La duquesa bastarda 29. Penitenciagite #2
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29. Penitenciagite #2

Después de nuestros encuentros, me deshacía de la camisa bañada en sudor y Pía me lavaba de arriba abajo.

El resto de la noche la pasaba rezando, rogando clemencia a Dios e implorando perdón por mis viles pecados.

Pía permanecía a mi lado de mientras, fiel creyente de que sus oraciones se unirían a las mías.

Ambas suponíamos que la fijación de Sancho por mí se extinguiría más pronto que tarde.

Al fin y al cabo, los deseos de los hombres son efímeros y los caprichos de un infante, volubles.

Pero cuando el rey don Alfonso volvió a ordenar el traslado de la corte —esta vez de Toledo a Burgos—, reparamos en que habíamos pisado tres lugares diferentes y la hambruna de Sancho no había mermado un ápice.

Incluso instalados en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, se dejaba vencer por la lascivia.

Afortunadamente, las continuas discusiones sobre la política de los reinos, previas y posteriores al encamamiento, me permitieron obtener gotas de información hasta casi llenar un balde.

Principios de mayo de 1276

Hacía una centuria que el rey Alfonso VIII de Castilla y su esposa, doña Leonor de Inglaterra, de la dinastía de los Plantagenet, habían fundado aquel monasterio en Burgos, que pertenecía a la santa Orden del Císter y se acogía a las reglas benedictinas con estricta devoción.

Desde el inicio había estado regentado por mujeres piadosas, las primeras llegadas desde el monasterio de Santa María de la Caridad, en Navarra.

Y desde el inicio había sido concebido para salvaguardar los cuerpos de los miembros reales de la Corona de Castilla, por lo que no eran pocos los que allí descansaban.

El infante don Fernando de la Cerda reposaba junto a sus predecesores, enterrado en un ataúd de madera con ricas telas de oro y engullido por un hermosísimo sepulcro que le otorgaba en la muerte toda la dignidad que había recibido en vida.

Hecha en piedra, la sepultura había sido adornada con medallones cuartelados de las armas de Castilla y de León, todo coloreado de gules, oro y azur, incluida la techumbre a dos aguas.

En el espacio restante que dejaban las heráldicas, se observaba el escudo del reino de Aragón, conmemorando así su ascendencia materna.

Donde los muertos, reinaba un silencio espectral que daba reparo romper y se respiraba una paz envidiable de no ser por el ambiente manchado del sufrimiento de la pérdida.

Por eso, cuando nos reuníamos en torno al difunto infante, las mujeres hablábamos en un murmullo.

Algunos habrían dicho que era por respeto, otros, por la intriga cortesana que entretejíamos con nuestros dedos huesudos, tan acostumbrados a aguja e hilo.

—Sancho pretende persuadir a nuestro señor don Alfonso de que modifique el Libro de las leyes y la edad mínima para gobernar descienda de veinte a diecisiete años —susurré.

Blanca de Francia soltó una carcajada preñada de cinismo que resonó en el eco de las paredes desnudas.

—¿Acaso no es consciente de que eso también redunda en favor de mis hijos?

—Si el rey muriera en este mismo instante, Sancho accedería al gobierno sin necesidad de regencia alguna —comentó doña Violante—. No me necesitaría, y me temo que los reinos lo aprobarían de buen grado y la Corona de Aragón lo apoyaría.

—Pero si el rey muriera dentro de doce años, mi hijo, el hijo de don Fernando, también podría hacerse con el trono. ¿Qué argumentos utilizarían entonces en su contra?

—La tradición —respondí—, como vienen haciendo hasta ahora.

—¡Al diablo con la tradición! —gruñó la francesa, mancillando la sacralidad del monasterio y el reposo de reyes, reinas y príncipes.

No nos miramos. Nos quedamos allí con la quietud propia de una estatua pétrea, las manos entrelazadas en los regazos y la vista anclada en el sepulcro del infante don Fernando.

Todas engalanadas de negro, lucíamos plañideras a excepción de Beatriz, que paseaba por entre los huesos de los monarcas con una familiaridad que me erizaba el vello de la nuca.

