocas ocasiones había experimentado.
—¿Y vos desde cuándo hurgáis entre mis bienes?
—Desde que os habéis vuelto una necia y una desobediente, una mujer consentida que de todo se encapricha y que en todo se entromete. Sois una vergüenza para vuestro padre y para vuestro marido.
Fue lo peor que don Pedro me había dicho nunca.
—¡Vergüenza me da a mí el rey! —grazné, con la voz a punto de romperse—.
Que es incapaz de cumplir con lo que dicta y que encima no trata a su esposa con la dignidad que merece, pues la golpea y la magulla.
¡Y vergüenza me dais vos! ¡Vos y todos los demás hombres, que veis día a día cómo vuestra reina y señora se marchita y lo consentís impunemente!
Las lágrimas ya me arrasaban.
Don Pedro terminó de estrujar la carta de mi hermana, la cual lanzó a algún recodo de la estancia, y alzó la mano para descargar un golpe en mi mejilla.
Incluso con la vista acuosa la vislumbré.
Beatriz. Se encontraba detrás de mi marido y en su faz, teñida por la penumbra, se apreciaba una cólera visceral, rojiza, encarnizada.
Una cólera que traspasaba lo humano y se acercaba a lo divino.
Una cólera bíblica, similar a la de Dios al descubrir los desmanes que acontecían en Sodoma y Gomorra.
Beatriz de Aguilar me insufló arrojo. Ella también había estado ahí, en mi mismo lugar, padeciendo las afrentas, los vilipendios y las coacciones de don Pedro de Lara.
Decidí que no me amilanaría. Por ella. Por mí.
Me mantendría imperturbable. Alcé el mentón en un gesto de osadía y lo miré a los ojos, incandescentes como el fuego griego.
Parecía que lo desafiaba a que me golpeara. Sin embargo, el bofetón nunca llegó.
En su lugar, me agarró con fuerza del brazo y, de un tirón, me acercó a él, haciéndome trastabillar.
No había distancia entre nosotros. Podía notar el bombeo acelerado de su corazón, el sudor que le cubría las sienes, la saliva que se le había acomodado en las comisuras.
Nuestras narices se rozaban y su cálido y dulce aliento me acariciaba los labios entreabiertos.
—¿Os creéis que por ser sus fieles consejeros podemos tomar partido en los asuntos de alcoba? Es el rey, y entre marido y mujer solo Dios puede intervenir.
—Un buen hombre protegería a su reina.
—Pues este hombre, al que vos, por lo visto, consideráis malvado y ruin, os devuelve a casa.
Él siempre diría que le dolió más pronunciar aquello que empujarme directa al suelo.
Pero lo cierto es que hizo ambas cosas y yo me precipité de mala manera.
Me dañé el codo, que impactó contra la dura y fría piedra, me torcí una muñeca al intentar frenar la caída y me golpeé la cadera, en la que acusé un terrible resquemor que hizo que me mareara.
Durante un par de segundos, un intenso pitido me perforó los tímpanos.
—Avisad a Pía para que recoja todas vuestras pertenencias, os marcháis mañana a Valdívar. Mi madre y su séquito os acompañarán.
—No. No. —Fue lo único que logré articular, todavía demasiado aletargada por el dolor y el susto.
—Mathilde…
—No, no —repetí.
No podía regresar a Valdívar, a ese castillo desangelado en el que moraban el luto, los fantasmas, las mentiras y los agravios que aún me pesaban.
Allí donde mi suegra ejercía su mandato y sus sirvientas me miraban por encima del hombro, donde la implacable Lucía urdía mi desgracia y las esquinas olían a heces y al perfume de clavelinas de doña Inés Pérez de Lara.
No podía volver a vestirme con los ropajes de Beatriz y a presentar mi rostro limpio.
No podía prescindir de mi identidad, de mi lengua, de mi voz.
—Si queréis deshaceros de mí, tendréis que hacerlo vos mismo. Tendréis que llevarme hasta allí y encerrarme.
—Maldito sea el día en que fui a buscaros a ese condenado lugar.
Don Pedro se abalanzó sobre mí con la mano en alto y yo me cubrí con el brazo.
—¡Estoy embarazada! ¡Estoy embarazada! —aullé, encogida sobre mí misma.
Mi marido se detuvo en el acto. Ni siquiera había llegado a tocarme.
—¿Qué habéis dicho?
Su semblante, otrora congestionado por la vesania, se suavizó.
De repente, hincó las rodillas en el suelo y se echó a llorar.
Gateó hasta mí para resguardarme con su robusto cuerpo y me abrazó.
Me besó el cabello rubio y enredado, la frente, la boca, los párpados, la nariz, y clamó por mi perdón.
Me susurró «esposa mía», «amada mía», «vida mía».
Y yo lo acogí en mi pecho, lo calmé mientras contemplaba al espíritu de Beatriz y él se deshacía en lágrimas y balbuceaba cuantísimo me amaba.
Entonces lo supe. Esa criatura sería mi salvación.
Nuestra salvación.
Sería la cura de aquel matrimonio corrompido.