La duquesa bastarda 26. El Bravo #2
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26. El Bravo #2

Allí, cercados por duques, condes, vizcondes y señores, con el rey y su familia a punto de llegar, no podía hacer nada más que callar y acatar sus órdenes.

Los reproches y enfrentamientos habían de reservarse para la intimidad de la alcoba, pues cualquier comportamiento percibido de insolente me habría condenado a la vergüenza y a un duro castigo.

No importaba que don Pedro hubiera jurado no dañarme.

El deber de un marido es contener a su mujer, ser firme, obligarla a andar por el camino de la obediencia y la rectitud.

Y si para ello tenía que corregirla mediante golpes, que así fuera.

Las esposas rebeldes siempre han de recibir su merecido.

—No quiero que llevéis nada que no os pertenezca. Y esto no os pertenece. —Me arrebató el bolsito.

Alcé la barbilla con la poca dignidad que me quedaba y fijé la vista en el otro extremo del pasillo, donde se congregaban las grandes señoras.

Doña Mencía no apartaba la mirada de nosotros.

A su diestra, Lucía le susurraba lo que ocurría a doña Inés, cuyo semblante se volvía sombrío.

El de la criada se desfiguraba en una sonrisa de satisfacción.

—Os vuelvo a repetir lo mismo que tiempo atrás —continuó mi marido—. Pedidme lo que sea que ansiéis o necesitéis, del hogar o del guardarropa, y yo os lo daré. Lo único que os exijo, a cambio, es que tengáis paciencia. No podéis encapricharos de todo lo que veáis a vuestro alrededor.

Una vez más, me reducía a una jovencita vanidosa y tornadiza que no tolera un no por respuesta.

—Solo es un limosnero… —murmuré.

Don Pedro me sacudió con rapidez, arrimándome más a él. Mi espalda casi impactó contra el muro y tuve que agarrarme a su brazo para no caer.

—Y lo otro solo eran tapices, ¿recordáis? —gruñó.

A la mañana siguiente, mi cuñada me explicaría que aquel había sido un presente de don Pedro a Beatriz por su primer año de casados.

Por entonces, nadie había sospechado que la historia de Píramo y Tisbe podía ser un mal augurio, un incentivo para la maldición que acechaba a los Lara.

No. Mi marido había contemplado la imagen de los enamorados y se había reconocido en el candor de sus miradas, en el anhelo y el deseo todavía prohibidos, y, aunque el reverso hablaba de sufrimiento y muerte, él solo había pensado en que la locura de Píramo era, posiblemente, la que lo doblaría a él en la senectud cuando enterrara a su bienamada esposa, compañera de toda una vida y madre de sus hijos.

A Mencía de Lara le había extrañado verme con el limosnero; sin embargo, no me había dicho nada. Hacía casi dos años que Beatriz de Aguilar había desaparecido sin dejar rastro y creía que, con nuestro prometedor y dulce matrimonio, su hermano ya había superado, si no el trauma, la penuria del luto.

Por fortuna, el banquete discurrió sin incidentes.

Don Alfonso y doña Violante de Aragón tomaron asiento en la mesa principal.

Al lado de la reina se sucedían su hija Berenguela y doña Blanca de Francia.

Al lado del rey, don Sancho y los infantes Pedro, Juan y Jaime.

Doña Beatriz de Castilla, desposada con el marqués Guillermo VII de Montferrato, también se hallaba presente.

Los únicos que faltaban eran doña Constanza, que, habiendo vivido tantos años en el monasterio de las Huelgas, debido al afán de su padre por asentarse allí, había acabado tomando los hábitos, y Fernando de la Cerda y Leonor, ambos fallecidos.

Pese al aura de festejos, la familia real lucía funesta y lúgubre, todos vestidos de un negro hiedra.

La sensación de unidad brillaba por su ausencia y los esfuerzos del rey por aparentar eran en balde.

Berenguela y Blanca de Francia solo hablaban con la reina Violante, quien apenas comía.

Más bien miraba distraída su copa y estiraba las comisuras como si quisiera componer una sonrisa que se quedaba en nada.

Cuando extendía la mano y la manga de sus ropajes dejaba entrever la muñeca, asomaba una marca entre violácea y verdosa, la estampa de unos dedos vigorosos que se habían ceñido a ella, del mismo modo que los de mi marido se habían ceñido a mi brazo unos momentos antes.

Don Alfonso imponía su criterio con dureza.

Violante intentaba ocultarlo y Blanca de Francia decía que se debía a los accesos de ira que, a veces, lo dominaban.

Desde la coz del caballo, la paciencia se le agotaba con rapidez, y desde que su esposa le pedía que no relegara a sus nietos, esta escaseaba todavía más.

¿Cómo podía ella pensar que él, rey pero también padre, olvidaba que esos niños eran el legado de su amado Fernando, el que debía haber sido su heredero?

¿Cómo podía él creer que ella, más madre que reina, no se daba cuenta de que la Corona necesitaba de un hombre fuerte y que Sancho lucharía por hacerse con el gobierno a fuego y sangre?