Doña Violante hizo un sonidito de desgrado con la lengua.

—Seamos honestas y realistas, mi querida Blanca, los niños son muy pequeños todavía y mi marido, don Alfonso, ya no está en sus mejores tiempos.

Hay más probabilidades de que fallezca antes de que cumplan la edad pertinente que de que lo haga cuando uno de ellos pueda hacerse cargo del gobierno. Es un hecho.

—Y si no, don Sancho el Bravo, hijo mayor y heredero del rey don Alfonso, se ocupará de ello.

A la reina y a mí no nos pasó desapercibida la insinuación.

Sin embargo, después de aquellas semanas de entrega carnal y conversaciones políticas con el infante, yo ya no lo veía de la misma manera.

La crueldad con la que me habían dibujado su retrato había ido perdiendo color, los matices se habían degradado, empezaba a haber más luces que sombras.

Estaba segura de que Sancho de Castilla no había cometido fratricidio.

—¿Qué opináis vos, hermana mía? —me preguntó de repente Blanca de Francia.

—Sancho presume de que las Cortes han sido profundamente satisfactorias —dije.

La princesa viuda emitió un suspiro y se restregó el rostro, presa de la frustración.

—Malditos sean todos esos felones que juraron fidelidad a mi marido y ahora escupen sobre su tumba.

A finales de abril, don Alfonso había convocado Cortes en Burgos para discutir el tema de la sucesión al trono, de ahí que nos hubiéramos trasladado y asentado en el monasterio de las Huelgas.

Nuevamente, la nobleza y los concejos se habían pronunciado a favor del infante aludiendo a su capacidad resolutiva frente a los benimerines.

Casi podía decirse que expulsar a los infieles nos había condenado al mandato de don Sancho.

Lo cual nos colocaba en una desagradable situación.

Burgos era cabeza de Castilla. Allí había sido armado caballero el rey Santo y había contraído nupcias con Beatriz de Suabia, había sido jurado don Alfonso como heredero de su padre, había nacido la princesa doña Beatriz, se habían celebrado los esponsales del infante Fernando de la Cerda y Blanca de Francia, y había tomado los hábitos la princesa Constanza.

Lo que Burgos jurase en sus Cortes, lo haría el resto de los reinos, villas y aldeas.

—Creo que Sancho busca derribar los últimos reductos de apoyo a los infantes de la Cerda, y con la modificación del Libro de las leyes nos deja un poco más aisladas y con menos argumentos con los que batallar —expuse.

Todavía no les había confesado que don Sancho ansiaba el respaldo de su bienamada madre.

En realidad, había decidido no hacerlo. Era plenamente consciente de que la reina Violante no mudaría su opinión, pues vislumbraba la futura y más que posible degradación de su hijo como monarca y trataba de salvarlo a él y a los reinos de un aciago destino.

—¿Podéis convencer a vuestro marido de que no toque ni una sola ley de ese libro? —le preguntó Blanca a su suegra.

Doña Violante se recogió las mangas de las vestiduras para mostrarnos los últimos excesos de ira del rey.

Tenía los brazos cuajados de golpes que oscilaban de un morado intenso a un verdoso amarillento.

Blanca de Francia abrió los ojos en un gesto más de terror que de asombro.

A mí me costó retener las lágrimas, que pugnaban por brotar de mis ojos.

—Decídmelo vos, mi querida Blanca. ¿Creéis que puedo?

—Señaló uno de los verdugones—. Esto es del otro día, de cuando le amenacé con retornar a Aragón junto a mi padre, el rey Jaime, en caso de que designara heredero a Sancho.

Por supuesto, se rio y luego montó en cólera.

Sabía que era una burda farsa, que mi honorable progenitor no me dejaría regresar y, mucho menos, me daría cobijo de mi propio esposo.

Aunque puede que mi hermano Pedro sí me ampare.

La reina contempló el semblante cetrino de su nuera y se corrigió.

—Nos ampare.

A donde fuera doña Violante, irían Blanca y sus hijos, en un intento desesperado de preservar el cariño de una familia destruida por la ambición.

