27. Por el bien de las mujeres #2
Blanca de Francia intentó persuadirme para que acudiera al encuentro con Sancho.
Creía que, dado que se había encaprichado de mí y quería utilizarme a su favor, nosotras podíamos hacer lo mismo con él.
Haciendo uso de mi encanto y esa belleza transpirenaica que lo había encandilado, lo engatusaría.
Dejaría que me cortejara y, en unas pocas semanas, ya me habría ganado su entera confianza y podría reunir retazos de información que, junto con los recogidos por ella y la reina Violante, pondríamos en común.
De esta manera, confeccionaríamos un mapa de sus próximos movimientos en la lucha por la corona.
Yo dudaba mucho de que el infante me revelara algo.
Era un hombre inteligente y perspicaz y, aunque a menudo se dejaba vencer por sus instintos primarios, parecía bastante cauto en cuanto a política.
Su abuelo materno, el rey don Jaime de Aragón, lo había instruido muy bien y Sancho no daba un paso en falso, como una buena hilandera no da puntada sin hilo.
Además, no le era ajena mi amistad con Blanca de Francia.
No bajaría la guardia y no me dejaría entrar fácilmente en su corazón.
—El amor es mucho más poderoso que la amistad, o eso piensan los hombres, al menos entre nosotras, las féminas. Tendréis que procurar que crea que os habéis enamorado perdidamente y que haríais cualquier cosa por él, por su causa. Así, no sospechará de vuestras intenciones.
La ansiedad había empezado a enroscárseme en los órganos internos, constriñéndolos, y me generaba unas náuseas que me impedían probar bocado y me dificultaban respirar con normalidad. Notaba un yunque hundiéndome los pulmones, aplastándolos.
—No —jadeé, antes de llevarme las manos al pecho, donde percibía un aguijonazo intermitente—. No puedo.
—Sí podéis.
—No —repetí, visiblemente angustiada y con el corazón acelerado—.
No, de veras que no. Puedo batallar contra la terquedad de mi esposo día y noche y hacer frente a sus amenazas, puedo aludir a su amistad con don Fernando de la Cerda, que en paz descanse, y convencerle de que continúe apoyando a vuestros hijos, pero confraternizar con el infante a espaldas de él es demasiado arriesgado.
—Lo sé. Sé que lo que os pido es un enorme sacrificio, pero también sé que arrimaros a Sancho es una oportunidad única que nos permitirá robarle aliados y mermar sus posibilidades de ascenso.
Blanca había alcanzado tal nivel de desesperación que, abandonadas a nuestra suerte allí en la corte y con nuestros verdaderos valedores tan lejos, no le quedaba otra que depositar todas sus esperanzas en mí y en la reina.
Vertía sus oraciones sobre nosotras como los fervientes en la Santísima Trinidad, sin reparar en que el coste que pagábamos era sumamente elevado.
A doña Violante había que aplicarle ungüentos para que no se le vislumbraran las marcas de su marido y yo no tardaría en tener que pedirle la receta.
No por don Pedro, sino por el infante, que siempre había sido voluble y pendenciero.
—Sancho ya era un peligro para mi marido durante la guerra contra los benimerines.
No fueron pocas las cartas que me mandó manifestando sus sospechas de que pudiera estar gestándose una traición entre las huestes para acabar con la vida de los detractores del infante.
Y si un hombre es capaz de acabar con otro en mitad de una lucha así, aprovechando el desorden y el caos, ¿qué no me hará a mí?
¿Qué no nos hará a nosotras si ha empujado a su propio hermano a la muerte?
Me levanté, presa del pánico, y comencé a dar vueltas en la alcoba. Con un nudo que me oprimía la garganta, caminaba cual animal enjaulado, con pasos ligeros y refregándome las manos, bañadas en un frío sudor que me recordaba a la sangre de los infieles en la espada de don Sancho.
—Mathilde —me llamó mi amiga.
No la oía.
Mi mente divagaba en torno al resplandeciente acero que, en ocasiones, colgaba del cinto del infante, en las puntas de las saetas clavadas en el círculo central de las dianas, en esa agilidad monstruosa que poseía para rebanar cuellos y abrir estómagos que vomitaran vísceras.
¿Qué destino nos depararía si Sancho de Castilla averiguaba que estábamos jugando con él en una doble partida?
¿Qué castigo sufriríamos? ¿Nos encerraría para siempre en una torre o en una celda maloliente en la que contraeríamos una enfermedad y pereceríamos?
¿Qué sería de mi esposo, que, prudente, había optado por guardar silencio hasta que la cuestión sucesoria se solventara?
¿Lo tomaría a él también por traidor? ¿Le arrebataría su título, sus tierras y sus bienes?
¿Lo encarcelaría o lo mataría? ¿Y si era yo la maldición de los Lara?
¿Y si mis actuaciones nos llevaban a la ruina?
—Mathilde.
