La duquesa bastarda 29. Penitenciagite
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29. Penitenciagite

Penitenciagite

Mi marido no creía en el pecado de la lujuria mientras el amor nos fuera placentero a ambos y nos entregáramos a él voluntariamente. Sin embargo, me habría condenado al fuego eterno del infierno de haber sabido que otro hombre me reclamaba en el lecho.

Hubieron de pasar la Cuaresma y las fiestas religiosas para que Sancho de Castilla mandara recado a Pía y esta me despertara en pleno conticinio para comunicarme que había sido llamada a su alcoba.

Podría haberme negado, dado media vuelta y continuado durmiendo, pero lo más probable es que Sancho se hubiera sentido rechazado.

Y los hombres no son buenos amigos del rechazo.

A duras penas había soportado la hambruna durante la vigilia, comiendo pescado y clavando sus ojos relampagueantes en mí, a sabiendas de que en aquellos instantes le estaba tan vetada como la carne.

Negarme solo habría servido para que acudiera él mismo a mis aposentos personales y se deslizara entre mis sábanas.

Entonces no hubiera importado mi apetencia o disposición.

Cuando un miembro de la familia real te requiere, no hay nada que puedas hacer más allá de asentir y cumplir con tus obligaciones. Así que eso fue lo que hice.

Esa noche, con la luz de la luna derramada sobre la cama y abrillantando el espíritu de Beatriz, Pía me deshizo las trenzas y me peinó los largos cabellos rubios.

Me acicaló con algunos ungüentos y me aplicó perfume en el cuello, en el inicio de los senos, en la cara interna de las muñecas y en el ombligo.

Cambió mi camisa blanca y vaporosa por una nueva que todavía olía a jabón y me cubrió con un chal por si nos encontrábamos con algún sirviente.

Descalzas y con los dedos entrelazados, caminamos en la más absoluta oscuridad. Para cuando torcimos un pasillo y divisamos la puerta de los aposentos de don Sancho, iluminada por un candil y custodiada por guardias de su confianza, Pía me detuvo.

—Todavía estáis a tiempo, mi señora —me dijo, con las cejas muy juntas, signo inequívoco de su angustia—. Podemos regresar a la alcoba o refugiarnos en la de mi señor don Pedro. Si el infante os manda a buscar, le explicaremos que esta noche estáis ocupada con vuestro marido.

—¿Y mañana qué excusa utilizaremos? ¿La misma? —susurré, aunque desde allí los guardias no podían oírnos.

Ella se encogió de hombros.

—¿Por qué no? A nadie le extrañaría, se rumorea que don Pedro de Lara es hombre pasional.

Esbocé una sonrisa afectuosa y le di un beso en la mejilla.

Era más fácil que recordarle que le había dado mi palabra a doña Blanca de Francia y que mi lealtad era para con ella y sus vástagos.

Todas estábamos haciendo grandes sacrificios por la causa de esos niños, por el bien de los reinos, y yo no podía fallar.

No podía defraudar a doña Violante y a doña Blanca, no cuando una resistía frente a los ataques de su marido, que le moteaba la piel con cada palabra y golpe, y la otra compraba voluntades con joyas preciadas y posesiones.

—¿Y si le dijéramos a nuestro señor que el infante se ha prendado de vos y que os persigue, insistiendo e insistiendo en que os rindáis y os entreguéis a él? Él podría defenderos.

Ambas sabíamos que eso sería un error, pues los conduciría a un enfrentamiento en el que don Pedro de Lara no tendría oportunidad alguna; como bien había mencionado la princesa viuda, Sancho de Castilla era su señor y a él debía obediencia.

—Aguardadme aquí. Con suerte, no tardaré.

Pía asintió e hizo acopio de todas sus fuerzas para no traspasar el umbral de la cámara del infante conmigo.

Sancho me esperaba dentro, ataviado con una camisa blanca y margomada de hilos de oro, la misma que su padre había prohibido vestir a la nobleza hacía décadas y que, en contra de las restricciones suntuarias, se seguía portando.

En la mano llevaba una copa de vino y en la mesa descansaba una bandeja con una jarra y otra copa más.

Las viandas eran frugales: pan, queso y peras desgajadas que mostraban un interior níveo y arenoso.

El infante no exhibía síntomas de nerviosismo, no debía ser la primera vez que solicitaba a una mujer —doncella o casada— en su alcoba.

Yo, en cambio, desprendía el miedo de un animalillo depredado.

Traté de adueñarme de una seguridad que estaba muy lejos de sentir y simulé que aquella reunión no había sido una imposición, sino la elección de una mujer libre que se ha enamorado de un gallardo caballero.

Por desgracia, el ligero temblor de mis manos me delataba y hube de ocultarlas detrás de la espalda.

Durante todo el trayecto hacia allí me había repetido que sería algo fugaz y que, a juzgar por las experiencias con mi marido, lo disfrutaría.

