28. Toledo #2
Si hubiera sido capaz de refrenar mi mente, me habría regocijado en esos instantes de libertad que tanto había añorado, pero mis pensamientos llevaban rato enredados unos con otros y la angustia echaba raíces en mi pecho.
¿Dónde estaba la escuela de traductores?
¿No se suponía que se emplazaba en Toledo?
¿O es que se encontraba extramuros, como uno de esos monasterios erigidos en lugares inhóspitos, engullidos por la vastedad del bosque?
Quizá los hombres de letras necesitaban de luz solar, aire puro, silencio y paz para dedicarse por entero a su encomiable labor.
¿No era eso lo que hacían los monjes copistas en sus scriptoria ?
Puede que ellos también llevaran una vida de ora et labora .
No obstante, a medida que continuamos, el usual sabor dulzón que me llenaba la boca en presencia del espíritu de Beatriz se tornó ferroso y la angustia mutó en ansiedad.
Miré de reojo a Sancho, que cabalgaba con el semblante relajado y las pupilas brillantes, y mi miedo se incrementó.
Imaginé todas las razones por las que podía haberme conducido hasta ese remoto paraje en el que solo estábamos él y yo y aquellos dos hombres armados.
Quería secuestrarme. O no. Quería castigar a mi marido por su neutralidad, por no concederle su apoyo, y pretendía hacerlo a través de mí.
Se ensañaría conmigo. Me bajaría de la montura y me desnudaría con brutalidad.
Me violaría delante de sus hombres, que se reirían de mis patadas, de mis aullidos de socorro, de mis ansias de sobrevivir, de mis lágrimas.
Me golpearía para que me callara, me sometería y, cuando viera satisfecho su revanchismo —porque quienes fuerzan a las mujeres nunca lo hacen por deseo o lujuria, sino por el placer de someter a quienes creen inferiores, por ejercer su poder—, les cedería el turno a ellos. Acabaría humillada y majada.
O puede que no. Tal vez quisiera mandar una advertencia a la reina Violante y a Blanca de Francia, hacerles saber que había descubierto sus planes.
Lo pagaría conmigo, ya que ellas eran intocables.
Me daría muerte allí mismo. Me agarraría del cuello con sus suaves manos y me asfixiaría hasta que dejara de suplicar piedad.
Me apalearía hasta que me desgañitara y me rajaría la garganta.
Me clavaría el acero de su espada en el estómago y me dejaría allí para que las alimañas se dieran un festín con mis restos, para que algún morador me encontrara, mitad huesos, mitad carne deshilachada.
O no.
—Pensé que preferiríais cabalgar antes que encerraros a contemplar manuscritos —comentó don Sancho al reparar en mi inquietud.
Carraspeé un poco para recuperar la voz adormecida y me erguí aún más, simulando disfrutar de aquel agradable paseo.
No pude engañarle. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar las riendas y me había mordisqueado los carrillos internos hasta probar mi propia sangre.
Sancho debía de haber olido mi miedo, cual cazador experto.
—¿A qué se debe ese cambio de parecer, mi señor? ¿Acaso ya no me consideráis tan intelectual como antes?
—El día de la cacería le pregunté a don Pedro de Lara cuál era el motivo de que os desplazarais a todas partes en carruaje.
Os había visto caminar y danzar en innumerables ocasiones, así que era evidente que no teníais una malformación en las piernas o en las caderas que os impidiera montar a caballo.
—No la tengo.
—A la vista está, señora mía —dijo, echándome un ligero vistazo y torciendo la sonrisa—.
Vuestro marido respondió que erais mujer prudente y casta, que gustabais de ir a cubierto y que solo confiaba en vos y en esa recia criada para tratar a su honorable madre, doña Inés.
Enseguida entendí que era una excusa. Simplemente, no le agrada que lo hagáis.
Por eso estamos aquí, para que, si os place, cabalguéis.
Llevaba mucho tiempo sin montar, sin sentir el roce del viento en el rostro con el galopar, sin apreciar esa sensación de velocidad y libertad.
Desde que me casara, mi interacción con los caballos se había reducido a acariciarlos en las cuadras y a observarlos trotar por el patio de armas o tirar de los carruajes.
Un entretenimiento nimio y patético que jamás habría satisfecho ni al alma más lánguida y pobre.
A mi padre, que era el responsable de mi amor por aquellos fieles animales, le habría horrorizado.
Cabalgar fue una de las primeras cosas que me enseñó, una actividad a través de la cual me colmó del aprecio que no podía mostrarme en público y con la que logró ganarse mi afecto y confianza.
Primero, como conde. Luego, como hombre. Finalmente, como progenitor.
—Quizá hubiera sido mejor conocer a esos hombres de letras —murmuré, consciente de que don Sancho me había regalado una mañana repleta de posibilidades solo para que, posteriormente, me las arrebatasen otra vez. Y una sobrelleva mejor las prohibiciones cuando se acostumbra a las privaciones.
—Todavía podemos hacerlo.
Sancho hizo una seña para que diéramos la vuelta y regresáramos a la ciudad.