Blanca de Francia me interceptó. Me aferró los hombros y fijó en mí su compasiva mirada.
—Vos y yo vamos a morir aquí. Vamos a morir en Castilla.
La brutalidad con la que lo dijo me golpeó con dureza, haciendo que las piernas me flaquearan y mi ánimo se agrietara.
Hasta entonces había pensado que en esas áridas tierras sería feliz, pues contraería matrimonio, quedaría encinta, daría a luz y criaría a mis hijos hasta verlos madurar y convertirse en buenas damas y galantes caballeros.
Mas no había pensado que, cuando mis obligaciones de mujer hubieran culminado, mis huesos serían enterrados allí.
Lejos de la fosa común en la que yacía mi madre, de los restos de mis hermanas Léonie y Aurore, de los sudarios de don Antoine Leblond y su doña Anne de Albret. Nunca en casa.
—Jamás regresaremos a Francia, así que solo tenemos dos opciones: vivir y morir sometidas y olvidadas en esta tierra extraña, bajo la sombra de un hombre feroz, o vivir y morir habiendo cambiado el rumbo de Castilla.
Podemos transformar esto en un lugar mejor, un lugar que se parezca más a Francia, que sintamos como…
—Como nuestro hogar —acoté.
Ella sonrió con esa dulzura y pureza intrínseca en su nombre.
—Podemos hacer mucho más de lo que algunos hombres creen, mucho más de a lo que se nos ha relegado, y todo empieza por mi hijo Alfonso de la Cerda, el verdadero heredero al trono.
Teníamos que conseguir que el rey designara a su nieto como próximo monarca y que lo hiciera jurar en las Cortes.
Así, Sancho tendría que proclamar la guerra y desafiar públicamente a su padre para hacerse con el poder.
Y si don Alfonso fallecía antes de que el pequeño alcanzara la mayoría de edad, Blanca de Francia sería nombrada regente y se haría cargo del gobierno, al igual que había sucedido en el reino de Navarra.
La princesa viuda enumeró todo lo que haríamos juntas cuando llegaran esos momentos de gloria y paz.
Habló de construir nuevos conventos, de propiciar aún más la peregrinación a Santiago, de impulsar otras para visitar las reliquias de vírgenes mártires, caídas hacía siglos bajo el yugo de los musulmanes.
De recuperar el esplendor de la corte y asemejarla a la de los Capeto, de mantener e incentivar los vínculos con otras fuerzas políticas extranjeras.
Las embajadas que años atrás recibiera don Alfonso de la emperatriz de Constantinopla, María de Brienne, y del sultán de Egipto, Baybar I, palidecerían en comparación con las que llegarían.
—Le arrebataremos a Sancho los nobles que estén dudosos, compraremos voluntades, aunaremos adeptos y haremos de mi querido esposo don Fernando el estandarte de esta lucha. Y si nada de eso funciona, mandaré recado a mi hermano, el rey de Francia, para que interceda por mí y su sobrino.
A una distancia ínfima, los ojos acuosos y vacíos de Beatriz me examinaban.
Casi podía divisar su dedo índice señalando la figura cristalina del pequeño rey en el tablero de ajedrez, aquella tarde que ya parecía remota.
Era eso a lo que se refería, a la guerra que estaba por iniciarse.
Al rey que iba a coronarse. Estaba segura.
—Vais a crear un conflicto bélico entre los reinos —le advertí.
—No si vencemos. Y hemos de vencer, hermana mía, hemos de vencer. Pero para eso, doña Violante y yo os necesitamos.
Blanca de Francia me tomó de las manos con una fuerza inusitada, que provenía de la confianza en sí misma y la fe en aquella empresa.
—Los hombres se desploman tras el coito, se les suelta la lengua y confiesan multitud de pecados y aspiraciones, hasta los sueños de su más tierna infancia.
Aprovechad esos momentos con Sancho. Estará tan exhausto que no se le ocurrirá que lo engañáis, que sois un arma contra él y no contra vuestro marido.
Qué ilusa e inocente había sido al creer que embaucar al infante únicamente conllevaría pasear con él por Toledo, reunirnos entre el espesor de los jardines y las tinieblas de la noche, sonreírle con timidez y dejarme acariciar por esos dedos manchados de sangre.
Todo aquello se me antojaba harto sencillo, porque lo cierto es que en realidad lo era.
Lo era porque aún no sabía que para arrancarle información tendría que desvestirme y meterme en su lecho, cederle el control sobre mi cuerpo.
Un pellizco de ansiedad me estrujó de nuevo el pecho, privándome de la siguiente bocanada de aire.
—Encontraremos otra forma —musité.
—No hay otra forma, Mathilde, hermana mía. Os juro que nuestros sacrificios no serán en balde.
Un estruendo metálico nos sobresaltó y enmudeció en el acto, mutilando nuestra conversación. Pía había entrado en la alcoba con una bandeja de plata, y dos copas se habían precipitado al frío suelo de piedra; por fortuna, todavía sostenía la jarra repleta de vino que llevaba en la otra mano.
