28. Toledo
Toledo
El plazo se cumplió y yo jamás aparecí en las cuadras para reunirme con Sancho. Sin embargo, Dios o el rey confabularon a su favor y la corte al completo se trasladó de Camarena a Toledo.
Las obligaciones de don Alfonso lo llevaban a recorrer todos los reinos que estaban bajo su poder y a asentarse largo tiempo en sus favoritos; los alcázares de Sevilla y Segovia y el monasterio de las Huelgas, en Burgos, eran sus residencias predilectas.
Así pues, aquel peregrinaje no fue una excepción.
El monarca quiso partir, y un enorme cortejo de sirvientes, oficiales y grandes señores a caballo, junto con sus familias y pertenencias personales, se arrastró siguiéndole los pasos, al igual que el pueblo judío detrás de Moisés.
Sancho se volvió aún más insistente desde que llegáramos a Toledo.
Me emboscaba donde podía y sus proposiciones variaban según lo atrevida e incómoda que fuera la situación.
Si nos encontrábamos a solas en un pasillo, me susurraba que nos viéramos en los jardines del castillo.
Si nos hallábamos en mitad de un banquete, rodeados de nobles, pasaba por mi lado, rozaba mi mano con cautela y depositaba en mis dedos una pequeña nota en la que me sugería visitar su alcoba esa misma noche.
Si coincidíamos en mitad de un baile, me escogía de pareja en todas las vueltas.
Si mi marido estaba presente, le urgía el ansia de escapar conmigo y así me lo hacía saber.
Cuantas más oportunidades había de que alguien se fijara en su inclinación por mí y don Pedro de Lara ardiera de ira, más se envalentonaba, a sabiendas de que no recibiría reproche alguno.
Tal y como había predicho la princesa viuda, de no conseguir el respaldo de mi marido, Sancho se daría por satisfecho igualmente con haberme tenido entre sus sábanas.
Presa de la ansiedad, Blanca de Francia también comenzó a apremiarme.
A los pocos días de habernos acomodado en Toledo, don Alfonso convocó en asamblea a sus leales.
El tema que tratar fue, una vez más, la sucesión al trono.
Ninguna fuimos invitada, aunque doña Violante logró retales de información a través de las quejas de su marido, la servidumbre, que le prestaba sus oídos, y otros deudos con los que estaba congraciada.
Las noticias no fueron halagüeñas. Los apoyos a Sancho crecían con suma celeridad.
Había muy pocos partidarios de los infantes de la Cerda, y era lógico, pues aún eran niños.
El primogénito tenía cinco años y su hermano, solo uno.
Además, de todos era bien sabido que el rey peinaba canas y hacía años que adolecía de una frágil salud.
Puede que su fallecimiento aún tardara, pero lo más probable es que, cuando llegara, ninguno de los hijos de Blanca de Francia hubiera alcanzado la edad pertinente para gobernar.
Por supuesto, nadie consideraba idóneo que la princesa viuda ejerciera de regente durante tanto tiempo, mucho menos teniendo la posibilidad de gozar de un monarca con méritos en la batalla.
El señor de Vizcaya, don Lope Díaz de Haro, defendió con dichos argumentos la causa de Sancho, y quienes aludieron a que el Libro de las leyes dictaminaba que la corona debía recaer en los pequeños infantes encontraron muchas objeciones. Entre ellas, la de don Manuel, hermano del rey Alfonso.
—Señor mío, el árbol de los reyes no se pierde por postura ni se deshereda al que viene por natura —dijo—.
Si el primogénito varón fallece, debe continuar con la estirpe el que posee los derechos de nacimiento.
Porque os recuerdo que hay tres cosas inamovibles: la ley, el rey y el reino, y cualquiera que busque dañar una de estas no debe ser escuchado ni tenido en cuenta.
Los detractores de Sancho protestaron, esgrimieron que, pese a ser hombre valiente y de éxitos en campañas militares, la actitud del infante no era acorde a la de un rey.
Le sobraban soberbia, egoísmo y avaricia, todos rasgos detestables.
El rechazo a Guillerma de Moncada había generado tensión con el vizconde de Bearne y, por si fuera poco, todavía no había decidido con quién matrimoniar.
—Esto nos condenará a una guerra con Francia —advirtió uno.
—Nuestro señor, el rey Alfonso, no firmó ninguna cláusula en las capitulaciones matrimoniales de su hijo con doña Blanca que lo obligara a proteger los derechos de sus nietos —comentó otro.
—Pero actuar en contra de estos repercutirá en nuestras relaciones con el rey Felipe, y ya están bastante deterioradas debido a la sucesión de Navarra.
—No incumplimos pacto con él ni con sus deudos.