La idea de retornar tan pronto y encerrarme, una vez más, entre cuatro gruesas paredes recubiertas de tapices y oro me abrumó. Estaba harta de atisbar el exterior desde el adarve, los ventanucos y las saeteras. El pánico que me congeló las entrañas debió delatarme, porque Sancho rompió a reír.
—Eso creía —dijo y, dándole con los talones al equino, lo recondujo.
En la ciudad, los guardias habían estado mucho más cerca de nosotros, preparados para interceder ante cualquier muestra de peligro. Sin embargo, allí, rodeados de naturaleza virgen, sus figuras apenas se distinguían, recortadas entre la vegetación.
—Os concedo tres preguntas.
Observé a don Sancho. Los rayos de sol incidían sobre su cabello y le arrancaban algunas vetas castañas similares a la madera, dibujándole una línea luminosa en la mandíbula barbilampiña.
—¿Sobre qué? —espeté más abrupta de lo que pretendía.
—Esa es vuestra decisión.
—¿Y a cambio de qué?
—Otras tres preguntas para vos.
Contuve la carcajada que me picaba en la garganta. Un juego. Otro más.
—No sabría qué preguntaros ni sabría qué contestaros, mi señor.
Él rio y un par de pajarillos alzaron el vuelo, espantados, para posarse en la rama de uno de los árboles más próximos.
—Mentís terriblemente mal, algo que jamás habría imaginado viniendo de una mujer.
Es una suerte que me haya ocupado yo de ocultarle nuestro encuentro al duque.
¿Queréis que os narre los sucesos de la guerra contra los benimerines, cómo combatieron las huestes y vuestro honorable esposo, cómo nos libramos de esos infieles?
—A las mujeres no nos interesa la guerra, mi señor.
Sancho exhaló un bufido sarcástico.
—Naderías. La guerra es política y a vos os interesa la política. Os he visto pasear con mi madre y Blanca de Francia, y pocas mujeres son tan duchas como ellas en estos temas.
Había olvidado cuánto aborrecía a las féminas que fingían ignorancia. Tiré con suavidad de las riendas y el caballo se detuvo en un pequeño claro; el suyo hizo lo propio. Me acomodé en la montura y le miré a los ojos. No valía de nada aparentar necedad o inocencia.
—Así que creéis que nosotras, las mujeres, conspiramos contra vos y por eso me ofrecéis hablar de cuestiones de Estado. ¿Me equivoco? —Enarqué una ceja.
La sonrisa se le borró de inmediato. No esperaba que yo verbalizara sus sospechas con tantísimo descaro, sin preocuparme por convencerle de que no había intriga alguna. Aun así, me respondió con la misma moneda.
—Sé que mi madre no me favorece en la sucesión al trono. Mi madre. Mi propia madre —reiteró, tan dolido que la voz se le quebró al pronunciar las siguientes palabras—, que es la mujer de mi vida. La mujer a la que más he amado y amo. ¿Sabéis lo que es eso?
Negué.
Madre había fallecido tan pronto que yo no había tenido la oportunidad de conocerla como mujer.
Para mí solo había sido eso, una madre, un escudo tras el que guarecerme, unas manos que prodigaban consuelo, que traían alimento a casa y que me curaban las heridas producidas por tontas caídas.
Nunca había sido un individuo, con sus miedos, sus deseos, sus virtudes y faltas, sus intereses y contradicciones.
Había empezado a vislumbrar esa faceta suya una vez que ya hubo abandonado este mundo, cuando yo adquirí cierta madurez y fui consciente de mi condición de bastarda y lo que eso implicaba.
Comprendí que mi madre había sido también mujer.
Una mujer enamorada que había sufrido innumerables reveses y que se había levantado… hasta que ya no pudo hacerlo más.
—Aunque mi madre murió hace mucho, la sigo amando como si todavía estuviera aquí —revelé casi sin percatarme, engullida por los recuerdos—.
A veces, incluso la veo en sueños. El día en que don Pedro de Lara y yo matrimoniamos de palabra, creí que estaba allí de verdad, entre la pequeña cohorte de invitados.
Pero cuando giré el rostro para mirarla, me encontré la nada y la añoré más que nunca.
Sancho acercó su caballo al mío y alargó la mano para capturar la única lágrima que había escapado de mis ojos.
Sus iris marrones reflejaban una lástima inmensa que nunca creí que fuera capaz de sentir.
Algunos decían que carecía de emociones, más allá de las despreciables de las que hacía gala, pero eran falacias.
Bajo ese montón de soberbia y orgullo, había un corazón que padecía.
El infante se apiadaba de mí, como yo de él.
—Imaginadlo entonces. Imaginad que la mujer que os ha parido, amado y defendido hasta lo inconfesable de repente os da la espalda, reniega de vos.
Su rostro compungido hablaba por sí solo.
—Puede que aún esté demasiado aturdida por el fallecimiento de vuestro hermano —mentí, todavía con la garganta aprisionada por el peso de mi pérdida.
Él chasqueó la lengua.