La duquesa bastarda 28. Toledo #3
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28. Toledo #3

—No. No es por eso y ambos lo sabemos. Quiero demostrarle que soy digno de la corona, señora mía.

—Pensé que me utilizabais para ganaros el apoyo de mi marido y resulta que estaba equivocada, que el que queréis es el de doña Violante.

—Quiero el de ambos —atajó—. Os hablaré con absoluta franqueza.

Me placería en gran medida obtener el respaldo de los Lara, mas no lo necesito.

No necesito al duque de Valdívar ni al señor de Albarracín ni al de Estella ni a ningún miembro de su linaje.

Tengo partidarios suficientes, la mayoría de la nobleza y el común.

Ahí estaba otra vez esa arrogancia que le ganaba detractores.

—¿Y necesitáis el de vuestra madre?

—Un niño siempre necesita a su madre. —La ternura con la que lo dijo me reblandeció hasta los huesos, que se tornaron cal.

Sancho de Castilla había nacido tres años después de su hermano don Fernando.

Con él había compartido juegos, ropajes, alcoba, miedos, regañinas y a su ayo de confianza, Jofré de Loaysa, quien también había tutelado a doña Violante de cría.

Sin embargo, los niños estaban destinados a porvenires muy distintos y, pronto, sus caminos se bifurcaron entre cargas, deberes y títulos.

Don Alfonso se ocupó mayormente de su primogénito, al que ya había designado heredero.

Lo instruyó con la rigidez con la que lo habría hecho su padre, el rey Santo, volcando en él sus ambiciones y deseos, y moldeándolo para un futuro brillante, lo que lo dejó ciego en cuanto a sus otros vástagos.

A Sancho, que era el quinto de la progenie, le quedaron las migajas de la atención paternal.

Así pues, creció con la salvaguarda, el interés y el cariño de su amorosa madre, que, temiendo que unos posibles celos fragmentaran la relación entre sus hijos, se desvivió por él.

Doña Violante le dedicó tiempo y cuidados, lo crio bajo influencia aragonesa e hizo de sus tradiciones, costumbres y pasado un cálido abrigo.

—¿Alguna vez habéis sentido que vuestro padre os quería de menos?

—me preguntó tras haber diseccionado para mí sus años inocentes—.

Porque yo sí. No creo que nuestro señor don Alfonso nos haya amado ni a mí ni a nadie ni la mitad que a Fernando.

Vivir bajo la sombra de un hermano es una sensación terrible.

Acerqué mi montura para tenderle la mano y ofrecerle un nimio consuelo.

—Cuando eres una bastarda, te acostumbras a las sombras. Son un buen refugio, un lugar seguro. Ahí nadie os ve, nadie se fija en vos.

—Quizá debamos encontrarnos más entre las sombras. —De nuevo esa sonrisa torcida suya que buscaba encandilarme.

Me reí y me cuidé de señalarle que, como heredero al trono, no pertenecía a ese lugar de oscuridad. Ya nunca podría camuflarse entre las tinieblas del anonimato, porque la corona tiene un precio y él, al igual que los que lo precedieron, había de pagarlo.

—¿Cuál es vuestra primera pregunta, señora mía? —preguntó retomando el juego.

—Ahora que habéis expulsado a los benimerines, ¿qué sucederá con el sultán de Granada?

Sancho había adivinado que mis cuestiones rondarían el gobierno y en su expresión vislumbré un halo de satisfacción.

—Eso es lo que hemos estado tratando durante estas semanas en Camarena, aunque no lo creáis. ¿Sabéis lo que son los arráeces? —Negué y él soltó un soplido preñado de indignación—. Por Dios bendito. ¿De qué habláis con vuestro esposo?

—De infinidad de cosas.

—Permitidme que lo dude, señora. Es evidente que el duque no solo teme a los caballos, sino también a vuestro intelecto y a lo que hagáis con él.

Sancho me explicó que los arráeces eran una suerte de caudillos militares que actuaban de gobernadores en ciertas villas, plazas y ciudades.

Hacía años, el linaje de los Banu Asqilula —uno de los más importantes— había tenido el control de los ejércitos nazaríes debido a su proximidad con los gobernantes.

Sin embargo, una primera oleada de benimerines, que había arribado a las costas para ayudar en las revueltas mudéjares contra Castilla, se congració con el sultán Muhammad I y les arrebató buena parte de su poder.

Desde entonces, el rey don Alfonso protegía a los Banu Asqilula, señores de Málaga, Comares y Guadix, y no precisamente porque simpatizara con ellos, sino porque le eran provechosos frente a Granada, ya que la rebeldía de estos arráeces había generado luchas intestinas en el seno del sultanato.

Muhammad I trató de pactar en varias ocasiones, y sin éxito alguno, con don Alfonso, en un vano intento de que este desamparara a los Banu Asqilula.

Mas el monarca no estaba dispuesto a desprenderse de los arráeces, que le eran favorables en esta situación de guerra y tregua entre Castilla y Granada.

Aún más cuando la nobleza levantisca se acogió a la ira enconada del sultán nazarí para dar rienda suelta a sus frustraciones contra él.