—Si esperáis que el rey de Francia se quede sentado mientras observa cómo su hermana es apartada y sus sobrinos relegados es que sabéis muy poco de política, señor mío.
—Si Felipe desea entrar en guerra, que lo haga y asuma sus consecuencias.
Nobles, caballeros, clérigos, alcaldes, ricohombres y otros hombres buenos de la corte se enzarzaron en una disputa que se alargó durante varias jornadas. Mi marido guardó silencio en todo momento y reservó sus consejos para cuando don Alfonso los requirió, siempre en privado.
—La decisión es solo vuestra, mi señor —le dijo en varias ocasiones—. Son vuestros reinos y es vuestro legado. A nadie más que a vos le corresponde alzar la voz.
Después de aquello, y atendiendo a la urgencia de mi amiga Blanca, acepté uno de los múltiples ofrecimientos de don Sancho.
Iríamos a visitar la escuela de traductores, en la que grandes sabios confeccionaban nuevas obras y traducían otras antiguas al castellano, revistiendo con ropajes nuevos el conocimiento de antaño.
Para ello debí librarme primero de mi suegra y mi cuñada, con las que pasaba la mayor parte de las mañanas y tardes, salvo aquellos ratos en los que las despistaba y me refugiaba en algún lugar recóndito para conversar con la princesa viuda y la reina Violante, o las ocasiones en que ellas se imponían y reclamaban mi compañía, algo a lo que nadie podía negarse.
Con doña Inés fue sencillo. Una vez al mes desfallecía de puro cansancio y guardaba cama.
Le dolían la cabeza y las articulaciones, sufría de febrícula y los ojos le punzaban incluso al cerrarlos, lo que el físico achacaba a su ceguera.
Dios quiso que justo cayera convaleciente el día requerido.
En cambio, con Mencía de Lara, señora de Cigales, recurrimos a una práctica deleznable.
Una de las criadas de doña Blanca dio con un boticario que, por una buena cantidad de maravedíes, le vendió un bebedizo que provocaba una ligera indisposición estomacal.
Mi pobre cuñada no pudo ni acordarse de mí de tan ocupada que estuvo en las letrinas, sometida por unos terribles retortijones.
Del resto se encargó don Sancho. Yo solo hube de personarme en los establos del castillo a la hora acordada, donde un par de sus hombres fingían afanarse en el cuidado de los caballos cual mozos de cuadras.
Para entonces, él ya estaba allí, con las monturas listas y una sonrisa lobuna en los labios que delataba cuánto se regodeaba en su victoria.
Había luchado durante semanas por arrancarme de los brazos de don Pedro de Lara y lo había conseguido.
Por fin, tenía su premio.
Principios de marzo de 1276
A pesar de las suaves temperaturas, me escondí bajo una garnacha con capucha, ocultando así mi identidad.
No llevé joyas ni alhajas que me identificaran y, durante todo el camino, traté de no alzar la cabeza para no mirar a los ojos a quienes nos cruzábamos, no fuera que mi rostro se les quedara grabado en la memoria.
Quería pasar inadvertida hasta que llegáramos a la privacidad de la escuela de traductores, pero el infante no parecía dispuesto a ello.
Incluso con el luto de sus ropajes, su origen real era patente y, al atravesar la ciudad, las gentes se giraban, curiosas, a contemplarlo y vitorearlo, encantadas de que el salvador de los reinos, el heredero, estuviera allí entre ellos.
Recorrimos las callejuelas perseguidos por sus habitantes, hombres, mujeres y niños que nos aclamaban al paso, mientras que entre nosotros reinaba un profundo mutismo.
El nerviosismo se adueñó de mí en cuanto elevé la vista y me percaté de que habíamos cabalgado largo trecho.
Habíamos dejado atrás las murallas de Toledo y estábamos a punto de internarnos en las tierras del alfoz, donde se sucedían miles de leguas con parcelas repartidas, cinturones de huertas que abastecían la ciudad y un amplio espacio inculto que los vecinos aprovechaban para recoger leña y frutos y llevar el ganado a pastar.
Mucho más allá, se desperdigaban pequeñas villas y aldeas imposibles de divisar.
Amusgué los ojos y examiné la inmensa explanada glauca que nos rodeaba.
La templada y primaveral brisa mecía los árboles de frondosas copas, y los pétalos de las flores, que comenzaban a brotar tímidamente, salpicaban el paisaje de vivos y vibrantes colores.
Entre algunas se atisbaban los primeros animalillos: liebres y conejos que, ya despiertos de su letargo hibernal, emergían de las madrigueras en busca de alimento.
Los pájaros trinaban y el aroma a vegetación me inundaba las fosas nasales.