La duquesa bastarda 26. El Bravo #3
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26. El Bravo #3

—No estaba en los designios de Dios —tercié con absoluta despreocupación.

—Dios no tenía poder sobre esta cuestión. No estaba en los designios del rey de Castilla.

Enarqué las cejas.

—Supongo que vuestro padre también responde ante el Altísimo.

—Supongo que sí, pero eso no quita que ahora se me antoje un error aún mayor. La belleza, al fin y al cabo, es cosa de años, la inteligencia no.

—¿Qué os lleva a pensar que soy inteligente, señor mío? ¿Mi marido también halagó mi agilidad mental durante vuestros meses en el sur?

—Lo hizo, no os quepa duda, mas no habría hecho falta. Sois muy aguda y vuestras respuestas os delatan.

Una media sonrisa se abrió paso en su faz, divertida, aviesa, casi lasciva.

Comprendí por qué se sentía superior al resto.

No era solo por su origen real; Sancho había sido dotado de un magnetismo que atraía a las féminas, semejante a la luz del candil en torno a la que pululan los insectos.

Quien se acercara demasiado a él, ardería hasta quedar reducido a cenizas.

Era el sol que calentó la cera de las alas de Ícaro, precipitando su caída.

—Los hay que con la edad se vuelven necios.

—Pero no es lo común —apuntó—. El que es necio muere necio, y el que es sabio muere sabio.

Entorné los párpados y me enderecé, buscando entre el tumulto a quien me ofreciera refugio.

Doña Blanca de Francia seguía atrapada entre la reina y su cuñada, la señora de Cigales acompañaba a su marido, mi suegra había regresado a su alcoba y de mi esposo no hallé rastro.

Debía de estar todavía en el salón, hablando con el rey Alfonso o con ese malnacido de Lope Díaz de Haro.

Así que estaba sola, a merced del infante y su cortejo, que me incomodaba y enervaba.

De no ser una afrenta, lo habría abandonado allí mismo.

Justo entonces, Sancho se colocó a mi diestra, reduciendo la distancia entre nosotros, y yo me aparté un poco con el fin de que no hubiera confusiones y alguien creyera que se deshacía en deshonrosos deleites conmigo. Era mejor evitar maledicencias; si no, la que saldría perdiendo sería yo.

—Habrá muchas mujeres hermosas e inteligentes en estas tierras —comenté con la vista fija en la noble multitud.

—Las hay, pero son castellanas. Nada nuevo bajo el sol.

—Siempre os quedan los reinos vecinos: León, Sevilla, Jaén, Córdoba, Aragón… Buscad y hallaréis, o eso decía mi madre.

Don Sancho hizo una mueca.

—¿Qué tal esa de ahí? —Le indiqué una dama cuyo nombre no recordaba.

—Casada.

Cierto. Había ignorado que llevaba toca con la esperanza de desviar su atención hacia otra fémina y así huir. Al fin y al cabo, príncipes y reyes no suelen preocuparse por minucias como el matrimonio de una mujer bella a la hora de deslizarse en el lecho de esta.

—¿Y esa de ahí?

Resopló.

—Casada y estéril. Ningún hombre merece eso.

El insulto me dolió como si yo fuera Beatriz de Aguilar y no hubiera logrado concebir una criatura.

Quizá porque, pese a las muchas veces que don Pedro y yo yuntábamos, sedientos de pasión y ebrios de lujuria, todavía no había signos de preñez.

El fantasma no se inmutó, pero yo tuve que guardarme muy al fondo las repentinas ganas de escupirle a los pies y marcharme.

—¿Y esa? —probé una vez más, procurando suavizar el tono arisco de mi voz.

Sancho le echó una fugaz mirada a la jovencita de larga cabellera azabache, se cruzó de brazos y asintió complacido.

—María de Molina, hija de don Alfonso de Molina y su tercera esposa, Mayor Alfonso de Meneses. Es mi tía en segundo grado, su padre es infante de León. —Se echó a reír—. Como veis, es difícil no contraer matrimonio con un pariente.

La doncella tenía una frente amplia y unos labios delgadísimos, tiernos y púberes, igual que su cuerpo poco maduro. De repente me pareció una salvajada entregarla a un hombre de su naturaleza, que enseguida la destruiría y le pudriría su cándida alma. Ojalá la reservaran para un caballero amoroso.

—Es bella, aunque quizá demasiado pequeña para vos.

—Creo que tiene doce años, una edad más que aceptable.

La idea de que le pusiera un dedo encima a aquella chiquilla que me recordaba a mi hermana Léonie me repugnó.

—¿Por eso rechazasteis a doña Guillerma de Moncada, señor mío? ¿Fue por la edad, por la parentela en común, por la esterilidad o por su fealdad? —Pronuncié aquella última palabra con un desprecio estremecedor y su rostro se demudó.

