30. Sangre o bendición
Sangre o bendición
—No habéis sangrado, mi señora. —Pía fue la primera en percatarse de que las sábanas y la camisa de noche estaban completamente límpidas.
En un ataque de histeria que hacía mucho que no padecía, me abalancé sobre la cama y revolví toda la ropa que la vestía.
Errática, y con la firme certeza de que aún no había transcurrido el tiempo suficiente o que había sido un simple error de cálculo, lancé almohadones, sábanas, cojines y mantas, que quedaron desperdigados por la estancia.
Busqué y busqué, con la negativa en los labios y el miedo enroscado en mis órganos, pero no encontré esa mancha rojiza y parduzca que anuncia la sangre de cada luna llena.
Pía estaba en lo cierto, ya hacía semanas que había pasado la luna llena.
Apesadumbrada, me senté en el jergón desnudo y me cubrí el rostro con las manos.
Traté de convocar las lágrimas que me ardían en los ojos, mas, por algún extraño motivo, no logré que cayeran y me limpiaran de aquel terrible pecado.
Todo lo que salía de mi cuerpo eran jadeos, profundas respiraciones que no terminaban de llenarme los pulmones de aire. Sentía que me ahogaba.
—Estoy encinta —bisbiseé.
Nunca había imaginado que recibiría así la buena nueva. Se suponía que la llegada del primogénito se celebraba con regocijo y alborozo; sin embargo, la perspectiva de un embarazo me provocaba de todo menos alegría.
—Aún es pronto para afirmarlo, mi señora. Mientras tanto, guardaremos el secreto.
Asentí, todavía cabizbaja, intentando calmar los latidos de mi corazón y la ansiedad que me invadía.
—No le contaremos nuestras sospechas a doña Blanca de Francia y a la reina doña Violante. Y, desde luego, no se lo diremos a nuestro señor don Pedro hasta que os haya revisado un físico —prosiguió Pía.
Otra cosa más que ocultar a mi marido. La política. Los encuentros clandestinos con don Sancho. Mi connivencia con la reina y la princesa viuda. Y esto. Un niño en camino que podía ser de la estirpe de los Lara o no. Solo Dios lo sabía.
Eso acrecentó aún más mis ganas de llorar. ¿Qué era preferible? ¿Que lo fuera y estuviera abocado a portar la maldición de los Lara, a no hallar el amor, a vivir con la miseria de un casamiento funesto? O ¿que no lo fuera y su destino se entremezclara con el de la realeza?
Eso último corrompería mi matrimonio con don Pedro y lo reduciría a ruinas.
No habría nada que pudiéramos levantar sobre los escombros del adulterio, porque el amor no es tan fuerte como para erigir sobre cimientos ya demolidos.
Sin su afecto, sin su devoción, sin su mirada cerúlea, no me quedaría nada.
Absolutamente nada. Mis amistades en la corte también me darían la espalda, y no por la deshonra de un bastardo, que de esos siempre hay muchos en unas u otras familias de excelso linaje.
No. Es que ya no podría seguir luchando por y para Francia, por y para los infantes de la Cerda, pues hacerlo implicaría ir contra el porvenir de mi propio vástago, y una madre nunca haría algo así.
Por encima de los reinos y la lealtad a una dinastía, está un hijo, y si Sancho se asentaba en el trono y su futura esposa no le daba descendencia, a la Corona de Castilla todavía le quedaría un posible heredero: él. El niño que ambos habíamos concebido.
No habría sido algo insólito. Ya se habían dado situaciones en las que grandes reyes casaron hasta cuatro o cinco veces con la esperanza de engendrar un sucesor.
Todo en vano, pues al obtener solo féminas o hijos varones que se malograban en el vientre de la madre o fallecían al poco de nacer, se vieron en la necesidad de designar heredero al único varón que tenían, aunque este fuera ilegítimo.
De ser así, habría de procurar que Sancho de Castilla llegase al poder, costara lo que costase y a riesgo de que los reinos sucumbieran a una codicia desordenada y a un mal gobierno que más tarde mi hijo pudiera enmendar.
—No quiero que utilicen a este niño contra vos. Y lo harán, sé que lo harán.
Al elevar el rostro, vi el cariño y la fidelidad reflejadas en las facciones de Pía. Se había arrodillado frente a mí y me miraba con preocupación.
—Quizá podamos hallar la forma de mantener nuestra alianza —dije, a sabiendas de que no era posible.
—No, mi señora. Una alianza se da entre iguales, y una reina y una princesa no son iguales a una…
—Bastarda —espeté.
La palabra brotó de mi boca como si fuera una espina de pescado que debía vomitar.
De nuevo, sentía que la condición de ser ilegítima me relegaba a una posición de inferioridad y me convertía en una paria a la que nadie debía acercarse o tocar.
El azoramiento que me embargaba de pequeña al reconocer lo que era, una indeseable, había regresado.