Sancho era apuesto, con ese cabello oscuro que le lamía los hombros, esas facciones que se iban perfilando con la edad y esa sonrisa ladina que albergaba cierta aura de peligrosidad que a muchas féminas encandilaba.

¿Por qué iba a resultarme una tragedia yacer con él?

¿Por qué no sucumbir a un placer que seguro que me proporcionaría con sus suaves manos y su cálido aliento?

Así, si mis obligaciones no se desligaban del gozo, no incurriría en pecado.

Sin embargo, ninguno de esos pensamientos terminó de ofrecerme sosiego.

Para paliar mi vacilación, Sancho se sentó en el jergón y me invitó a beber con él.

Durante un buen rato estuvimos así, conversando a media voz —ambos con las camisas de noche— y tomando a sorbos aquel exquisito vino que casi nos raspaba la garganta.

No tenía claro si prefería yacer directamente o seguir con ese espectáculo que aparentaba una velada y alargaba esos minutos previos, cargados de una tensión palpitante y una incertidumbre que me daban ganas de vomitar.

El infante no se aproximó ni una pulgada hasta que confirmó que había dejado de rilar y, con mi congoja supuestamente ya extinta, se lanzó a besarme.

La copa de vino resbaló de su mano y se precipitó al suelo, manchando de rojo sangre la delicada alfombra hasta crear un charco a los pies del espíritu de Beatriz.

Por primera vez, un hombre que no era mi marido me poseyó y, por primera vez, me sentí aprisionada bajo el peso de un cuerpo sudoroso, que me constreñía las costillas y los pulmones.

Tuve que girar el rostro hacia un lado para librarme de la pegajosidad de su piel, del vaivén de su melena que se me adhería a la faz y se me metía en la boca. Necesitaba una bocanada de aire.

Cerré los párpados y convoqué la silueta de don Pedro: los contornos afilados de su cara, más abruptos y marcados desde la última batalla; el azul de las vidrieras de Saint-Denis en sus ojos; los labios sajados por esa cicatriz y la espesa barba.

Pero mis actos se me antojaban tan abominables que preferí habitar la realidad antes que una mentira que me habría quebrado por completo.

Fijé la mirada en Beatriz y conté las embestidas, tal y como me había enseñado doña Anne de Albret.

Una.

Dos.

Tres.

Recé por que culminara pronto.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Noté un resquemor, una punzada en las piernas contraídas; Sancho me había dispuesto así para facilitarle las acometidas. Se alzaba sobre mí igual que un animal y jadeaba y bufaba exactamente como uno.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Los gruñidos guturales se acompasaban con el ritmo, procurándome pequeños golpecitos en la cabeza, que impactaba contra el cabecero de la cama. Los cojines no servían de mucho.

Diez.

Once.

Doce.

Unas marcas violáceas nacerían en mis muslos, aterciopelados y lechosos, debido a la fuerza de su agarre.

Sancho estampaba sus dedos en mi carne como si vertiera lacre sobre una misiva y hundiera el sello en la cera caliente, realzando la fortaleza de su nombre, reclamando lo que por derecho le pertenecía.

Trece.

Catorce.

Quince.

¿Cuánto más tardaría?

Dieciséis.

Diecisiete.

Dieciocho.

Perdí la cuenta. La efigie de Beatriz comenzó a tornarse borrosa por el cúmulo de lágrimas, casi parecía que ella también estuviera a punto de echarse a llorar al contemplar aquella imagen tan descorazonadora y bestial.

Quise liberar el brazo, alargar la mano, rozar la suya, decirle que este pequeño dolor pasaría, porque todo pasa en esta vida.

Sin embargo, tocar a Beatriz de Aguilar era como querer tocar a Dios.

Por mucho que me acercara, jamás lo lograría.

Siempre habría algo que nos separaría a la una de la otra.

La única vía para alcanzarla sería la muerte.

Me habitué a visitar a Sancho cada dos noches, y con ello, el estómago se me asentó y dejé de vomitar al regresar a mis aposentos personales.

El infante era divertido y sarcástico, hablaba conmigo de política y siempre me invitaba a opinar sobre cuestiones de Estado, lo que me hacía sentir valorada.

De la volatilidad de la que me habían advertido doña Blanca y doña Violante, que como madre era quien mejor lo conocía, no hallé rastro.

Y puede que supiera mucho sobre el arte de la seducción, que le había sido dado junto con otras tantas virtudes de las que se vanagloriaba, pero nada conocía sobre complacer a una mujer en el lecho, y eso era fruto de su juventud o su soberbia.

Besaba con premura y desesperación, y enseguida estaba dentro de mí.

La mayoría de las veces no se molestaba en desvestirme ni en desvestirse, simplemente me arremangaba los bajos de la camisa y él hacía lo propio.

No quería regodearse en la sensualidad, solo deleitarse en el estallido de placer que él mismo se procuraba tras una carga de embistes feroces que recordaban a un toro bravo.

El acto de la coyunda no le era más que una conquista territorial.

Pobre de su futura esposa, fuera quien fuese.