Así pues, hastiado de negociaciones, sometido al pago de parias y sintiéndose vilmente engañado, en un momento de desesperación, el sultán Muhammad II hizo de sus amenazas una temible realidad, y el rey Alfonso, que las había considerado una chufa, se encontró con los benimerines nuevamente cruzando el estrecho.

—De momento, hemos firmado una tregua con el sultán Muhammad II —me informó Sancho—. Ahora habrá que esperar a ver si se atiene a ella, pues los granadinos son revoltosos y aprovechan la más mínima oportunidad para levantarse.

—¿Y cuando la tregua expire?

El infante se encogió de hombros.

—Dios proveerá.

—Así que no lo sabéis… —insinué.

—Sé que mi abuelo, don Fernando, le recomendó a mi honorable padre proseguir afianzando su poder en el sur y sé que en sus primeros años de reinado así lo hizo.

Tomó Tejada, Jerez, Niebla, territorios que pertenecían a los moros y que ahora son nuestros.

No tardará en hacerse con Granada. Desbaratará su política interna, exprimirá a Muhammad II y recuperará lo que por derecho es nuestro.

—Y si no lo logra, vos continuaréis con esta empresa, ¿me equivoco?

Una afilada sonrisa se abrió paso en su apuesta faz.

—Y avanzaré hacia Ceuta, un objetivo que todavía se nos resiste. —Unos segundos después, me miró y dijo—: La segunda pregunta.

—¿Seguiréis con la corriente sapiencial de vuestro padre o la dejaréis morir en pro de las armas?

Las gentes —nobles, ricohombres y común— admiraban y temían a partes iguales su belicosidad, en especial doña Violante, quien creía que, si Sancho se hacía con el poder, se dejaría vencer por ese carácter impetuoso y haría sangrar a los reinos solo para alimentar su gloria.

—Mantendré la escuela de traductores de Toledo, proseguiré con la financiación de nuestro señor don Alfonso, aunque reconozco que es un buen caudal de dinero que quizá en tiempos de guerra haya que recortar.

No obstante, toda obra que quede sin culminar tras su fallecimiento será finiquitada bajo mi reinado, pues así lo querría él y así lo quiero yo.

Con un ánimo desbordante, me habló sobre todos esos libros que pretendía traducir, aquellos en los que su padre no había reparado o de los que había prescindido con el fin de impulsar la creación de otros.

Auguraba, además, y con muy buen tino, que habría de reescribir la crónica terminada hacía dos años, pues solo había llegado hasta el reinado de Alfonso VIII de Castilla, pese a que, en principio, debía abarcar hasta Fernando III el Santo. O así lo había dispuesto don Alfonso.

—Nadie mejor que yo para escribir sobre mis ancestros —se jactó—.

Así podré narrar también el gran gobierno de mi padre, el rey Alfonso, y culminar con el mío propio.

¡Imagináoslo! Toda la historia de estas tierras, desde épocas remotas, encerrada en un único tomo y concluida con los tres últimos grandes monarcas. Mi abuelo don Fernando, mi padre y yo.

Lo que verdaderamente le preocupaba era que alguien confundiera los hechos a mala fe e insinuara que los infantes de la Cerda eran los legítimos herederos al trono y no él.

Las palabras se las lleva el viento siempre que sean pronunciadas, mas cuando son escritas, la letra pesa, prevalece, se torna inmortal.

Por encima de todas las cosas, Sancho no quería fama de usurpador.

—Y la tercera pregunta —me exigió.

Una me quemaba la lengua desde que arribáramos a Camarena.

—¿Por qué no han acudido a la corte los Aguilar?

De repente, Sancho de Castilla enmudeció y el espíritu de Beatriz nos abrazó con su aliento putrefacto.

—Quizá eso sea algo que deba contaros vuestro esposo.

Me sorprendió haber hallado un límite que no se atrevía a traspasar. Al contrario que otros hombres, no era cortejar a una mujer casada o retozar con ella en el lecho, sino introducirse en secretos familiares que no le concernían.

—Los Aguilar intentan no coincidir con los Lara, en particular con el duque de Valdívar —confesó al final—.

Todavía lo culpan de la trágica muerte de doña Beatriz y ninguno se ha repuesto de ella.

Es mejor así, creedme. Tenerlos sentados en la misma mesa era una catástrofe para el rey, los presentes y la política de los reinos.

Los consejos se convertían en una batalla campal, predominaba un aura de incomodidad imposible de aliviar, había miradas frías, reproches, acusaciones nada veladas, gruñidos, golpes en la mesa y amenazas. Desde entonces se evitan.

—¿Por petición de nuestro señor don Alfonso?

Sancho asintió.

—Por petición expresa del rey y porque el padre de doña Beatriz empezaba a hundirse en la miseria del duelo y sabía que sus hijos varones, en cambio, todavía estaban enardecidos por la rabia, dispuestos a cobrarse la muerte de su amada hermana.

Seguir asistiendo a las asambleas o a la corte era echar de comer a las fieras; producía más mal que bien y se temía que la cosa acabara con don Pedro acuchillado a traición, así que se retiraron.

