La duquesa bastarda 27. Por el bien de las mujeres
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27. Por el bien de las mujeres

Por el bien de las mujeres

Nuestra naturaleza femenina nos impidió participar en la cacería y otros divertimentos preparados por y para los hombres.

Sin embargo, ahí estuvimos. Acompañamos y miramos, aplaudimos y sonreímos, mas no cabalgamos tras un feroz animal para abatirlo ni tensamos el arco y disparamos saetas hasta dar en la diana.

Nos limitamos a estar, como de costumbre.

Pese a ello, fueron días placenteros y distendidos, de mucho entretenimiento.

Blanca de Francia y yo nos perseguimos, siempre en busca de un instante de privacidad en el que intercambiar impresiones, lejos de ojos y oídos indiscretos.

Cualquier rincón en el que reunirnos a solas era propicio para compartir nuevas sobre don Sancho.

El infante me capturó cuantas veces pudo en aquella semana de festejos.

Lo hizo en los pasillos, mientras yo trataba de apartarme de los nobles y su griterío; en los jardines por los que paseaba con mi suegra, mi cuñada y otras grandes señoras de renombre; en las misas, en las que oraba silente por mi matrimonio, el alma de Beatriz de Aguilar y la bendición de Dios.

Me acorraló en cada uno de los recodos en los que me escondí y me dio la sensación de que, nuevamente, debía jugar a despistar a un depredador voraz que no me perdía el rastro, igual que el fantasma de mi predecesora.

Durante los banquetes no despegó los ojos de mí, a pesar de que me hallaba en una posición muy vulnerable, sentada entre mi amado esposo y su honorable madre.

De hecho, aquello parecía generarle una suerte de satisfacción, pues se acomodaba en su sitial para contemplar todos mis movimientos y regodearse en ellos.

Si parlamentaba con su padre, me miraba.

Si se llevaba la copa a los labios y se relamía, me miraba.

Si degustaba las viandas y se chupaba los dedos bañados en el jugo de las salsas de las reses, lo hacía con un gesto que rayaba en el libertinaje.

Incluso si se reía a carcajadas limpias por una chanza, picoteaba de uno u otro manjar, palmeaba a sus hermanos pequeños para animarlos o conversaba con quien se le acercara, me miraba.

Me miraba de soslayo o fijamente hasta que yo agachaba la cabeza y fingía que no me había percatado ello.

Con sus pupilas clavadas, me sentía desnuda, expuesta, y las mejillas se me teñían del color de la grana.

Cuando los trovadores nos obsequiaban con sus cánticos y poemas amorosos, me observaba con una sonrisa que asomaba por encima de la copa, mitad triunfal, mitad embaucadora.

Se le rajaban los labios al oír aquellas historias de amores imposibles, en las que valerosos caballeros caían rendidos a los pies de una dama que no podían tener, una mujer superior a ellos o ya casada.

«Me va el corazón en vos», entonaban los hombres llegados de la Provenza.

«Os ruego que por el buen amor que hay entre vos y yo, os acordéis de mí», cantaban los segreres gallegos.

«Sois como un suave calor», declamaban. «No me faltó el deseo ni un solo instante desde que me quisisteis que os tuviera por cortés amante», repetía uno los versos de Tibors de Sarenom.

«Tanta ansia tengo de trabajaros la lana», recitaba un oriundo de Barcelona.

A él le relampagueaban los ojos, se le hacía la boca agua, entretanto yo reprimía el ansia por levantarme y ocultarme detrás de un grueso tapiz.

Porque una cosa era embeberse de una mujer casada mientras unos juglares exponían poemas amorosos y otra, hacerlo con poemas libidinosos.

La sensación de ser un animalillo en peligro se acrecentó con los torneos de tiro con arco. El infante era ducho y donde posaba el ojo, impactaba la flecha, y su mirada descansaba en mí cada vez que se alejaba el arma del rostro y celebraba sus aciertos.

Blanca de Francia no se mostró inquieta, nada le sorprendió. Conociendo como conocía a Sancho, ya había previsto su estrategia.

—Sancho os desea —me aseguró—. En primer lugar, porque los hombres anhelan aquello que no pueden tener.

Las mujeres de otros señores se les hacen exquisitas simplemente por no ser las suyas; de poseerlas, no les prestarían más atención que a un perro pulgoso.

En segundo, porque sois la esposa de don Pedro de Lara.

Si os reclama y vuestro marido no lo apoya en sus pretensiones al trono, seríais un premio aún mayor para él.

Se habría hecho con la mujer de su enemigo.

—Mi marido no es su enemigo —apunté—. Es absurdo que lo perciba como tal. No es él quien se postula como posible heredero a la Corona.

—Ciertamente —admitió—, pero los reyes tienen una visión muy particular de la lealtad, mi querida amiga.