Rauda, y temerosa de que alguien más nos hubiera oído, me lancé a cerrar la puerta con llave.
—Mis señoras han perdido el juicio —murmuró, mirándonos a una y a la otra.
Meses atrás, cuando estaba enclaustrada en el castillo de Valdívar, Pía me prometió que me avisaría en el momento en que hubiera enloquecido. Y ahí estaba, observándome con la mandíbula temblorosa y la absoluta certeza de que ya lo había hecho. El alma se me cayó a los pies.
—El adulterio está penado —comentó, juzgándonos a ambas—. La mujer que sea infiel será castigada con azotes delante de todos.
—Y será encerrada en un monasterio de dueñas, perderá su dote y sus arras le serán devueltas a su marido. Pero para que eso suceda, él debe hallarla con otro hombre —agregó Blanca—. Y aun así, puede perdonarla en un plazo de dos años.
Pía soltó la jarra y la bandeja en la mesa con un golpe sordo, desposeída de sus modales a causa de la indignación. Jamás la había visto así, tan llena de rabia, tan feroz. Ni el incidente con doña Inés Pérez de Lara la había enfurecido de esa manera. Era enternecedor.
—No lo hará —ladró.
—De tratarse de un hombre vil, don Pedro de Lara podría matarlo sin pena alguna. No obstante, siendo don Sancho de Castilla, a quien debe guardar y hacer reverencia por ser su señor, solo podría acusarlo ante un juez. Y dudo que un juez lo condenara.
—¡A quien va a matar es a ella! No la va a llevar ni a juicio, mi señora.
—No podría.
—¡No! —bramó Pía—. Os confundís. No debería, pero como poder, un hombre puede hacer siempre lo que se le antoje. ¿O es que los maridos no han hecho gran daño a las esposas hasta dejarlas malheridas por mucho menos?
Una corriente de aire penetró a través de la ventana, haciendo bailar el fuego de la chimenea, y se coló con su helor entre los pliegues de nuestros ropajes para instalar un silencio sepulcral en la estancia, solo paliado por el zumbido de las abejas de en torno a Beatriz.
Los cabellos bruñidos del espectro se mecieron con la suave brisa y esparcieron su aroma a barro, carne en descomposición y agua de mayo.
—Mi señor la va a matar, doña Mathilde. La va a matar si se entera.
Por primera vez, la posibilidad de sucumbir ante mi marido me inquietó.
¿Y si descubría que Sancho me había tomado de concubina?
¿Y si me apaleaba, me envenenaba, me estrangulaba o me clavaba un puñal porque más valía muerta que con otro?
Hacía tiempo que me lo había advertido, tanto que ya casi se me había olvidado.
Yo era suya, de su propiedad, y no quería imaginarme en brazos de un hombre que no fuera él.
—Yo os protegeré, hermana mía, os lo juro por Dios y la Virgen —dijo la princesa viuda, atisbando mi inseguridad.
—¡¿Sí?! ¡¿Qué haréis?! —Pía se interpuso entre nosotras—. ¡¿Os abalanzaréis contra mi señor don Pedro para recibir sus golpes?! ¡¿Os enfrentaréis vos a la paliza y a los tajos de su espada?!
Blanca de Francia no respondió. Ya estaba harta de lidiar con aquella sirvienta que se comportaba como una perra rabiosa.
—Os acogeré en la corte como una de mis damas de compañía.
Tendréis mi favor hasta el día en que Dios me llame y, cuando me reúna con Él y con mi esposo, seguiréis gozando de este, pues os dejaré bien dotada, sin la necesidad de que tengáis que recurrir a don Pedro de Lara o a pariente varón alguno.
Os protegeré como se protege a la familia.
Y, sin embargo, yo quería algo más.
Desde que nombráramos la muerte, yo no había apartado la vista del fantasma errante de Beatriz, de los rasguños que moteaban su tersa piel, del charco de sangre que se le escurría por entre las piernas y le tiznaba la orilla de su camisa y su brial.
Poco a poco asimilaba la apariencia de un esqueleto blanqueado por los rayos del sol.
—Os entregaré mis servicios en cuerpo y alma a cambio de una simple petición —acepté finalmente.
—Mi señora, no…
Hice caso omiso de las súplicas de mi pobre y leal Pía, que de rodillas se había aferrado a las vestiduras.
—Que se encuentren los restos de doña Beatriz de Aguilar y se les dé cristiana sepultura. No puedo vivir sabiendo que está en alguna parte, perdida.
Blanca asintió.
—Sea. Yo misma removeré la tierra y me mancharé las manos si es preciso, hermana mía. Encontraremos a Beatriz de Aguilar, la velaremos, la enterraremos y destinaré dinero a la iglesia para que se rece por ella y se emplee en diversas obras pías en su honor. No caerá en el olvido.