Sin embargo, no dolía ni la mitad que saber que era un peso con el que cargaría mi hijo.
—Iba a decir una duquesa —señaló Pía, con más gentileza que reproche.
—Así que voy a condenar a mi hijo a portar la mácula de la bastardía. —Una risa silenciosa se me escapó por las fosas nasales—. Y yo que pensaba que la vergüenza de mi madre terminaba conmigo…
Las manos de Pía atraparon las mías.
—No es una vergüenza recibir el fruto de un amor.
—Pero es que yo no amo a Sancho de Castilla —gimoteé.
A pesar de que lo que sentía por el infante estaba muy lejos del amor, cuando no estábamos en el lecho, se asemejaba bastante al afecto que habría de profesarse a un muy buen amigo.
De hecho, puede que él fuera el único hombre al que considerar como tal.
Sancho me escuchaba. Me atendía y me entendía.
Se reía con mis ocurrencias. Me instaba a opinar sobre temas más complejos que el bordado.
No me subestimaba por ser una fémina; al contrario, seguía algunos de mis consejos y otros, los ignoraba.
Desde que el rey don Alfonso le apremiara con el matrimonio, me había adjudicado el cargo de alcahueta.
Cada noche, me hablaba de una u otra doncella casadera y yo, sentada a su lado en el jergón, analizaba sus virtudes y defectos según mi conocimiento y los rumores que circulaban por la corte, desechando candidatas o dándoles mi beneplácito.
—Mi señor don Pedro ha seguido visitando vuestra alcoba con asiduidad, puede que la criatura sea suya —arguyó Pía.
—Pero ¿y si no lo es?
—Pues si no lo es, habéis servido bien a vuestras señoras doña Blanca y doña Violante, y tampoco hay vergüenza en eso. —Me dio un ligero apretón—. Aunque este sea el precio que habéis de pagar.
Agradecí que no me recordara que ya me lo había advertido, que la ley estaba en mi contra, que mi esposo era de celos ardientes y que la naturaleza era sabia. Una semilla plantada en tierra fértil siempre germina.
—Dios escoge nuestros caminos y a nosotros solo nos queda andarlos con fe y dignidad —sentenció—. Y, mi señora, una situación difícil no significa una vida difícil.
El aroma a podredumbre y agua de mayo me provocaron náuseas. Miré al espectro de Beatriz, de tez cenicienta y mueca grotesca; sus heridas sanguinolentas se hacían más profundas, casi parecían los tajos de una espada. Un miedo atroz me golpeó y, finalmente, una lágrima me resbaló por la mejilla.
—¿Creéis que me azotará públicamente, que me enviará a un monasterio de dueñas en cuanto alumbre y me apartará de mi criatura? ¿O me matará? —pregunté, rilando de terror.
—No, no, mi señora. —Pía me sostuvo el rostro y me enjugó las lágrimas con sus pulgares—.
El duque no os matará. Pediremos a Dios que este niño nazca con los ojos más azules que el manto de la Virgen y Él hará que sea un Lara.
Será un Lara incluso si hereda unos rasgos que no nos resulten familiares, nosotras nos ocuparemos de ello.
Pero el llanto ya me había desbordado y yo me había lanzado a los brazos de Pía, anhelando que ella solucionara mis cuitas. Los estertores me hacían temblar y emitir unos sonidos de ahogo que copaban toda la estancia.
—¿Lo comprendéis, mi señora? —me dijo mientras me acariciaba el cabello y me chistaba. Se le había roto la voz, hasta entonces firme—. ¿Lo comprendéis? Para mi señor don Pedro, este hijo será su hijo. De aquí a que nos entierren.
A nuestro lado, Beatriz de Aguilar nos contemplaba con expresión lánguida y la mano posada sobre su vientre vacío.
Ella, yerma.
Yo, adúltera.
La maldición arreciaba con fiereza sobre don Pedro de Lara. Lo despojaba de sus dos amores, de sus dos esposas.
Mediados de junio de 1276
Supimos que las misivas secretas habían llegado al rey Felipe cuando una embajada francesa se instaló en la corte.
Podríamos haber pensado que era mera casualidad, que el monarca la había enviado previendo que algo oscuro se cernía sobre los reinos de Castilla y León, pero los hombres destinados a parlamentar con don Alfonso traían consigo una carta de mi querida hermana Aurore, lo cual no nos dejó duda alguna.
Nuestros reclamos habían sido escuchados.
Juan de Brienne, quien encabezaba a los embajadores, omitió nuestra intervención.
Anunció que habían venido para tratar la sucesión al trono, un tema que a Felipe III le preocupaba en demasía, en especial porque le constaba que el infante Sancho se hacía llamar hijo mayor y heredero del rey don Alfonso.
Y eso colocaba a su hermana y a sus sobrinos en una delicada situación, una que no le agradaba en absoluto.