Solo acuden cuando mi padre lo ordena o a causa de fuerza mayor.

—Eso explica que no los haya conocido aún —musité, con la vista fija en el espectro, que se hallaba detrás del infante.

La degradación de Beatriz se hacía más patente y desagradable en aquel bucólico paisaje, pues mientras la primavera estallaba en colores, ella se marchitaba.

—Puede que no lo hagáis hasta el fallecimiento del rey y mi coronación.

Fruncí el ceño, inquieta.

—¿No participaron en la lucha contra los benimerines?

No recordaba que mi esposo los hubiera nombrado en sus cartas, y eso que en ellas habían aparecido muchas referencias al infante don Sancho, al señor de Vizcaya y a otros tantos nobles partidarios de la causa.

—Solo el hermano mayor, a quien, por precaución, asentamos con sus mesnadas lejos de vuestro marido.

A la madre de Beatriz se la llevó la melancolía poco después de dar por muerta a su hija, y el padre parece que está a punto de expirar a causa de una enfermedad.

En tales circunstancias no podía ponerse al frente de las huestes, así que mi hermano Fernando le concedió una excedencia, que luego yo ratifiqué a cambio de que enviara a sus hombres bajo el liderazgo de su primogénito, don Enrique.

—¿Y el otro hermano, don Juan de Aguilar?

Sancho resopló y se alborotó el cabello.

—A ese no lo hubiera llamado ni aunque nos hubieran invadido centenares de miles de moros y tuviéramos que proteger el último bastión de la cristiandad, mi señora.

Don Juan tiene fuego en los ojos y en las venas, está cocinado en la vesania y el sufrimiento de la pérdida, se le ha calcinado el alma.

Más de una vez hubo que frenarlo entre varios porque se tiraba encima del duque de Valdívar para estrangularlo con sus propias manos.

No. —Cabeceó—. Si llega a acudir a la frontera, llevaríais viuda meses.

Aquella certeza de muerte me persiguió durante todo el día como el fantasma de Beatriz, que no se había inmutado siquiera ante la mención de sus más queridos deudos.

Su madre, que estaba con Dios; su padre, que ya pisaba la linde, y sus hermanos, uno resignado a vivir con su ausencia y el otro anhelando atravesar con su espada a quien consideraba culpable de su dolor.

¿Cómo iba yo a sentenciar la locura de don Juan de Aguilar cuando habría incurrido en lo mismo si Aurore o Léonie faltaran de este mundo en tan extrañas circunstancias? Habría dado caza a quien fuera que me las arrebatara, al igual que una bestia salvaje e indómita, sedienta de sangre y venganza.

Las palabras de mi cuñada Mencía de Lara resurgieron en mi mente. «Nunca un hermano amó así a su hermana».

Al regresar al castillo, nos detuvimos en los establos, donde descabalgamos y dejamos descansar a los animales, exhaustos de soportar el largo camino y nuestras palabras tediosas y sibilinas.

Todavía no habíamos salido de aquel recinto de sombras abigarradas, aire viciado y olor a heno y heces de caballo cuando el infante aprovechó para hacer sus tres preguntas.

Se acercó a mí hasta que no hubo más que un par de pulgadas entre nuestros rostros y entonces entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Amáis a vuestro esposo?

La respuesta fue fácil.

—Sí.

Sancho se relamió y, con la mirada encendida, contempló mis labios sonrosados. Se le notaban las ganas incluso en la más absoluta oscuridad.

—¿Sentís esa sed impetuosa que os arde en la garganta con tan solo vernos? No se me apacigua con nada, tengo la boca seca y empantanada de deseo. Os juro que bebo y bebo, de esto y de aquello, pero no se me aplaca.

—La sed se calma con agua, señor mío.

—No siempre. Y no toda.

—Los aljibes están llenos, podéis probar a hundiros en ellos y dar una bocanada. Estoy segura de que así desaparecerá.

Sancho rio y, antes de dejarme marchar rumbo a mis aposentos, formuló la última.

—Mi señora Mathilde, ¿intercederéis por mí ante mi madre?

¿La persuadiréis para que me respalde en mis pretensiones al trono?

Porque si es así, os ruego que lo hagáis rauda.

Su oposición le está costando demasiado caro y no me agradaría nada tener que entrometerme en su vida marital y romperle las manos al rey con el golpe de una maza.

Aterrorizada, examiné en derredor por si alguien había oído tamaña salvajada. No había nadie, solo nosotros y ese puñado de alazanes de ojos castaños y espesas pestañas, que mascaban ramajes amarillentos.

—Lo que decís es traición, mi señor —le advertí—. ¿Cómo osáis?

—No para mí, que soy el heredero y el hijo de una mujer hostigada.

Si doña Violante supiera que su hijo estaba dispuesto a cometer un regicidio y condenar su alma con tal de defenderla y librarla de esas malas palizas, tal vez llegara a ofrecerle unos resquicios de apoyo.

Pero conociendo a la reina y la convicción con la que auguraba el futuro de Sancho, de enterarse de esas amenazas diría que este no buscaba garantizar su bienestar, sino enterrar al rey para poder ocupar su lugar.