Si no estáis con ellos, estáis contra ellos, y eso os convierte en su enemigo.

Además, Sancho tenía razón cuando os dijo que no hay nada nuevo bajo el sol.

Los hombres desean doncellas rubias, de piel cuajada y labios mullidos y rosados. Y aquí, eso escasea.

A excepción de doña Inés Pérez de Lara, la mayoría de las damas estaban obsesionadas con encajar en un molde que no era el suyo para así satisfacer a los maridos.

Para ello, se teñían los cabellos y se aclaraban la piel con mil y un emplastos, pero el tiempo era inexorable y Dios reivindicaba su creación.

Los cabellos les volvían a nacer oscuros, morenos, castaños, como mucho, pajizos, y la piel se les pelaba para recuperar su tono real.

En la última velada de celebración, Sancho me atrapó en uno de los pasajes en dirección a mis aposentos personales.

Era noche cerrada, la música todavía reinaba en el salón y las doncellas bailaban, intercambiándose las parejas masculinas al son de los instrumentos de un cuarteto de músicos moros.

Las risas resonaban por el castillo y un aura de ebriedad sobrevolaba el ambiente, embriagando a los habitantes y llevándolos a un estado de desinhibición que nada casaba con la mesura y que cualquier clérigo habría aborrecido.

En vez de permanecer allí, entre brindis y carcajadas, para congraciarse con alguna noble señora, el infante había optado por emboscarme cual malhechor.

Arropado por el anonimato que conceden las tinieblas, me salió al paso.

El pasillo era angosto y su cuerpo grande, por lo que, si alguien nos hubiera encontrado, habría creído que nuestra cercanía se debía a la falta de espacio y no a que don Sancho de Castilla me proponía al oído una fugaz escapada a Toledo.

Según él, una mujer de mi intelecto apreciaría en gran medida la importante labor cultural que allí se estaba llevando a cabo, pues buenos hombres de letras traducían obras clásicas al castellano y escribían otras tantas bajo el mecenazgo de su señor don Alfonso.

—No se lo digáis a vuestro marido —me rogó, ignorando a Pía, que se había quedado lívida ante la indecente propuesta—. Será nuestro secreto.

Lo que me pedía era escandaloso e imposible.

—No puedo huir de él durante un día entero, mi señor. En algún momento me requerirá y entonces ¿qué le diremos, que he abandonado el castillo del rey don Alfonso con otro varón sin haber recibido su consentimiento o habérselo mencionado siquiera?

—No es que yo sea cualquier varón. Soy el heredero al trono y, por tanto, su señor. Mis deseos prevalecen sobre los suyos.

—Seguís siendo un varón y yo, una mujer casada —le recordé.

—Yo mismo me encargaré de que esté ocupado durante toda la jornada. Perded cuidado. No tendrá tiempo ni de pensar en vos.

—¿Y lo haréis vos o vuestro leal Lope Díaz de Haro?

—¿Acaso importa? —Sonrió divertido, y la luz de los candiles perfiló sus facciones, cubriéndolas de un dorado cegador.

Solo una mujer sin honra, con un marido nada posesivo y demandante, o muy bien salvaguardada como para que las habladurías no la dañaran, habría aceptado.

Dudaba de que la paciencia de mi esposo resistiera un acto de tamaña desobediencia.

Don Pedro de Lara era infinitamente bondadoso; sin embargo, ya podía rezar para que la vesania no lo consumiera si se enteraba de que me había aventurado a cabalgar hasta Toledo.

Lo más probable es que faltara a su promesa y me apaleara hasta dejarme surcada de moratones.

O peor, que me encerrara bajo llave en el castillo de arras con la única compañía de Beatriz y unos sirvientes que tendrían prohibido dirigirme la palabra.

Allí sí que me volvería completamente loca.

—Una buena mujer ha de saber cuál es su lugar, y el mío está junto a don Pedro y mi suegra, que tanto me necesita —atajé, alzando el mentón en un gesto de profunda dignidad.

Me moví hacia la derecha para sortearle y proseguir con mi camino, pero Sancho fue más veloz y atrapó mi mano antes de que pasara de largo, deteniéndome de inmediato. Sus dedos se entrelazaron con los míos y se me cortó la respiración de cuajo.

—Os esperaré dentro de una semana en los establos, listo para partir.

—Y no me hallaréis —le advertí.

—Buscaré y os hallaré. ¿No era eso lo que decía vuestra madre? —De nuevo, esa sonrisa en su faz, ese brillo victorioso en sus pupilas.

No habría podido asegurar cuál de las tres estaba más angustiada y perturbada, si Pía, que se sentía inmersa en una conjura de la que no estaba enterada; el fantasma de Beatriz de Aguilar, cada vez más marchito, o yo.