Blanca de Francia me había contado la historia del que debía haber sido el primer matrimonio de Sancho, pintándome un retrato aborrecible de este. Un retrato que se tornaba cada vez más veraz debido a sus repulsivos y vanos intentos de galanteo.

No había transcurrido ni un año desde los esponsales de Fernando de la Cerda cuando el rey Alfonso ya estaba pactando las nupcias de su segundo hijo.

Pretendía casarlo con Guillerma de Moncada, hija de Gastón VII, vizconde de Bearne.

Las causas, por supuesto, eran políticas y estratégicas: el vizconde gozaba de gran influencia en la corte aragonesa y dotaba a su hija de una buena suma de dinero, amén de algunas baronías en Moncada y Castellvell, y otros bienes en los reinos de Mallorca y Aragón.

Este matrimonio, además, permitía que Alfonso ocupara una posición ventajosa en su conflicto contra Inglaterra por el territorio de la Gascuña.

Con mucho que ganar y poco que perder, Sancho y Guillerma fueron casados por poderes.

Sin embargo, al igual que había sucedido con su hermano, el infante era demasiado pequeño para consumar la unión.

Lo correcto hubiera sido que, alcanzada la edad requerida, el enlace se formalizara, pero eso jamás sucedió.

Llegado el momento, Sancho rehusó a Guillerma.

La llamó fea y mujer de mal carácter y dijo que prefería acostarse con una yegua antes que con alguien así.

La despreció, la insultó, la agravió y la abandonó con la mácula de la vergüenza y la imposibilidad de olvidar un rechazo de tales dimensiones.

Luego se vanaglorió de ello, lo convirtió en una hazaña de la que presumir.

Les contó a todos que Guillerma de Moncada era poco agraciada e insoportable y que ningún varón aceptaría, ni siquiera borracho, desposarla.

Ese era el hombre que quería gobernar Castilla, un hombre infame y mezquino.

Sancho quedó petrificado ante la mención de aquel acontecimiento. Ya no había diversión en sus pupilas, tampoco orgullo o vanagloria. El ceño fruncido y los labios arrugados lo aproximaban aún más a su progenitor. Era su viva imagen.

En aquellos extensos segundos de absoluto silencio que se sucedieron, temí haber cometido un grandísimo error. Puede que hubiera pecado de insolente y el infante estuviera valorando un castigo a la altura de las circunstancias.

—No —zanjó—. La rechacé por estúpida. Odio a las mujeres cortas de entendederas y odio aún más a las que fingen serlo. Así que me niego a matrimoniar con una de dicha índole.

Su sinceridad me desarmó por completo.

—¿Consideráis inteligente a mi madre, la reina? —preguntó.

—Por supuesto, mi señor.

—¿Pues por qué habría yo de conformarme con menos? Si voy a desposar a una mujer y a concederle el título de reina consorte, qué mínimo que esté a la altura de doña Violante de Aragón.

No tuve tiempo de elaborar una respuesta. Únicamente podía pensar en que don Sancho ya se había dado por vencedor en la contienda al trono.

La noche se nos había echado encima con su oscuro manto y apenas nos habíamos percatado; en mitad del pasillo no había ventanas y saeteras desde las que divisar el cielo estrellado.

No obstante, debíamos de haber alcanzado el conticinio, ya que muchos de los presentes se habían retirado a sus aposentos y el salón y sus inmediaciones habían ido desahogándose de tanta multitud.

Poco a poco, el silencio nocturno le ganaba al jolgorio.

—Ha sido un placer departir con vos, doña Mathilde Leblond, pese a que me hayáis rehuido e intentado casar con una noble dama, actuando de alcahueta.

Supongo que os veré en la cacería y en los juegos.

—Asentí, y él se acercó para susurrarme al oído—: Es una lástima que no hayamos organizado una justa, me habría congratulado pedir vuestro favor.

Sus nudillos rozaron los míos y su cálido aliento me acarició la piel desnuda del cuello, arrancándome un estremecimiento.

—Habría sido un honor, señor mío —mentí y, agarrando la orilla de mi atuendo, me incliné—. Que Dios os bendiga.

El infante había optado por un juego sumamente arriesgado.

Quería alimentar mi vanidad, ablandarme, conquistarme, doblegarme haciendo uso de los deleites amorosos propios de la corte.

De ahí las lisonjas, la sonrisa preñada de orgullo, el aleteo de sus pestañas y la búsqueda de intimidad.

Pretendía engatusarme para así contarme entre sus apoyos y utilizarme para ganar el favor de don Pedro, porque sabía que las mujeres dejábamos que nuestros esposos creyeran que lo controlaban todo mientras nosotras, en realidad, manejábamos su voluntad y su mente.

Don Sancho esperaba que fuera su caballo de Troya, que desde dentro convenciera a mi marido de que se uniera a su facción. Lo que parecía ignorar era que no se podía confiar en aquellos que se ocultaban en el interior de un animal de madera para luego salir y meterle fuego a una ciudad entera.