Y es que el poder es así de inestable, así de peligroso.

Requiere de innumerables exigencias y sacrificios que acaban horadando incluso al hombre más sensato y bueno, y repercuten en su humilde esposa, que siempre será castigada, silenciada y domeñada.

Blanca de Francia le besó los nudillos de la mano a su suegra, que portaba un anillo de oro cobrizo con un granate, idéntico a aquel con el que habían enterrado a su primogénito.

—Lo lamento tanto, mi señora.

La reina le dio un par de palmaditas en la mejilla y la miró con compasión. No pude evitar comparar su relación con la mía con doña Inés Pérez de Lara, que a veces se asemejaba y otras estaba a leguas de distancia.

—No consigo aunar voluntades suficientes. He prometido tierras, cargos, títulos y mercedes, me he desposeído de mis mejores joyas y me he desprendido del oro. Solo me falta arrancarme la piel a tiras y regalársela a quien la desee.

—Dios me perdone por lo que voy a decir —la reina se santiguó—, pero deberíais empezar a enviar cartas a vuestro querido hermano, pues me temo que, en caso contrario, no habrá forma de revertir esta lucha.

La princesa viuda asintió, consciente de que había llegado la hora de emplear su último recurso.

—Deberá hacerlo Mathilde. Sé que están atentos a mi correspondencia; cualquier misiva que sale de mis aposentos, incluso camuflada, es abierta y leída. No podré advertir a mi hermano de lo que se avecina ni pedirle que interceda por mí y sus sobrinos.

La noticia se me alojó en la garganta, trayendo consigo un sabor amargo.

—¿Queréis que le escriba al rey Felipe o queréis escribir vos y que la carta vaya a mi nombre?

Una cosa era arrancarle información a don Sancho a través de mi cuerpo y sumisión y otra pedir auxilio al rey de Francia, lo que dejaría por escrito nuestra desobediencia a don Alfonso y su hijo. Si nos atrapaban, ¿cuál sería nuestro castigo? ¿Cuál sería nuestra penitencia?

—No podemos dirigirnos directamente a él.

Tendrá que ser a alguien de vuestra plena confianza, alguien que entienda de política y pueda acceder a mi hermano para explicarle lo urgente que es su intervención.

Habrá que redactarla con sutileza, no vaya a ser que también registren vuestras misivas. ¿Qué tal vuestro padre?

Negué. Padre jamás entendería mi implicación en aquella conspiración; es más, la aborrecería, se avergonzaría y me culparía de ocupar un lugar que no me pertenecía. Porque, en el fondo, yo no debería haber estado inmersa en ese entramado político. Yo no era nadie. Solo una simple bastarda.

—¿A quién entonces?

—A doña Anne de Albret o a mi hermana Aurore, que está casada con el duque de Arvieu. De hecho… —Lo pensé unos segundos y una sonrisa sibilina se abrió paso en mi rostro—. Será mejor recurrir a mi hermana. Podemos contactar con ella sin necesidad de ocultar u obviar información.

—Lope Díaz de Haro podría interceptar vuestra correspondencia y hacerla trizas —me apercibió doña Blanca—. O peor aún, avisar a don Sancho.

—Que lo haga. No será capaz de leer absolutamente nada que nos incrimine.

De pequeñas, mis hermanas y yo nos entreteníamos escribiendo mensajes secretos, cartas de amor que nos mandábamos las unas a las otras fingiendo que provenían del apuesto caballero Lanzarote o el mismísimo rey Arturo.

Para ello, mojábamos el cálamo en jugo de limón y redactábamos la misiva, que dejábamos secar al sol del verano.

Así, la tinta se volvía invisible. Para leerla, acercábamos la pasta de papel a la titilante llama de un candil o una vela.

El calor y la luz desentrañaban el misterio, tornaban legibles las palabras ocultas.

Debía hacerse siempre igual y nunca con un pergamino, pues la piel de animal era mucho más gruesa y no resultaba.

Aquel inocente juego de niñas fue el método que utilizamos.