En todos los matrimonios existían desavenencias saldadas con gritos y golpes, incluso en los de regia estirpe.

Se sirvieron guisos y asados de carnero, cabrito y cerdo; arenques fritos, congrios y lampreas; empanadas de pescado y carne, fruta de temporada, queso, pan blanco y dulces variados, y el mejor de los vinos corrió de mesa en mesa.

Hubo risas, música y poesía interpretada por trovadores de voz melodiosa, que cantaron grandes gestas dignas de añadir a una crónica.

Y cuando los asistentes se levantaron —para conversar de asuntos políticos, bailar o retirarse y descansar—, el salón se transformó en un auténtico caos.

El ambiente, que ya resultaba irrespirable a causa del sudor, los perfumes, las viandas y el alcohol, se espesó todavía más.

De repente, las carcajadas estridentes me perforaron los oídos y el alboroto se me antojó molesto e innecesario.

Aludiendo a un repentino dolor de cabeza, me escabullí con sigilo y salí al pasillo.

Por desgracia, allí también se habían exiliado infinidad de personas, muchas de las cuales lamentaban el declive de la corte, que había gozado de mayor esplendor antes de las estrictas restricciones de don Alfonso.

Yo, que había experimentado la verdadera opulencia en la corte de los Capeto, agradecía no tener que vivir lo mismo en Castilla.

Ya estaba lo suficientemente agobiada con el silencio al que me había sometido mi esposo, que escocía aún más frente al jolgorio del salón.

Me apoyé en una pared y contemplé, devastada, mi mano lánguida sobre la falda de las vestiduras, sin limosnero al que aferrarse.

Los ojos de Beatriz se dirigieron al mismo lugar.

¿Sabían sus padres de la maldición de los Lara cuando la prometieron con don Pedro?

¿No les supuso un impedimento? ¿Lo sabía, si acaso, ella, que habría oído los rumores sobre el adulterio de don Alonso González de Lara y el triste asesinato de su barragana?

¿No se asustó? ¿Trató de luchar contra ese mal augurio y hallar la felicidad o aceptó la inevitabilidad de este?

—Así que vos sois la nueva duquesa de Valdívar —dijo una voz masculina, cortando mis reflexiones.

Jamás habría esperado que fuera el infante don Sancho, que se alzaba orgulloso y exhibía una sonrisa que, aunque pretendía ser afable, lucía sibilina. Bajé la vista y me postré ante él.

—Para serviros, mi señor.

Sancho tenía diecisiete años, una altura considerable y una estructura ósea que competía con la de su padre en sus mejores tiempos.

Su cabello oscuro crecía prolijo y sus ojos, de idéntico color, penetrantes e intensos, le conferían una apariencia madura que se habría incrementado de no ser por su escaso vello facial.

El luto no le favorecía y tampoco lo llevaba con gusto, era evidente que estaba deseando desterrar el negro.

También era indudablemente soberbio, algo que se notaba en su porte y en las miradas que lanzaba como si los reinos ya le pertenecieran.

Exudaba seguridad, decisión y experiencia, una experiencia que se le había grabado en las facciones junto con el triunfo y el desgaste de la batalla.

Cualquiera lo habría apodado el Bravo incluso sin haberlo visto guerrear.

—Ansiaba conoceros. Vuestro marido, don Pedro de Lara, habla tanto de vos que es difícil no sentir curiosidad por la mujer que le ha robado el corazón.

Quise fingir sorpresa, pero ya había adivinado su estrategia.

—¿Y qué dice mi marido? Si es que una esposa puede saberlo.

—Cosas buenas, mi señora, os lo juro. —Se llevó una mano al pecho—. Durante nuestra estancia en la frontera no paraba de nombraros y de ensalzar vuestra belleza. Una lástima que se le olvidara mencionar que es una belleza etérea, digna de inmortalizar.

Reprimí una risotada cargada de cinismo.

—Lamento confesaros que soy bastante tangible —espeté.

—Solo para uno, ¿no es cierto?

Aquella era la treta más antigua: endulzar los oídos de las mujeres con palabras melifluas para granjearse su confianza o, lo que es peor, su afecto y devoción.

Había que ser muy canalla y desvergonzado para creer que podía engatusarme con semejantes simplezas mientras asediaba a mi marido y urdía cómo deshacerse de los hijos de mi amiga Blanca de Francia.

«Oh, no, señor mío. Habéis dado con una mujer ya curtida en el amor», me habría gustado decirle. «No tenéis oportunidad alguna conmigo. No soy una de esas doncellas que aspiran a que el heredero al trono se fije en ellas y las mantenga de barraganas».

No fue menester. Sancho, que además de bravo era sagaz, se percató de que sus lisonjas no resultaban, de que no me había sonrojado un ápice y de que tampoco había sonreído o agachado la mirada con recato. Pero, nada acostumbrado al rechazo, lo intentó una vez más.

—Llegaron cartas de vuestro honorable padre, don Antoine Leblond, buscándoos pretendientes entre las familias reales. Mi progenitor declinó la oferta. —Chasqueó la lengua con fastidio—. Un error grandísimo.